1 de Julio: San Domiciano Abad


San Domiciano Abad

San Domiciano, fundador y abad, cuya festividad se celebra el primero de Julio, fue contemporáneo de San Euquerio, junto al cual estableció diversos monasterios.


Día celebración: 1 de Julio.
Lugar de origen: Roma, Italia.
Fecha de nacimiento: Fines del siglo IV, principios del V.
Fecha de su muerte: Año 440.


Contenido

– Introducción
– La verdadera libertad
– Funda su primer monasterio
– En busca de la soledad
– Don de milagros
– Echa por tierra templos paganos
– Albañiles dormidos | Muerte del santo
– Oración a San Domiciano


Introducción

Ya en la época de las persecuciones, pero sobre todo al convertirse el emperador Constantino, muchos cristianos se retiraron a los de­siertos para darse libre y totalmente al Señor. Tal fue el origen de la vida monástica. Los primeros monjes solían vivir en celdillas separadas, pero, andando el tiempo, se juntaron en comunidades regidas por un abad. San Domiciano, obrero de la primera hora en la magna empresa de la fundación de monasterios en Occidente, nació en Roma a principios del siglo V, imperando Constancio III. Sus nobles y cristianos padres guar­daron pura la fe del bautismo en medio de los malos ejemplos de los arrianos.

Tan pronto como el muchacho se halló en edad de estudiar, le dieron maestros católicos, los cuales le comunicaron gran amor a la Sa­grada Escritura. El niño, que era de por sí muy aficionado a las lecturas santas, juntó a tan piadosa inclinación continua laboriosidad, de suerte que salió aprovechadísimo en la ciencia de las divinas Letras.

Siendo de edad de doce años, logró que sus padres vendiesen parte del patrimonio familiar para ayudarle a emprender estudios superiores. Domiciano pretendía llegar a ser valeroso defensor de la fe. Pasados tres años escasos, los arrianos mataron al padre de nuestro Santo por la fe. Grande fue el dolor de la esposa que quedó ciega y no tardó seguir al santo marido. Con estas terribles pruebas afinaba Dios el temple de San Domiciano.

La verdadera libertad

Huérfano el virtuoso joven, quedó tan desconsolado y sobre manera afligido, que de buena gana hubiera bajado él también al sepulcro con sus padres a quienes tanto amaba. Dos meses pasó dudando en qué emplearía sus cuantiosas riquezas. Estando así perplejo y sin saber qué partido tomar, se le ocurrió preguntar a un criado suyo:

— Oye, Sisinio, ¿crees tú que el hombre, siendo libre y pudiendo vivir en libertad, tiene por fuerza que someterse a mil servidumbres, sólo para darse el gusto de disfrutar de estos bienes caducos?

— Yo juzgo — respondió Sisinio— que, pudiéndolo, vale infinitamente más ser libre que esclavo.

— Bien respondiste — repuso Domiciano— . Doctrina es del Apóstol, como en la escuela me lo enseñaron Si puedes vivir libre, prefiere la libertad a la servidumbre. Resucito estoy a observar tan sabio y santo consejo. Hoy mismo daré libertad a mis esclavos, en cuanto a mis bienes,los venderé y repartiré el dinero a los pobres. Y ejecutó su determinación.

Pasadas dos semanas, habiendo ya vendido y distribuido cuanto tenía, dejó el siglo y se fue a un monasterio. Se ignora el lugar de su retiro; lo que sí se sabe de seguro es que permaneció en él brevísimo tiempo disfrutando de la deseada paz y tranquilidad. Partió para las Galias, visitó de paso el famoso monasterio de Leríns, y acabó por fijar su residencia en Arles, cuyo prelado, San Hilario, brillaba por entonces cual resplandeciente antorcha de aquella Iglesia.

Funda su primer monasterio

Luego echó de ver San Hilario la virtud y piedad de su huésped, por lo que juzgó poderle conferir la dignidad sacerdotal. San Domiciano, que veía en ello la voluntad de Dios, consintió en recibir los sagrados órdenes, mas no quiso nunca honras y dignidades eclesiásticas, porque sólo anhelaba volver a la soledad. Le atraía más que ningún otro lugar el monasterio de la isla de Leríns, tenía ya dispuesto el viaje, cuando oyó hablar de la vida admirable de San Euquerio, obispo de Lyon.

Mudó al punto de camino y fue remontando el valle del Ródano hasta llegar a la capital de las Galias, objeto de aquella larga peregrinación. Luego Euquerio le recibió con paternal bondad, le oyó referir la historia desu vida y peregrinaciones, y aprobó sus planes de vida solitaria. Le hizo entrega de un ara con reliquias de los santos Crisanto y Daría, para que sobre ellas celebrase el Santo Sacrificio. San Domiciano se fue a vivir en lugar apartado, donde edificó una ermita en honor de San Cristóbal. Allí le­vantaron más tarde los fieles la aldea llamada Burgo San Cristóbal.

En tan solitario lugar se entregaba de lleno a la oración, vigilias, ayunos, y celebración de los divinos misterios, pero pronto empezó a llegar una multitud de discípulos deseosos de imitar el modo de vida del Santo. Aun muchas personas mundanas, al tener noticia del retiro donde vivía, acudieron a él en tan gran número que el santo varón determinó edificar un monasterio en lugar todavía más retirado. Fue antes a consultar, como solía, con San Euquerio, a quien había tomado desde su llegada como director espiritual.

— Venerable padre —le dijo— , el lugar en que resido es ya tan frecuentado por toda clase de personas, y de tal manera llega hasta él el ruido del mundo, que ya no parece adecuado para monasterio, y más si tenemos en cuenta que es terreno árido y no hay en él agua que pueda beberse.

San Euquerio le respondió:

—Ve, hijo, busca donde quieras una soledad que sea conforme a tus gustos. El Señor te acompañará y favorecerá tus deseos.

Y después de darle sus últimos paternales consejos, lo bendijo y se despidió de él.

En busca de la soledad

Al día siguiente, celebrada la misa, partió San Domiciano camino de Le­vante con otro monje llamado Modesto. Después de caminar lar­guísimo trecho, llegaron a un espacioso valle cercado de espesos bosques, guarida en otro tiempo de ciertos acuñadores de moneda falsa. El paraje era sumamente delicioso y ameno, lo exploraron cuidadosamente y halla­ ron en él varias fuentes de purísimas aguas.

A eso de media noche, tuvo San Domiciano una visión. Se le apareció Nuestro Señor, quien mirándole con benevolencia, le dijo:

—Domiciano, sé valeroso, yo mismo te ayudaré en tus empresas. Aquí vendrán a juntarse contigo innumerables hijos que seguirán tus ejemplos. Ea, pues, manos a la obra. empieza ya a ejecutar lo que determinaste.

Había San Domiciano concebido la víspera un verdadero plan de monasterio. Sobre la colina donde brotaba la más caudalosa fuente, edificaría un amplio convento para los monjes, en la parte baja, cerca del camino, una hospedería y una iglesia para los transeúntes y peregrinos. Al despertarse dio gracias a Dios, y corrió a notificar a los religiosos el feliz hallazgo y las bendiciones que el Señor le había prometido.

Encargó a un virtuoso sacerdote el cuidado de la ermita de San Cristóbal y sus anejos, y él pasó con los monjes a la nueva soledad. A más del monasterio y la hospedería, edificó dos ermitas, una dedicada a la Virgen y otra a San Cristóbal. El mismo San Euquerio las consagró. Dedicáronse los monjes a roturar y sembrar buena parte del terreno.

Un día de verano, tras un trabajo penosísimo, bajó San Domiciano con algunos monjes a bañarse en un riachuelo cercano. Estando todos ellos dentro del agua, llegó una zorra y empezó a roer el calzado del siervo de Dios. La vio San Domiciano y, levantando al cielo los ojos, oró así al Señor:

— ¡ Oh Dios!, criador de todos los seres, te pido por favor que en ade­lante, así nosotros como nuestros sucesores, no recibamos daño ninguno, ni del animal que está allí en la orilla del riachuelo, ni de los de su especie. No bien hubo acabado de orar, cayó muerta la zorra a la vista de los monjes. De allí en adelante nunca las zorras ocasionaron daño alguno en el monasterio.

Don de milagros

Por entonces favoreció el Señor a su siervo con el don de arrojar a los demonios del cuerpo de los posesos, no fue menester más para que las muchedumbres aprendiesen el camino del nuevo monasterio. Pero San Domiciano, para evitar las muestras de veneración de aquellas gentes, se ocultaba en algún lugar apartado y no volvía al convento hasta el domingo, y sólo para ver a los monjes y tomar su frugal sustento, pues no comía entre semana. Se afligiéron los monjes con tan prolongadas ausencias de su superior, a quien manifestaron que a cada paso necesitaban
sus consejos.

Les prometió el Santo quedarse con ellos y consintió, además, en comer un poco cada día para quitarles la cariñosa preocupación que por su salud tenían. Al ver que día tras día afluían más peregrinos, resolvió San Domiciano edificar una espaciosa iglesia que sería lugar de peregrinación. Los monjes, muy conformes con la determinación de su santo abad, empezaron sin demora a excavar el terreno para poner los cimientos del edificio. Llamaron para ayudarles a algunos albañiles de las cercanías, con lo que en breve tiempo levantaron un edificio digno de admiración.

Sobrevino entre tanto fuerte hambre que asoló algunas provincias de las Galias y en particular el valle del Ródano. Monjes y albañiles se que­ daron sin pan. Mas el Santo no perdió ni por un instante su esperanza.

—Seguid trabajando — les dijo— , entretanto, daré yo una vuelta por los pueblos vecinos en busca de alimento para vosotros. Montado en su jumentillo partió para la aldea de Torciaco, adonde
llegó cabalmente un día en que los habitantes se habían juntado para cocer el pan. Sucedió que habiendo ya cada cual reconocido y tomado su provisión, sacaron del horno un pan grandísimo y más hermoso que los otros. Todos a una prorrumpieron en gritos de admiración y convinieron en que el Señor lo había enviado a su siervo San Domiciano, que buscaba pan para sus monjes y criados.

Le dieron, pues, el milagroso pan, y el Santo volvió con él gozoso al monasterio. Todos salieron alborozados a recibirle.

—Aquí tenéis la comida que el Señor os ha preparado — dijo a los monjes y albañiles— ; confiad siempre y el cielo no os abandonará.

Otro prodigio obró el Señor, multiplicando el exquisito regalo de tal manera, que bastó para dieciséis monjes y cuatro albañiles, durante los diez días siguientes.

Echa por tierra templos paganos

Hacía ya días que Dios sustentaba milagrosamente a su siervo, cuando salió éste a dar otra vuelta por los pueblos en busca de provisiones. Fue más allá de Torciaco, dobló el monte vecino y llegó a Latiniaco, así llamado por ser dueño del lugar un rico señor galorromano por nombre Latino. Le halló el Santo sentado a la sombra, hablando con su mujer Siagria y con los aldeanos que iban a comprarle trigo. Se les acercó San Do­miciano, montado en su borriquillo y, apeándose, les dijo:

— El Señor os conceda prosperidad y larga vida, nobles esposos. Unos siervos de Dios que viven cerca de aquí en el desierto, me enviaron a pediros a vosotros y a los demás señores del país algunas provisiones. Bien merecen que seáis caritativos con ellos, puesto que les faltó el pan mientras edificaban una iglesia. Sed generosos y el Señor os lo recompensará.

Latino le respondió:

—Más cara tienes de bandido, que de siervo de Dios. ¿Cómo pretendes, pues, mi trigo, que sólo ha sido cosechado para gentes honradas?

— En el clavo diste, noble señor — repuso San Domiciano— , porque real­mente no vivo yo conforme a mi profesión.

Era Latino hereje arriano, y, como todos sus correligionarios, aprovechaba cualquier ocasión de discutir sobre asuntos religiosos. Contento, pues, de hallar con quien hablar de tales cuestiones, preguntó al monje

— Ya que te presentas como superior de los siervos de Dios que viven en el desierto, dime, ¿qué fe profesas?

Conoció San Domiciano la intención de la pregunta y respondió presta­mente:

— La fe, si es variable, engendra almas endebles y ciegas; si es invariable y universal, lleva seguramente a cuantos la tienen a la eterna bienaventuranza, que sólo a quienes la tienen ha sido prometida.

— ¿Cuál es la fe invariable y universal? — preguntó Latino.

— La que yo recibí de mis maestros, sucesores de los Apóstoles. Contra ella se han enfurecido los arrianos, predicadores de nuevas doctrinas.

— ¿Cuál es? — tornó a preguntar el hereje aun más intrigado.

Apuntando entonces directamente a la herejía arriana que negaba la divinidad de Cristo, San Domiciano hizo ante Latino magnífica profesión de fe católica tal como la enseñó siempre la Iglesia.

—Creer en Dios Padre todopoderoso — dijo— y en Jesucristo su único Hijo, Nuestro Señor, y en el Espíritu Santo. Digo Dios Padre, porque tiene Hijo, Dios Hijo, porque tiene Padre, a quien se asemeja totalmente por la divinidad. De ambos procede el Espíritu Santo, que es consubstancial y coeterno con el Padre y el Hijo. Confesamos que hay tres Personas en un solo Dios, porque sólo hay una Divinidad, un Poder, una Eternidad, una Majestad Indivisa.

— ¿Acaso el poder del Padre no es mayor que el del Hijo?

—No, porque Padre e Hijo tienen un solo y mismo poder divino.

— Lo que dices, no puede ser así — repuso el arriano— . ¿Por ventura sería yo prudente si dejara mis bienes y mi dignidad al arbitrio de mi hijo, cuando aun es incapaz para usar de ellos cumplidamente? Por lo mismo no pudo Dios comunicar su poder y dignidad a su Hijo, habién­dole engendrado.

—Tu sabiduría es del todo carnal — respondió San Domiciano— . Para de­mostrarte que dije verdad, mira. En el nombre del Hijo único de Dios, coeterno y semejante en todo a su Padre, caigan al suelo al punto aquellos templos paganos que han sido siempre guarida de los demonios.

Había cerca de allí dos templos dedicados a Júpiter y a Saturno, donde los aldeanos supersticiosos solían presentar a ocultas ofrendas y oraciones. A la voz del Santo, tembló la tierra, y los dos templos se derrumbaron con horroroso estruendo. Al mismo tiempo cubrióse el cielo con negros nubarrones y, en medio de relámpagos y truenos, cayó espantosa granizada. Latino, vuelto en sí del susto, había corrido a guarecerse y entendió ser aquel prodigio señal con que el cielo manifestaba que la fe del monje limosnero era la verdadera.

Los consejos de su mujer, católica de co­razón hacía tiempo, acabaron por decidirle a tomar una lógica resolución. La tormenta duró sólo unos momentos; otra vez resplandeció radiante sol en el límpido azul del cielo. Latino y los suyos salieron en busca del siervo de Dios, y le hallaron en la era, donde se entretenía haciendo surcos con su bastón para que el agua no llegase hasta el trigo, al que no mojaron ni la lluvia ni el granizo.

El hereje se echó a los pies del Santo le pidió perdón y le rogó que le instruyese en la verdadera fe. Le tuvo en su casa tres días, pasados los cuales le dejó partir para el monasterio con abundantes provisiones. Quiso también proveer a las necesidades que pudieran tener los monjes en lo sucesivo, y así, por acta notarial firmada de su mano y refrendada por su mujer e hijos, hizo donación de extensísimas heredades en favor del monasterio de San Ramberto al que protegió desde entonces.

Albañiles dormidos | Muerte del santo

Vuelto al monasterio, quedó asombrado al ver que los albañiles dormían en vez de trabajar. Los despertó  al punto y les dijo:

— Pero ¿qué hacemos, hermanos? ¿A qué dejar sin más ni más la obra empezada? ¿Acaso no tenéis ya fuerza para trabajar?

— No, padre — le respondieron todos a una— . Diez días hemos comido del delicioso pan que nos trajisteis, pero ayer, viernes, ya nos quedamos sin probar bocado, y hemos decidido abandonar la obra y volver a casa.

—No, hijos míos, no — repuso el Santo— , comed lo que os traigo, y a trabajar otra vez. Hay que ser, más constantes en la obra de Dios.

Comieron los albañiles y emprendiendo el trabajo con nuevo ardor, prontamente dejaron concluida la iglesia. San Euquerio fue también a con­sagrarla, y bendijo al mismo tiempo el nuevo monasterio. Pronto acudieron numerosos discípulos, atraídos por la fama de santidad de Domiciano.

Finalmente, siendo ya muy entrado en años, dejó la dirección del monasterio a un santo monje llamado Juan, para poder con más libertad prepararse a la muerte, porque le parecía ya muy cercano el momento.

Acometido de repentina enfermedad el año 440, llamó a los monjes y, cuando ya estuvieron todos alrededor de su lecho, les dijo:

—Vivid en paz y santidad, porque es condición indispensable para ver un día al Señor en la gloria. Obedeced siempre a quien el Cielo os designare por superior. Yo os dejaré ya dentro de poco, puesto que Dios me llamará a Sí el día primero de julio.

Al oír tales palabras prorrumpieron todos en llanto:

— ¿Por qué dejamos tan pronto, venerable padre? — le preguntaron.

— No os dejo, hermanos, alegraos, voy a ser vuestro protector y medianero cerca de Dios.

El día primero de julio se celebró una misa en el aposento del moribundo, en ella comulgaron San Domiciano y los monjes. Levantó luego el Santo las manos al cielo, y habiendo dicho «Señor, en tus manos en­ comiendo mi espíritu», expiró dulcemente en brazos de sus religiosos.

Oración a San Domiciano

San Domiciano ruega por nosotros.

San Domiciano | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.