Clodoveo

1 de Octubre: San Remigio, Obispo de Reims

Publicado el 1 de octubre de 2020

Actualizado el 23 de abril de 2025

Archivado en: Santoral

10 Minutos de lectura

San Remigio, (Remi, Rémi o Rémy) fue el santo obispo de Reims y «Apóstol de los francos». El 25 de diciembre de 496 bautizó a Clodoveo I, rey de los francos. Este bautismo, que condujo a la conversión de todo el pueblo franco al cristianismo, fue un éxito trascendental para la Iglesia y un acontecimiento fundamental en la historia europea.


Día celebración: 1 de Octubre.
Lugar de origen: Laon, Francia.
Fecha de nacimiento: 437.
Fecha de su muerte: 13 de enero de 530.
Santo Patrono de:  Francia.


Contenido

– Breve biografía
– Oración a San Remigio


Breve biografía

San Remigio, el destacado apóstol de los francos, se hizo famoso por su sabiduría, santidad y milagros. Durante su largo episcopado de más de setenta años, se destacó en la Iglesia. Sus padres, de ascendencia gala, vivían en Laon.

Remigio avanzó rápidamente en su educación. San Sidonio Apolinar, quien lo conoció cuando era joven, lo consideraba uno de los oradores más destacados de la época. A los veintidós años, una edad en la que raramente se ordenaba sacerdote, fue elegido obispo de Reims.

A pesar de su juventud, recibió las órdenes sacerdotales y fue consagrado obispo de inmediato. Su entusiasmo y energía compensaron su falta de experiencia. Sidonio Apolinar, un experto en panegíricos, elogió la caridad y la pureza con las que el nuevo obispo ofrecía incienso a Dios en el altar, así como su celo para ganarse los corazones más resistentes y persuadirlos a seguir el camino de la virtud.

Sidonio Apolinar incluso mencionó que un vecino de Clermont le prestó un manuscrito con los sermones de San Remigio. «No sé cómo obtuvo ese ejemplar», dijo, «pero lo cierto es que no era un hombre interesado, ya que me lo entregó de forma gratuita en lugar de venderlo». Después de leer los sermones, Sidonio Apolinar escribió a San Remigio para elogiar la delicadeza de sus pensamientos y la belleza de su expresión, comparándolos con el cristal de roca, sobre el cual se puede pasar el dedo sin encontrar ninguna imperfección. Con esa extraordinaria elocuencia (de la cual lamentablemente no tenemos ejemplos conservados) y, sobre todo, con su propia santidad, San Remigio se embarcó en la misión de evangelizar a los francos.

Clodoveo, el rey de la Galia del norte, aún seguía siendo pagano, pero no mostraba hostilidad hacia la Iglesia. Se había casado con Santa Clotilde, la hija de Chilperico, el rey de Borgoña, quien era cristiana y había hecho numerosos intentos para convertir a su esposo.

Clodoveo accedió a que su hijo primogénito recibiera el bautismo, pero lamentablemente el niño falleció poco después. Clodoveo acusó a su esposa de ser responsable por haberlo bautizado, diciendo: «Si lo hubiéramos consagrado a mis dioses, no habría muerto. Pero como lo bautizamos en el nombre de tu Dios, era imposible que viviera». A pesar de esta acusación, Clotilde también bautizó a su siguiente hijo y este también enfermó. El rey se enfureció y exclamó: «¡Mira los efectos del bautismo! gritó enojado. Nuestro hijo está condenado a morir, como su hermano, por haber sido bautizado en el nombre de Cristo». Aunque el niño finalmente se recuperó, Clodoveo seguía siendo reacio a convertirse. Necesitaba más pruebas.

Finalmente, en el año 407, durante un enfrentamiento con los germanos que cruzaron el río Rin, Dios proporcionó una prueba irrefutable. Se cuenta que Santa Clotilde se despidió de su esposo con estas palabras: «Señor, si deseas obtener la victoria, invoca al Dios de los cristianos. Si tienes fe en Él, nadie podrá resistirte».

El belicoso monarca prometió convertirse al cristianismo si salía victorioso. Clodoveo, desesperado o recordando las palabras de su esposa, clamó al cielo: «¡Oh Cristo, a quien mi esposa invoca como Hijo de Dios, te ruego que me ayudes! He invocado a mis dioses y han demostrado ser impotentes. Ahora te invoco a Ti. Creo en Ti. Si me salvas de mis enemigos, recibiré el bautismo en tu nombre».

En ese momento, los francos atacaron con gran valentía y derrotaron a los germanos.

Al regresar de la expedición, Clodoveo pasó por Toul para encontrarse con San Vedasto, a quien le pidió que le enseñara la fe durante su viaje. Sin embargo, Santa Clotilde, temiendo que su esposo olvidara su promesa una vez que pasara la emoción de la victoria, llamó a San Remigio y le pidió que aprovechara la oportunidad para tocar el corazón de Clodoveo.

Cuando el rey divisó a su esposa al volver de la guerra, gritó:

«Clodoveo ha vencido a los germanos y tú has vencido a Clodoveo. Por fin has conseguido lo que tanto  deseabas».

Santa Clotilde respondió:

«Los dos triunfos son obra del Señor de los ejércitos».

El monarca dijo a su mujer que el pueblo se resistiría tal vez a olvidar a sus antiguos dioses, pero que él iba a tratar de convencerlo, siguiendo las instrucciones de San Remigio. Así pues, reunió a los oficiales y a los soldados. Pero, antes de que tuviese tiempo de dirigirles la palabra, todo el ejército gritó al unísono:

«Abjuramos de los dioses mortales y estamos prontos a seguir al Dios inmortal que predica Remigio».

San Remigio y San Vedasto procedieron a instruir al pueblo para el bautismo. Con el fin de impresionar la imaginación de aquel pueblo bárbaro, Santa Clotilde mandó que se adornase con guirnaldas la calle que conducía del palacio a la iglesia y que en ésta y en el bautisterio se encendiese un gran número de antorchas y se quemase incienso para perfumar el ambiente. Los catecúmenos se dirigieron a In iglesia en procesión, cantando las letanías y cargando cada uno una cruz.

San Remigio conducía de la mano al rey, seguido por la reina y todo el pueblo. Se dice que ante la pila bautismal el santo obispo dirigió al rey estas palabras memorables:

«Humíllate, Sicambrio; adora lo que has quemado y quema lo que has adorado.»

Esta frase resume perfectamente la transformación que la penitencia debe generar en cada cristiano. Más tarde, San Remigio bautizó a las dos hermanas del rey y a tres mil de sus soldados, sin contar a las mujeres y los niños. En esta tarea, recibió la ayuda de otros obispos y sacerdotes.

Hincmaro de Reims, quien escribió la biografía de San Remigio en el siglo IX, fue el primero en mencionar la siguiente leyenda: cuando los acólitos olvidaron el crisma para las unciones en el bautismo de Clodoveo, San Remigio se puso en oración; en ese momento, una paloma descendió del cielo llevando en su pico una ampolla con el santo crisma. La reliquia de la «Santa Ampolla» se conservó en la abadía de San Remigio y se utilizó en la consagración de los reyes de Francia hasta la coronación de Carlos X en 1325. Aunque la Revolución destruyó la reliquia, aún se conservan fragmentos en la catedral de Reims.

También se cuenta que San Remigio otorgó a Clodoveo el poder de curar «el mal de los reyes» (la gota). En todas las ceremonias de coronación de los reyes de Francia hasta Carlos X, se hacía referencia a este poder, que estaba relacionado con las reliquias de San Marculfo, quien vivió alrededor del año 558.

Bajo la protección de Clodoveo, San Remigio predicó el Evangelio entre los francos y Dios le concedió el don extraordinario de realizar milagros, según relatan sus biógrafos. En un sínodo en Lyon contra los arrianos, los obispos declararon que se sintieron motivados a defender la fe católica por el ejemplo de Remigio, «quien con múltiples milagros y señales destruyó los altares de los ídolos en todas partes».

El santo promovió especialmente la ortodoxia en Borgoña, que estaba afectada por la herejía arriana. En un sínodo celebrado en el año 517, San Remigio logró convertir a un obispo arriano que había venido a debatir con él. Poco después de la muerte de Clodoveo, los obispos de París, Sens y Auxerre escribieron a San Remigio acerca de un sacerdote llamado Claudio, a quien el santo había ordenado por solicitud de Clodoveo.

Los obispos lo acusaron de haber otorgado la ordenación a un hombre indigno y de haberse plegado al monarca, insinuando su participación en abusos financieros cometidos por Claudio. San Remigio respondió a los obispos, rechazando las acusaciones y señalando que estas habían sido impulsadas por la envidia. A pesar del desprecio que mostraban por su avanzada edad, el santo respondió con caridad y paciencia, dejando claro su compromiso con la fe y su integridad.

 

«Más bien deberíais regocijaros fraternalmente conmigo, pues, a pesar de mi edad, no tengo que comparecer ante vosotros como acusado ni pediros misericordia.»

En cambio, empleaba un tono muy diferente al hablar de cierto obispo que había ejercido la jurisdicción fuera de su diócesis:

«Si Vuestra Excelencia ignoraba los cánones, el mal consistió en atreverse a salir de la diócesis antes de haberlos estudiado . . . Tenga cuidado Vuestra Excelencia en no violar los derechos ajenos, si no quiere perder los propios.»

San Remigio murió hacia el año 530. San Gregorio de Tours le describe como «hombre de gran saber, muy amante de los estudios de retórica, e igual en santidad a San Silvestre.

Oración a San Remigio

Oh glorioso San Remigio, llama ardiente de la fe y luz del pueblo franco, tú que fuiste escogido por Dios para anunciar el Evangelio y bautizar a Clodoveo, abre también nuestros corazones a la gracia de Cristo.

Intercede por nosotros para que, así como convertiste a un reino entero, también nosotros seamos transformados por el poder del Espíritu Santo.
Guíanos con sabiduría en los tiempos de confusión, danos firmeza en la verdad,y humildad en el servicio a los demás.

Oh pastor fiel, que diste testimonio con tu vida de la misericordia de Dios, concédenos la fortaleza para vivir con fidelidad el Evangelio, la paz para perdonar,y la esperanza que no defrauda.

Por tu intercesión, que nuestras familias y comunidades se mantengan firmes en la unidad, la caridad y la fe verdadera.

Amén.

 

Cordero de Dios

San Remigio | Fuentes

La vida de los Santos por Butler

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.