10 de Agosto: San Lorenzo, diácono y mártir


san lorenzo de huesca

San Lorenzo (en latín: Laurentius, lit. «laurelado»; 31 de diciembre de 225 dC – 10 de agosto de 258) fue uno de los siete diáconos de la ciudad de Roma, bajo el papa Sixto II que fueron martirizados en el persecución de los cristianos que ordenó el emperador romano Valeriano en 258. Cuando Sixto se convirtió en Papa en 257, ordenó a San Lorenzo como diácono, y aunque todavía era joven, lo nombró primero entre los siete diáconos que servían en la iglesia de la catedral.


Día celebración: 10 de agosto.
Lugar de origen: Valencia, Italia.
Fecha de nacimiento: 31 de diciembre de 225.
Fecha de su muerte: 10 de agosto de 258.
Santo Patrono de: Roma, Grosseto, Rotterdam (Países Bajos), Huesca (España), San Lawrenz, Gozo y Birgu (Malta), Barangay San Lorenzo San Pablo (Filipinas), Canadá, Sri Lanka, comediantes, archiveros, bibliotecarios, estudiantes, mineros, curtidores, chefs, tostadores, pobres, bomberos.


Contenido

– Introducción
– Persecución de 258
– Martirio de San Sixto
– Tesoros de la Iglesia
– El tormento de las parrillas
– Reliquias y culto
– Oración a San Lorenzo


Introducción

Fue San Lorenzo español de nación y natural de Huesca. Nació como a media legua de la ciudad, en una casa de campo que hasta el día de hoy ha guardado el nombre de Loreto. Su padre se llamó Orencio y su madre Paciencia. De ambos hace mención el Martirologio romano el día primero de mayo, y la Iglesia de Huesca celebra su fiesta respectivamente el 11 y el 13 del mismo mes. Tuvo un hermano, por nombre Orencio, que fue obispo de Auch y se conmemora el 26 de septiembre.

De la niñez y juventud de San Lorenzo nada se sabe de cierto, solamente nos consta que siendo todavía jovencito fue a Roma, allí le criaron sus padres en virtud y letras. Salió el piadoso mancebo tan aprovechado, que se atrajo el aprecio y veneración de todos los fieles de aquella Iglesia.

A 30 de agosto del año 257. ocupó la silla de San Pedro el papa Sixto II, ateniense de nación, y arcediano de la Iglesia romana. Para sustituirle en este cargo, el nuevo Pontífice nombró a San Lorenzo. Ya en los principios de la Iglesia, eligieron los Apóstoles siete auxiliares, encargados de lo que llamaron «ministerio», que en griego es «diaconía». Eran los diáconos, como aún lo son hoy día, clérigos investidos de cierta dignidad eclesiástica, inmediatamente inferior al presbiterado.

Solían ejercer muy diversas funciones: por su cuenta corría, a lo menos en los principios, el proveer al abastecimiento material y asegurar el orden en la comunidad cristiana; asistían al presbítero en la celebración del culto divino, leían la Epístola y el Evangelio, despedían de los oficios, a su debido tiempo, a las distintas categorías de asistentes paganos, catecúmenos, bautizados —el líe misa est es un recuerdo de lo que decimos— , distribuían la sagrada comunión, recibían las ofrendas y dirigían el canto.

Los diáconos siguieron siendo coadjutores de los obispos y sacerdotes, pero andando el tiempo limitaron su actividad a la asistencia de los pobres. Vivían con el jefe de la comunidad cristiana, y eran algo así como testigos de la pureza de su doctrina y tenor de vida. Cuando la cabeza de la comunidad era un obispo, y más al tratarse del de Roma, subían de punto las funciones y dignidades de los diáconos, y de ahí que los que ahora llamamos cardenales, por ser los consejeros del Sumo Pontífice, pueden ser mirados como legítimos herederos de aquellos diáconos
que servían a los Papas en los primeros siglos de la Iglesia.

Era San Lorenzo el principal de los siete diáconos de Roma, cada uno de los cuales tenía a su cargo uno de los barrios de la ciudad; mejor dicho, era el arcediano y, como tal, tenía que encargarse en cierto modo de los 40.000 cristianos que había en Rom a a mediados del siglo III.

La situación legal de la Iglesia era muy precaria por entonces. La persecución seguía haciendo estragos, pero la comunidad cristiana tenía en propiedad no pocas iglesias, casas y haciendas, que eran como un sagrado patrimonio de las viudas, huérfanos y menesterosos. Con vivir en
medio de tantos bienes terrenos, San Lorenzo era pobre y vivía como tal.

Persecución de 258

Un edicto de persecución del año 257, decretó ya pena de destierro contra los más ilustres miembros de la comunidad cristiana. El mes de julio del siguiente año 258, el emperador Valeriano hizo aprobar por el Senado un edicto de persecución mucho más brava y cruel que la anterior.

San Cipriano, obispo de Cartago, lo trae en una de sus cartas. «Los enviados a Roma para cerciorarse de la veracidad del edicto publicado contra nosotros —dice el Santo— están ya de regreso. Según ellos, el emperador Valeriano ha cursado un escrito al Senado para que sancione las siguientes medidas, decapitación, sin previo juicio ni proceso, de los obispos, sacerdotes y diáconos cristianos; degradación e incautación de los bienes pertenecientes a los senadores, nobles y caballeros romanos que se declaren cristianos.

Si persisten en su declaración, serán igualmente decapitados, las matronas serán desposeídas de sus haciendas y condenadas al ostracismo, los empleados del palacio imperial que hayan hecho profesión de fe cristiana y no abjuren de la misma, se harán tributarios del fisco y trabajarán encadenados como esclavos en los dominios del César».

San Cipriano puntualiza y declara más todavía «En esta persecución —dice— no pasa día sin denuncias de cristianos a quienes se les confiscan los bienes y se les condena a la pena de muerte».

Martirio de San Sixto

El 6 de agosto del año 258, el papa Sixto II celebró los santos misterios en la catacumba de Pretextato, que era probablemente uno de tantos cementerios privados a los que no se extendía la confiscación. Pero la vigilancia de los prefectos era rigurosísima para impedir que en ningún lugar hubiese asambleas cristianas. Irrumpieron de pronto en la catacumba los delegados del gobernador y hallaron al Papa sentado en su cátedra y predicando a los fieles.

Sin tener en cuenta con los oyentes, detuvieron al obispo de Roma y demás sacerdotes y les hicieron comparecer ante uno de aquellos prefectos que tenían a la sazón tribunal permamente, como da a entender San Cipriano. A Sixto y sus compañeros, los condenaron a ser degollados en el mismo lugar en que fueron presos. Salióles al camino Lorenzo, deseoso de acompañar a San Sixto en aquel sacrificio, y con muchas y tiernas lágrimas le rogó que le llevase en su compañía. Oigamos el sublime diálogo de los dos santos mártires:

— ¿Adonde vas, Padre, sin tu hijo— ¿Adonde vas, santo sacerdote, sin tu diácono? ¿Por ventura vas a ofrecerte al Señor en sacrificio? Pues¿cómo le quieres ofrecer, fuera de tu costumbre, sin ministro? ¿Qué has visto en mí que no te agrade, para que así me deseches? ¿Me haz hallado acaso flojo y remiso en el desempeño de mi cargo?

De esta suerte deseaba Lorenzo con vivas ansias acompañar en los tormentos y sacrificios de la propia vida, al santo Pontífice a quien tantas veces había asistido en el sacrificio incruento del Redentor. Enternecióse San Sixto con las palabras y lágrimas de su amado diácono, y para consolarle, dióle esperanza de que presto moriría él también por el Señor.

—No te dejo, hijo mío — le respondió— , ni te desecho por flojo y re­miso; antes te hago saber que te queda otra batalla más dura que la mía y tormentos más atroces. Por ser yo viejo y flaco, mi tormento será breve y ligero; mas tú, que eres mozo robusto, triunfarás con mayor victoria del tirano. Deja de llorar, que presto morirás tú también por Cristo.

Esto dijo el santo Pontífice, y se despidió de su fidelísimo diácono. Apartóse Lorenzo muy afligido, y para cumplir el mandato del Pontífice, salió con gran diligencia en busca de los pobres cristianos y personas miserables que estaban escondidas, para socorrerlas conforme a su necesidad. Entró en casa de una viuda llamada Ciríaca, que tenía escondidos a muchos clérigos y cristianos. Lo primero que hizo al llegar, fue a lavarles humildemente los pies.

Puso luego las manos sobre la cabeza de Ciríaca, y con solo esto le quitó un fuerte dolor que padecía, después repartió cuantiosas limosnas a los pobres que allí estaban. Pasó de esta casa a otra de un cristiano llamado Narciso, donde halló gran número de cristianos angustiados, temerosos y afligidos, los consoló y esforzó, les dio limosna y a todos ellos les lavó los pies. A otros muchos cristianos visitó Lorenzo aquella misma noche, empleada toda ella en cumplir cuanto le había mandado San Sixto. Dábales el ósculo de paz, lavábales los pies, repartíales limosnas y sanaba milagrosamente a los enfermos.

Tesoros de la Iglesia

Supo por entonces el emperador Valeriano que la comunidad cristiana poseía gran copia de riquezas, y deseoso de tomarlas y hartar con ellas su codicia, mandó comparecer a Lorenzo ante su presencia.

—Oigo decir que vosotros, los cristianos, os quejáis de que os tratamos cruelmente, pero ahora no hablemos de tormentos. De ti depende el darme lo que voy a pedirte. A juzgar por las noticias que hasta mí han llegado, los Pontífices cristianos ofrecen libaciones en vasos de oro, y vierten la sangre de las víctimas en copas de plata. Me han dicho que alumbráis los sacrificios nocturnos con candelabros de oro. Traedme esos tesoros, el emperador los ha menester para pagar la soldada a las tropas.

—Confieso que nuestra Iglesia es riquísima —repuso Lorenzo— . Ni el mismo emperador posee tan grandes tesoros. Quiero mostrarte lo más precioso que hay en ella. Te pido que me dejes unos días para recogerlo. Dióle Valeriano tres días de plazo, y mandó a un caballero romano llamado Hipólito que anduviese siempre a su lado y no le perdiese de vista en aquellos tres días.

Hipólito llevó al Santo a una cárcel donde había ya muchos presos, situada en el mismo lugar en que más tarde edificaron la iglesia de San Lorenzo in fonte. En ella sanó el santo diácono a muchísimos enfermos y bautizó a no pocos neófitos. La conducta del nuevo preso y los grandes milagros que obraba, movieron a reflexión al caballero.

— ¡Oh Hipólito! —le dijo Lorenzo— , si crees en Dios Padre todopoderoso y en Jesucristo su Hijo, yo te prometo mostrarte grandes tesoros, y lo que es más, hacerte partícipe de la vida eterna.

El caballero pidió noticia de la verdad de nuestra santa fe y de los tesoros inestimables que tiene Dios en el cielo para sus siervos; creyó en Jesucristo, y recibió el bautismo él y toda su familia, que eran diecinueve personas. Después, dio generosamente la vida por la fe, el 13 de agosto. Lorenzo empezó luego a recorrer la ciudad, en busca de los 1.500 pobres que sustentaba la Iglesia de Roma. Juntó todos los ciegos, leprosos, cojos, paralíticos y mendigos que pudo hallar, hízolos poner en los carros que le habían enviado y fuése con ellos al emperador, y díjole:

—Príncipe augusto, estos son los tesoros de la Iglesia; porque por sus manos suben al cielo nuestras limosnas, y alcanzamos las riquezas eternas. Aprovéchate de ellas para bien de Roma y de ti mismo.

No es fácil figurarse la saña que sintió arder en su pecho el tirano, viéndose engañado por Lorenzo y burladas sus esperanzas. Mandó que al punto desnudasen delante de él al santo diácono y rasgasen sus carnes con escorpiones, que eran látigos armados de plomadas en las puntas.

Hizo luego traer los instrumentos con que atormentaban a los mártires,para que entendiese que por todos ellos había de pasar, si no se rendía.

— Bien sé que deseas la muerte —le dijo— ; pero no te la daré de golpe, no; antes habrás de aguantar uno a uno todos los tormentos. Mas el esforzado caballero de Cristo no se espantó, estaba su corazón tan encendido en el amor al Señor, que todas las penas le parecían pocas comparadas con las que él deseaba padecer.

— ¿Piensas, por ventura, atemorizarme con tus tormentos? —dijo al tirano— . Pues quiero que entiendas que estos suplicios que tan horribles te parecen, para mí son regalos y suavísimos deleites. Has de saber también que siempre he deseado comer de esta mesa y hartarme de estos manjares.

Díjole el emperador que no confiase en los tesoros que tenía escondidos, porque no le podían librar de los tormentos que le estaban preparados. Respondióle Lorenzo con mucho sosiego y alegría de su alma:

— En los tesoros del cielo confío yo. Son ellos la misericordia y piedad divina con que el Señor me ha de favorecer para que mi alma quede libre, mientras el cuerpo sienta los tormentos.

Mandó Valeriano que le azotasen crudamente con varas, que le colgasen en el aire y le quemasen los costados con planchas de hierro encendidas. El santo diácono, al par que se reía del tirano, diciéndole que no sentía sus tormentos, daba gracias al Señor, y decía:

— ¡Oh Jesús, amor mío!, apiádate de tu siervo, porque siendo acusado no te negué, y siendo preguntado te confesé en medio de los tormentos.

— Tú eres mago —le gritó el tirano— , y por arte mágica te burlas de los suplicios, pero yo te juro por los dioses inmortales que has de padecer tantas y tan graves penas, como ningún hombre hasta hoy las padeció.

— Con la gracia de mi Señor Jesucristo, nada temo. Los tormentos se han de acabar. Toma, pues, las cosas con calm a; vete combinando a gusto las torturas y hazme padecer cuanto se te antoje. Enojóse aún más el tirano, y mandó azotarle de nuevo con plomadas. Lo hicieron los verdugos tan atrozmente, que Lorenzo creyó morir, alzó los ojos al cielo y pidió al Señor que fuese servido de recibir su alma. Mas una voz que oyeron los presentes, díjole que aún le quedaba mucho por padecer. Alegró a Lorenzo la confianza que el Cielo depositaba en él.

— Varones romanos —gritó entonces el tirano— , ¿no veis cómo los demonios amparan a este sacrílego que ni teme a los dioses, ni a vuestros príncipes, ni tan atroces tormentos?

Mandó que le extendiesen en el ecúleo, semejante a un caballete con ruedas en los extremos, para estirar y desconyuntar al mártir. Lorenzo, con rostro alegre, daba gracias al Señor y decía:

—Bendito seas, Dios mío y Padre de mi Señor Jesucristo, que usas de tanta misericordia con quien tan poco la merece. Conjúrate, Señor, por tu sola bondad, que me des tu gracia, para que todos los circunstantes conozcan que no desamparas a tus siervos en el tiempo de la tribulación. El emperador creyó sin duda que los atrocísimos dolores de aquella prueba quebrantarían la constancia del santo mártir, y así mandó que lo apartasen ya de su presencia. Vino entonces un ángel del cielo que esforzó a Lorenzo, le dio alivio en aquel suplicio, y con una esponja le limpió el sudor del rostro y las llagas de su cuerpo.

Un soldado que allí estaba, llamado Rom án, vio también al ángel que limpiaba las llagas del santo mártir. Y a antes había sido testigo de la heroica constancia de Lorenzo, con lo que se movió a conversión, y alumbrado ahora con luz celestial, hízose cristiano. Bautizóle el mismo San Lorenzo y fue mártir el día 9 de agosto.

El tormento de las parrillas

A Lorenzo, El inicuo juez preguntóle de qué linaje era.

— En cuanto al linaje — respondió Lorenzo— soy español, criado en Roma desde pequeño, bautizado y enseñado en la fe cristiana.

— ¿Cómo —le dijo el juez— te atreves a llamar divina a una ley que te enseña a burlarte de los dioses?

— No me cansaré de repetir que hay un Dios, sólo uno —respondió Lorenzo— ; y en el nombre de mi Señor Jesucristo, mantendré esta verdad, a despecho de todos los suplicios. Amenazóle el tirano con atormentarle durante toda aquella noche.

— Si así es —le respondió el mártir— , esta noche será clara y llena de alegría para mí, y no tendrá oscuridad alguna. El emperador no pudo ya contener su enojo, y mandó traer una cama
de hierro a manera de parrillas, tan grandes que pudiesen sustentar el cuerpo del Santo, y debajo poner brasas para que poco a poco se fuese que­mando.

Con gran presteza y solicitud prepararon los verdugos tan dura cama, desnudaron al Santo y le tendieron sobre las parrillas. El tirano le apostrofaba, los verdugos atizaban el fuego y traspasaban el cuerpo del mártir con agudas horquillas de hierro; los circunstantes miraban el espectáculo atónicos y pasmados.

Permitió el Señor que su siervo Lorenzo, que tenía ya el cuerpo molido y magullado, padeciese este nuevo tormento del fuego sin menoscabo de la tranquilidad de su alma.

— Recibid, Señor —decía—, mi sacrificio en olor de suavidad. Volvió los ojos al tirano y díjole:

— Entiende que este fuego es para mí suavísimo refrigerio y regalo; todo su ardor lo guarda para quemarte a ti eternamente, sin consumirte jamás. Valeriano estaba turbado en extremo. La saña y enojo le ofuscaron el juicio, y así no reflexionó como hubiera debido hacerlo al ver la heroica constancia de aquel valeroso e invencible soldado de Cristo.

—Mira, Valeriano —le dijo el santo mártir, con un soplo de voz que aún parecía recia—, ¿no ves que está ya asada una parte de mi cuerpo? Manda que me vuelvan para que se ase la otra y puedes tú comer de mis carnes sazonadas. Volviéronle los verdugos, y, pasados unos instantes, dijo Lorenzo.

—Y a estoy asado, ahora puedes comer.

Los cristianos recién bautizados que se hallaban presentes, vieron el rostro del mártir cercado de extraordinario resplandor, y sintieron que exhalaba su cuerpo suavísima fragancia. Finalmente, llegado el plazo que el Señor había determinado para coronarle, volvió Lorenzo a alabar a Dios, diciéndole:

—Gracias te doy, Señor mío y Dios mío, por haberme dado poder entrar en el reino de tu bienaventuranza eterna.

Diciendo esto, expiró. Era el día 10 de agosto del año 258. No cabe describir la confusión y bochorno que hubo de sufrir Valeriano ante la humillante derrota que acababa de infligirle el fortísimo confesor de la fe. Aquella serenidad e indomable constancia, habían sido para su orgullo castigo mucho más violento que el soportado por su víc­tima.

Reliquias y culto

Hipólito y el presbítero Justino cogieron secretamente el cuerpo del santo mártir y lo enterraron extramuros de la ciudad, en una heredad de Ciríaca, aquella viuda a la que Lorenzo había sanado. El emperador Constantino edificó sobre el sepulcro un suntuoso templo, que está en el Campo Verano —cementerio de Rom a—, y es una de las cinco iglesias patriarcales y de las siete principales «estaciones» de la ciudad.

También el papa San Dámaso le edificó-un templo llamado San Lorenzo in Dámaso, actualmente en el palacio de la Cancillería apostólica. Muchas otras iglesias de Roma son de su advocación. La famosa capilla que encierra tantas reliquias y se halla en la parte alta de la Scala sancta, llamada hoy día Sancta Sanctorum, era en otros tiempos el oratorio de San Lorenzo que servía a los Papas.

La emperatriz Santa Pulquería, en el siglo v, edificó en Constantinopla un suntuoso templo a San Lorenzo, y el emperador Justiniano lo adornó después con magnificencia extraordinaria. El católico rey de España don Felipe II, edificó el célebre monasterio de San Lorenzo de El Escorial, distante pocas leguas de Madrid. Es un edificio suntuosísimo, digno de la grandeza y piedad de tan cristiano príncipe y tiene forma de parrillas.

En los principios tuviéronle a su cargo los Jerónimos, ahora guárdanlo los Padres Agustinos. Exornada está la literatura cristiana con muchas y bellísimas páginas que en prosa y verso ensalzan al sin par valeroso y fortísimo caballero de Cristo y esforzado mártir. De él escribieron insignes doctores y lumbreras de la Iglesia, como San Agustín, San Ambrosio, San Pedro Crisólogo, San Máximo de Turín. San Fulgencio y el poeta cesaraugustano Aurelio Prudencio, ilustre cantor del glorioso triunfo de los mártires hispanos.

Oración a San Lorenzo

Señor Dios: Tú le concediste a este mártir un valor impresionante para soportar sufrimientos por tu amor, y una generosidad total en favor de los necesitados. Haz que esas dos cualidades las sigamos teniendo todos en tu Santa Iglesia: generosidad inmensa para repartir nuestros bienes entre los pobres, y constancia heroica para soportar los males y dolores que tú permites que nos lleguen.

Amén.

San Lorenzo | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.