Borja

10 de Octubre: San Francisco de Borja

Publicado el 10 de octubre de 2020

Actualizado el 23 de abril de 2025

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San Francisco de Borja fue un jesuita español que también era bisnieto del Papa Alejandro VI. Además, ocupó el cargo de tercer Superior General de la Compañía de Jesús. Fue canonizado el 20 de junio de 1670 por el Papa Clemente X.


Día celebración: 10 de Octubre / 30 de Septiembre.
Lugar de origen: Ducado de Gandía, España.
Fecha de nacimiento: 28 de Octubre de 1510.
Fecha de su muerte: 30 de Septiembre de 1572.
Santo Patrono de: Contra terremotos; Portugal; Gandía.


Contenido

– Noble Linaje
– Muerte de Doña Leonor
– La Compañía de Jesús
– Muerte
– Oración a San Francisco de Borja


Noble Linaje

La familia Borja, una de las más famosas en el reino de Aragón, alcanzó fama mundial cuando Alfonso Borgia se convirtió en Papa con el nombre de Calixto III. A finales del mismo siglo, otro Borgia llegó al papado, Alejandro VI, quien tenía cuatro hijos cuando asumió el cargo.

Para asegurar el futuro de su hijo Pedro, adquirió el ducado de Gandía, en España. Pedro luego lo transmitió a su hijo Juan, quien lamentablemente fue asesinado poco después de casarse. El tercer duque de Gandía, a su vez, contrajo matrimonio con la hija ilegítima de un descendiente de Fernando V de Aragón. De esta unión nació en 1510 Francisco de Borja y Aragón, nuestro santo, quien era nieto de un Papa y de un rey, además de ser primo de Carlos V.

Francisco se unió a la corte de Carlos V después de completar sus estudios, cuando tenía dieciocho años. En ese momento, ocurrió un incidente cuya relevancia solo se haría evidente más adelante. En Alcalá de Henares, Francisco quedó profundamente impresionado al presenciar el arresto de un hombre que estaba siendo llevado ante la Inquisición: ese hombre era Ignacio de Loyola.

 

Al año siguiente, tras de recibir el título de marqués de Lombay, Francisco contrajo matrimonio con Leonor de Castro. Diez años más tarde, Carlos V le nombró virrey de Cataluña, cuya capital es Barcelona. Años después, Francisco solía decir:

«Dios me preparó en ese cargo para ser general de la Compañía de Jesús. Ahí aprendí a tomar decisiones importantes, a mediar en las disputas, a considerar las cuestiones desde los dos puntos de vista. Si no hubiese sido virrey, nunca lo hubiese aprendido.»

En el ejercicio de su cargo consagraba a la oración todo el tiempo que le dejaban libres los negocios públicos y los asuntos de su familia. Los personajes de la corte comentaban desfavorablemente la frecuencia con que comulgaba, ya que prevalecía entonces la idea, muy diferente de la de los primeros cristianos, de que un laico envuelto en los negocios del mundo cometía un pecado de presunción si recibía con demasiada frecuencia el sacramento del Cuerpo de Cristo. En una palabra, el virrey de Cataluña ya no era lo que había sido:

«veía con otros ojos y oía con otras orejas que antes; hablaba con otra lengua, porque su corazón había cambiado.»

En 1543, al fallecer su padre, Francisco heredó el ducado de Gandía. Sin embargo, cuando el rey Juan de Portugal se negó a reconocerlo como una figura destacada en la corte de Felipe II, quien se estaba preparando para casarse con su hija, Francisco optó por renunciar al virreinato y se retiró con su familia a Gandía. Esta decisión representó un golpe significativo para su carrera pública, y a partir de ese momento, el duque comenzó a centrarse más en sus asuntos personales.

En efecto, fortificó la ciudad de Gandía para protegerla contra los piratas berberiscos, construyó un convento de dominicos en Lombay y reparó un hospital. Por entonces, el obispo de Cartagena escribió a un amigo suyo:

«Durante mi reciente estancia en Gandía pude darme cuenta de que Don Francisco es un modelo de duques y un espejo de caballeros cristianos. Es un hombre humilde y verdaderamente bueno, un hombre de Dios en todo el sentido de la palabra . . . Educa a sus hijos con un esmero extraordinario y se preocupa mucho por su servidumbre. Nada le agrada tanto como la compañía de los sacerdotes y religiosos . . .»

 

Muerte de Doña Leonor

La inesperada muerte de Doña Leonor en 1546 marcó el final de esa vida idílica. La esposa de Francisco había sido su amada y leal compañera durante diecisiete años. Al verla sufrir en sus últimos momentos, Francisco decidió encomendar a Dios su voluntad en lugar de la suya propia. El hijo más joven de los ocho que tenían tenía tan solo ocho años cuando Doña Leonor falleció.

Poco después, el Beato Pedro Fabro hizo una breve parada en Gandía antes de dirigirse a Roma. Llevaba consigo un mensaje del duque para San Ignacio, en el que le comunicaba su intención de unirse a la orden de la Compañía de Jesús. San Ignacio recibió con alegría la noticia, pero aconsejó al duque que pospusiera sus planes hasta que terminara la educación de sus hijos. Además, le sugirió que buscara obtener el título de doctor en teología en la recién fundada Universidad de Gandía. También le aconsejó que mantuviera en secreto su propósito, ya que «el mundo no está preparado para escuchar semejante noticia».

Francisco siguió obedientemente estos consejos. Sin embargo, al año siguiente, fue convocado para asistir a las cortes de Aragón, lo que dificultó la realización de sus planes. Ante esta situación, San Ignacio le concedió el permiso de hacer su profesión religiosa en privado. Tres años después, el 31 de agosto de 1550, cuando todos sus hijos ya estaban establecidos, Francisco partió hacia Roma. En ese momento tenía cuarenta años.

 

La Compañía de Jesús

Cuatro meses después, volvió a España y se retiró a una ermita cerca de Loyola llamada Oñate. Desde allí obtuvo el permiso del emperador para transferir sus títulos y posesiones a su hijo Carlos. Inmediatamente decidió abrazar la vida religiosa y se afeitó la cabeza y la barba. En la semana de Pentecostés de 1551, fue ordenado sacerdote. La noticia de «el duque que se hizo jesuita» causó un gran impacto en la época. El Papa otorgó indulgencia plenaria a todos los que asistieron a su primera misa en Vergara, y la multitud que se congregó fue tan numerosa que tuvieron que celebrar la misa al aire libre.

Los superiores de la casa de Oñate lo nombraron asistente del cocinero, lo que implicaba tareas como llevar agua y leña, encender la estufa y limpiar la cocina. Cuando cometía errores al servir la mesa, el santo duque se disculpaba arrodillándose ante la comunidad por su torpeza. Inmediatamente después de su ordenación, comenzó a predicar en la provincia de Guipúzcoa, recorriendo los pueblos y utilizando una campanilla para llamar a los niños al catecismo y a los adultos a la instrucción.

Su superior en ese momento lo trató con la severidad que consideraba adecuada para un noble como él. A pesar de las dificultades que enfrentó en ese período, nunca mostró la menor impaciencia.

En una ocasión, mientras le curaban una herida en la cabeza, el médico expresó su preocupación por hacerle daño. Francisco respondió: «Nada podría herirme más que el trato digno que me das». Después de su conversión, el duque comenzó a practicar penitencias extremas, a pesar de su corpulencia. Aunque sus superiores pusieron límites a sus excesos, él encontraba formas de inventar nuevas penitencias. Con el tiempo, admitió que antes de unirse a la Compañía de Jesús, había mortificado su cuerpo con demasiada severidad.

Durante algunos meses, predicó fuera de Oñate, y tuvo un gran éxito como predicador. Muchas personas buscaron su orientación espiritual. Fue uno de los primeros en reconocer el gran valor de Santa Teresa de Jesús.

Después de realizar trabajos destacados en Castilla y Andalucía, se destacó aún más en Portugal. En 1541, San Ignacio lo nombró provincial de la Compañía de Jesús en España. Aunque San Francisco de Borja ejerció ese cargo con un toque de autoridad propio de la nobleza de su época, también demostró su celo y siempre enfatizó la importancia de que la Compañía de Jesús se caracterizara por la oración, los sacramentos, la separación del mundo y la obediencia perfecta. Estas características reflejaban su propia espiritualidad.

San Francisco de Borja fue prácticamente el fundador de la Compañía de Jesús en España, ya que estableció numerosas casas y colegios durante su tiempo como provincial. A pesar de sus responsabilidades religiosas, también se preocupaba por su familia y los asuntos de España. Por ejemplo, ayudó a aliviar los últimos momentos de Juana la Loca, quien había perdido la razón cincuenta años antes debido a la muerte de su esposo y había desarrollado una aversión por el clero desde entonces. Al año siguiente, poco después de la muerte de San Ignacio, Carlos V abdicó, se retiró al monasterio de Yuste y llamó a San Francisco.

El emperador nunca había tenido una buena opinión de la Compañía de Jesús y expresó su descontento a San Francisco por su elección de unirse a esa orden. Sin embargo, el santo explicó sus motivos para unirse a los jesuitas y afirmó que Dios lo había llamado a un estado que combinaba la acción con la contemplación y lo liberaba de las dignidades que lo habían acosado en el mundo. Aclaró que, aunque la Compañía de Jesús era una orden relativamente nueva, el fervor de sus miembros superaba la antigüedad, ya que «la antigüedad no garantiza el fervor».

Con esto, los prejuicios de Carlos V se disiparon. Aunque San Francisco no era partidario de la Inquisición, este tribunal lo miraba con desconfianza, y Felipe II tuvo que escuchar calumnias levantadas por envidiosos en su contra. San Francisco permaneció en Portugal hasta 1561, cuando el Papa Pío IV lo llamó a Roma a petición del P. Laínez, el general de los jesuitas.

En Roma, fue recibido con gran calidez. Entre los asistentes habituales a sus sermones se encontraban el cardenal Carlos Borromeo y el cardenal Ghislieri, quien posteriormente se convertiría en el Papa Pío V. San Francisco se involucró más en los asuntos de la Compañía y asumió roles de gran importancia.

En 1565, tras la muerte del P. Laínez, fue elegido como el nuevo líder de la Compañía de Jesús. Durante los siete años que estuvo en ese cargo, dio un impulso significativo a la orden en todo el mundo, casi como si fuera su segundo fundador. Su entusiasmo por difundir las misiones y la evangelización en el mundo no creyente dejó una marca indeleble en su legado. También se preocupó por distribuir estratégicamente a sus miembros en Europa para contribuir a la reforma de las costumbres.

Una de sus primeras acciones fue establecer un noviciado regular en Roma y ordenar que se hiciera lo mismo en las diferentes provincias. Quince años antes, durante su primera visita a la Ciudad Eterna, había mostrado un gran interés en el proyecto de fundar el Colegio Romano y había contribuido generosamente para hacerlo realidad.

Como líder de la Compañía, supervisó personalmente el Colegio Romano y delineó su programa académico. Aunque comúnmente se atribuye la fundación del Colegio Romano a Gregorio XIII, San Francisco es considerado su verdadero fundador. Además de esto, construyó la iglesia de San Andrés del Quirinal, fundó el noviciado en la residencia adyacente, inició la construcción del Gesú y expandió el Colegio Germánico, donde se formaban misioneros destinados a predicar en las regiones del norte de Europa afectadas por el protestantismo.

 

Se extiende la Compañía de Jesús

San Pío V tenía una gran confianza en la Compañía de Jesús y una admiración profunda por su líder, lo que permitía a San Francisco de Borja actuar con gran libertad. Gracias a él, la Compañía de Jesús se expandió más allá de los Alpes y se estableció la provincia de Polonia. Utilizando su influencia en la corte de Francia, logró que los jesuitas fueran bien recibidos en ese país y fundaron varios colegios.

Además, llevó a cabo reformas en las misiones de la India y el Extremo Oriente, y dio inicio a las misiones en América. Entre sus logros legislativos se encuentra una nueva edición de las reglas de la Compañía y una serie de directrices para los jesuitas dedicados a tareas específicas. A pesar de la extraordinaria carga de trabajo que asumió durante sus siete años como líder, nunca se apartó de sus objetivos ni descuidó su vida espiritual.

Un siglo después, el P. Verjus escribió: «Se puede decir con verdad que la Compañía debe su forma característica y su perfección a San Francisco de Borja. San Ignacio de Loyola diseñó el edificio y colocó los cimientos; el P. Laínez levantó las paredes; San Francisco de Borja completó la estructura y mejoró el interior, así terminando la gran obra que Dios había revelado a San Ignacio».

A pesar de sus múltiples responsabilidades, San Francisco aún encontraba tiempo para ocuparse de otros asuntos. Por ejemplo, cuando la peste azotó Roma en 1566, el santo recaudó donaciones para ayudar a los pobres y envió a sus seguidores, en parejas, a cuidar a los enfermos de la ciudad, a pesar del peligro que esto implicaba.

 

Muerte

En 1571, el Papa envió al cardenal Bonelli con una embajada a España, Portugal y Francia, y San Francisco de Borja le acompañó. Aunque la embajada fue un fracaso desde el punto de vista político, constituyó un triunfo personal de Francisco. En todas partes se reunían verdaderas multitudes para «ver al santo duque» y oírle predicar; Felipe II, olvidando las antiguas animosidades, le recibió tan cordialmente como sus subditos. Pero la fatiga del viaje apresuró el fin de San Francisco de Borja, muy debilitado desde tiempo atrás por la responsabilidad de su cargo y por el esfuerzo que le costaba el no poder dedicarse a la oración como lo hubiese deseado.

Su primo, el duque Alfonso, alarmado por el estado de su salud, le envió desde Ferrara a Roma en una litera. Sólo le quedaban ya dos días de vida. Por intermedio de su hermano Tomás, San Francisco envió sus bendiciones a cada uno de sus hijos y nietos y, a medida que su hermano le repetía los nombres de cada uno, oraba por ellos.

Cuando el santo perdió el habla, un pintor entró a retratarle, lo cual muestra la falta de delicadeza que se observaba en ciertas ocasiones durante aquella época. Al ver al pintor, San Francisco manifestó su desaprobación con la mirada y el gesto y volvió el rostro a la pared para que no pudiesen retratarle. Murió a la media noche del 30 de septiembre de 1572. Según la expresión del P. Brodrick fue «uno de los hombres más buenos, amables y nobles que han pisado nuestro pobre mundo.»

Desde el momento de su «conversión», San Francisco de Borja, canonizado en 1671, cayó en la cuenta de la importancia y de la dificultad de alcanzar la verdadera humildad y se impuso toda clase de humillaciones a los ojos de Dios y de los hombres.

En Valladolid, donde el pueblo recibió al santo en triunfo, el P. Bustamante observó que Francisco se mostraba toda vía más humilde que de ordinario y le preguntó la razón de su actitud. El santo replicó: «Esta mañana, durante la meditación, caí en la cuenta de que mi verdadero sitio está en el infierno y tengo la impresión de que todos los hombres, aun los más tontos, deberían gritarme: ¡’Ve a ocupar tu sitio en el infierno!'».

Un día confesó a los novicios que, durante los seis años que llevaba meditando la vida de Cristo, se había puesto siempre en espíritu a los pies de Judas; pero que recientemente había caído en la cuenta de que Cristo había lavado los pies del traidor y por ese motivo ya no se sentía digno de acercarse ni siquiera a Judas.

 

Oración a San Francisco de Borja

Admirable San Francisco de Borja, grande en la tierra, pero mucho mayor en el cielo por tus admirables virtudes, ejemplo de príncipes y señores, guía de sacerdotes, modelo de religiosos y prelados, celosísimo del bien de las almas; que has merecido del Señor gracia especial para librar de las enfermedades a tus devotos, conservarles el honor, y hacer que recobren la buena fama; para apaciguar discordias, aplacar terremotos, y librar de sus estragos a tantos pueblos, que os invocan por protector y patrono; alcánzame del Señor buen uso de las riquezas, paciencia en las adversidades, desprecio de las pompas y vanidades del mundo, la salud y el bienestar del cuerpo que convenga para mi salvación, y sobre todo imitación perfecta de tus virtudes, para gozar contigo de la presencia de Dios en el cielo por los siglos sin fin. Amén.

Cordero de Dios

 

San Francisco de Borja  | Fuentes

La vida de los Santos por Butler

Colofón
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