San León Magno, también conocido como San León el Grande, fue posiblemente uno de los mejores Papas de la historia. Luchó contra varias herejías que agitaban a la Iglesia, principalmente contra los maniqueos y los pelagianos. En el año 452 se enfrentó a Atila y convenció al flagelo de Dios y a sus hunos de no atacar Roma y abandonar Italia. También pudo frustrar la destrucción de Roma por Genserico tres años después.
Día celebración: 11 de abril.
Lugar de origen: Toscana, Antiguo Imperio Romano.
Fecha de nacimiento: 395.
Fecha de su muerte: 461.
Santo Patrono de: Músicos, cantantes.
Contenido
– Introducción
– Luchas con el Santo Pontífice
– Eutiques – Concilio de Calcedonia
– San León Magno y Átila
– Ingratitud de los Romanos
– Castigo de los romanos y últimos días de San León Magno
– San León Magno, Doctor de la Iglesia
– Oración a San León Magno
Introducción
San León Magno nació en Roma en el siglo cuarto y destacó desde joven en el estudio de las letras sagradas. Fue diácono y arcediano de la Iglesia romana, asesorando a los Papas en la lucha contra herejías como las de Pelagio y Nestorio. En 440, tras la muerte del Papa San Sixto III, fue elegido para sucederlo, a pesar de su inicial resistencia. Al regresar a Roma, fue aclamado con gran entusiasmo. Fue consagrado obispo de Roma en 440 y se le reconoce por su liderazgo en la Iglesia, su lucha contra la herejía y su papel en la protección del mundo romano de la barbarie, buscando establecer una nueva sociedad tras la decadencia del imperio.
San León Magno expresa su profunda gratitud hacia Dios y sus seguidores por su apoyo y confianza. Asegura que su único objetivo es cuidar y guiar a su comunidad espiritualmente. Pide a la comunidad que ore por él para mantenerse fiel a su responsabilidad. Destaca la firmeza y autoridad del «Príncipe de los Apóstoles» en la Iglesia, enfatizando su conexión con Jesucristo. Reconoce que cualquier éxito que pueda tener proviene de la influencia y méritos de Pedro, cuya autoridad sigue vigente. Concluye enfatizando la fe inquebrantable que protege y fortalece a la Iglesia contra cualquier adversidad.
Luchas con el Santo Pontífice
El nuevo Pontífice enfrentó desafíos de diversos grupos heréticos como maniqueos, donatistas y nestorianos. Usando su autoridad, combatió y castigó a estos grupos, ordenando la destrucción de sus libros y alertando a los obispos. En África, apoyó la lucha contra los donatistas y advirtió a los obispos españoles sobre los priscilianistas. San León Magno enfatizó la importancia de establecer una fecha fija para la celebración de la Pascua, basada en el Concilio de Nicea. A pesar de los desafíos, buscó unificar la celebración de la Resurrección en una fecha específica, considerando diferentes opiniones y riesgos de descontento.
Eutiques – Concilio de Calcedonia
E fin, para coronar gloriosamente su obra, el gran Papa convocó en Calcedonia un Concilio ecuménico compuesto de más de seiscientos obispos, que celebró sus sesiones del ocho de octubre al primero de noviembre del 451 y condenó solemnemente el funesto error de Eutiques, abad de un monasterio vecino a Constantinopla que contaba con 300 religiosos y a quien protegía Teodosio II, emperador de Oriente.
Eutiques pretendía que en Jesucristo no hay sino una sola naturaleza, como no hay más que una persona, pues la naturaleza divina había como absorbido y hecho desaparecer a la humana. Esto equivalía a negar el misterio de la Encarnación porque, si la naturaleza humana no subsiste ya distinta de la divinidad en la unidad de la persona del Verbo, no se puede decir que el Hijo de Dios se ha hecho hombre.
Esto era lo mismo que negar toda la obra de la Redención; porque, si Jesucristo es sólo Dios, no puede morir por nosotros, y si no está unido con nosotros por medio de su humanidad, no puede servir de mediador entre Dios y el hombre, con el que nada tiene de común. Es necesario que Jesucristo sea hombre para representar al hombre ante Dios y al mism o tiempo Dios para hacer que la justicia divina, que nada debe al hombre, acepte sus méritos y su intercesión.
El error de Eutiques obligó a San León Magno a explicar con mayor claridad la doctrina de la distinción de naturalezas en la unidad de persona en Jesucristo. Para aprobar a Flaviano, patriarca de Constantinopla, que había condenado a Eutiques en noviembre del 448, escribió su admirable carta sobre la Encarnación; carta calificada de divina por Bossuet y sólo comparable con los evangelios, y a la que la Iglesia ha considerado siempre como la expresión más exacta, elevada y augusta de la creencia católica sobre el dogma de la Encarnación del Salvador.
Esta carta produjo en el Concilio de Calcedonia un efecto admirable. Cuando los seiscientos obispos hubieron oído su lectura, exclamaron unánimemente: «Pedro ha hablado por boca de León».
San León Magno y Átila
San León Magno también se destacó por su intervención ante el rey de los hunos, Átila, durante la invasión de Italia en el año 452. Átila, conocido como «El Azote de Dios», había llevado a su ejército huno a través de Europa, causando destrucción y temor. Mientras Átila avanzaba hacia Roma, San León Magno se encontró con él y, según las crónicas, persuadió a Átila para que no atacara la ciudad. Aunque las razones exactas de la retirada de Átila no están claras, se cree que las negociaciones de San León Magno jugaron un papel crucial en la decisión de Átila de no saquear Roma.
La reunión entre San León y Átila es un evento notable en la historia medieval, ya que simboliza el poder espiritual del papado y la influencia de San León Magno. La tradición posterior ha ampliado y adornado esta historia, atribuyendo la retirada de Átila a un milagro divino. Aunque las fuentes históricas pueden variar en los detalles, está claro que San León Magno desempeñó un papel significativo en proteger a Roma y en consolidar la autoridad del papado durante un período tumultuoso.
Átila mostró respeto hacia San León Magno y prometió paz al imperio a cambio de un tributo anual. Detuvo las hostilidades y finalmente se retiró de los Alpes. Cuando los bárbaros le preguntaron por qué había actuado así ante el Papa, Átila describió una visión en la que vio a San Pedro junto a San León, lo que le hizo cambiar su decisión. El personaje estaba de pie, salían relámpagos de sus ojos y llevaba en la mano una espada desnuda; sus miradas terribles y su gesto amenazador me ordenaban que accediese a cuanto solicitaba el enviado de los romanos. Este personaje era San Pedro.
Ingratitud de los Romanos
San León Magno ordenó oraciones públicas de agradecimiento a Dios después de la retirada de Átila. Sin embargo, pronto observó que los romanos volvieron rápidamente a sus actividades frívolas y corruptas, incluidos juegos, teatros y comportamientos inmorales, incluso el emperador Valentiniano participó en actos inapropiados. En lugar de reconocer la intervención divina, algunos atribuyeron el éxito diplomático de San León a la influencia astrológica. San León expresó su profunda tristeza y desilusión ante la ingrata actitud de su pueblo durante una homilía en la fiesta de San Pedro y San Pablo.
—Amados hijos míos: La solemnidad religiosa establecida en memoria de nuestra libertad y a la que afluía toda la multitud de fieles para dar a porfía gracias a Dios, se ha visto en estos últimos tiempos casi universalmente descuidada; esto lo pone en evidencia el reducido número de los que han asistido a esta santa ceremonia.
Un abandono tan general ha sumido mi corazón en profunda tristeza y le ha infundido los más vivos temores, pues corren mucho peligro los hombres al mostrarse ingratos para con Dios y al echar en olvido sus beneficios, sin moverse al arrepentimiento a pesar de los castigos que inflige y sin experimentar ninguna alegría por el perdón que otorga.
Temo, pues, amados hijos, que se puedan aplicar a espíritus tan indiferentes estas palabras del profeta: «Los habéis herido y no lo han sentido; los habéis molido a golpes y no han querido someterse al castigo». Vergüenza me da el decirlo, pero estoy obligado a declararlo: se gasta más para los demonios que para los Apóstoles; espectáculos insensatos atraen mucha más gente que la basílica de los santos Mártires. ¿Quién ha salvado a esta ciudad? ¿Quién la ha librado de la cautividad? ¿Quién, por último, la ha sustraído a los horrores de una matanza? ¿Debe estos favores a las diversiones del circo o a la protección de los Santos?
No lo dudemos, por sus oraciones la divina justicia se ha dejado ablandar, y gracias a su poderosa intercesión hemos hallado una indulgencia misericordiosa cuando sólo merecíamos una cólera implacable. Os conjuro, amados hijos, a que paréis mientes en la reflexión del Salvador que, después de haber curado a los diez leprosos, hizo observar que tan sólo uno de ellos había vuelto para agradecer el beneficio; indicando con esto que los otros nueve, que también habían recobrado la salud del cuerpo sin demostrar el mismo agradecimiento, no habían podido faltar a este deber de gratitud sin impiedad manifiesta.
Así, pues, para que no se os pueda aplicar la misma nota de ingratitud, convertíos al Señor. Comprended bien las maravillas que se ha dignado obrar entre nosotros; guardaos de atribuir vuestra libertad a la influencia de los astros, como lo pretenden los impíos, antes agradecedla por completo a la inefable misericordia de un Dios todopoderoso, que ha querido amansar los corazones furiosos de los bárbaros.
Concentrad toda la energía de vuestra fe para grabar en vuestra memoria el recuerdo de tan gran beneficio. Aprovechemos de la mansedumbre del Maestro, que nos ha evitado el castigo para trabajar en nuestra enmienda, a fin de que San Pedro y los demás Santos, que nos han socorrido en infinidad de aflicciones y angustias, se dignen acoger las tiernas súplicas que dirigimos por vosotros al Dios de misericordia.
En agradecimiento por la liberación de Roma, San León Magno ordenó que la estatua de bronce de Júpiter Capitolino, adorada durante mucho tiempo, fuera fundida para crear una estatua de San Pedro. Esta estatua se colocó en la basílica vaticana, y aún hoy, los fieles de todo el mundo visitan para venerar y besar el pie desgastado por siglos de devoción.
Castigo de los romanos y últimos días de San León Magno
Sin embargo, Roma, tan ingrata para con Dios que la había salvado del furor de Átila, debía ser castigada. Fuera de esto, los últimos vestigios del imperio romano, que se habían convertido en obstáculo para la civilización cristiana, debían desaparecer. En junio de 455, Genserico, rey de los vándalos, dueños ya de África, Córcega y Sicilia, marchaba hacia Roma con un ejército formidable.
En medio de la crisis con los vándalos, el emperador Valentiniano III y el Senado optaron por huir, sin defender la ciudad. Sin embargo, San León Magno, mostrando valentía similar a cuando se enfrentó a Átila, se encontró con el rey vándalo. Logró persuadirlo para que saqueara la ciudad sin causar derramamiento de sangre ni incendios. Tras quince días, los vándalos se retiraron con un gran botín y numerosos prisioneros, incluida la emperatriz Eudoxia y sus hijas. San León proporcionó apoyo espiritual y material a los cautivos, enviando sacerdotes y ayuda financiera a África. Además, restauró las iglesias saqueadas, siendo las de los Apóstoles Pedro y Pablo las únicas que conservaron sus objetos sagrados.
La bondad, la mansedumbre y la caridad eran las virtudes principales de San León. Oigamos lo que él mismo nos dice a este propósito:
—Es máxima fundamental del cristiano que las únicas y verdaderas riquezas consisten en la bienaventurada pobreza de espíritu, tan fuertemente recomendada por el Salvador; es decir, en la humildad y en el perfecto desprendimiento de toda afección terrestre. Uno es tanto más grande cuanto es más humilde; tanto más rico, cuanto más pobre de espíritu. Nuestro progreso en esta pobreza de espíritu será la medida de lo que nos ha de corresponder en la distribución de la gracia y de los dones celestiales.
El Pontífice, después de haber salvado a Roma de los furores de Átila y de Genserico, empleó el resto de su vida en corregir los abusos que se habían introducido en la disciplina eclesiástica, a consecuencia de las turbulencias ocasionadas por los bárbaros. Tuvo que defender la obra del concilio de Calcedonia contra la rebelión de los monjes de Palestina. Escribió numerosas cartas a los obispos de África, Sicilia, Italia, España y las Galias.
Por fin, se durmió en la paz del Señor el 10 de noviembre del año 461, después de veintiún años, un mes y trece días de pontificado. Su cuerpo, de pontificado primeramente a la izquierda del pórtico de la entrada de San Pedro, fue trasladado, el 28 de junio de 688, al interior de la basílica. El 20 de mayo de 1607, reinando Paulo V, fue trasladado a la actual basílica de San Pedro y colocado en un altar.
Finalmente, Inocencio X hizo consagrar en la iglesia una capilla a San León Magno, y depositó en ella el cuerpo del Pontífice. La Iglesia romana celebra su fiesta el 11 de abril y los griegos le honran el 18 de febrero.
San León Magno, Doctor de la Iglesia
Benedicto XIV designó a San León como doctor de la Iglesia en 1754, reconociendo sus escritos, que son aclamados por su piedad, erudición y talento. Estas obras son consideradas auténticos testimonios de su profundidad y claridad de pensamiento. Aunque su estilo es magnífico, evita la afectación y se destaca por su naturalidad y nobleza. Sus escritos abordan teología con maestría, proporcionando herramientas contra las herejías. Es especialmente elogiado por su defensa de la Encarnación de Cristo, ganándose el título de «Doctor de la Encarnación». Su Epístola dogmática ad Flavianum fortaleció la relación de Roma con la Iglesia y su liderazgo se destacó no solo por su literatura, sino también por su doctrina sólida y precisión en la época del declive del Imperio Occidental.
Oración a San León Magno
Oh Dios, tú que no permites que el poder del infierno derrote a tu Iglesia, fundada sobre la firmeza de la roca apostólica, concédele, por los ruegos del papa san León Magno, permanecer siempre firme en la verdad, para que goce de una paz duradera. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén

San León Magno | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.