Santa Clara de Asís (16 de julio de 1194 – 11 de agosto de 1253, nacida Chiara Offreduccio y a veces deletreada Clara, Clair, Claire, Sinclair, etc.) es una santa italiana y una de los primeras seguidoras de San Francisco de Asís.
Santa Clara de Asís fundó la Orden de las Damas Pobres, una orden religiosa monástica para mujeres en la tradición franciscana, y escribió su Regla de Vida, el primer conjunto de pautas monásticas que se sabe que fueron escritas por una mujer. Después de su muerte, la orden que fundó fue renombrada en su honor como la Orden de Santa Clara, comúnmente conocida hoy como las Clarisas. Su fiesta es el 12 de agosto.
Día celebración: 12 de Agosto.
Lugar de origen: Asís. Italia.
Fecha de nacimiento: 16 de julio de 1194.
Fecha de su muerte: 11 de agosto de 1253.
Santa Patrona de: Enfermedad ocular, orfebres, lavandería, televisión, mensajeros en bicicleta, buen clima, labores de aguja, Santa Clara (California).
Contenido
– Introducción
– Vocación de Santa Clara
– Rudo combate con su familia
– Superiora de la nueva comunidad
– Santa Clara de Asís y la Eucaristía
– Santa Clara de Asís y Jesús crucificado
– Tranquilo atardecer
– Oración a Santa Clara de Asís
Introducción
En la pintoresca colina de Asís, conocida por sus artistas, destaca por igual su legado santo al ser la cuna de Francisco y Clara, dos figuras emblemáticas de la santidad del siglo XII. En una época marcada por la decadencia espiritual, estos dos «ángeles» revivieron la fe con su énfasis en la pobreza, humildad y caridad.
Ortolana Fiumi, esposa del conde Favorino dei Scifi, ya tenía dos hijos cuando, tras una peregrinación a Tierra Santa, se enteró de que esperaba un tercero. En una visión, se le prometió que este hijo sería una luz brillante para el mundo. Así, nació Clara el 16 de julio de 1194, una niña radiante y alegre, aunque destinada a sufrir por su fe.
Desde pequeña, Clara mostró inclinaciones hacia una vida de oración, amor por los pobres y desapego de las vanidades mundanas. Influenciada por su madre, Ortolana, Clara cultivó virtudes desde temprana edad, llegando incluso a usar penitencias como el cilicio bajo sus ropajes elegantes.
Vocación de Santa Clara
A los dieciséis años, Clara, con fuertes deseos de vida religiosa, se acercó a Francisco de Asís, atraída por su fama de santidad. Francisco, reconociendo su fervor y valor espiritual, la inspiró y la guió hacia una vida monástica. Siguiendo las instrucciones de Francisco, Clara se preparó en secreto para su despedida del mundo. El Domingo de Ramos de 1212, vestida con sus mejores ropas, asistió a la catedral, y esa misma noche, en la iglesia de Santa María de los Ángeles, Francisco la recibió, cortando sus trenzas y vistiéndola con el humilde sayal franciscano. Así se fundó la Orden de Santa Clara, la segunda orden franciscana. Sin demora, Francisco llevó a Clara al monasterio de benedictinas en Badía, marcando el inicio de su vida monástica.
Rudo combate con su familia
Ante la decisión de Clara de seguir una vida monástica, sus padres intentaron persuadirla con amenazas y promesas, pero Clara, mostrando su cabeza rapada como signo de determinación, resistió firmemente. Francisco trasladó a Clara al monasterio de Sant’Angelo di Panso. Poco después, su hermana Inés, con apenas quince años, decidió unirse a ella. A pesar de la resistencia inicial de sus padres, que intentaron sacar a Inés del convento por la fuerza, Clara intervino y las dos hermanas fueron consagradas a Dios.
Para protegerlas, Francisco las consagró al Señor y el obispo cedió la ermita de San Damián para la Orden de las Damas Pobres. Pronto, otras jóvenes se unieron a Clara e Inés en su vocación religiosa.
Superiora de la nueva comunidad
Clara fue nombrada por Francisco como la superiora de la nueva comunidad religiosa debido a sus virtudes y cualidades excepcionales. A pesar de su juventud, dirigió con admirable prudencia, instruyendo a sus religiosas en la vida monástica, promoviendo la paz y protegiéndolas de las distracciones mundanas, el mal y las tentaciones. Su enseñanza se centraba en el amor al sufrimiento y la perfección, y procuraba que escucharan la palabra de Dios de figuras como San Francisco.
Clara, en su búsqueda constante de perfección, mostraba una fe inquebrantable, esperanza ilimitada y caridad sin límites. Experimentaba fenómenos místicos, como luces y aureolas, que reflejaban su fervor espiritual. Practicaba rigurosas mortificaciones corporales, utilizando instrumentos como una túnica de púas y disciplinas.
Su dieta era extremadamente austera, a menudo limitándose a hierbas sazonadas con ceniza y, durante la Cuaresma, solo pan y agua tres veces por semana. Durmió en el suelo duro durante mucho tiempo, usando un madero como almohada, y más tarde una cama de sarmientos debido a sus enfermedades.
Ante las preocupaciones de sus hermanas sobre sus severas prácticas, Clara respondía con humor y alegría.
— Dejadme, hijas mías, que soy deudora a Dios de vuestras almas: la superiora debe amontonar un tesoro de méritos para borrar sus culpas y las de sus hijas. Si la cabeza afloja, ¿qué harán los miembros?
Clara experimentó intensos sufrimientos espirituales que se sumaban a sus austeridades físicas. A pesar de las adversidades, su serenidad ofrecía consuelo y fortaleza a quienes la rodeaban. Aunque era la superiora, realizaba las tareas más humildes del convento con gran dedicación, incluso despertaba a las religiosas para el Oficio y barría el monasterio con esmero.
Su humildad y obediencia eran notables; al asumir como superiora, prometió obediencia a San Francisco, al cardenal Protector y al obispo de Asís. Pero su compromiso más destacado era con la «santa pobreza». Clara vivía con absoluta simplicidad, sin reservas financieras ni comodidades, y esperaba lo mismo de sus seguidoras. Su devoción a la pobreza fue recompensada con milagros, como la multiplicación del pan o la renovación del aceite en la alcuza.
Santa Clara de Asís y la Eucaristía
En el Sagrario, la Eucaristía, Jesús Hostia era el encanto y las delicias de Clara. La blanca paloma pasábase horas y días arrullando ante el nido de sus amores; y cuando la enfermedad la postraba, dedicábase a confeccionar con arte primoroso corporales que distribuía a las iglesias pobres. Es caso histórico muy conocido el modo milagroso cómo libró a su monasterio de las hordas mahometanas que, al servicio del impío emperador de Alemania, Federico II, devastaban los Estados Pontificios.
Desparramados por todo el valle de Espoleto, los sarracenos llegaron ante el recinto del monasterio y se aprestaron a franquearlo. Aunque estaba enferma, acudió Clara a postrarse ante el Señor Sacramentado. «No entregues, Señor —imploró— , no entregues a tus enemigos las almas de quienes en Ti pusieron su confianza». «Os guardo y os guardaré siempre», le respondió desde el sagrario una voz infantil que la colmó de alegría».
Sin embargo, los bárbaros habían traspuesto ya los muros del monasterio y habían acudido con ánimo de violentar la entrada.
—Abrid las puertas de par en par —ordena la abadesa— y veamos de frente a los que se proclaman enemigos de nuestro Dios.
Y en la ventana del dormitorio que da a la puerta de entrada, aparece ella portadora de la custodia santa, trono del Dios de la Majestad, ante quien doblan la rodilla el cielo, la tierra y los infiernos. No pudieron los sarracenos resistir aquella vista y huyeron despavoridos, mientras los que todavía escalaban los muros caían aturdidos y cegados por los resplandores que de la Hostia Santa emanaban. En pocas horas quedaron el monasterio y la ciudad libres de tan terrible y peligrosísimo azote.
Santa Clara de Asís y Jesús crucificado
Clara sentía una profunda devoción por el crucifijo y deseaba compartir los sufrimientos de Jesús. Su amor por él la llevaba a meditar constantemente en sus angustias, llegando a experimentar éxtasis que duraban días. Una vez, mientras meditaba en el Jueves Santo, cayó en éxtasis hasta el Sábado Santo, siendo despertada por una hermana que le recordó su deber de comer por obediencia.
Con la señal de la cruz, Clara protegía a sus hermanas de los demonios y sanaba enfermedades. A pesar de sufrir diversas dolencias, consideraba un privilegio padecer por Cristo.
Tranquilo atardecer
Santa Clara, reconocida fuera del convento por su santidad, era venerada por el Papa y altos dignatarios eclesiásticos. Su influencia se extendió por toda Europa, atrayendo a mujeres nobles como Inés de Bohemia, Salomé de Polonia y Isabel de Francia, quienes abandonaron la corte por la vida monástica.
Durante sus 42 años como abadesa, demostró su virtud al soportar con paciencia y alegría una enfermedad que duró 28 años, sin mostrar tristeza ni queja. En 1252, confinada a su lecho, anhelaba reunirse con su Esposo celestial. Durante sus últimos días, su único sustento fue la sagrada Comunión. El Papa Inocencio IV la visitó y le concedió la indulgencia plenaria que había solicitado.
Ante sus hermanas, Clara dejó su testamento espiritual, enfatizando la importancia de la vida religiosa, la observancia de la regla, y las virtudes de humildad y pobreza. Con un rostro lleno de amor, concluyó su vida terrenal.
—Yo, Clara, sierva inútil de Jesucristo, mezquina planta del bienaventurado San Francisco trasplantada a los deliciosos jardines de la religión; yo, aunque indigna hermana y madre vuestra, en nombre de la santísima y adorable Trinidad, os bendigo con todo amor.
En sus últimos momentos, mientras Clara sonreía y meditaba sobre la pasión de Jesucristo, su celda se transformó en un paraíso. Una procesión de vírgenes, encabezada por la Santísima Virgen, apareció ante ella, ofreciéndole un manto celestial. Tras esta visión, Clara celebró sus bodas eternas.
El 11 de agosto de 1253, día de la fiesta de San Rufino en Asís, la ciudad se reunió para el funeral de Clara. A pesar de la petición del Papa Inocencio IV de celebrar la misa de las vírgenes en lugar del oficio de difuntos, se mantuvo la tradición a petición del obispo de Ostia.
Dos años después de su muerte, el Papa Alejandro IV canonizó a Clara el 26 de septiembre de 1255. El 3 de octubre de 1260, su cuerpo fue trasladado a un nuevo monasterio en Asís, donde continúa siendo venerada.
Oración a Santa Clara de Asís
Gloriosísima virgen y dignísima madre santa Clara de Asís, espejo clarísimo de santidad y pureza, base firme de la más viva fe, llamarada de perfecta claridad y erario riquísimo de todas las virtudes.
Por todos estos favores con que el Divino Esposo os colmó, y por la especial prerrogativa de haber hecho a vuestra alma trono de su infinita grandeza, alcánzanos de tu inmensa piedad, que limpie nuestras almas de las manchas y de las culpas, y, destituidas de todo efecto terreno,sean templo digno de su morada.
También te suplicamos por la paz y tranquilidad de la Iglesia, para que se conserve siempre en la unidad de fe, de la santidad y de las costumbres, que la hacen incontrastable a los esfuerzos de sus enemigos.
Y si fuese para mayor gloria de Dios y bien espiritual mío concededme, os ruego cuanto pido en esta oración, y el favor especial que tanto necesito:
(hacer la petición).
Apiadaros de mi y conseguidme rápida y favorable solución a esta urgente y apremiante solicitud, que agobia y entristece mi corazón. Vos, como Madre y protectora, no me abandonéis en este difícil trance, presentad mis deseos ante el Trono de Dios, pues yo confío en la bondad infinita, que por vuestros méritos alcanzaré, para mayor honra y gloria de Nuestro Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos,
Amén.
Rezar, con gran confianza y fe en la intercesión de santa Clara de Asís, tres Padrenuestros, tres Avemarías y tres Glorias.

Santa Clara de Asís | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.