Juan sahagun

12 de Junio: San Juan de Sahagún

Publicado el 12 de junio de 2020

Actualizado el 12 de junio de 2025

Archivado en: Santoral

15 Minutos de lectura

San Juan de Sahagún Juan, sacerdote y eremita agustino. Fue un predicador destacado por su amor al prójimo, su devoción a la Eucaristía, sus milagros y, más que nada, por el don especial que tuvo para reconciliar a los discordes y apaciguar los ánimos de los enemistados. Fue declarado santo por el papa Alejandro VIII.


Día celebración: 12 de Junio 
Lugar de origen: Sahagún, España.
Fecha de nacimiento: 24 de junio de 1419.
Fecha de su muerte: 11 de junio de 1479.
Santo Patrono de: Sahagún (España y Colombia).


Contenido

– Introducción
– Primeros estudios
– Ante el santo Cristo de Burgos
– Mensajero de la paz
– Profesor de Salamanca
– Devoción Eucarística
– Pacificación de Salamanca
– Resucita algunos muertos
– Se defiende con el breviario
– Muerte y culto
– Oración a San Juan de Sahagún


Introducción

Este santo agustino, orgullo de España, nació en Sahagún, villa en la diócesis y provincia de León, conocida por el antiguo monasterio de San Facundo. Sus padres, Juan González de Castrillo y Sancha Martínez, vivieron dieciséis años sin descendencia. En busca de la bendición divina, se retiraron a la ermita de Nuestra Señora del Puente y, el 24 de junio de 1430, nació su hijo, al que llamaron Juan en honor a San Juan Bautista.

Juan de Sahagún destacó por su amor al prójimo, devoción a la Eucaristía y la capacidad especial para reconciliar a los discordes y apaciguar a los enemistados. Su fama se extendió, especialmente por sus milagros, y alcanzó notoriedad por su notable habilidad para resolver conflictos, como lo demostró en la ciudad de Salamanca.

Primeros estudios

Desde su infancia, el niño Juan de Sahagún mostró señales claras de su futura santidad. Predicaba con frecuencia a los niños de su edad, ya para inspirar virtud y devoción, ya para calmar sus disputas infantiles. Aunque era solo un juego de niños en ese momento, anticipaba lo que se convertiría en la predicación del joven Juan en el futuro.

Educado con los Benedictinos de Sahagún, Juan destacó rápidamente por su agudo ingenio y sobresalió en sus estudios. Cuando su padre intentó proveerle un beneficio eclesiástico, Juan, consciente de sus limitaciones, rechazó el cargo. Utilizó la intervención de un tío suyo, mayordomo del arzobispo de Burgos, para disuadir a su padre de este propósito.

— No molestes más a mi sobrino con ese beneficio, déjame a Juan, que yo lo llevaré a Burgos, y el arzobispo de dicha ciudad le proveerá mucho mejor que tú lo harías aquí.

Pocos días después, Juan dejó permanentemente la casa paterna. En ese momento, el arzobispo de Burgos, Alonso de Cartagena, un hombre sabio y virtuoso, reconoció rápidamente la eminente santidad de su nuevo discípulo. Pronto lo ordenó sacerdote y lo nombró canónigo de la catedral, destacando aún más las virtudes de Juan, quien, por humildad, procuraba mantenerlas ocultas.

Juan se dedicaba a obras de caridad, destinando sus cuantiosas rentas a los necesitados, mientras vivía en extrema pobreza. Sus días los consagraba a la oración, el estudio y el cuidado de los enfermos y desfavorecidos. Mostraba su compasión de diversas maneras: proporcionaba ayuda, cuidaba de ellos, los invitaba a su mesa y les servía personalmente. Esto edificaba a todos y alegraba al bondadoso arzobispo, quien solía elogiar a Juan diciendo:

— ¡Oh, qué dicha la mía tener un hombre así en la diócesis! Si los reyes de la tierra se consideran honrados de ser servidos por príncipes, ¡qué honra será el tener por ayuda a tan digno siervo del Señor, cuyo servicio nos hace reyes!

Después de la muerte de sus piadosos padres, Juan renunció a las inmensas riquezas de la herencia paterna. Dotó a sus hermanas y repartió el resto entre sus hermanos y los pobres. Su único anhelo era seguir la vía dolorosa de la santa cruz. Deseando observar rigurosamente los consejos evangélicos, se postró a los pies del arzobispo y, entre lágrimas, le pidió que aceptara su renuncia a los honores y beneficios recibidos, otorgándole una humilde capellanía en la parroquia de Santa Águeda.

Aunque el arzobispo lamentó la partida de aquel «ángel de paz y bendición» del cabildo, no se opuso a que el elegido del Señor siguiera libremente el llamado de la gracia hacia una mayor perfección.

Ante el santo Cristo de Burgos

Desde entonces, la pobreza, mortificación y retiro se convirtieron en las mayores delicias de Juan. Su amor por los pobres no se limitaba a asistirlos, sino que se hacía semejante a ellos. En un encuentro con un mendigo cojo, lo llevó a la iglesia de los Agustinos ante el famoso Santo Cristo de Burgos. Tras venerar la imagen, el cojo arrojó las muletas y caminó, siendo admitido como novicio por los religiosos.

Hagamos una breve mención sobre el Santo Cristo de Burgos. Su historia se remonta a un mercader que, a punto de naufragar, encontró una caja flotando en el mar. Al abrirla, descubrió la imagen del Santo Cristo. Luego de grandes milagros, el Cabildo catedralicio quiso trasladar la imagen a la catedral, pero un proceso y un prodigio confirmaron que debía permanecer en el convento Agustino. Aunque la Revolución llevó la imagen a la catedral de Burgos, sigue siendo objeto de intensa devoción.

Mensajero de la paz

Mientras San Juan de Sahagún realizaba milagros en Burgos, la ciudad de Salamanca se encontraba sumida en una feroz guerra civil entre los Monroyos y los Manzanos. Las calles eran campos de batalla y los enfrentamientos a menudo resultaban en muertes. Con la autorización del arzobispo, San Juan decidió ir a Salamanca con el propósito de reconciliar a los enemigos y calmar los ánimos exaltados. A pesar de las amenazas de muerte, se enfrentó a la multitud tumultuosa y les advirtió sobre los castigos eternos. Ante sus palabras, recordando las del Precursor, los más endurecidos se llenaron de espanto y reconocieron su autoridad.

Profesor de Salamanca

Admirados de la elocuencia de este apóstol y de su profundo conocimiento de las Sagradas Escrituras, los doctores de la Universidad le ofrecieron una cátedra. Cuatro años enseñó Juan las Sagradas Letras en Salamanca, sin por eso descuidar la cruzada emprendida contra los rebeldes. Le sobrevino por entonces una gravísima enfermedad: el mal de piedra. Fue menester operarle, con lo que estuvo a punto de morir. «Señor — exclamó— , sólo en Vos confío; si muero, cúmplase vuestra voluntad, pero si he de seguir viviendo, os prometo consagraros mi vida en una Orden religiosa».

No bien hubo acabado esta oración, se halló de repente mejorado, y a poco recobró perfecta salud. Al salir de casa por vez primera después de curado, un pobre casi desnudo le pidió limosna; se paró un instante el Santo, pensando cuál de sus dos túnicas le daría: «Sería vergonzoso — le dijo al fin— dar al Señor lo que vale menos». Le dio, pues, la mejor. La noche siguiente se le apareció Jesús revestido con ella y le dijo: «Juan me puso este vestido».

Devoción Eucarística

San Juan de Sahagún ingresó a la Orden de los Ermitaños de San Agustín el 18 de junio de 1463, a los treinta y tres años. Desde el noviciado, su notable santidad le valió el favor celestial. Destacaba por su devoción a la Sagrada Eucaristía, llegando a pasar largas horas en oración ante el Santísimo Sacramento. En varias ocasiones, durante la Misa, experimentó visiones de Jesucristo con un rostro resplandeciente y las llagas brillantes. También vislumbraba la misteriosa unión de las tres Personas divinas.

Tras profesar votos religiosos el 28 de agosto de 1464, mostró una estricta observancia de la Regla, destacando en mortificación, obediencia, humildad y desapego de las criaturas. Su virtud no pasó desapercibida, y los superiores lo designaron Maestro de novicios, definidor de la provincia y, finalmente, prior del convento de Salamanca.

Pacificación de Salamanca

Después de su profesión religiosa, Juan regresó a trabajar por la pacificación de la ciudad. Un día, al escuchar las campanas llamando a la pelea entre dos parroquias enemigas, San Benito y Santo Tomás, acudió de inmediato. Aunque fue derribado y pisoteado en la lucha, se levantó con valentía para separar a los dos bandos, utilizando su voz elocuente. Sin embargo, al notar que uno de los líderes intentaba reanudar el conflicto, Juan ordenó colocar un púlpito frente a la casa de ese hombre y desde allí exhortó nuevamente a la paz.

— ¡Que le maten! — grita el jefe, ebrio de furor.

Los asesinos se adelantan, pero Juan corre hacia ellos con los brazos abiertos. A pesar de sus amenazas, sus brazos se paralizan y, tras la oración del Santo, se levantan sanos y apaciguados. Más tarde, al enfrentar al corregidor de Ledesma por sus acciones, fue azotado y expulsado de la ciudad. A pesar de ello, Juan continuó predicando y, en una ocasión, un hombre que intentó alborotar fue herido mortalmente por una mano invisible tras una advertencia del Santo.

Resucita algunos muertos

Plugo al Señor manifestar con insignes milagros los méritos de su servidor. En un viaje, cruzó un río desbordado montado en una muía, y aunque desapareció en las aguas, emergió sano y salvo en la orilla opuesta sin mojarse. Consoló a su hermano por la pérdida de una hija, devolviéndole a la niña llena de vida. En Salamanca, una señora desesperada se postró ante él, y con sus lágrimas, el Santo obtuvo de Dios la salud de esa mujer.

— Mi hijo se ha caído a un pozo; hace ya dos horas que está allí dentro; ya ni se le ve, ni se le oye.

— Vamos allá — dijo fray Juan— , quizá vive todavía.

Fueron al lugar del accidente; el Santo llamó al niño, el cual le contestó al punto. San Juan de Sahagún se quitó la correa y la metió en el pozo para que la cogiese el muchacho y, con ser tan corta que de ninguna manera podía llegar al agua, el niño logró cogerla, y con eso le sacaron sano y salvo. Pero Juan estimaba más los insultos que las alabanzas.

Por eso, apenas se hubo abierto paso por entre la muchedumbre, se puso a hacer el loco. Halló en el camino una banasta de pescado vacía; se la puso en la cabeza y empezó a bailar como un tonto. Bastó eso para que todos los chiquillos, al verle, fueran tras él llamándole loco y tirándole piedras, hasta que llegó al convento.

Se defiende con el breviario

El duque de Alba, don García Álvarez de Toledo, al volver de una gloriosa campaña contra los moros, celebró una fiesta de acción de gracias y, para realzarla, dándole más solemnidad, quiso que predicase fray San Juan de Sahagún.

Tema de su sermón fue «Obligaciones de los que están constituidos en dignidad», y, como quiera que el duque había oprimido con harta frecuencia a sus vasallos, creyó que el Santo apuntaba a él y le reprochaba su conducta. «Mal habéis hablado hoy. Padre — le dijo— ; no extrañaría que se os siguiese algún castigo por decir tales cosas. — Sólo subo al púlpito para decir la verdad — contestó el monje— ; además, si me asaltan, ya tengo con qué defenderme.»

Diciendo esas palabras, le enseñó el breviario. El duque, fuera de sí de rabia, envió algunos soldados para que le matasen en el camino. Pero, en llegándose al Santo, los caballos se espantaron de pronto sin causa aparente y arrojaron al suelo a los jinetes, los cuales quedaron maltrechos y  ensangrentados. «¡Dios os perdone, amigos, y temed su divino enojo!». Ies dijo el Santo. Y movido a compasión, los levantó curados.

En aquella misma hora padecía el duque crueles dolores, causados por una enfermedad misteriosa. Mandó llamar al que poco antes quería asesinar, se echó a sus pies y logró el perdón y la curación del mal que le atormentaba.

Muerte y culto

A pesar de tener solo cuarenta y nueve años, fray San Juan de Sahagún hablaba de su muerte como inminente. En un sermón, predijo su fallecimiento para ese mismo año, pero afirmó que predicaría aún mejor dentro de diez años.

No tardaron en cumplirse esas proféticas palabras del Santo. El mismo año, un señor de la nobleza que había llevado vida muy escandalosa, movido por los sermones del Santo, renunció al siglo y se retiró al convento de los Agustinos de Salamanca. La compañera que vivía de sus pecados juró vengarse, y la muy desgraciada logró envenenar al insigne predicador que lo había convertido. Le sobrevino con eso una enfermedad que le puso en pocos meses a las puertas de la muerte, y el día 11 de junio de 1479 dio apaciblemente su alma al Señor.

Fray San Juan de Sahagún fue beatificado por el papa Clemente VIII en 1601, canonizado por Alejandro VIII el 16 de octubre de 1690, y su fiesta se celebra el 12 de junio. La ciudad de Salamanca le venera como patrono, y Sahagún le rinde devoción fervorosa. Su festividad se ha extendido a nivel universal, y el Martirologio romano lo conmemora el 11 de junio, el día de su muerte, y el 12 de junio, señalando que San Juan «subió al cielo la víspera de ese día«. La devoción persiste, y en Sahagún, los niños son vestidos con el hábito agustiniano en honor a San Juan, manteniendo una tradición arraigada en la ciudad.

 

Oración a San Juan de Sahagún

Oh San Juan de Sahagún,
hombre de Dios,
voz ardiente en los púlpitos de Salamanca,
que supiste iluminar con la Palabra
los corazones endurecidos
y devolver la paz a los enemigos,
intercede por nosotros.

Tú que preferiste el silencio del claustro
a la gloria mundana,
y la verdad de Cristo a los halagos del mundo,
enséñanos a ser humildes y valientes
en la defensa del Evangelio.

Tú que apaciguaste bandos enfrentados,
cura hoy las divisiones de nuestras familias,
de nuestras comunidades,
y de la Iglesia.

Haznos instrumentos de paz,
como tú lo fuiste,
y que nuestras palabras, como las tuyas,
nazcan del amor y lleven a la conversión.

Oh predicador de almas,
santo de los humildes y consuelo de los afligidos,
ruega por nosotros ante el Señor
para que, siguiendo tu ejemplo,
vivamos en caridad, verdad y justicia.

Por Jesucristo nuestro Señor,
Amén.

San Juan de Sahagún, ruega por nosotros.

Cordero de Dios

San Juan de Sahagún | Fuentes

El Santo de cada día por EDELVIVES.

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.