San Justino, el filósofo siguió íntegramente la auténtica sabiduría conocida en la verdad de Cristo, la cual confirmó con sus costumbres, enseñando lo que afirmaba y defendiéndola con sus escritos. Al presentar al emperador Marco Aurelio, en Roma, su Apología en favor de la religión cristiana, fue conducido ante el prefecto Rústico y, por confesar que era cristiano, fue condenado a la pena capital († c. 165)
Día celebración: 14 de abril / 1 de junio.
Lugar de origen: Flavia Neapolis.
Fecha de nacimiento: Año 100.
Fecha de su muerte: Año 165-168.
Santo Patrono de:
Contenido
– Introducción
– En busca de la verdad
– Las primeras escuelas Cristianas
– San Justino y sus perseguidores
– Cómo saben morir los cristianos
– Oración a San Justino
Introducción
San Justino nació en Flavia Neápolis (actualmente Naplusa) alrededor del año 103 d.C., en una familia pagana. A pesar de crecer en un entorno politeísta, como muchos intelectuales de su tiempo, San Justino buscaba la verdad y estaba intrínsecamente inclinado hacia el monoteísmo. A lo largo de su vida, se sumergió en diferentes escuelas filosóficas y buscó el conocimiento de Dios, mostrando una pasión y una búsqueda incansable por encontrar la verdad última. Dios, en su bondad, le había concedido alma recta y espíritu penetrante y ávido de saberlo todo. El deseo de conocer a ese Dios único fue su pasión, y para hallarlo pasó de una a otra escuela y de un filósofo a otro de los que entonces tenía más predicamento.
En busca de la verdad
Desde mis años juveniles —dice de sí mismo— me sentí dominado por un amor ardiente a la Filosofía. Me puse bajo la dirección de un estoico, pero después de haber estado mucho tiempo con él, me convencí de que no aprendía nada de Dios, cuyo conocimiento —según afirmaba— era inútil. Me separé de él para seguir a un peripatético, hombre de gran finura de espíritu, según propio parecer.
A los pocos días me habló de los honorarios que debía darle, para que sus lecciones fueran provechosas para los dos. No podía yo concebir cómo un alma tan baja fuese la de un filósofo, porque la sabiduría no se vende; y sin más me aparté de su lado.
Después acudí a un pitagórico de gran reputación y que también estaba muy pagado de su saber. Al exponerle mi deseo de ser discípulo suyo, me replicó:
—Perfectamente, amigo mío; pero ¿sabes la Música, la Astronomía y la Geometría? Sin esos conocimientos preliminares que desprenden el alma de los objetos sensibles, no podrás profundizar en los secretos de la Filosofía ni llegar a la contemplación de la belleza y de la bondad soberanas. Confesé ingenuamente que ignoraba esas ciencias, y sin más formalidades me despidió.
Quedéme grandemente decepcionado de mi desventura, y tanto más afligido cuanto que atribuía cierto mérito a aquel doctor. Pero como los estudios preliminares que de mí exigía tenían que ser necesariamente muy largos, no me sentí con suficiente valor para vencer tan dura prueba.
En la incertidumbre en que me hallaba, decidí acogerme a los platónicos. Había en mi ciudad un hombre de buen juicio y de los más distinguidos de entre ellos. Sostuve con él varias conversaciones que me aprovecharon mucho. De tal modo, que al poco tiempo me tuve por sabio y fui lo bastante necio para creer que inmediatamente iba a ver a Dios: porque la visión de Dios es precisamente el objeto de la filosofía de Platón. ¡Ilusión sublime, pero ilusión al fin! Justino quiere contemplar a Dios.
No es un sofista que se entretiene en el placer intelectual que procuran los goces del raciocinio, es un hombre de acción que ama la verdad para practicarla. Oigamos sus palabras:
—Paseábame cierto día por la orilla del m ar y noté que un anciano seguía mis pasos. Era de majestuosa presencia y respiraba toda su persona gravedad y dulzura; al encontrarnos entramos en conversación. Desde las primeras palabras manifestó el anciano su desconfianza en la Filosofía, y por una serie de objeciones insospechadas que planteaban nuevos problemas insolubles para la razón, quebrantó la confianza del joven en sus maestros y le obligó a confesar que habían presumido demasiado de las fuerzas humanas.
—Todos los filósofos —dijo el anciano— se han extraviado en las sendas del error y ninguno de ellos ha conocido bien ni a Dios ni al alma razonable.
—Si ellos no pueden enseñarnos la verdad —exclamé entonces—, ¿a qué maestros debemos seguir?
—En tiempos muy remotos —contestó el anciano— y muy anteriores a los filósofos, hubo hombres justos y amados de Dios, que, inspirados por el Espíritu divino, vaticinaron cuanto ocurre en el mundo. A esos hombres se los llamó profetas. Sólo ellos conocieron la verdad y sólo ellos la anunciaron a los hombres.
Predicaron lo que de lo alto les fue revelado y sus escritos, que todavía poseemos, nos dan a conocer perfectamente la primera causa y el último fin de todas las cosas. Para establecer la verdad de las cosas no empleaban ni disputas ni sutiles razonamientos. Lo que infunde fe en sus palabras son sus predicciones ya cumplidas o que se van cumpliendo y los milagros que obraron. Realizaban esos prodigios en nombre de un solo Dios creador de todas las cosas y de su hijo Jesucristo, que debía venir al mundo según decían y que, en efecto, vino.
Y tú —dijo el desconocido al terminar— ruega con ardientes plegarias para que las puertas de la luz te sean abiertas, porque nadie puede comprender tales cosas si Dios y su Cristo no se las dan a entender.Dichas esas palabras desapareció el anciano y no se le volvió a ver.
Sentí entonces —añade Justino— que súbitamente se encendió en mi alma una viva llama y quedé prendado de amor a los profetas y a aquellos hombres amigos de Cristo; y, reflexionando sobre las palabras del anciano, hallé que aquella filosofía era la única verdadera y útil. Estudió los Libros Santos y su espíritu quedó iluminado; el valor moral del cristianismo le conmovió profundamente.
—Cuando era discípulo de Platón —escribe—, al oír las acusaciones lanzadas contra los cristianos y verles intrépidos en presencia de la muerte y de cuanto los hombres más temen, me decía que era imposible que viviesen en la maldad y en el amor a los placeres.
Justino ve de cerca a los cristianos y aprende a conocerlos, los admira y se convence de la energía que la fe les infunde para llevar una vida santa en medio de un mundo corrompido y para soportar con alegría los tormentos del martirio. Abraza con amor una fe que da tales prendas de inmortalidad y se hace bautizar. Tenía unos treinta años y era poco antes de la guerra de Barcoquebas (132-135).
Desde entonces llevó una vida austera y santa y, devorado por la llama del apostolado, consagró su vida a la enseñanza y a la defensa del cristianismo.
Las primeras escuelas Cristianas
Tras la labor evangelizadora de los Apóstoles en diversas regiones, designaban a discípulos fervorosos para mantener y profundizar la fe cristiana en esas comunidades. Los obispos, herederos directos de los Apóstoles, continuaban esta tarea de instrucción. Con el tiempo, los líderes eclesiásticos establecieron escuelas donde se defendía la fe cristiana mediante argumentos racionales contra el paganismo. Aunque San Justino no era un sacerdote o diácono, se sintió compelido a enseñar y defender la fe.
—Todos los que pueden enseñar la verdad y no la enseñan serán juzgados por Dios… Nuestro deber es dar a conocer a todos cuál es nuestra doctrina, para que no nos sean imputadas las faltas de los que pecan por ignorancia, y no suframos el castigo de ellas. Como me ha concedido Dios la gracia de entender las Escrituras, procuro hacer partícipes de esa gracia a todos, por temor de ser condenado en el juicio de Dios.
San Justino, con vestiduras filosóficas, estableció escuelas al estilo platónico y estoico en varios lugares, defendiendo fervientemente la verdad cristiana y refutando a detractores de diversas sectas. En Éfeso, aproximadamente en 135 d.C., escribió un diálogo notable con el judío Trifón, argumentando sobre el Mesías y las profecías. Luego se trasladó a Roma, donde enseñó cerca de la cátedra de Pedro, desafiando la idolatría y convirtiendo a muchos con sus argumentos.
San Justino se esforzó en mostrar la armonía entre la sabiduría antigua y las enseñanzas cristianas. Su deseo era que todos conocieran y se beneficiaran de la verdad del cristianismo. Aunque muchas de sus obras se han perdido, las que sobreviven lo establecen como un destacado apologeta del siglo II. Sus escritos, como las «Apologías» y el «Diálogo con Trifón», ofrecen valiosos testimonios de la fe y la vida cristiana de su época. Además, intentó esclarecer los dogmas y rituales cristianos ocultos, proporcionando una visión única de la fe en su tiempo.
—Tal vez saquéis buen provecho de vuestros poetas y de las fábulas que cuentan de los dioses; pretendéis hallar la verdad entre los filósofos. Pero decidme: ¿quién puede entenderse en medio del laberinto de sus contradicciones? Ninguno de ellos ha logrado convencer a su contrario, ¡qué digo!, ni siquiera están de acuerdo consigo mismos. No merecen, pues, mayor crédito que vuestros poetas y sólo han servido para multiplicar los extravíos de estos últimos.
Abjurad, por tanto, de tan vergonzosas como ridículas creencias y venid a participar de una sabiduría que no puede compararse con ninguna otra. Nuestro Jefe, el Verbo Divino, que marcha delante de nosotros, no exige ni la virilidad de los miembros, ni la nobleza de la sangre, sino la santidad de la vida y la pureza del corazón.
San Justino y sus perseguidores
Durante el inicio del reinado de Antonino Pío en 138, los cristianos enfrentaron severas persecuciones y sufrimientos. San Justino, con su elocuencia y firmeza, presentó su primera Apología, defendiendo a los cristianos ante las injusticias. Argumentó vehementemente por el derecho de los cristianos a practicar su fe, apelando a la equidad que Roma otorgaba a todas las religiones. San Justino reafirmó la divinidad de Jesucristo, refutó las acusaciones injustas y exhortó a los líderes romanos a actuar con justicia hacia los seguidores de Cristo.
—Si nuestra religión os parece conforme a la razón y a la verdad, respetadla; si creéis por el contrario que todo es un tejido de futilidades, desdeñadla. En cuanto a nosotros bástanos haberos advertido: No evitaréis el juicio del Señor. Cualquiera que sea vuestra sentencia repetiremos siempre: Bendito sea Dios.
¿Impresionó al emperador este noble lenguaje? Tal vez muy poco. No obstante, en aquel reinado fue menos violenta la persecución y no pocas veces se quedaron olvidadas las leyes contra los cristianos. Pero la paz fue poco duradera, porque Marco Aurelio, que sucedió a Antonino Pío en 161, puso en vigor los edictos de muerte contra los hijos de la Iglesia.
Durante una época en la que se forzaba a los cristianos a rendir culto a ídolos, surgió un dilema moral entre los fieles. Una mujer cristiana, tras intentar convencer a su esposo de cambiar su vida, se separó de él al no lograrlo. Posteriormente, fue denunciada por su marido pagano y condenada a muerte. Este incidente llevó a San Justino a escribir su segunda Apología dirigida a Marco Aurelio, buscando defender la fe cristiana. Aunque Justino enfrentó acusaciones injustas de un filósofo cínico llamado Crescente, quien lo encarceló por sus constantes derrotas en debates, San Justino continuó firme en su defensa y testimonio.
Cómo saben morir los cristianos
Los seis confesores llamados Carito, Caritana, Evelpisto, Hierax, Peón y Liberiano tuvieron el honor de compartir la cautividad y el martirio glorioso del ardiente defensor de la Iglesia. Ponemos el relato sacado de las Actas.
«Justino y sus compañeros fueron conducidos al tribunal del prefecto de Roma, Rústico.
—Sé dócil a los decretos de los emperadores —dijo el juez al filósofo cristiano— y ofrece incienso a nuestros dioses.
—Obedezco los preceptos de Cristo y nadie tiene derecho a obligarme a violarlos —respondió el intrépido confesor de la fe—. He estudiado sucesivamente en todas vuestras escuelas de filosofía y he abrazado la fe de los cristianos porque es la única verdadera, aunque tenga tantos adversarios cuantos son los esclavos del error.
—¡Miserable! —interrumpió el pagano—, ¿cómo te atreves a alabarte de profesar semejante doctrina?
—Sí, me glorío de participar de la religión de los que adoran a un solo Dios creador del universo y confiesan que Jesucristo, su único Hijo, vino a la tierra según la predicción de los profetas para salvar a todos los hombres, de los cuales él será Juez supremo en el último día del mundo.
—Dime, ¿dónde tenéis vuestras reuniones?
—Nos reunimos dondequiera que podemos; nuestro Dios está en todas partes y no se le puede circunscribir a los límites de un espacio cualquiera; aunque sea invisible, llena la inmensidad de la tierra y de los cielos; le adoramos en todas partes y por doquier cantamos sus grandezas y sus glorias. Esta respuesta no satisfizo al prefecto, que deseaba coger’de una sola redada a todos los sacerdotes y fieles de la Iglesia de Roma.
—Quiero saber —dijo— dónde se reúnen los cristianos en esta ciudad.
Pero Justino, lejos de denunciar a sus hermanos, se contentó con dar su propio domicilio:
—Vivo cerca de las termas de Timoteo; todos los que han querido venir a mi casa han recibido de mí la enseñanza de la doctrina, única verdadera, que profesaré hasta la muerte.
Rústico preguntó a todos los demás acusados si eran cristianos. Confesaron todos animosamente su fe. Y, dirigiéndose de nuevo a Justino, le dijo:
—Escúchame, pues, filósofo, cuya sabiduría y elocuencia tanto se ponderan: ¿crees seriamente que subirás al cielo cuando te haya hecho destrozar el cuerpo a fuerza de azotes y te hayan cortado la cabeza?
—Si tales son los suplicios que me reservas, espero merecer la recompensa otorgada a cuantos confiesan le fe de Jesucristo, y tengo la certidumbre de que la gracia divina me concederá eternamente los goces celestiales.
—Así, pues, ¿te imaginas de veras que irás al cielo?
—No me lo imagino, lo sé con certeza absoluta y no me queda de ello la menor duda.
—Basta ya de palabras —dijo el prefecto irritado—; se trata del punto capital: sacrificad todos a los dioses; si no obedecéis de grado, os forzarán a ello las torturas.
Tomó Justino la palabra en nombre de todos y dijo:
—Lejos de temer esos suplicios, queremos tener la gloria de sufrirlos en nombre de Jesucristo nuestro Señor; ese será nuestro inmortal honor en el tribunal de ese Juez supremo, cuando todos los hombres comparezcan ante Él. Los otros seis mártires contestaron unánimes:
—No sacrificaremos jamás a los ídolos. Entonces Rústico dictó la sentencia en estos términos:
—Por no haber querido sacrificar a los dioses ‘ni obedecer a los edictos del emperador, esos rebeldes son condenados según los términos de la ley a sufrir primero la pena de la flagelación y a ser después decapitados.
Los santos confesores fueron conducidos al lugar destinado a las ejecuciones. En el camino cantaban las alabanzas del Señor. «Después de haberlos azotado —dicen las Actas de los Mártires— , cortó su cabeza el hacha del lictor y sus almas volaron al reino de Cristo nuestro Señor, a quien se dé honor y gloria por los siglos de los siglos».
Sucedió eso hacia el año 165 ó 166, en los primeros del reinado del emperador Marco Aurelio, apellidado el Filósofo y que —según decía— ¡hacía diariamente el examen de conciencia! La Iglesia latina celebra la fiesta de San Justino el 14 de abril y la Iglesia griega el 1 de junio. León XIII extendió su culto a toda la Iglesia en 1882. San Justino es el patrono de las almas rectas, sinceras, decididas y valientes.
Oración a San Justino
Dios nuestro, que enseñaste a san Justino a descubrir en la locura de la cruz la incomparable sabiduría de Jesucristo, concédenos, por la intercesión de éste mártir, la gracia de alejar los errores que nos cercan y de mantenernos siempre firmes en la fe. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.

San Justino | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.


