San pacomio

14 de Mayo: San Pacomio, confesor

Publicado el 14 de mayo de 2021

Actualizado el 14 de mayo de 2025

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San Pacomio, abad y confesor, nació en Tebas, Egipto. En la cercana región conocida como Tebaida, que se ganó ese nombre por su proximidad a Tebas, muchos ermitaños cristianos buscaban la vida retirada. En el siglo III, San Antonio Abad introdujo la vida eremítica en la Tebaida Inferior. A finales del siglo IV, San Pacomio, después de su experiencia como ermitaño, decidió establecer una regla para monjes que vivieran en comunidad, enfatizando el trabajo y una vida sencilla y austera como medios de subsistencia.


Día celebración:  14 de mayo / 9 de mayo (Iglesia copta).
Lugar de origen: Tebas, Egipto.
Fecha de nacimiento: 276.
Fecha de su muerte: 348.


Contenido

– Introducción
– En el desierto
– Pruebas y victorias
– Un pueblo en el desierto
– Jonás el viejo | La higuera seca
– San Pacomio y sus discípulos
– Otras maravillas | El premio
– Oración a San Pacomio


Introducción

San Pacomio, de origen pagano, nació en Tebaida. A pesar de crecer en un entorno pagano, desde niño mostró aversión instintiva hacia la idolatría. En una ocasión, cuando su padre lo llevó a un sacrificio a los falsos dioses a orillas del río Nilo, los demonios no pudieron responder a las preguntas de los sacerdotes, lo que enfureció a estos últimos y generó conflictos con los padres de Pacomio. «¿Por qué habéis traído aquí a un enemigo de nuestros dioses?  ¡Echadle y que no vuelva más!.»

Impresionado por el incidente en el que los demonios no pudieron responder a las preguntas durante aquel sacrificio pagano, el joven Pacomio llevó consigo ese recuerdo, sintiéndose atraído hacia la búsqueda de la verdad. Después de ser soldado, tuvo la oportunidad de conocer a monjes santos y caritativos, lo que despertó en él el deseo de explorar una religión que inspiraba tal virtud. Al concluir su servicio militar, se dirigió a una aldea en la Alta Tebaida, donde encontró a siervos de Dios que lo instruyeron y bautizaron.

La noche de su bautismo, Pacomio tuvo un sueño en el que un rocío caía del cielo sobre su mano derecha y se convertía en miel, mientras escuchaba una voz que le decía que era la señal de la gracia que Cristo le otorgaba. Impulsado por esta visión, decidió renunciar al mundo y dedicarse a la vida monástica. Se dirigió a las montañas de la Tebaida y se postró a los pies del ermitaño Palemón, solicitando unirse a él. A pesar de la austeridad de la vida de Palemón, Pacomio expresó su deseo de perseverar con la gracia del Señor. Sorprendido por sus palabras, Palemón lo recibió en su celda.

Pacomio cumplió su promesa y adoptó una vida de oración, ayuno, austeridad y vigilias. Junto con Palemón, dedicaron su tiempo a hacer sacos de pelos de camello y cestos de juncos y mimbres, vendiéndolos y dando las ganancias a los pobres. Pasaban las noches en oración, dedicando solo unas pocas horas al descanso. Palemón, para evitar que Pacomio cediera al sueño, le ordenaba trasladar montones de tierra de un lugar a otro con espuertas. Palemón advertía a Pacomio sobre la importancia de permanecer alerta ante las tentaciones del demonio.

A pesar de su ancianidad, Palemón lideraba con el ejemplo y se esforzaba en el trabajo manual. También instruía a San Pacomio en la obediencia. En la fiesta de Pascua, Palemón le pidió a Pacomio que preparara la comida. Pacomio, respetando la solemnidad, añadió unas gotas de aceite a las hierbas que solían comer. Al ver el aceite, Palemón, recordando el sacrificio de su Salvador, se negó a probarlo, mostrando humildad y renunciando a su propio placer.

En el desierto

En un monte donde residían, cubierto de extensos bosques, San Pacomio y Palemón vivían en oración y trabajo. Un día, al buscar leña, Pacomio se perdió en el bosque y terminó en la aldea de Tabena, a orillas del río Nilo. En oración, pidió a Dios que le mostrara el camino de regreso, y una voz le indicó:

«Pacomio,estate aquí y haz un monasterio, porque muchos vendrán a ti con deseo de salvarse y tu los encaminaras conforme a la instrucción que yo te daré».

Se le apareció entonces un ángel, el cual le dio una tabla en la que estaba escrita la Regla que habían de guardar él y sus monjes.

San Pacomio, al unirse nuevamente con Palemón, compartió la visión que había tenido y lo persuadió para que se uniera a él en la fundación de una comunidad monástica en el desierto. Palemón, convencido de la divinidad de la visión, apoyó la iniciativa, abandonó su celda en la montaña y se unió a Pacomio en el desierto. Esto sucedió alrededor del año 325, aproximadamente veinte años después de la fundación del primer monasterio por San Antonio. Poco después, Palemón falleció santamente, consumido por los años y las penitencias.

Pruebas y victorias

El primer discípulo de San Pacomio fue su hermano mayor, Juan, quien humildemente aceptó ser su inferior y seguirlo en la vida monástica. Este fenómeno de un hermano mayor convirtiéndose en discípulo monástico es común en el claustro. Sin embargo, el demonio, al darse cuenta de la vida perfecta de San Pacomio, desató una cruel batalla para desanimarlo y hacerlo retroceder. Le aparecían monstruos infernales para atemorizarlo, evocando memorias de las vanidades mundanas. A pesar de estas tentaciones, San Pacomio las superaba adentrándose aún más en la soledad y aumentando sus prácticas ascéticas y oraciones.

Al regresar al monasterio por la tarde, San Pacomio se encontraba con una multitud de diablillos que lo seguían, ladrando como perros al no alcanzar su presa. En otras ocasiones, se adelantaban como soldados formando filas, haciendo gestos de aplauso y diciéndose entre ellos: «¡Haced sitio al hombre de Dios!» Al ver que esto no lo afectaba, intentaron tentarlo con risas, realizando actos delante de él para distraerlo. En un caso, un diablillo adoptó la forma de un gran gallo que cantaba fuertemente mientras Pacomio oraba. Sin embargo, al ver que el Santo permanecía concentrado, el diablejo saltó sobre él, picoteándolo y arañándolo. A pesar de ello, San Pacomio lo ignoró y lo ahuyentó con una simple señal de la cruz.

Otro día, al dirigirse a rezar, San Pacomio vio a su alrededor una horda de diablejos tratando de hacerle reír y distraerlo. Se aferraban al tronco de una palmera, agitándola con fuerza para hacer caer las hojas. Rápidamente recogían las hojas caídas, las agrupaban en fajos y las arrastraban como si estuvieran trasladando montañas. Con una simple señal de la cruz, Pacomio disipaba estas artimañas diabólicas. Sin embargo, los demonios persistieron en molestarlo y perseguirlo.

Probaron tentarlo con pensamientos indecentes, presentándole visiones de escenas abominables. En otras ocasiones, cuando San Pacomio iba a comer su austero alimento, los demonios asumían formas de mujeres hermosas y lascivas, intentando sentarse a la mesa para comer con él. A pesar de estas pruebas, el Santo salió victorioso y alcanzó un alto grado de caridad.

Para mantenerse siempre alerta contra los ataques del enemigo, San Pacomio, valiente y decidido, solicitó a Jesús, el vencedor de Satanás en el desierto, la gracia de no necesitar dormir.

Un pueblo en el desierto

Llegó el día en que numerosas almas santificaron sus vidas en la soledad de Tabena. Mientras San Pacomio oraba una noche, el ángel se le apareció nuevamente y le anunció: «Pacomio, el Señor quiere que seas su ministro para reconciliar a su pueblo». En poco tiempo, llegaron de diversas regiones numerosos buscadores de la verdad, deseosos de salvarse. Más de cien monjes se congregaron, llenando los montes de la Tebaida con cantos de salmos, estudio, ayuno, oración, y trabajo caritativo, manteniendo un espíritu de paz, unidad y caridad.

Ante la vista de devotos solitarios, podemos exclamar: «¡Cuán hermosos son los tabernáculos de Jacob y cuán bellas las tiendas de Israel!» Los monjes, gobernados por San Pacomio según la Regla celestial, vivían en frondosos valles, como islas encantadoras en medio de anchurosos ríos, como pabellones que el Señor había levantado para sí. Aunque recibía a todos con amor, San Pacomio solo otorgaba el hábito de monje después de una cuidadosa evaluación y una larga prueba de tres años. La fuerza espiritual de estas tribus penitentes y contemplativas habría sido inmensa si hubieran guardado fervor religioso y doctrina católica íntegra y pura.

Desafortunadamente, con el paso de los años, algunas de estas comunidades del desierto dieron origen a seguidores ardientes y temibles de herejías. San Pacomio, con pesar, predijo este desarrollo a sus discípulos después de una visión reveladora de Dios. A pesar de ello, el Santo hizo todo lo posible para prevenir daños fatales a sus seguidores. Prohibió el contacto con herejes, especialmente con arrianos, melecianos y dirigentes, a quienes sentía un instintivo horror. Aunque algunos afirmaban que Orígenes no había escrito errores, los herejes, amparándose en la reputación del sabio autor, introdujeron muchas falsedades en sus escritos.

A pesar de estas preocupaciones, en la soledad de la Tebaida, donde los hombres solo veían la inmensidad del desierto, crecía silenciosamente un pueblo que se convertiría en intrépidos defensores de la verdadera fe.

Jonás el viejo | La higuera seca

Además de los eventos relacionados con la historia de San Pacomio, el monasterio de Tabena fue escenario de escenas muy edificantes protagonizadas por otros ermitaños. Entre ellos, destacaba un anciano venerable llamado Jonás, cuya vida resultó sumamente asombrosa. Permaneció en el monasterio durante ochenta y cinco años, y durante todo ese tiempo desempeñó el oficio de hortelano. Cultivaba flores y árboles frutales, sin probar nunca la fruta; su sustento se limitaba a raíces de hierbas silvestres a las que añadía un poco de vinagre.

Su vestimenta consistía en una humilde túnica de piel de oveja que él mismo confeccionó. Se relata que Jonás nunca padeció enfermedades y que nunca disfrutó de un sueño reparador; al ponerse el sol, se retiraba a su celda para tejer cestos hasta que la campana llamaba a la oración nocturna.

Cuando llegó el momento de su muerte, a la edad de cien años, Jonás se durmió en paz en el Señor, sentado en su silla de trabajo y sosteniendo en sus manos una cesta de junco que no tuvo tiempo de terminar. Al enterarse de su fallecimiento, todos los monjes acudieron a enterrarlo, pero les resultó imposible doblar los miembros del anciano, ya que se habían quedado entumecidos con el paso de los años, quedando rígidos como palos.

Asombrados por este milagro, ensancharon la sepultura y enterraron el cuerpo del ermitaño en la misma posición en que murió. La reverencia y el respeto hacia Jonás eran tan profundos debido a sus virtudes, que incluso San Pacomio no se atrevía a darle órdenes. En una ocasión, al regresar de visitar uno de los numerosos monasterios cercanos a Tabena, San Pacomio cruzó la huerta de Jonás. Pasó bajo una higuera frondosa cuyos deliciosos higos a menudo tentaban a los novicios.

Ese día, San Pacomio sorprendió a algunos jóvenes discípulos que habían cedido a la tentación y estaban disfrutando de los sabrosos higos. Al acercarse al árbol para reprenderlos, notó en la cima un diablillo sentado en un tronco con frutas de diferentes colores y variedades. Era el demonio de la gula que suele tentarnos a todos, especialmente a los más jóvenes. San Pacomio llamó a Jonás y le dijo: «Corta inmediatamente este higueral, porque es una vergüenza para el monasterio».

El anciano santo siempre había obedecido con prontitud los mandatos del superior. Sin embargo, esta vez no se sintió con ánimo de derribar un árbol que él mismo había plantado y regado con el sudor de su frente tantas veces. Así que, al responder a San Pacomio, le dijo: «No hagáis eso, Padre mío; esta higuera sola produce lo suficiente para sustentar a todos los monjes». Para no causarle más problemas al anciano, el Santo no insistió. Pero al día siguiente, Jonás vio que la higuera se había secado por completo hasta las raíces.

San Pacomio y sus discípulos

El más famoso y amado discípulo de San Pacomio fue el abad Teodoro, conocido como el Santificado. A los quince años, abandonó riquezas y familia, sin que las caricias y lágrimas de su madre pudieran hacerle abandonar tan santo propósito. A esa temprana edad, ya mostraba una consumada prudencia y sabiduría, lo que llevó a San Pacomio a apreciarlo en extremo y a tenerlo como su vicario cerca de los demás monjes y de los numerosos extranjeros que acudían a Tabena, atraídos por la fama de santidad del ilustre fundador.

Cada tarde, los monjes se reunían para escuchar las exhortaciones del santo abad Pacomio. En una ocasión, les instó: «Velemos y oremos, porque el maligno espíritu, como león rugiente, da vueltas alrededor de cada uno de nosotros, en busca de alguna presa que pueda devorar. Que el nombre de Jesús nos guarde siempre y sea nuestro único escudo; así, nuestros enemigos serán desbaratados y dispersados como polvo que el viento zarandea y esparce.»

En ese momento de inspiración divina, llamó a Teodoro y le dijo:

«Vete a la celda que está enfrente de la tuya, por si en ella encuentras todavía a un monje que esta a punto de perder su alma, pues en lugar de armarse con la oración, mientras el enemigo ronda a su lado, descuida su defensa.»

Obedeció al punto Teodoro, pero ya era tarde, porque aquel monje había sucumbido a la tentación y abandonado el monasterio. Los monjes encargados de la panadería estaban un día charlando en tiempo de silencio. Lo supo el santo abad por divina revelación, y al punto envió a Teodoro a que los amonestase por aquella falta.

«No vayan a creer los monjes que sea cosa de poco peligro el faltar a la Regla en puntos que al parecer carecen de importancia.»

Es sorprendente ver cómo San Pacomio recibía humildemente las amonestaciones de sus propios novicios. En una ocasión, mientras elaboraba esteras, un novicio le señaló que no las hacía como prefería el abad Teodoro. Con humildad, San Pacomio le respondió: «Bueno, hijo, enséñame a hacerlas.» El novicio le mostró y, a partir de entonces, San Pacomio las hizo de esa manera.

En otra ocasión, un monje hizo dos esteras en un día, aunque solo se requería hacer una. Colocó las esteras fuera de su celda para que San Pacomio las viera. Al pasar por allí al atardecer, San Pacomio, comprendiendo que no lo hizo por vanidad, comentó a quienes le acompañaban:

«No veis que este pobre hombre ha estado trabajando todo el día para el demonio?»

Así, lo reprendió severamente en presencia de todos. Le ordenó pedir perdón de rodillas, sosteniendo una estera en cada mano. Además, lo confinó en una celda durante cinco meses, donde solo le dio pan y sal, y le obligó a hacer dos esteras cada día.

En otra ocasión, al regresar a Tabena después de una larga ausencia, los monjes salieron a recibir a San Pacomio. Un novicio audaz comentó: «Desde que salisteis de aquí, Padre, no hemos probado verduras cocidas». Con mansedumbre, San Pacomio respondió: «No te quejes, hijo; ya lo arreglaremos».

Al regresar al monasterio, San Pacomio descubrió que el cocinero no había dado verduras cocidas a los novicios durante aproximadamente dos meses, pensando que no era necesario al ver que nadie más las consumía. En respuesta a esta desobediencia, San Pacomio mandó al cocinero que trajera todos los cestos y esteras que había hecho y los arrojó al fuego. Explicó que no permitiría que sus subordinados cuestionaran sus mandatos, ya que su deber era obedecer con prontitud y total sumisión de la voluntad.

Otras maravillas | El premio

La vida de San Pacomio fue una cadena de milagros. Aquí traeremos algunos. Vino un hombre a rogarle que sanase a una hija suya. «Apiadaos de mi —le dijo: —sólo tengo una hija y los demonios la atormentan cruelmente.»

Se excusó el Santo, diciéndole que no solía hablar con mujeres: pero le dijo que le presentase un vestido de su hija. Así lo hizo el atribulado padre y  viéndolo. dijo Pacomio: «Este vestido no es de vuestra hija». Afirmó  el padre que si era y el Santo le dijo: «Bien sé que ella lo lleva, pero no le pertenece, porque ese vestido es el que usan las vírgenes y vuestra hija no guarda la castidad.» Prometió enmienda la mujer, y San Pacomio le envió un poco de aceite bendito con el que sanó.

Le dio el obispo Serapión un lugar cómodo donde edificase una iglesia para los pastores de los alrededores de Tabena. Algunos herejes vinieron de noche y derribaron lo que se había ya edificado. Tuvo paciencia San Pacomio y exhortó a sus monjes que la tuviesen; pero el Señor envió fuego del cielo y quemó a los herejes.

Vino de Roma cierto monje que deseaba sobremanera manifestar su conciencia a San Pacomio y confesarse con él. Pero el Santo no sabia sino el idioma de su tierra, que era el egipcio. Habló con Dios y le dijo:

«Señor, si yo por falta de saber lenguas no puedo ayudar a los que vienen de lejanas tierras, para qué me los enviáis? Si queréis que les sirva, dadme lo que he menester para cumplir vuestra voluntad.»

Al poco rato vio caer del cielo a su mano un papel escrito a manera de carta. Lo leyó San Pacomio, y luego comenzó a hablar en griego y latín con tanta elegancia y copia de palabras, que parecía que hacia ventaja a todos los letrados del mundo.

Dice el hagiógrafo que el Señor dio al santo Fundador dominio sobre los animales fieros y serpientes venenosas. Cuando quería pasar el río Nilo para visitar los monasterios, los mismos cocodrilos le servían y le traspasaban a la otra parte.

Llegó, finalmente, para San Pacomio la hora de recibir el galardón de sus muchos trabajos y virtudes. El año de 348, la peste hizo estragos en el monasterio. Murieron más de un centenar de monjes y el mismo Santo cayó enfermo. Junté a los religiosos y les dijo:

«Amados hijos, voy a entrar ya en la mansión de los bienaventurados, pues veo cerca de mi a mi santo Ángel que me llama. Guardad mis preceptos y exhortaciones, y aborreced a los herejes cualesquiera que sean. Petronio, vuestro hermano, es varón muy prudente, virtuoso y santo; sea él mi sucesor y Padre vuestro desde este instante».

Hizo la señal de Is cruz y, a los catorce días de mayo, expiró en brazos de sus discípulos, que eran mil cuatrocientos en aquel monasterio.

Oración a San Pacomio

Haz, Señor, te lo suplicamos, que la intercesión de San Pacomio, abad, nos torne agradables a Ti, a fin de que obtengamos por sus oraciones lo que no podemos esperar de nuestros méritos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Cordero de Dios

San Pacomio | Fuentes

El Santo de cada día por EDELVIVES.

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.