Alipio tagaste

15 de agosto: San Alipio de Tagaste

Publicado el 15 de agosto de 2020

Actualizado el 23 de abril de 2025

Archivado en: Santoral

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Día celebración: 15 de agosto.
Lugar de origen: Tagaste, Argelia.
Fecha de su muerte: 431.


Contenido

– Introducción
– San Agustín y San Alipio
– Detenido como ladrón | Su probidad
– La crisis suprema de San Agustín
– Conversión de San Agustín y de San Alipio
– Peregrino a Tierra Santa y obispo de Tagaste
– Oración a San Alipio de Tagaste


Introducción

El Martirologio romano elogia abundantemente a sus Santos, y con especial entusiasmo al referirse a San Alipio, destacando su cercana relación con San Agustín:

«En Tagaste, África, San Alipio, discípulo y compañero episcopal de San Agustín, valiente defensor contra herejes y compartiendo la recompensa eterna del paraíso».

San Agustín detalla la vida de Alipio en sus Confesiones, resaltando sus virtudes y momentos más conmovedores, que aquí presentamos de forma resumida.

San Agustín y San Alipio

San Alipio, de Tagaste como yo, provenía de una distinguida familia local. Fue mi discípulo en Tagaste y luego en Cartago. A pesar de su desliz en la afición a los espectáculos del circo, lo apreciaba por su inclinación a la virtud desde joven.

En Cartago, atrapado en esa pasión, dejó de asistir a mis clases debido a un desacuerdo entre su padre y yo. Sin embargo, un día asistió a mi clase y, al usar una anécdota sobre los juegos del circo, interpretó mi burla como una crítica personal. Lejos de ofenderse, esto le llevó a reflexionar sobre su comportamiento, fortaleciendo nuestro vínculo.

Al oír mis palabras, Alipio abandonó los juegos del circo y se convirtió en mi discípulo. Sin embargo, fue seducido por las supersticiones de los maniqueos y su supuesta continencia. Para complacer a sus padres, estudió Derecho en Roma y se obsesionó con los combates de gladiadores. A pesar de su aversión, fue llevado por amigos a presenciar un espectáculo. Aunque intentó resistirse y cerró sus ojos, un grito en el combate lo llevó a mirar. La visión de la sangre lo fascinó, y abandonó los juegos con un deseo insaciable de regresar, no solo como espectador sino como líder. Pero, finalmente, fue mi mano misericordiosa la que lo rescató y le enseñó a confiar solo en Dios.

Detenido como ladrón | Su probidad

En Cartago, mientras Alipio estudiaba conmigo, un ladrón intentó robar barrotes de plomo del Foro con un hacha oculta. Al oír los ruidos, Alipio vio al ladrón huir y se acercó para investigar, encontrándose con el hacha. Al ser descubierto con el hacha en mano, fue detenido y llevado ante el juez. Sin embargo, un arquitecto que lo reconoció como visitante habitual de un senador le dio crédito. Llevaron a Alipio y a la multitud al lugar donde el niño esclavo del ladrón confesó la verdad, exonerando a Alipio.

Tras el incidente en Cartago, Alipio se mudó a Roma, donde estrechamos nuestra amistad. Me siguió a Milán, más por no separarse de mí que por su interés en la jurisprudencia. Mientras trabajaba como asesor, rechazó un favor indebido a un poderoso senador, resistiendo promesas y amenazas. Aunque se vio tentado por la literatura, decidió seguir la equidad sobre la conveniencia personal. Este hombre, íntimamente ligado a mí y también indeciso sobre su vocación, demostró su integridad y valentía.

La crisis suprema de San Agustín

Alipio me disuadía del matrimonio para poder vivir juntos en la búsqueda de la sabiduría, manteniendo una castidad admirable, a pesar de sus anteriores caídas. Yo, en cambio, luchaba internamente, anhelando acercarme a Dios. Un día, mientras Alipio descansaba de sus deberes, recibimos la visita de Ponticiano, un cristiano ferviente de nuestra tierra.

Ponticiano nos habló de Antonio, un ermitaño de Egipto, y de la vida ascética de los monjes, revelándonos la existencia de un monasterio en Milán dirigido por el obispo Ambrosio. Sus relatos intensificaron mis remordimientos. Al despedirse, influenciado por la providencia divina, miré a Alipio y exclamó:

– «¿Y qué hacemos nosotros aquí? ¿No lo has oído? ¡Levántanse los ignorantes y arrebatan el cielo, y nosotros, hinchados de nuestra ciencia, estamos aquí revoleándonos en la carne y en la sangre! ¿Es por ventura vergonzoso seguir sus huellas? ¿No es más humillante para nosotros tener el ánimo tan apocado que nos venzan en el dominio de las pasiones y en la perfección de la vida espiritual?».

Esas fueron poco más o menos mis palabras. Y la agitación que me dominaba me obligó a alejarme de él. Alipio me miraba en silencio, porque mi voz tenía un sonido y Un deje para él desconocidos. Y aun más que mis palabras, la turbación de mi frente, el color de mis mejillas, la expresión de mis ojos, lo demudado de mi rostro y el timbre de mi voz, delataban la conmoción de mi alm a… Me retiré al jardín y Alipio me siguió de cerca, porque comprendía que no podía dejarme solo en aquella crisis de mi ánimo, y nos sentamos lo más lejos posible de la casa.

Hablábame yo en mi interior y me decía; «Ánimo, no hay que esperar más». Y mis deseos parecían responder a mis palabras, veíame a punto de obrar y me quedaba suspenso… Los apetitos sensuales, las locas vanidades, mis antiguas amigas, me tiraban de la vestidura de mi carne y me decían por lo bajo. «¡Cómo!, ¿nos despachas?, ¿nunca jamás hemos de acompañarte?, ¿y ya desde ahora no podrás hacer esto ni aquello?» Y ¿qué era esto y aquello que me sugerían? ¡Oh Dios mío! ¡Apartad mi­sericordioso del alma de vuestro siervo y borrad de mi memoria esas manchas, esas torpezas, esas infamias!

Pero ya no las oía más que a medias, ya no se me ponían de frente y con osadía, sino que tímidamente susurraban a mis espaldas, me seguían los pasos solicitando una mirada al alejarme. Pero retardaban la decisión de mi voluntad, faltábame valor para romper con ellas con brusquedad y librarme de sus importunidades, porque la violencia del hábito me hacía repetirme a mí mismo «¿Te imaginas que has de poder vivir sin ellas? ..».

Pero eso me lo decían con poca firmeza, débilmente, porque en el camino que veía delante y por el que temía pasar descubríaseme serena, ma­jestuosa, sonriéndome modesta y reservadamente amable la castidad, que, tendiéndome las manos pudorosas como para recibirme y abrazarme, me mostraba al mismo tiempo una multitud de niños, de vírgenes purísimas, de
viudas venerables, de ancianos que ostentaban su niveo ropaje, y como haciéndome cariñosa burla, pero revestida de invitación solícita al esfuerzo, parece que me decía «¿Qué? ¿No podrás hacer tú lo que hicieron éstos y aquéllos?…»

Alipio, sin apartarse de mí, esperaba en silencio en qué pararían los descompuestos movimientos y los extremos que en mí veía. Y cuando tras las profundas reflexiones que ocuparon mi espíritu y conmovieron hasta lo más profundo de mi alma, puse ante la vista de mi conciencia todo aquel amasijo de miserias, se levantó de lo hondo de mis entrañas una como densísima nube que se resolvió en un diluvio de lágrimas.

Y para darles más libre curso y comprendiendo que para descargar hasta la última gota de aquella nube, necesitaba la soledad más absoluta y que debía evitar aun la presencia de mi amigo, me levanté y me alejé de él cuanto pude. Él permaneció sentado en el mismo sitio, lleno del ma­yor asombro. Yo me eché debajo de una higuera, no sé de qué manera, y allí di rienda suelta a mi llanto y brotó de mis ojos un torrente de lágrimas que Vos, Dios mío, recibisteis como gratísimo sacrificio..

Conversión de San Agustín y de San Alipio

Así estaba yo cuando oí en la casa vecina una voz de niño que decía así cantando: « ¡Toma y lee! ¡Toma y lee! » Cambiando entonces la expresión de mi rostro, empecé a reflexionar si acaso sería algún estribillo de juego de niños, pero no recordaba haberlo oído nunca. Y dando tregua a mi llanto, me levanté y tomé esas palabras como una orden de lo alto para que abriese la Escritura y leyese el primer capítulo que se me ofreciese.

Volvíme al instante al lugar donde permanecía Alipio, porque allí había dejado las Epístolas de San Pablo, cogí el libro, lo abrí y leí para mí lo primero con que toparon mis ojos, y que decía así:

«No en banquetes ni embriagueces, no en vicios y deshonestidades, no en contiendas y emulaciones, sino revestios de Nuestro Señor Jesucristo, y no empleéis vuestro cuidado en satisfacer los apetitos del cuerpo»

(Epístola a los Romanos, X III, 13-14).

Ni quise, ni necesitaba leer más, porque luego de leídas esas palabras brilló en mi corazón una ráfaga de luz que disipó todas sus dudas y perplejidades. Entonces, no recuerdo si con el dedo o con qué objeto, dejé señalada la página, cerré el libro y, con ánimo sosegado, conté a Alipio lo que me pasaba.

Él también me refirió lo que le sucedía; me dijo que le indicase las palabras que había leído, y prosiguiendo él por el versículo siguiente, tomó para sí estas palabras: «Recibid con caridad al que todavía está flaco en la fe». Fortalecido con esa advertencia unióse a mí sin la menor vacilación en aquella tan buena y santa resolución que armonizaba perfectamente con la pureza de costumbres en la que desde hacía tanto tiempo me aventajaba..

Dios mío, por vuestra gracia poderosa, ya somos vuestros.. Siento placer en publicar los incentivos interiores con que habéis domado todo mi ser., y cómo sojuzgasteis a Alipio, el hermano de mi corazón, al suave yugo de vuestro unigénito Hijo Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, cuyo nombre quería él antes desdeñosamente apartar de nuestros escritos.. En cuanto llegó el momento de inscribirnos como cristianos, regresamos del campo a Milán.

Alipio quiso ser bautizado al mismo tiempo que yo; ya estaba adornado de la humildad necesaria para recibir los sacramentos y domeñaba varonilmente su cuerpo hasta caminar con los pies descalzos por el suelo de Italia, cubierto entonces por los hielos.

Peregrino a Tierra Santa y obispo de Tagaste

Esa era el alma de Alipio, tan magistralmente revelada por San Agustín en las hermosas páginas que acabamos de transcribir. San Ambrosio bautizó a los dos amigos y a Adeodato, hijo de San Agustín, por Pascua del 388 ó 389.

Poco hay que añadir para completar la vida de nuestro Santo, y aun en eso poco hemos de acudir a las cartas de su amigo. Después de asistir a la muerte de Santa Mónica, Alipio y Agustín se embarcaron para África. Alipio fue uno de los discípulos escogidos que formaron el primer monasterio agustiniano, de Tagaste y de Hipona sucesivamente. Con ellos vivió hasta que fue elegido para la sede de su ciudad natal, hacia el 394.

Según el testimonio de San Paulino de Ñola, conservó en su nuevo cargo la austeridad de un religioso. Hizo cuanto pudo para reprimir los abusos que se habían introducido en su diócesis, y combatió la herejía. No hubo en África concilio, sínodo, ni asamblea de importancia en la que no fuese uno de los oráculos, y en la célebre Conferencia de Cartago contra los donatistas, él fue uno de los oradores escogidos para defender la doctrina católica.

San Alipio visitó los Santos Lugares cuando fue a entrevistarse con San Jerónimo, el célebre y sabio solitario de Belén. Como obispo, hizo Alipio cuanto pudo y con la más afectuosa complacencia para favorecer los trabajos de Agustín. Él hacía copiar las obras de los pelagianos para que su amigo las refutase, él le acompañó en muchos viajes como el que hicieron a Mauritania, delegados por el papa San Zósimo, para conferenciar con el obispo donatista Emérito de Cesarea.

Hay motivos para creer que, al ocurrir la invasión de los vándalos, Alipio se retiró al lado de San Agustín, a quien sobrevivió un año.

Oración a San Alipio de Tagaste

Oh San Alipio de Tagaste,
testigo humilde de la verdad y la gracia,
tú que caminaste junto a San Agustín
en el sendero de la conversión,
y ofreciste tu vida al servicio del Evangelio,
intercede hoy por nosotros.

Tú que conociste la lucha interior
y fuiste alcanzado por la misericordia divina,
ruega para que también nosotros
nos dejemos transformar por el amor de Cristo
y perseveremos en la búsqueda de la verdad.

Obispo fiel y pastor sabio,
enséñanos a servir con humildad,
a vivir con coherencia
y a edificar la Iglesia con esperanza.

San Alipio,
compañero de los santos,
amigo en el camino de la fe,
guía nuestras decisiones,
fortalece nuestra voluntad
y acompáñanos en nuestra peregrinación hacia la santidad.

Por tu intercesión,
que nunca falte en nosotros
la fidelidad al Evangelio
ni la alegría de pertenecer a Cristo.

Amén.

Cordero de Dios

 

San Alipio de Tagaste | Fuentes

El Santo de cada día por EDELVIVES.

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.