San Enrique, rey y emperador, promovió la paz en todo el reino germano. Es el único emperador proclamado santo, y también, cronológicamente, el décimo tercero de los veinte reyes inscritos en el Catálogo de los Santos de la Santa Iglesia Católica. Su nombre significa «Jefe Poderoso».
Día celebración: 15 de Julio.
Lugar de origen: Ratisbona. Alemania.
Fecha de nacimiento: 6 de Noviembre de 976.
Fecha de su muerte: 13 de Julio de 1024.
Patronazgo: Patrono de los reyes y emperadores cristianos, de las parejas sin hijos, de las personas que sufren enfermedades graves.
Contenido
– Introducción
– Duque de Baviera
– Rey de Germania
– Emperador de Alemania
– Corona Eterna
– Oración a San Enrique
Introducción
San Enrique nació el 6 de mayo de 973 en Ratisbona, siendo hijo de Enrique II el Pendenciero y Gisela. A una temprana edad, fue enviado al monasterio de Hildesheim en Sajonia, donde fue educado por los Canónigos regulares. Allí adquirió flexibilidad de espíritu y un profundo conocimiento de las escrituras. Más tarde, completó su educación bajo la tutela de San Volfango, obispo de Ratisbona, quien lo preparó para gobernar Baviera, donde se esperaba que ascendiera al poder.
Duque de Baviera
A los veintidós años, San Enrique sucedió a su padre como duque de Baviera tras su muerte en 995. La elección fue fácilmente ratificada por el emperador Otón III. Contrajo matrimonio con Cunegunda, una unión caracterizada por su castidad según la bula de canonización de Eugenio III en 1145.
Durante su gobierno de siete años, San Enrique trabajó por apaciguar las tensiones feudales y acompañó al emperador en expediciones a Italia en 996 y 998. Tras la muerte de Otón III en 1002, Enrique fue reconocido como rey de Germania en una Dieta en Werla. Fue elegido y consagrado el 7 de junio de 1002 en Maguncia, siendo conocido como Enrique II. Su ascenso al trono fue ampliamente aceptado poco después.
Rey de Germania
Tras ascender al trono, Enrique II se enfrentó a la tarea de unificar un vasto territorio que incluía Alemania, Bélgica, Países Bajos, Suiza, Italia y partes de Francia. Enfrentó desafíos internos debido a la rebeldía de la nobleza y las intrigas en su propia corte. Además, enfrentó amenazas externas, particularmente de Polonia y el rey Arduino, que buscaba fomentar el sentimiento nacional contra el imperio.
La lucha contra Boleslao I de Polonia resultó en un compromiso en 1018, donde Boleslao renunció a la corona germánica a cambio de Lusacia. Enrique también tuvo que defenderse de incursiones sarracenas y griegas en Italia, realizando tres expediciones al país. En la primera, en 1004, recibió la corona de Lombardía en Pavía.
Enrique II se destacó por su compromiso con la expansión del reino de Dios en la tierra. Desde el principio de su reinado, mostró interés en fortalecer la Iglesia y el Estado. Dotó generosamente a numerosos monasterios en Baviera y fundó otros nuevos, reconociendo el papel esencial del monacato en la civilización y la estabilidad social.
Los monasterios no solo aseguraban el bienestar de las comunidades a través del trabajo, sino que también evitaban que los señores territoriales acumularan poder excesivo al incluir sus tierras en las posesiones monásticas. Además, cada centro monástico servía como lugar de oración y estudio.
Aunque Enrique apreciaba la vida monástica, no dudaba en intervenir para corregir los abusos cuando era necesario. Por ejemplo, cuando el abad Bernardo de Hersfeld permitió un estilo de vida lujoso para sus monjes y se retiró a vivir cómodamente en la montaña, Enrique intervino nombrando a un santo religioso, Godeardo, como nuevo abad con el encargo de reformar la situación.
«No es un monasterio lo que me confían —exclamó el nuevo abad, a la vista de tantas frivolidades— antes parece una corte real».
El abad Godeardo, designado por Enrique II para reformar el monasterio de Hersfeld, actuó con determinación al insistir en la observancia estricta de la regla benedictina. Animó a aquellos que no estaban comprometidos con la vida monástica a retirarse, lo que resultó en la deserción de muchos. Sin embargo, ni Enrique ni Godeardo se desanimaron por esta situación.
Con el tiempo, los desertores regresaron gradualmente y los excedentes de bienes del monasterio se distribuyeron entre los pobres. Hersfeld volvió a florecer, ahora bajo los principios de la austeridad benedictina, gracias al impulso de Enrique II.
Este enfoque reformador también se aplicó en otros monasterios de la región, con la ayuda y el apoyo de Enrique, quien mantenía una estrecha relación con prominentes reformadores de su tiempo, como San Odilón, abad de Cluny. La colaboración entre ambos fue vital para la reforma monástica en Alemania.
Mientras Enrique se esforzaba por mejorar la situación de la Iglesia y la sociedad, también enfrentaba la oposición de algunos miembros de la nobleza, incluidos sus propios parientes, que conspiraban para desestabilizar su autoridad y dividir el imperio en beneficio propio. Para contrarrestar estos planes, Enrique negoció con el papa Juan XIX la creación del obispado de Bamberg en el año 1006, con la protección directa de la Santa Sede pero manteniendo su sujeción a la autoridad del arzobispo de Maguncia. Esta medida tenía como objetivo socavar los planes de los conspiradores y expandir la influencia de la Iglesia en las regiones fronterizas.
Emperador de Alemania
Enrique II encontró la oportunidad de intervenir en Italia de manera decisiva en 1012, cuando apoyó la elección de Benedicto VIII frente al antipapa Gregorio, quien rápidamente perdió su poder usurpado. La presencia del ejército alemán en Italia a fines de 1013 tuvo un impacto significativo en toda la península.
Arduino, el autoproclamado «rey nacional» italiano, se vio acorralado y renunció a la corona para retirarse a un monasterio. En Roma, los partidarios de Gregorio abandonaron su causa desesperada, permitiendo que Benedicto VIII recuperara el control de la ciudad y de los palacios apostólicos.
Cuando Enrique II llegó a Roma en los primeros días de febrero, fue recibido por el Papa, quien llevaba un valioso globo rematado con una cruz, símbolo del poder que el soberano debía ejercer sobre el mundo como defensor de la fe cristiana. Enrique aceptó el regalo con alegría y, después de examinarlo, se dirigió al Papa con estas palabras:
«Santísimo Padre, lo que aquí me presentáis es muy significativo y con ello me dais una excelente lección, mostrándome, por símbolo de mi imperio, con qué principios debo gobernar. Nadie es más digno de poseer tal presente que aquellos que, apartados del mundo, se dedican a seguir la cruz de Jesucristo».
La coronación de Enrique II como emperador tuvo lugar el 14 de febrero de 1014. En la mañana de ese día, acompañado por su esposa Cunegunda, se dirigieron a la basílica de San Pedro, donde el Papa los esperaba en las gradas del peristilo. Allí, el Papa le hizo las preguntas habituales sobre su compromiso de ser un celoso defensor de la Iglesia romana y su fidelidad a él y a sus sucesores. Enrique respondió afirmativamente y fue consagrado emperador, luego coronado solemnemente junto con la emperatriz Cunegunda. Posteriormente, donó su corona para ser colocada en el altar del Príncipe de los Apóstoles.
En este contexto, el nuevo emperador concedió al Papa una carta de privilegios que garantizaba territorios como la Toscana, Parma, Mantua, Venecia, Istria, los ducados de Espoleto y Benevento, y posiblemente los territorios de Nápoles y Gaeta, que aún estaban bajo el control bizantino. Además, se estipuló que todo el clero y la nobleza romana se comprometían a seguir las leyes canónicas en la elección de los Papas, y que el nuevo elegido se comprometería públicamente a mantener los derechos de todos ante los enviados del emperador y el pueblo.
Aunque esta tutela imperial sobre la Iglesia parecía proporcionar estabilidad, también implicaba graves riesgos, ya que algunos emperadores alemanes la utilizaron para intervenir en los asuntos del Papado de manera injustificada.
La colaboración entre Benedicto VIII y Enrique II se mantuvo sólida durante su reinado conjunto, lo que les permitió trabajar eficazmente en beneficio de la cristiandad, especialmente en la observancia de la Tregua de Dios, instituida en el Concilio de Poitiers en el año 1000 y que necesitaba del respaldo del poder secular para ser efectiva.
En los primeros años, Enrique II recorrió las provincias de Alemania proclamando la paz local en grandes asambleas, como en Zurih en 1005 y en Merseburgo en 1012, donde todos, desde los más humildes hasta los más poderosos, juraron mantener la paz y no participar en actos de violencia. Muchos señores y obispos siguieron este ejemplo, y el emperador impuso castigos severos e incluso destituyó a los margraves que se resistían.
El deseo de llevar a cabo el ideal pontificio de una paz universal llevó a Enrique II a reunirse en Mousson, cerca de Sedán, en agosto de 1023, con Roberto el Piadoso, rey de Francia. Ambos monarcas discutieron sobre cómo abordar los males que afectaban continuamente a la cristiandad y acordaron solicitar al Papa la convocatoria de un Concilio General para poner fin a los abusos.
Por otro lado, el emperador de Constantinopla aún mantenía ciertas pretensiones sobre los Estados Pontificios. Algunas ciudades del sur de Italia bajo su dominio estaban administradas por un gobernador que, siguiendo órdenes de su señor, invadió varias ciudades de la Apulia, que dependían de la Santa Sede, con la intención de restaurar la influencia bizantina en la península.
El Papa Benedicto VIII envió al príncipe de Normandía, Raúl, para enfrentarse al gobernador bizantino que amenazaba la independencia de Italia. Raúl obligó a los griegos a retirarse, pero para asegurar aún más la independencia de Italia, el Papa cruzó los Alpes y se reunió con el emperador en Bamberg en abril de 1020. En esta reunión, discutieron cuestiones sociales y religiosas importantes, incluida la necesidad de rechazar el dominio bizantino, considerado hostil a la Iglesia y a la unidad.
Enrique II reafirmó sus promesas de fidelidad al Papa y aseguró su apoyo en defensa de la Santa Sede si esta se veía amenazada en sus derechos. También se abordaron asuntos relacionados con la disciplina y la reforma del clero. En noviembre de 1021, Enrique emprendió su tercera expedición a Italia, esta vez logrando una victoria completa sobre los griegos, quienes perdieron todas las plazas que habían conservado hasta entonces, las cuales fueron donadas a la Santa Sede.
Tras pacificar la península, Enrique regresó a sus dominios, deteniéndose en Monte Casino para resolver asuntos administrativos relacionados con la famosa abadía en colaboración con el Papa.
Corona Eterna
Un día, mientras visitaba las construcciones restauradas de la abadía de San Vanne en Lorena, que el abad Ricardo había llevado a cabo, San Enrique entró en el claustro y pronunció las palabras del salmista: «Este es el lugar de mi reposo; aquí habitaré, en la morada de mi elección». El obispo Haimón de Verdún, quien acompañaba al soberano, sabía de su inclinación hacia la vida monástica y advirtió al abad sobre lo que podría ocurrir.
En efecto, Enrique expresó su deseo de abandonar la vida secular para convertirse en monje. El abad Ricardo entendió que la vocación del visitante imperial no era la de un simple religioso, por lo que buscó una solución para satisfacer la devoción del príncipe sin perjudicar al Estado. Convocó a la comunidad monástica y pidió al emperador que expresara sus deseos ante todos los monjes. Enrique anunció su decisión de renunciar a las vanidades del mundo para dedicarse al servicio de Dios en ese monasterio.
— ¿Queréis —dijo el abad— a ejemplo de Jesucristo, practicar la obediencia hasta la muerte?
—Lo quiero — respondió San Enrique, con humilde firmeza y decisión.
—Puesto que así es —replicó el abad— , desde este momento os recibo en el número de los religiosos. Acepto la responsabilidad de vuestra alma si de vuestra parte prometéis seguir, para la gloria de Dios, todo lo que os ordenare como a miembro de nuestra comunidad.
—Juro obedeceros puntualmente en todo lo que mandéis.
—Quiero, pues —concluyó Ricardo— , y os ordeno, en virtud de santa obediencia, que volváis a tom ar el gobierno del imperio confiado a vuestros cuidados por la Providencia divina. Quiero que procuréis, en todo cuanto de vos dependa, la salvación de vuestros súbditos, por vuestra vigilancia y firmeza en la administración de la justicia.
El emperador no esperaba esa solución y quedó sorprendido, ya que una de las razones para abrazar la vida religiosa era liberarse de las cargas del gobierno que pesaban en su conciencia. Sin embargo, se sometió al primer mandato de obediencia que había jurado y regresó con renovado fervor a sus deberes.
De esta manera, el voto de obediencia, que conecta al religioso directamente con la voluntad divina a través de su superior, convirtió al piadoso rey en un gobernante más decidido y eficaz en el cumplimiento de sus graves responsabilidades.
Aunque podría haber llevado una vida más destacada en el claustro, su papel en el trono, lleno de obras meritorias, fue más beneficioso para la nación.
Sin embargo, su salud siempre fue frágil, y los constantes viajes, campañas militares y preocupaciones minaron sus fuerzas. A principios de 1024, su salud se deterioró gravemente. Después de un breve período de descanso en Bamberg, intentó retomar sus responsabilidades, pero murió el 13 de julio de 1024 en el castillo de Grona, cerca de Goslar.
Con su muerte, la dinastía sajona llegó a su fin. Poco más de un siglo después, el papa Eugenio III inició el proceso de canonización y proclamó la santidad del emperador el 12 de marzo de 1146. Su tumba en la catedral de Bamberg, junto con la de su esposa, la emperatriz Santa Cunegunda, sigue siendo un lugar de veneración. La fiesta de San Enrique fue elevada a rito doble para toda Alemania por el papa Pío XI el 4 de diciembre de 1923.
Oración a San Enrique
Oh emperador San Enrique, máximo patrono alemán y reconocido patriarca europeo. Bondadoso hombre de brillantes virtudes. Caballero misericordioso, te pido para que me cuides de mis enemigos. Haz que logres perdonarlos así como tú perdonaste la traición de tus súbditos. Alimenta mi corazón de todo lo bueno que hay en ti. Protégeme con tu escudo milagroso que utilizaste en tus maravillosas expediciones. Se el emperador de mis decisiones a tomar de ahora en adelante.
Amén.

San Enrique | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.


