San Benito José Labre llevó a cabo una serie de peregrinaciones a célebres santuarios, vistiendo harapos y contentándose con limosnas, dando ejemplo de piedad y penitencia, y regresado a Roma, se entregó a una vida de oración y de pobreza extrema.
Día celebración: 16 de abril.
Lugar de origen: Amettes, Francia.
Fecha de nacimiento: 25 de marzo de 1748.
Fecha de su muerte: 6 de abril de 1783.
Santo Patrono de: Solteros, desamparados.
Contenido
– Introducción
– Humildad y desasimiento
– Vocación de peregrino
– Días postreros
– Glorificación
– Oración a San Benito José Labre
Introducción
San Benito José Labre nació en Amettes, Francia, siendo el mayor de quince hijos de una familia profundamente devota. Desde temprana edad, demostró signos de una vida de virtud y santidad, influenciado por la fe y devoción transmitidas por sus padres, especialmente por su madre. Desde su infancia, mostró una inclinación hacia la penitencia y la oración.
A los doce años, fue enviado a vivir con un tío párroco en Erín para prepararse para el sacerdocio. Durante este tiempo, profundizó su devoción y estudio de la Sagrada Escritura, que le llevó a comprender la fragilidad humana frente a los juicios divinos y la necesidad de desapego y penitencia.
A pesar de su vida sin pecado mortal, San Benito sintió un fuerte llamado a unirse más estrechamente al sufrimiento de Cristo, buscando los caminos más difíciles para responder a la gracia divina. Su vida temprana y devoción lo prepararon para una vida de pobreza, penitencia y dedicación total a Dios.
Humildad y desasimiento
San Benito José Labre, a pesar de su deseo inicial de unirse al sacerdocio, experimentó una serie de rechazos y desilusiones en su intento de ingresar a varias órdenes monásticas. En 1766, cuidó a su tío párroco enfermo en Erín, pero después de su fallecimiento, decidió buscar su vocación monástica. Intentó unirse a los trapenses, primero en Val Santa Aldegunda y luego en Neuville, pero en ambas ocasiones fue rechazado por diversas razones, desde la falta de habilidades específicas hasta preocupaciones sobre su salud y edad.
A pesar de estos desafíos, persistió en su búsqueda vocacional. Intentó unirse a los trapenses en la Trapa de Mortagne, pero nuevamente enfrentó rechazos. A pesar de las múltiples negativas, su determinación no menguó. Incluso después de un breve período en la Trapa de Sept-Fonts, donde enfrentó desafíos y enfermedades, comenzó a entender que quizás su llamado no era vivir dentro de un convento. A través de estas experiencias, se reveló una vida de constante búsqueda espiritual y dedicación a su fe, aunque no de la manera que inicialmente había imaginado.
Vocación de peregrino
San Benito José Labre, tras múltiples intentos fallidos de encontrar su vocación monástica en diferentes órdenes religiosas, finalmente recibió una revelación divina. En lugar de unirse a una orden específica, fue llamado a una vida de peregrinación. Durante quince años, viajó por Francia, Suiza, Italia y España como un mendigo, llevando consigo solo los elementos esenciales: tres libros sagrados (el Nuevo Testamento, la Imitación de Cristo y el Breviario), un rosario, un saco para limosnas y un ferviente deseo de vivir en completa humildad y devoción.
En su peregrinación, San Benito visitó lugares sagrados y venerados, como Roma, donde buscó respirar una fe más pura, especialmente después de sentir los efectos del jansenismo en Francia. Dormía al aire libre, renunciando a los albergues para evitar distracciones mundanas. Vivía del día a día, confiando en la caridad pública y distribuyendo lo que recibía entre los más necesitados.
A pesar de enfrentar burlas, insultos y desprecio por parte de muchas personas, San Benito mostró una paciencia y amor inquebrantables. Durante su peregrinación, tuvo la oportunidad de visitar lugares significativos como Loreto, donde veneró la Santa Casa, y Asís, donde honró el sepulcro de San Francisco y recibió el cordón franciscano, que llevó consigo hasta su fallecimiento. Su vida se caracterizó por una profunda devoción, humildad y un inquebrantable deseo de servir a Dios.
San Benito José Labre continuó su peregrinación, regresando a Roma y visitando otros santuarios prominentes en Italia, Francia y Suiza. Pasando por Francia, se detuvo en Paray-le-Monial para venerar el lugar mismo que fue cuna de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
Durante su vida, visitó el Santuario de Loreto once veces, y su devoción y humildad lo hicieron objeto de admiración y respeto por parte de quienes lo conocieron. A pesar de su deseo de permanecer en el anonimato, su vida de sacrificio y santidad capturó la atención de muchos.
Los que lo rodeaban no podían evitar reconocer su excepcionalidad. Sus confesores estaban asombrados por la profundidad de su virtud y santidad, y la gente común lo veía como un verdadero ángel en la tierra. Las personas lo proclamaban como un hombre santo debido a su devoción y caridad sobresalientes.
Cuando se le preguntó cómo se debe amar a Dios, su respuesta reflejó la esencia de su vida y devoción:
«Para amar al Señor debidamente es menester tener tres corazones en uno. El primero ha de ser todo fuego para con Dios, de tal manera que pensemos en Él de continuo y hablemos de Él y obremos constantemente por Él y, sobre todo, sobrellevemos con paciencia los trabajos y adversidades que quiera Su Divina Majestad enviamos en todo el decurso de nuestra vida.
El segundo corazón ha de ser todo carne para con el prójimo, y llevarnos a ayudarle en sus necesidades espirituales por medio de la instrucción, el buen consejo, el ejemplo y la oración; ha de amar sobre todo a los pecadores y más aún a los enemigos, pidiendo al Señor que Ies dé su luz y su gracia para traerlos a penitencia; asimismo ha de estar lleno de compasión por las almas del Purgatorio, para que Jesús y María se dignen llevarlas al cielo.
El tercer corazón ha de ser todo bronce para consigo mismo, de suerte que aborrezcamos toda sensualidad y resistamos sin cesar al amor propio, renunciando a la propia voluntad, castigando al cuerpo con el ayuno y la abstinencia y domando las inclinaciones de la naturaleza viciada y corrompida; porque cuanto más aborrezcamos y maltratemos a nuestra carne, tanto mayor será el galardón que recibiremos en la otra vida».
San Benito José Labre poseía dones extraordinarios otorgados por Dios. Profetizó sobre los trágicos eventos de la Revolución francesa, considerándola un castigo divino por la impiedad de la sociedad de su época. Además, tenía un profundo conocimiento del estado interior de las almas y exhibía signos sobrenaturales de su fervor religioso, como una luz especial durante la oración o levitación.
Aunque tenía la capacidad de realizar milagros, su santidad se caracterizaba por su naturaleza interior, discreta y oculta al mundo. Sin embargo, tras su muerte, la verdadera magnitud de su santidad se reveló. Las personas que lo conocieron o vieron en su peregrinaje recordaron innumerables testimonios de su virtud y los milagros asociados con él. La Iglesia, reconociendo su santidad, lo elevó a un estatus glorioso y eterno, honrando su vida de sacrificio y devoción.
Días postreros
Las intensas penitencias y austeridades que practicó San Benito José Labre afectaron gravemente su salud. A pesar de vivir con extrema frugalidad, compartiendo incluso su comida con los pobres, su cuerpo se debilitó rápidamente. Aunque aceptó albergarse en un hospicio durante la noche, sus días los pasaba visitando iglesias, consumiendo lo que le quedaba de energía. A medida que avanzaba su deterioro físico, incluso parecía un esqueleto en movimiento. Finalmente, cuatro días antes de su fallecimiento en 1783, se encontraba tan debilitado que necesitaba apoyarse en su bastón para mantenerse en pie, lo que indicaba su precario estado de salud.
— «Cúmplase la voluntad de Dios» — repuso el Santo.
San Benito José Labre tuvo premoniciones de su muerte, expresando su anhelo de encontrarse con Jesús. El martes de Semana Santa, pese a su debilidad, se esforzó por visitar diversas iglesias en Roma, incluso desvaneciéndose en ocasiones. Durante sus visitas, especialmente a la iglesia de Santa María, mostró signos claros de deterioro físico. Finalmente, el 16 de abril, después de escuchar misas y adorar al Santísimo, cayó en las escaleras del atrio de la iglesia. Un amigo lo llevó a su casa cercana, donde San Benito José Labre falleció a la edad de treinta y cinco años, entregando su alma al Señor.
Glorificación
La vida y muerte de San Benito José Labre, un mendigo que vivió en la más profunda humildad y pobreza, contrastó con la grandeza espiritual que más tarde sería reconocida por la Iglesia. Aunque durante su vida terrenal fue considerado despreciable por muchos debido a su estilo de vida austero, su muerte reveló su verdadera santidad.
Tras su fallecimiento, una multitud acudió para venerar su cuerpo, incluso aquellos que anteriormente habían despreciado su apariencia y estilo de vida. La Iglesia rápidamente reconoció su santidad, dada la gran cantidad de milagros atribuidos a su intercesión. Su proceso de beatificación comenzó en 1792, y tras una serie de reconocimientos papales, finalmente fue beatificado por el Papa Pío IX en 1860 y canonizado por el Papa León XIII en 1883.
San Benito José Labre se convirtió en un símbolo para aquellos que buscan la verdadera humildad y desapego material. La Iglesia, al canonizarlo, buscaba enfatizar la importancia de despreciar las riquezas y honores mundanos, reconociendo en él a un modelo de santidad para aquellos que se embarcan en peregrinaciones con el deseo sincero de acercarse más a Dios.
Oración a San Benito José Labre
Este buen hombre sí que cumplió aquello que dijo Jesús: «Si el grano de trigo cae en la tierra y muere, produce mucho fruto». Quiera Dios que como él sepamos mortificarnos en esta vida para reinar por siempre en la eternidad.
| Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.


