Roque

16 de agosto: San Roque

Publicado el 16 de agosto de 2020

Actualizado el 23 de abril de 2025

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San Roque, confesor cuya muerte se conmemora el 16 de agosto y el 9 de septiembre en Italia; se le invoca especialmente contra la peste. Es considerado el santo patrón de perros, inválidos, de personas falsamente acusadas, solteros, entre muchos otros patronazgos.


Día celebración: 16 de agosto.
Lugar de origen: Montpellier, actualmente Francia.
Fecha de nacimiento: 1295.
Fecha de su muerte: 16 de agosto de 1327.
Santo Patrono de: De los peregrinos, de los contagiados por epidemias (especialmente la peste y el cólera), de los enfermeros, de los falsamente acusados, inválidos, cirujanos, Algezares, Alcolea del Río, Tolox Garachico (Tenerife, Islas Canarias).


Contenido

– Introducción
– Si quieres ser perfecto…
– Curación de los pobres apestados
– Frente a la prueba
– El rico convertido en pordiosero
– Prisionero inocente
– Culto, iconografía y popularidad
– Oración a San Roque


Introducción

En los inicios del siglo XIV, en medio de las intensas relaciones entre los países cristianos, nació San Roque, un hombre prodigioso que con solo hacer la señal de la cruz podía curar a los enfermos de la peste. Era hijo de Juan, gobernador de Montpeller, y su esposa Liberia, pertenecientes a la real casa de Aragón. A pesar de su felicidad material, su anhelo por un hijo fue respondido por Dios en 1295 con el nacimiento de Roque. Desde pequeño, Roque demostró virtudes excepcionales, dedicándose al servicio de los necesitados y a la hospitalidad hacia los peregrinos. Su afabilidad y generosidad lo convirtieron en la alegría de su hogar y de toda la ciudad de Montpeller, anticipando así su futura gloria.

Si quieres ser perfecto…

Pero la muerte pronto tocó a la puerta de su hogar. Primero fue su padre, postrado en el lecho del dolor, quien le dio su bendición y sabios consejos antes de partir. Roque prometió honrar sus palabras. Poco después, la muerte también se llevó a su madre. Estos golpes deberían haber causado un profundo dolor en el joven, pero en lugar de ello, revelaron su grandeza. Aunque afectado por la tragedia, Roque mantuvo su fe inquebrantable, aceptando la voluntad de Dios con humildad.

Entendiendo que estos eventos marcaban un nuevo rumbo en su vida, decidió seguir los consejos de su padre y las enseñanzas de Jesús: «Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes, y dáselo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme». Roque, obediente a esta inspiración divina, vendió sus posesiones, distribuyó el dinero entre los necesitados y renunció a su herencia familiar. Con su alma liberada de preocupaciones terrenales, se vistió con un humilde hábito de peregrino y partió hacia Roma, llevando solo un morral vacío y un ferviente deseo de practicar la caridad y la penitencia.

Curación de los pobres apestados

San Roque vivía en absoluta pobreza, alimentándose solo con limosnas obtenidas por amor a Dios. Consideraba una bendición recibir afrentas e injurias, y se entristecía si alguien intentaba cuidarlo, pues no creía merecerlo. Cuando llegó a Acquapendente, una ciudad asolada por la peste, muchos habrían huido del peligro, pero Roque, motivado por su caridad y fervor religioso, deseaba ayudar a los enfermos.

Se presentó en el hospital para ofrecerse como enfermero, pero el administrador, preocupado por su apariencia frágil, rechazó su ofrecimiento. Sin embargo, Roque persistió, argumentando que Dios podría darle la fuerza necesaria para cumplir su propósito por amor a su gloria. Después de varios días de insistencia, finalmente le permitieron cuidar a los enfermos.

Roque dedicó su atención a los pacientes con abnegación heroica, recorriendo las salas, lavando heridas, aplicando cuidados y trazando la señal de la cruz sobre ellos, lo que provocó muchas curaciones milagrosas.

Roque continuó su misión de caridad, recorriendo las casas de Acquapendente y sanando a los enfermos. Su santidad se hizo famosa en la ciudad, pero para evitar la gloria, partió sin dejar rastro. Al enterarse de la epidemia en Cesena de Lombardía, se apresuró allí y realizó los mismos milagros. En Cesena, un fresco en la catedral recuerda su paso. Su caridad con los enfermos retrasó su llegada a Roma, pero finalmente se dirigió allí cuando la ciudad fue golpeada por la peste.

Por humildad, Roque no reveló su identidad ni su lugar de origen. Pasó tres años en Roma, dedicado a la oración ante los sepulcros de los Apóstoles y los mártires. Luego, visitó otras ciudades italianas afectadas por la peste, donde continuó su obra de caridad, acompañada de nuevos milagros que difundieron su fama.

Frente a la prueba

Un día, mientras estaba en Plasencia, se dirigió al hospital y comenzó a cuidar a los enfermos. Agotado por el cansancio y vencido por el sueño, tuvo una visión: rodeado de un aura brillante, un ángel se le apareció y, en nombre del Señor, le dijo:

— Siervo fiel, tu valor ha sido grande al dedicarte por amor mío a remediar los males de tus hermanos: que no decaiga ahora que vas a padecer estos mismos males en tu persona.

Después de despertar, Roque se vio afligido por una fiebre ardiente y un agudo dolor. Reconociendo los síntomas de la enfermedad, comprendió que su visión había sido real. Elevó una ferviente oración de acción de gracias a Dios. Fue llevado junto a los enfermos de peste, donde su dolor se intensificó y, a pesar suyo, no pudo contener sus gemidos. Para no molestar a sus compañeros, se arrastró penosamente hasta la puerta. Los transeúntes, temiendo el contagio, intentaron obligarlo a regresar, pero él, sin querer ser una carga para nadie, logró salir de la ciudad y se refugió en un bosque cercano, donde encontró una cabaña desocupada que serviría de refugio. La fiebre ardiente le causó una sed insaciable, agravada por la falta de agua.

— ¡Oh Dios de clemencia! — exclamó— . Gracias porque me das ocasión de padecer por Ti. Sólo te pido que no me desampares.

Después de pronunciar su oración, un manantial de agua pura brotó de repente a su lado, con el cual Roque lavó sus heridas y alivió su sed. También sintió hambre, y Dios le proveyó milagrosamente de alimento. Cerca de su cabaña, había lujosas casas de campo donde los ricos huían de la peste. Un día, Gotardo, uno de los nobles adinerados, notó que uno de sus perros tomaba un pan de la mesa durante la comida y desaparecía rápidamente. Pensando que era travesura del animal, no le prestó atención. Pero al día siguiente, el perro repitió la misma acción, lo que llevó a Gotardo a pensar que los criados no estaban alimentando adecuadamente al animal. El tercer día, el perro volvió a tomar el pan y se dirigió al bosque, donde lo dejó junto a un enfermo abandonado que lo recibió con gratitud. Impresionado, Gotardo se acercó a Roque y le preguntó amablemente sobre su enfermedad.

—Soy un apestado —respondió el Santo—, por lo cual os ruego que os alejéis de mí, pues os exponéis a quedar contagiado.

Al regresar a su casa, Gotardo reflexionó sobre lo que había presenciado: «Mi perro es más caritativo que yo», pensó. Avergonzado de su propia cobardía, regresó junto al enfermo y, viendo en ello la voluntad de Dios, lo aceptó complacido a su lado.

El rico convertido en pordiosero

Gotardo se convirtió en el sirviente del peregrino, renunciando a regresar a su castillo por temor de contagiar a sus seres queridos. Sin embargo, el perro dejó de llevar comida, desconcertando a Gotardo. «¿Cómo nos alimentaremos?», preguntó a Roque. «Tomad mi capa», respondió este último, «e id a mendigar por los alrededores». Aunque era una gran humillación para alguien tan conocido como Gotardo, obedeció sin objeciones, siguiendo la voz del espíritu y el consejo del Santo.

Generalmente, Gotardo recibía maltratos en lugar de limosnas, pero ¿qué importaba? Los ángeles contaban sus pasos y presentaban a Dios su paciencia ante las afrentas. Después de una larga jornada, logró llevar dos panecillos al enfermo. Roque se alegró al saber que su bienhechor había sufrido por amor a Jesucristo.

Acompañado del nuevo solitario, Roque regresó a Placencia. Al hacer la señal de la cruz en las calles y en el hospital, los enfermos de peste sanaron instantáneamente, y toda la ciudad se libró de la epidemia. Ante este prodigio, la gente acudió en masa y acompañó a Roque hasta su choza, dando gracias a Dios. En el camino, nuestro Santo escuchó una voz del cielo que le dijo:

—Roque, siervo mío fiel, ya estás sano; torna a tu patria y practica allí obras de penitencia por las que merezcas la dicha de ser contado entre los elegidos. Yo estaré contigo en todas tus tribulaciones y penas.

El Santo, liberado instantáneamente de la peste, decidió quedarse un poco más en Placencia. Había ganado un alma para Jesucristo y quería asegurar su perseverancia antes de partir. Gotardo, receptivo a los consejos de Roque, progresaba en el camino de la perfección. Había renunciado a la riqueza y al prestigio, viviendo una vida humilde y entregada a Dios en el bosque. Roque, su amigo y mentor, lo guiaba en la oración y la mortificación hasta considerarlo establecido en su nueva forma de vida.

Cuando Roque consideró que Gotardo estaba seguro en su camino espiritual, decidió no demorar más el cumplimiento de la orden celestial. La fecha del tránsito de Gotardo es desconocida; algunos relatos lo mencionan como santo.

Prisionero inocente

Al regresar a Montpeller, Roque encontró la ciudad en guerra y fue arrestado como espía. Lo llevaron ante el gobernador, su propio tío, quien había sucedido a su padre en el cargo. Como Roque se negaba a revelar su identidad, el gobernador lo consideró como un espía y, después de maltratarlo, lo condenó a cadena perpetua.

A pesar de la terrible situación, Roque experimentó un consuelo espiritual y una alegría interior indescriptibles al ser encarcelado y despreciado por su propio tío en su propia tierra. La cárcel de Roque era un oscuro calabozo donde no entraba ni un rayo de luz; allí permaneció durante cinco años soportando todo por amor a Jesucristo. Además de esto, por espíritu de mortificación, rechazaba cualquier alimento cocido, se flagelaba el pecho y se infligía disciplinas, dedicando la mayor parte del tiempo a la oración como si fuera una celda de penitencia.

Un día, una luz brillante inundó la oscura prisión: era Jesús anunciando su próxima liberación. Una voz amorosa se escuchó diciendo:

— Roque, fidelísimo siervo mío, he aquí llegada tu hora; tus penas tocan ya a su fin ; prepárate, que vas a entrar definitivamente en mi gozo. Roque pidió perdón de sus culpas y luego suplicó al Señor que todos los que recurrieran a él, quedaran preservados o curados de la peste. He­cha esta súplica, tendióse sobre la tierra, alzó los ojos al cielo y entregó su benditísima alma al Señor. Sucedía esto el 16 de agosto de 1327.

Cuando Roque falleció, una intensa luz comenzó a emanar de su celda, dejando perplejos a los guardianes. Al abrir la puerta, descubrieron que el cuerpo del Santo, yacido en el suelo, irradiaba un resplandor extraordinario.

El suceso fue informado al gobernador de la ciudad, quien, al darse cuenta de que sin saberlo había sido el verdugo de su propio sobrino, quedó abrumado por el dolor y la confusión. Reconociéndose públicamente como torpe e insensible por haber condenado a un pariente tan cercano, se lamentaba de su error y lamentaba no haber reconocido a Roque, incluso en su estado desfigurado. La humildad y la compostura con la que Roque se había presentado ante él eran una clara protesta contra la absurda acusación de espionaje que había aceptado tan fácilmente.

A pesar de su pesar, el gobernador trató de enmendar su error honrando la memoria de su sobrino. Organizó un suntuoso funeral para Roque, con un desfile que llevó los sagrados restos desde el palacio gubernamental hasta la iglesia principal, recorriendo toda la ciudad entre lágrimas y aclamaciones del pueblo. Más tarde, el gobernador mandó construir una magnífica iglesia en honor a su santo sobrino, donde se trasladaron sus reliquias.

 

Culto, iconografía y popularidad

Desde entonces, las ciudades, villas y pueblos de Provenza y Languedoc, así como las regiones de Italia y España donde San Roque había residido durante mucho tiempo, recurrieron a él en tiempos de enfermedades contagiosas. Lo que comenzó como un culto local pronto se extendió por toda la Iglesia, trayendo consuelo a sus devotos.

Durante el Concilio de Constanza, que buscaba poner fin al «Cisma de Occidente», una terrible epidemia azotó la ciudad, amenazando con interrumpir los trabajos del concilio. Un joven alemán propuso recurrir a San Roque. Todos estuvieron de acuerdo y se organizaron rogativas, ayunos y procesiones públicas con la imagen del Santo. La epidemia cesó sin dejar un solo enfermo en la ciudad. Roma, bajo el pontificado de Alejandro VI, sancionó estos cultos, aprobando numerosas cofradías y la construcción de un templo en honor al Santo, y posteriormente, Gregorio XIII incluyó su nombre en el martirologio.

En la familia franciscana, San Roque es honrado como uno de los patrones de la Orden Terciaria, basado en una tradición que lo vincula a la misma. Inocencio XII concedió a los Hermanos Menores la facultad de celebrar su fiesta con un rito doble mayor. La devoción hacia San Roque ha crecido con el tiempo, como lo demuestra la rica y variada iconografía del Santo en la pintura y la escultura desde el siglo XIV.

Montpellier especialmente honra al santo peregrino celebrando su fiesta con gran solemnidad en una magnífica iglesia a la que acuden los fieles para implorar su protección. San Roque es ampliamente venerado en España, Francia e Italia, donde se celebra su día con gran solemnidad. Hubo un tiempo en que su fiesta era de precepto y muchos pueblos lo consideran su patrón, invocándolo especialmente como protector contra las epidemias tanto en humanos como en animales.

Oración a San Roque

Preciosísimo confesor de Cristo, glorioso San Roque, otro David de la ley de gracia por la mansedumbre y rectitud de corazón; nuevo Tobías en el tiernísimo afecto para con los pobres y por la constancia en ejercer las obras de misericordia; cual otro Job, prodigio estupendo de paciencia y fortaleza en los dolores y trabajos con que el Cielo te probó: ¡Cuánto me alegro que en este mundo orgulloso, sensual y ambicioso, aparezcas Tú tan pobre, humilde y mortificado, distribuyendo a los pobres tu opulentísimo patrimonio, y mendigando el pan hasta Roma en traje de peregrino!

Y como si nada fueran ni las llagas y dolores, ni el hambre que te aqueja, ni el abandono en que te ves, hasta no tener a veces más recurso ni amparo que el pan que te envía el cielo por medio de un prodigioso perro; como si nada fuera aún el verte encerrado en un horrible calabozo cinco años enteros por tu mismo tío, que, sin conocerte, te trata de espía; te entregas generoso a los rigores de la más asombrosa penitencia.

¡Oh! Cuánto condena esta tu vida penitente, pobre y humilde, el orgullo, la ambición y sensualidad de la mía! ¡Ah! no extraño seas tú visitado con indecibles favores y gracias celestiales, al paso que yo soy castigado por la divina Justicia, con razón irritada por los vicios y pecados míos.

Pero aplácala, dulce Patrón y abogado contra la peste. Tú que libraste a Roma, Plasencia y tantas otras ciudades de este azote devastador, libradme también a mí y libra de él a esta tu ciudad que pone en ti toda su confianza. Cúmplase en nosotros la dulce promesa que el Cielo dejó escrita en aquella misteriosa tabla que apareció sobre tu glorioso cadáver: “Los que tocados por la peste, invocaren a mi siervo Roque, se librarán por su intercesión de esta cruel enfermedad.”

(Pídase al Santo la gracia que se desea, y récense luego cinco Padre Nuestros, Ave Marías y Gloria Patri en memoria de los cinco años que estuvo preso.)

Cordero de Dios

 

San Roque| Fuentes

El Santo de cada día por EDELVIVES.

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.