San Juan Nepomuceno, fue un presbítero martirizado por negarse a romper el secreto de confesión: «Nada puedo revelar de lo que he sabido en confesión», siendo arrojado al río Moldava el día 19 de abril del año 1383.
Día celebración: 16 de mayo.
Lugar de origen: Nepomuk, República Checa.
Fecha de nacimiento: 1340.
Fecha de su muerte: 20 de marzo de 1393.
Santo Patrono de: Protector contra las calumnias e inundaciones.
Contenido
– Introducción
– Cursa la carrera eclesiástica
– Capellán y limosnero de la corte
– Confesor de la emperatriz
– Nuevo encarcelamiento y torturas
– Predice su muerte y calamidades de Bohemia
– San Juan Nepomuceno Mártir
– Oración a San Juan Nepomuceno
Introducción
Juan Nepomuceno evoca un hecho histórico crucial relacionado con el sigilo sacramental, la estricta obligación del sacerdote de mantener en secreto lo escuchado en confesión. A pesar de la amenaza de perder la vida, el confesor no puede revelar lo oído en la confesión. San Juan Nepomuceno, martirizado horrendamente, prefirió morir antes que traicionar su sagrado ministerio.
Considerado el santo nacional para el pueblo checoslovaco, tan venerado como Santiago en España, Juan Nepomuceno nació en Nepomuk, una modesta localidad entre Praga y la frontera bávara. A principios de 1330, un matrimonio de artesanos llamados Wolfflein se dirigía desde Nepomuk al convento del Cister cerca de la ciudad.
En el monasterio, los peregrinos rezaron ante la milagrosa imagen de Nuestra Señora, suplicando descendencia. La Virgen respondió a sus plegarias concediéndoles un hijo al que llamaron Juan. Sin embargo, el bebé enfermó gravemente meses después, y temiendo por su vida, los padres emprendieron un viaje al santuario de la Madre de Piedad. Allí, en fervorosa oración, prometieron consagrar a su hijo al servicio del Señor y a la propagación de su culto si la Virgen curaba al niño.
De vuelta a casa, el niño, ya rebosante de vida, extendió sus manitas hacia su madre como si quisiera acariciarla, demostrando así su completa curación. Agradecidos, los piadosos padres cumplieron la promesa hecha a la Virgen María y se esforzaron, a pesar de sacrificios, por educar a su hijo de la manera más cristiana posible, encaminándolo hacia la santidad si era la voluntad de Dios.
Desde temprana edad, Juan asistió a la escuela, donde aprendió principalmente el catecismo y cómo ayudar en la misa. Una vez familiarizado con ambas cosas, no dejó de acudir todas las mañanas al convento del Císter, donde, por devoción, desempeñó el papel de acólito, impresionando a quienes lo veían con su fervor.
Cursa la carrera eclesiástica
San Juan Nepomuceno combinó una profunda piedad con una aguda inteligencia. Sus padres tomaron la sabia decisión de enviarlo a estudiar a Staab y posteriormente a la Universidad de Praga. En esta última, se graduó como Doctor en Sagrada Teología y Derecho Canónico.
Siguiendo su vocación, se ordenó sacerdote y se preparó para tan elevada dignidad con un mes entero de fervorosos ejercicios espirituales. Durante su retiro, combinó la oración con rigurosas mortificaciones, buscando la gracia divina para hacerse cada vez más digno del elevado estado al que fue llamado por el Señor.
San Juan Nepomuceno destacaba por sus extraordinarias dotes de elocuencia sagrada, lo que llevó al prelado diocesano a nombrarlo predicador en la iglesia de Nuestra Señora de Tyn en Praga. Su predicación atraía a una incontable multitud, principalmente estudiantes, muchos de los cuales eran conocidos por su escandalosa conducta.
Impresionados por los notables resultados derivados de la santidad del predicador, el arzobispo y su Cabildo lo nombraron canónigo de la catedral, ya sea como reconocimiento por sus destacados servicios o para asegurarse el apoyo de un hombre tan distinguido. San Juan Nepomuceno demostró ser un ejemplo perfecto de puntualidad y asistencia al coro. Cuando tenía tiempo libre, lo dedicaba con celo ardiente a trabajar por la salvación de las almas.
Capellán y limosnero de la corte
En el auditorio que rodeaba al elocuente canónigo, destacaba la asidua presencia de Venceslao, hijo y sucesor del emperador Carlos IV de Bohemia. Aunque aún no había mostrado la tiranía que exhibiría más adelante, ya se vislumbraban en él ciertos desórdenes que, con el tiempo, le valdrían los sobrenombres de Beodo y Holgazán. Venceslao estaba casado con la humilde y santa emperatriz Juana de Holanda, hija de Alberto de Baviera y nieta del emperador Luis de Baviera. A pesar de su naturaleza caprichosa y cambiante, alternaba entre demostrar un amor apasionado por su esposa y manifestar celos, agobiándola con injurias. A veces, personas de esta índole son capaces de impulsarse hacia el bien con arranques irresistibles.
Venceslao, al conocer los brillantes triunfos del elocuente predicador, quiso confirmar por sí mismo la verdad de los rumores. En el domingo de Ramos, el canónigo Wolfflein, probablemente con la intención de evitar posibles disturbios que podrían haber desencadenado un motín inminente de los súbditos contra el soberano, predicó sobre el respeto debido a la autoridad legítima.
El tema fue de agrado para Venceslao, quien decidió en ese momento nombrar a San Juan Nepomuceno obispo para la sede vacante de Litomerice. Sin embargo, su intento no tuvo éxito, ya que San Juan Nepomuceno se resistió, declarándose indigno de ocupar tan elevado cargo.
Aprovechando las buenas disposiciones de su esposo, la emperatriz, quien valoraba cada vez más las eminentes cualidades morales del distinguido eclesiástico, lo hizo nombrar capellán y limosnero de la Corte. San Juan Nepomuceno aceptó humildemente este cargo, pensando en el bien que podría realizar entre los príncipes y magnates con quienes conviviría. Además, consideraba la posibilidad de guiar al descaminado emperador por el buen sendero y brindar ayuda a los pobres, a quienes amaba profundamente.
Confesor de la emperatriz
La emperatriz, mujer de gran cordura e inocencia, merecedora de tan elevada dignidad no solo por su ilustre linaje, sino principalmente por la nobleza de sus virtudes, no despreciaba servir directamente a los necesitados. Se mortificaba mediante ayunos y austeridades, dedicando una parte significativa de la noche a la oración. Escogió a San Juan Nepomuceno como director espiritual y, bajo su guía, progresó en su camino hacia el Señor. La emperatriz lloraba por los desórdenes de su esposo, esforzándose por expiarlos con prácticas ascéticas, mientras imploraba al Cielo por su consorte, quien, arrastrado por las pasiones y seducido por cortesanos impíos, se entregaba al libertinaje desenfrenado.
A pesar de la acendrada virtud de la emperatriz, que debería haber edificado y conmovido el corazón de Venceslao, este se iba endureciendo cada vez más. Llegó al extremo de encontrar insoportable la piadosa devoción de su augusta esposa, permitiendo que la pasión de los celos cegara su juicio. Sin fundamentos reales, llegó a dudar ofensivamente de la fidelidad de la emperatriz, considerándola una esposa infiel debido a una denuncia anónima maquinada por Andrónico, uno de los favoritos del emperador.
Al día siguiente, la emperatriz se acercó a la Sagrada Mesa después de haberse confesado. Enterado el tiránico esposo de esto, ansioso por disipar sus dudas sobre la fidelidad de su esposa, convocó al confesor de la reina, San Juan Nepomuceno. Exigió que revelara inmediatamente lo que sabía sobre el asunto que lo atormentaba. El confesor respondió en dos ocasiones: «Nada puedo revelar de lo que he sabido en confesión«.
Al ver que San Juan Nepomuceno no cedía ante promesas ni amenazas, el enfurecido Venceslao sacó su espada, dispuesto a atacarlo. Andrónico, presente en la escena, intercedió, instando al emperador a calmarse y dar tiempo al ministro de Dios para reflexionar. Aunque Venceslao accedió, ordenó que encarcelaran al capellán. En la soledad de su celda, San Juan Nepomuceno escribió una carta al emperador, digna de la noble causa que defendía. Después de leerla, Venceslao, por razones de prudencia o cambio de opinión, ordenó la liberación del prisionero, pero esto no duraría mucho tiempo.
Nuevo encarcelamiento y torturas
En otro incidente, el tirano Venceslao, enfurecido por un ave mal asada en su mesa, ordenó arrojar a su cocinero a un horno encendido. Los sirvientes, aterrorizados, se resistían a ejecutar la cruel orden, temiendo su propio castigo. Cuando San Juan Nepomuceno se enteró de esta atrocidad, reprendió al emperador con enérgicas palabras, exigiendo la revocación de la sentencia bárbara. Aunque intentó apaciguar a Venceslao, el desafortunado cocinero logró evitar el castigo, pero la ira del emperador se centró en el santo presbítero. Una vez más, fue encerrado en un horrible calabozo, soportando con alegría los malos tratos.
Venceslao, ante la firmeza de San Juan Nepomuceno, cambió de estrategia y liberó al encarcelado. En un intento de reconciliación, el emperador le pidió al santo que compartiera un banquete en el palacio. Aceptando la invitación, San Juan Nepomuceno disfrutó del banquete en aparente armonía. Sin embargo, al finalizar la comida, Venceslao retiró a los demás invitados y confrontó nuevamente al sacerdote. Insistió en que revelara los secretos confiados por la emperatriz en la confesión. Ante la negativa del Santo, Venceslao ordena se le encierre nuevamente.
Predice su muerte y calamidades de Bohemia
San Juan Nepomuceno, después de su liberación, continuó su vida apostólica con renovado celo. Multiplicó sus buenas obras y se dedicó a la predicación, buscando purificarse de las imperfecciones humanas para presentarse ante el tribunal de Dios. En un día particular, subió al púlpito de la catedral de Praga para despedirse del pueblo que había evangelizado durante años. Tomó como tema de su sermón las palabras finales de Jesús en la memorable noche de la Santa Cena.
— Me veréis un poco de tiempo — dijo— , y por esta razón serán pocas las palabras que he de dirigiros; mi fin se aproxima y pronto moriré por guardar los mandamientos de Jesucristo y de su Iglesia. «La herejía — continuó— que el infierno suscitará dentro de poco, desolará el reino de Jesucristo, y en este mismo reino de Bohemia, donde la religión florece hoy tanto, serán profanados los altares, el santuario destruido, el uso de los Sacramentos abolido, los consejos evangélicos despreciados, y todas las leyes humanas y divinas pisoteadas. Los templos y monasterios del Señor serán reducidos a cenizas; gran número de religiosos perecerán al filo de la espada, o por hambre, sed y otros bárbaros suplicios.
Los lobos entrarán al asalto en el aprisco, devorarán el rebaño y se apoderarán del patrimonio de Cristo. Todo será derrumbado y escarnecido; las potestades infernales se desencadenarán y , ¡Ay de aquellos que caigan en las manos de los falsos profetas!»
Estas predicciones se cumplieron aproximadamente treinta años después, cuando Juan Hus, Jerónimo de Praga y otros herejes difundieron sus errores, provocando la destrucción y desolación en Bohemia. Se incendiaron iglesias, se derribaron monasterios y se cometieron actos viles e inicuos. Además, la mayoría de los habitantes de la región se vieron arrastrados a la herejía de Lutero. Al concluir su sermón, San Juan Nepomuceno se despidió de los fieles de Praga, pidiendo perdón por cualquier mal ejemplo que pudiera haber dado, y el pueblo respondió con llanto y lamento.
San Juan Nepomuceno Mártir
San Juan Nepomuceno, consciente de que su martirio se aproximaba, se postró a los pies de Nuestra Señora de Bunzel, cuya imagen había sido llevada a Bohemia por San Cirilo y San Metodio con la luz de la fe cristiana. Después de una larga y fervorosa oración, al caer la tarde, se dirigió de regreso a su alojamiento. En el camino, al pasar junto al palacio imperial, fue visto desde una ventana por el cruel Venceslao, cuya cólera se encendió, y ordenó que lo llevaran ante él para pronunciar palabras brutales.
«Oye, tú, cura; no se trata ya de guardar silencio. O hablas inmediatamente, o mueres sin remedio; pues, si no me dices ahora mismo lo que sabes de la emperatriz, vas a beber toda el agua del río Moldava».
Ante las brutales palabras de Venceslao, San Juan Nepomuceno mantuvo la serenidad, mirándolo atentamente sin dignarse responder. Con la tranquilidad de quien confía por completo en Dios, esperó el momento de recibir la corona del martirio que le había sido anunciada. La actitud de San Juan Nepomuceno enfureció aún más a Venceslao, quien, fuera de sí, exclamó dirigiéndose a sus servidores:
«Llevaos de aquí a este hombre y , así que las sombras de la noche sean bastante espesas para ocultar al pueblo la ejecución de la sentencia, arrojadlo al río y que en él perezca».
Los cómplices de Venceslao cumplieron la brutal orden de arrojar a San Juan Nepomuceno al río Moldava, atado de pies y manos, el 19 de abril de 1383, víspera de la Ascensión del Señor. El tirano creía que este horrendo crimen permanecería en la oscuridad de la noche, pero en cuanto el cuerpo fue sumergido en las aguas, un resplandor maravilloso iluminó las ondas. Inmóvil al principio, el cuerpo luego siguió lentamente la corriente.
Este prodigio atrajo a los habitantes de la ciudad a las orillas del río, sin que supieran la causa detrás del evento. La emperatriz, enterada de la maravilla, fue a buscar a Venceslao para compartirle la extraordinaria noticia. La expresión de terror en el rostro del tirano al enterarse de que su horrendo crimen quedaba al descubierto por los designios de la Providencia fue indescriptible.
Lleno de horror, Venceslao se encerró en sus habitaciones durante tres días sin recibir a nadie, obsesionado por la visión del cuerpo de su víctima iluminado por celestiales resplandores. El misterio se aclaró cuando los verdugos traicionaron el secreto del príncipe, y el cuerpo de San Juan Nepomuceno salió a la superficie según las leyes naturales. El cadáver del mártir fue recogido y depositado en la iglesia de Santa Cruz de los Penitentes, desde donde fue trasladado con gran pompa por el cabildo, clero e inmensa muchedumbre de fieles a la catedral.
La cólera divina se abatió sobre Venceslao, quien, maldecido por su pueblo y destronado por su propio hermano, murió sin reconciliarse con Dios mediante el Sacramento de la Penitencia. Por otro lado, el sepulcro del mártir fue glorificado con multitud de milagros. San Juan Nepomuceno fue beatificado por el papa Inocencio XIII en 1721 y canonizado por Benedicto XIII el 19 de mayo de 1729.
Oración a San Juan Nepomuceno
Protector y abogado San Juan Nepomuceno que a pesar del tiempo trascurrido desde tu gloriosa muerte no se ha conocido hasta ahora que quien, con verdadera confianza y esperanza, se acoge a tu santo y poderoso patrocinio haya quedado sin respuesta favorable en sus peticiones.
Son sin número, san Juan Nepomuceno protector mío piadosísimo las maravillas que ha hecho Dios, y sigue haciendo, por tu mediación en todo el mundo para el socorro de toda clase de necesidades.
Confío que he de ser uno de los que con agradecimiento testimonien tus grandes misericordias con el favorable despacho de mis presentes ruegos; si por mi miseria no te pido debidamente las súplicas para que agraden a Dios, enderézalas tú, te lo ruego, intercediendo con nuestra poderosísima Madre, la Virgen María Santísima, que es el medio por donde todo nos viene de Dios, y la que por gracia tiene en su mano la Divina Omnipotencia, para que así sea otorgada mi demanda: (Pedir lo que se quiere conseguir).
San Juan Nepomuceno abogado del buen nombre y el honor, dígnate apartar de mí toda infamia y mentira, toda habladuría, mala lengua, difamación, falso testimonio, calumnia y humillación, toda intriga, deshonra, mala fama y confusión pública que por cualquiera parte me amenace, y concédeme que disfrutando yo de los honores y bienes de la tierra, no pierda los eternos que para sus escogidos tiene el Señor preparados en el Cielo. Amén.
Rezar la Salve, Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

San Juan Nepomuceno | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.


