San Cipriano fue obispo de Cartago y un notable escritor paleocristiano de ascendencia bereber, muchas de cuyas obras en latín aún existen. Nació a principios del siglo III en el norte de África, quizás en Cartago, donde recibió una educación clásica.
Sus fuertes habilidades pastorales, su conducta firme durante la herejía novaciana y su eventual martirio en Cartago, establecieron no sólo su reputación, sino que además demostraron su santidad a los ojos de la Iglesia.
Día celebración: 16 de septiembre.
Lugar de origen: Cartago, actual Tunez.
Fecha de nacimiento: 202-210.
Fecha de su muerte: 14 de Septiembre de 258.
Contenido
– Introducción
– Conversión
– Recibe las órdenes sacerdotales
– La persecución de Decio
– El cisma de Novato
– Relapsos y apóstatas
– La peste azota Cartago
– Oración a San Cipriano
Introducción
San Cipriano desempeñó un papel importantísimo en la historia de la Iglesia de occidente y en el desarrollo y progreso del pensamiento cristiano durante el siglo tercero, particularmente en África, donde su influencia fue preponderante.
Por su prestigio personal más que por el de su sede, llegó a ser reconocido, de hecho, como el primado de la iglesia africana y en el canon de la misa romana se le menciona a diario.
Conversión
Cecilio Cipriano, conocido como Tascio por sus íntimos, nació alrededor del año 200, posiblemente en Cartago, África proconsular, como afirma San Jerónimo. Antes de su conversión al cristianismo, fue orador público, profesor de retórica y defensor en los tribunales, participando activamente en la vida pública de Cartago. Su conversión ocurrió en su madurez, influenciado por un anciano sacerdote llamado Cecilio, a quien Cipriano siempre respetó como a un padre. Tras su conversión, la vida de Cipriano cambió radicalmente.
Antes de recibir el bautismo, hizo el voto de mantener perfecta castidad, lo cual dejó asombrados a los cartagineses y aun sorprendió a su biógrafo, San Poncio, que exclama : «¡Quién vio jamás un milagro semejante! «.
Cipriano dedicó un estudio intensivo a las Sagradas Escrituras y a los mejores comentaristas religiosos de su tiempo, familiarizándose rápidamente con sus obras. Le gustaban especialmente los escritos de su compatriota Tertuliano, a quien consideraba su maestro, consultándolo frecuentemente. Como parte de su devoción, renunció a toda literatura profana, y en ninguno de sus escritos citó a autores paganos.
Recibe las órdenes sacerdotales
Poco después de su conversión, Cipriano fue ordenado sacerdote y, en 248, nombrado obispo de Cartago. Aunque inicialmente se resistió al cargo, aceptó tras comprender que su oposición era inútil. Aunque hubo oposición a su elección, ésta fue válida y respaldada por la voluntad divina, la voz del pueblo y el consenso del episcopado. Cipriano ejerció su labor con caridad, bondad y valor, combinadas con energía y prudencia. Su aspecto, majestuoso y atractivo, inspiraba confianza y respeto, logrando un equilibrio entre alegría y gravedad que hacía que todos lo admiraran y respetaran profundamente.
La persecución de Decio
Tras un año de paz bajo el liderazgo de Cipriano en Cartago, la persecución del emperador Decio sacudió a la Iglesia. Muchos cristianos, debilitados por la prosperidad, apostataron rápidamente, y algunos incluso pidieron la ejecución de Cipriano. El obispo, proscrito y con sus bienes confiscados, se refugió en un escondite, lo que generó críticas en Roma y África. Desde su refugio, Cipriano defendió su decisión a través de cartas al clero y exhortó a los fieles a perseverar en la oración mediante frecuentes epístolas.
«Pedid y recibiréis.Que cada uno de nosotros ruegue a Dios no sólo por sí mismo y par a sus propias necesidades, sino por todos los hermanos, según el modelo que nos dejó el Señor, por el cual se nos enseña a orar en común, como una hermandad, por todos en conjunto y no como individuos, ni tan sólo por nosotros. Cuando el Señor nos vea humildes, pacíficos, unidos entre nosotros, con el propósito de mejorar por nuestros actuales sufrimientos, nos salvará de manos de nuestros perseguidores»
Cipriano aseguraba que Dios había revelado la persecución a una devota de Cartago a través de una visión del enemigo como un retiarius dispuesto a matar a los fieles desprevenidos. En la misma carta, mencionaba una revelación propia sobre el fin de la persecución y el regreso de la paz para la Iglesia. Desde su escondite, el obispo advertía y alentaba a su comunidad, fortalecía a los confesores encarcelados y recomendaba a los sacerdotes visitarlos por turnos y llevarles la comunión a sus calabozos.
El cisma de Novato
Durante la ausencia de San Cipriano, uno de los sacerdotes que se habían opuesto a su elección episcopal, llamado Novato, se declaró abiertamente en cisma. Algunos de los apóstatas y también de los confesores que se hallaban en contra de la disciplina adoptada por San Cipriano contra los renegados, se adhirieron al cismático, puesto que Novato recibía, sin ningún requisito ni previa penitencia canónica, a todos los apóstatas que quisieran reintegrarse a la comunión de la Iglesia.
San Cipriano denunció a Novato y, durante un consejo convocado en Cartago cuando se alivió un poco el rigor de la persecución, leyó el tratado que había escrito sobre la unidad de la Iglesia.
«Hay en él, un solo Dios, un solo Cristo y solamente un a silla episcopal, originalmente fundada sobre Pedro por la autoridad del Señor. Por consiguiente, no podrá establecerse otro altar ni otro sacerdocio. Y si un hombre cualquiera, impulsado por su cólera o su temeridad, establece otra en abierto desafío a la institución divina, su ordenanza será espuria, profana y sacrilega».
Así como Pedro es el fundamento terrenal de la Iglesia, el obispo legítimo lo es de cada diócesis. En un consejo, se excomulgó a los líderes cismáticos, y Novato fue a Roma para apoyar a Novaciano, quien se había proclamado antipapa. Cipriano reconoció a Cornelio como el único Papa y trabajó activamente para apoyarlo durante el cisma, tanto en Italia como en África. Con la ayuda de San Dionisio de Alejandría, obtuvo el apoyo de los obispos de Oriente para Cornelio, advirtiendo que unirse a un falso obispo de Roma era separarse de la Iglesia. Cipriano añadió un capítulo sobre los apóstatas a su tratado sobre la unidad en respuesta a esas perturbaciones.
Relapsos y apóstatas
San Cipriano lamenta en sus escritos que la paz debilitó la vigilancia de algunos cristianos y permitió la entrada de muchos convertidos sin verdadera fe, lo que provocó un relajamiento en la Iglesia. Durante la persecución de Decio, muchos cristianos, llamados «relapsos» o «lapsi», renunciaron a su fe, sacrificando a ídolos o comprando certificados falsos. Esto generó una controversia sobre cómo tratarlos: Novato promovía indulgencia excesiva, mientras que Novaciano defendía una severidad que negaba a la Iglesia el poder de absolver. Los pecadores graves, incluidos los apóstatas, debían pasar por una penitencia pública rigurosa antes de ser readmitidos, y solo en casos especiales se les concedían indulgencias, previa aprobación del obispo y su clero tras una recomendación de mártires o confesores.
En tiempos de San Cipriano, la práctica de conceder indulgencias basada en recomendaciones de mártires se volvió abusiva en África, ya que los libelli martyrum se otorgaban sin discernimiento. Cipriano condenó estos abusos con firmeza, pero adoptó una postura equilibrada y considerada. Tras consultar con el clero romano, instó a obedecer sus medidas hasta que la cuestión pudiera discutirse en conjunto. En el concilio de Cartago de 251, se decidió que los libellaticii podrían ser readmitidos tras penitencia, mientras que los sacrificati solo recibirían la comunión en caso de muerte. Sin embargo, durante la persecución de Gallo y Volusiano, un nuevo concilio permitió la readmisión de todos los penitentes dispuestos a luchar por la fe.
El obispo dijo que tal medida era necesaria y recomendable:
«A fin de citar en forma general y colectiva a los soldados de Cristo en el campo de Cristo y, así, los que verdaderamente están ansiosos de tomar las arma s en sus manos y de lanzarse a la lucha, que lo hagan en buena hora .
Mientras gozábamos de tiempos pacíficos, había razones de peso par a mantener durante más tiempo a los penitentes en un estado de mortificación que sólo se modificaría en caso de enfermedad o de peligro. Pero ahora , los vivos tienen tanta necesidad de comunión, como los moribundos la tenían entonces, de lo contrario, sería como dejar sin armadura y sin defensa precisamente a aquéllos a quienes exhortamos y alentamos par a que luchen en la batalla del Señor: a ésos son a los que debemos apoyar y fortalecer con la Sangre y el Cuerpo de Cristo.
Si el objeto de la Eucaristía es dar una defensa y un a seguridad a los que participan de ella, debemos fortificar a aquéllos por cuya seguridad nos preocupamos, con la armadura del banquete del Señor.
¿Cómo podrá n tener la capacidad de morir por Cristo, si les negamos la Sangre de Cristo? ¿Cómo les prepararemos par a que apuren la copa del martirio, si no les damos a beber antes el cáliz del Señor? «
La peste azota Cartago
Entre 252 y 254, Cartago sufrió una devastadora epidemia, descrita vívidamente por San Poncio. En medio de este horror, San Cipriano organizó a los cristianos de la ciudad, exhortándolos a mostrar misericordia y caridad, no solo hacia sus propios fieles, sino también hacia sus enemigos y perseguidores. Los cristianos respondieron generosamente: los ricos aportaron grandes sumas de dinero, y los pobres ofrecieron su trabajo y cuidado personal. San Cipriano siempre se preocupó por los necesitados, emitiendo continuas recomendaciones y ordenanzas para asegurar que recibieran ayuda, no solo durante la peste, sino en todo momento.
Uno de sus dichos preferidos era éste:
«No dejéis que duerma en vuestros cofres lo que puede ser de provecho para los pobres. Todo aquello de lo que el hombre tenga que desprenderse necesariamente tarde o temprano, es bueno que lo distribuya voluntariamente antes de su muerte, para que Dios pueda recompensarlo en la eternidad».
Durante la epidemia, San Cipriano escribió el tratado *De Mortalitate* para consolar y fortalecer a su comunidad. Aunque siempre apoyó al Papa San Cornelio, en sus últimos años se opuso al Papa San Esteban I sobre la validez del bautismo conferido por herejes o cismáticos, postura compartida por otros obispos africanos. A pesar de escribir un tratado sobre la virtud de la paciencia, San Cipriano mostró gran apasionamiento y vehemencia en esta disputa, algo que, según San Agustín, compensó con su glorioso martirio.
Persecución de Valeriano y martirio
En agosto de 257, se promulgó el primer edicto de la persecución de Valeriano, prohibiendo las asambleas cristianas y exigiendo que obispos, sacerdotes y diáconos participaran en el culto oficial bajo pena de exilio. El 30 de agosto, el obispo de Cartago fue llevado ante el procónsul. Su proceso se documenta en tres informes: uno sobre su juicio en 257, que resultó en destierro; otro sobre el segundo proceso en 258, que terminó con su condena a muerte; y un breve relato sobre su pasión. El compilador de estos documentos añade que, en su cuarta consularidad de Valeriano y tercera de Galieno, el procónsul Paterno interrogó a Cipriano el 30 de agosto.
Paterno: Los muy sagrados emperadores Valeriano y Galieno se han dignado darme cartas en las que me mandan vigilar que, de ahora en adelante, observen estrictamente el ceremonial de nuestra religión los que no profesan el culto de los romanos. Por esa razón, te hice comparecer ante mí. ¿Qué me respondes?
Cipriano: Soy cristiano y soy obispo. No conozco a otros dioses más que al único y verdadero Dios que hizo el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos. A ese Dios servimos nosotros los cristianos; a él elevamos nuestras oraciones de día y de noche, por nosotros mismos, por todos los hombres y por la salvación de los mismos emperadores.
Paterno: ¿Persistes en mantener esas intenciones?
Cipriano: Una buena intención que reconoce a Dios no puede cambiar.
Paterno: En ese caso y de acuerdo con el edicto de Valeriano y Galieno, irás al exilio en Curubis.
Cipriano: Iré.
Paterno: Los emperadores se han dignado escribirme no sólo respecto a los obispos, sino también a los sacerdotes. Por lo tanto, deseo saber por ti quiénes son los sacerdotes que viven en esta ciudad.
Cipriano: Por vuestras leyes y con sabiduría, habéis prohibido que un hombre se vuelva informador, de manera que yo no puedo revelar esos nombres. Pero se les puede encontrar en sus ciudades respectivas.
Paterno: Desde hoy los buscaré en ésta.
Cipriano: Nuestra disciplina prohibe que alguien se entregue voluntaria mente y semejante actitud es contraria a nuestros principios; pero si los buscas, los encontrarás.
Paterno: Los encontraré. Los emperadores han prohibido también que se realicen asambleas en cualquier lugar, así como el acceso a los cementerios. Si alguno de ellos no ha obedecido este saludable decreto, ha incurrido en la pena de muerte.
Cipriano: Cumple con lo que se te ha ordenado.
El procónsul Paterno ordenó el exilio de San Cipriano, y tras un tiempo, su sucesor, el procónsul Galerio Máximo, lo llamó de regreso del destierro en agosto de 258. Cipriano, que había estado vigilado en sus jardines en Curubis, esperaba ser llamado según un sueño revelador. El 13 de septiembre, durante el consulado de Tusco y Basso, dos oficiales lo trasladaron a Villa Sexti, donde el procónsul había ido a recuperarse. Allí, el juicio se pospuso para el día siguiente, y Cipriano fue alojado en la casa del jefe de carceleros. Ante la llegada de muchos hermanos para apoyarlo, Cipriano ordenó proteger a las mujeres jóvenes en el barrio cercano. El 14 de septiembre, una gran multitud se reunió en Villa Sexti para el juicio ordenado por Galerio Máximo.
El mismo día, éste mandó que Cipriano compareciese ante él, en la corte llamada de Sauciohim. Cuando hubo llegado, Galerio Máximo, el procónsul, dijo a Cipriano, el obispo:
Máximo: ¿Eres tú Tascio Cipriano?
Cipriano: Yo soy.
Máximo: ¿Eres el padre (Papa) de esos hombres sacrilegos?
Cipriano: Sí.
Máximo: Los más santos emperadores te ordenan que sacrifiques.
Cipriano: No sacrificaré.
Máximo: Piénsalo bien.
Cipriano: Haz lo que tengas que hacer. No hay lugar para reflexión en un asunto tan claro.
Galerio Máximo consultó a sus asesores y luego, de mala gana, dictó, la sentencia como sigue:
Máximo: Has vivido largo tiempo en el sacrilegio; has reunido en torno tuyo a muchos cómplices en asociación ilegal; te has convertido en un enemigo de los dioses romanos y de su religión. Nuestros muy piadosos y sagrados príncipes, Valeriano y Galieno, Valeriano el Augusto y Galieno el nobilísimo César, no han podido devolverte a la práctica de nuestros ritos.
Por lo tanto y en vista de que sabemos que eres el autor y el principal organizador de repugnantes crímenes, en ti haremos un ejemplo para todos aquéllos que se han unido a ti en tus perversidades: tu sangre será la confirmación de las leyes.
Al leer el decreto de muerte por la espada para Cipriano, él respondió con gratitud a Dios. Los presentes pidieron ser decapitados con él. La multitud acompañó tumultuosamente a Cipriano al lugar de ejecución en la llanura de Sextus, donde él se despojó de su manto y se arrodilló para orar. Al ver el verdugo, Cipriano pidió a sus amigos veinticinco piezas de oro para este y luego se vendó los ojos con la ayuda de Julián el sacerdote y Julián el subdiácono. Su cuerpo fue exhibido para la curiosidad pagana y luego, en la noche, fue trasladado en procesión triunfal al cementerio de Macrobius Candidianus, cerca de Mappalia. Poco después, el procónsul Galerio Máximo falleció.
Oración a San Cipriano
En el nombre de Dios, yo invoco a San Cipriano, rezo y cargo con mi devoción. Librarme de todo peligro y daño del prójimo.
Libérame del mal, y de todo animal rabioso y venenoso, líbrame de maleficios y hechizos malignos. Dirígeme con toda seguridad y felicidad en mis viajes. Aclárame el camino; alejándome todos los peligros y daños que me puedan rodear.

San Cipriano | Fuentes
La vida de los Santos por Butler