San hipacio abad

17 de Junio: San Hipacio, Abad

Publicado el 17 de junio de 2021

Actualizado el 17 de junio de 2025

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San Hipacio se convirtió en ermitaño a los diecinueve años en Tracia. Luego viajó a Constantinopla y posteriormente a Calcedonia. Se convirtió en abad de una ermita en Calcedonia. Se opuso al nestorianismo y albergó a San Alejandro y otros cuya seguridad estaba amenazada por los nestorianos. Su fiesta se celebra el 17 de junio en las Iglesias ortodoxas orientales y católicas bizantinas.


Día celebración: 17 de junio.
Lugar de origen: Frigia. Turquía.
Fecha de nacimiento: 370.
Fecha de su muerte: 30 de junio 446.


Contenido

– Introducción
– Ferviente Religioso
– Convento de Rufinianos
– Abad de Rufinianos
– Defensor de la moral y de la fe Cristianas
– Modelo de caridad con los proscritos
– Vida al servicio del prójimo
– Oración a San Hipacio


Introducción

En la primera mitad del siglo V, se establecieron numerosos monasterios en Constantinopla y las costas asiáticas del Bósforo, especialmente en el distrito de Calcedonia. En 394, Rufino, prefecto del pretorio, construyó uno en la población de La Encina, pero fue abandonado por monjes egipcios, llevándolo a la ruina. San Hipacio, buscando soledad tranquila, lo restauró y lo gobernó durante 40 años, dando lugar al renombrado «Monasterio de Hipacio».

San Hipacio, nacido alrededor del año 370 en Frigia, Asia Menor, experimentó conflictos con su padre, un fervoroso cristiano. A los 14 años, dejó su hogar en el año 384, motivado por malos tratos y deseando evitar más desavenencias. Al entrar en una iglesia, escuchó el Evangelio que lo impulsó a abrazar la vida religiosa, llevándolo a un convento en respuesta al llamado divino.

En la capital del Imperio de Oriente, pocos monasterios existían. Isaac, monje siríaco, fundó el «Monasterio de Dalmacio» en Constantinopla, en memoria del santo que lo gobernó. San Hipacio, tras llegar a Halmirisos, se unió al servicio de un labrador. Aunque disfrutaba de la vida apacible, su alma anhelaba una unión más profunda con Dios. Un sacerdote lo descubrió cantando alabanzas, le propuso ser cantor en la iglesia, preparándolo para la vida monástica. En el año 386, se unió a un santo abad, Jonás, gracias a quien pudo dedicarse completamente a su vida espiritual.

Ferviente Religioso

Pronto fue necesario construir un monasterio para albergar a los numerosos seguidores atraídos por la elevada santidad de su fundador. Todos los monjes contribuyeron con arduo trabajo, logrando completar rápidamente la construcción. En la casa del Señor, San Hipacio se entregó por completo a servirle con todo su corazón, alma y fuerzas, practicando las virtudes monásticas y edificando a todos con su obediencia, modestia y austeridad de vida.

A pesar de su aparente naturaleza virtuosa, San Hipacio experimentó fuertemente la tentación de la carne, luchando contra ella con fervor y quejándose amorosamente a Dios, similar a San Pablo. Sus biógrafos relatan que enfrentó violentos combates contra el demonio de la impureza, logrando la victoria gracias a su confianza en Dios y la mortificación corporal.

En un acto de extrema mortificación, rechazó toda bebida durante un mes para superar una tentación persistente. Sus Hermanos notaron esta acción y alertaron al Prior, quien le ofreció un vaso de agua con un poco de vino. A pesar de la repugnancia que sintió al tomarlo, consciente de que nunca había probado el vino en su vida, cumplió con el consejo del Prior.

Aunque obediente, aceptó el brebaje sin mostrar resistencia, y Dios recompensó su virtud al darle la victoria sobre la tentación. El abad Jonás le confió el cuidado de los religiosos enfermos, pero San Hipacio, con celo excepcional, solicitó también atender a los enfermos cercanos sin asistencia médica. Con el permiso, recorrió aldeas vecinas para cuidar a los enfermos, incluso llevando a aquellos abandonados en el campo al monasterio, rogando al abad que le permitiera acogerlos. Con lágrimas en los ojos, obtenía el permiso y los atendía con maternal solicitud en la mejor celda del convento.

Convento de Rufinianos

San Hipacio experimentó una interrupción en su tranquila vida monástica cuando su anciano padre enfrentó un pleito injusto en Constantinopla. Con permiso de su superior, acompañó a su padre y, tras resolver el conflicto, se retiró a un suburbio de la ciudad llevando una vida ascética, edificando a quienes lo conocían.

La fama de su virtud atrajo a dos ascetas, Timoteo y Mosquión, quienes se unieron a él para formar una fervorosa Comunidad. Aunque deseaban mayor perfección, San Hipacio anhelaba regresar a su retiro amado y, al decirles a sus compañeros que el ruido del mundo le impedía escuchar a Dios, decidió volver al desierto. Timoteo y Mosquión optaron por seguirlo.

Sin demora, los tres se dirigieron a las soledades de Frigia, cerca de Calcedonia. En ese lugar, el prefecto del Pretorio, Flavio Rufino, tenía una suntuosa quinta y construyó una majestuosa basílica en honor a San Pedro y San Pablo, enriquecida con preciosas reliquias. En la ceremonia de dedicación en el año 394, destacados obispos de la Iglesia Oriental asistieron, y Flavio Rufino recibió el Bautismo para realzar la celebración.

Al lado de la iglesia, Flavio Rufino construyó un impresionante monasterio, atrayendo monjes de Egipto para cuidar el mausoleo en la basílica. Así nació el cenobio de La Encina, también conocido como el «Monasterio de Rufinianos». Sin embargo, la ejecución de Rufino en noviembre de 395 llevó al exilio de los monjes por temor a la persecución. El monasterio quedó desocupado y en ruinas, siendo redescubierto en el año 400 por San Hipacio y sus compañeros, en condiciones lamentables debido a la falta de mantenimiento.

Abad de Rufinianos

El deteriorado monasterio se convirtió en el hogar de San Hipacio y sus compañeros, quienes, tras reparar el oratorio y algunas celdas, retomaron con fervor la vida monacal, dedicándose a la salmodia, el trabajo manual y la oración. La Comunidad creció con nuevos miembros y en 403, tres ascetas proscritos de Egipto se unieron a ellos. Sin embargo, conflictos internos amenazaron con disolver la comunidad, especialmente por desavenencias entre Timoteo y San Hipacio.

Ante esta discordia, San Hipacio, amante de la paz y más dispuesto a obedecer que a liderar, abandonó Rufinianos secretamente y regresó a Halmirisos, donde inició su vida religiosa. Aunque los monjes de Halmirisos celebraron su llegada, los de Calcedonia lamentaron su partida. En el año 406, el abad Jonás tuvo que ir a Constantinopla, y los monjes de Calcedonia aprovecharon para persuadir a San Hipacio de que regresara a Rufinianos, donde su presencia era vital. Después de alguna resistencia, San Hipacio aceptó ser el superior de todos, ocupando ese cargo durante cuarenta años y restaurando la calma en el monasterio.

Defensor de la moral y de la fe Cristianas

Ordenado sacerdote por el obispo de Calcedonia, San Hipacio celebraba la misa semanalmente en la basílica de los Santos Apóstoles, defendiendo ardientemente la fe y la moral cristianas. Aunque prefería la vida retirada, no dudaba en actuar cuando la Iglesia de Constantinopla o la salvación de almas lo requerían.

En una ocasión, frustró los planes de una festividad pagana organizada por el prefecto de Constantinopla, Leoncio, en el teatro de Calcedonia, donde se planeaba un sacrificio a la diosa Diana. A pesar de la indecisión del obispo Eulalio, San Hipacio decidió actuar por su cuenta y advirtió al prelado que estaba dispuesto a intervenir con sus monjes y derribar el altar pagano. Convocó a los monasterios cercanos para unirse en esta causa, lo que llevó al temor y retirada del impío Leoncio, cancelando los juegos olímpicos planeados.

San Hipacio también demostró firmeza en la preservación de la fe ortodoxa cuando predijo la herejía de Nestorio, recién elevado a la sede metropolitana de Constantinopla en el año 428, advirtiendo a sus religiosos sobre su caída en la herejía y su eventual expulsión de la Iglesia.

Dios permitió que esta profecía llegara, como amonestación saludable, a oídos de Nestorio; mas, en vez de aprovecharla, se irritó tanto, que al trasladarse a su destino, de paso por Calcedonia, no se dignó detenerse en el monasterio de Hipado. No se habían cumplido los tres años, y, efectivamente, el desgraciado Nestorio negaba públicamente la unidad de persona en Cristo y el título y cualidad de Madre de Dios a la Virgen María.

Tan horribles blasfemias hallaron un valladar inexpugnable en el monasterio de Calcedonia; nuestro bienaventurado anatematizó al hereje y borró su nombre de los dípticos sagrados. El obispo de Calcedonia, Eulalio, protestó en favor de su metropolitano, por entender que San Hipacio le censuraba con demasiada ligereza; pero el santo monje siguió firme e inquebrantable en su determinación de no citar en el canon de la misa el nombre de un heresiarca, indigno del título de pastor de la Iglesia.

Modelo de caridad con los proscritos

Alejandro, fundador de los monjes «acemetas» o sin sueño, buscó durante años el ideal de perfección en varios monasterios de Siria, obsesionado por el precepto divino de la oración continua. Estableció un nuevo monasterio en Constantinopla, atrayendo a más de cien religiosos. Sin embargo, enfrentó una campaña en su contra por parte de los archimandritas y la autoridad eclesiástica, lo que condujo a un sínodo que desmanteló su obra.

Como resultado, los seguidores de Alejandro fueron dispersados, y él mismo, gravemente herido, fue acogido por San Hipacio en Rufinianos. El obispo, enfadado por la llegada de los proscritos, intentó expulsarlos violentamente, pero la intervención de San Hipacio y la emperatriz calmó la situación. San Hipacio predijo que la misericordia de Dios resolvería todo, y efectivamente, la emperatriz ordenó medidas contra los perturbadores.

Con la protección de San Hipacio y la emperatriz, Alejandro y sus monjes se establecieron en Gomón, a orillas del mar Negro, al norte del Bósforo, encontrando finalmente la tranquilidad.

Vida al servicio del prójimo

A pesar de su dedicación a la santificación de los demás y su celo por la gloria de Dios, San Hipacio también se entregaba a la propia santificación mediante obras de piedad y penitencia. Era especialmente riguroso en la vigilancia de su carne, reprimiendo sus movimientos con estrictas mortificaciones. Durante la Cuaresma, se encerraba en su celda, tapiando la puerta y dejando solo un estrecho tragaluz para comunicarse con sus monjes en caso de necesidad. Pasaba los cuarenta días dedicado a la oración, maceraciones y alimentándose solo con un poco de pan y legumbres cada veinticuatro horas.

En el día de Pascua, salía de su retiro para celebrar la Misa en la iglesia de los Santos Apóstoles, compartiendo su extraordinario fervor con los fieles presentes. Su caridad hacia los necesitados que llegaban al monasterio no dependía de la abundancia de provisiones, ya que daba a cada mendicante su ración correspondiente, a veces privándose él mismo de su alimento para alimentar a los demás. El Señor recompensó su amor con el don de realizar milagros.

Quiso Dios galardonar la austera y laboriosa vida de San Hipacio con la recompensa de los justos. Ochenta años había vivido, cuando la enfermedad le visitó por última vez. Diez años antes de su tránsito al cielo ya había estado próxima para él la aurora de lu eternidad; pero un novicio angelical, postrado a los pies del lecho del bienaventurado San Hipacio, ofreció su vida por la del santo abad, y Dios aceptó el cambio, llevándose al joven novicio a las mansiones celestiales y dejando diez años más en la tierra a San Hipacio, a fin de que aun le siguiera conquistando más almas para el cielo.

Cumplido el plazo señalado para su redención, el moribundo abad anunció a sus monjes el inmediato fin de su destierro en este mundo y se hizo llevar al oratorio para recibir la Sagrada Comunión. Poco después descansó en el Señor. Era el año 446, y probablemente el 30 de junio. Su cadáver fue enterrado junto al de Amonio en la iglesia del monasterio. El martirologio romano hace mención del monje frigio el 17 de junio.

Oración a San Hipacio

Oh glorioso San Hipacio, pastor fiel y defensor de la verdadera doctrina, tú que sufriste persecución y pruebas por causa del Evangelio, intercede por nosotros ante el trono de Dios.

Alcánzanos la gracia de mantenernos firmes en la fe, de vivir con humildad, y de buscar siempre la verdad en Cristo.

Tú que fuiste ejemplo de oración, penitencia y amor al prójimo, enséñanos a vivir con un corazón desprendido y dispuesto al servicio.

Ruega por la Iglesia, por nuestros pastores y por todos los que luchan por mantenerse fieles en medio de la confusión del mundo.

San Hipacio, ruega por nosotros. Amén.

Cordero de Dios

San Hipacio | Fuentes

El Santo de cada día por EDELVIVES.

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.
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