Santa Hildegarda de Bingen también conocida como Santa Hildegard y «la Sibila del Rin», fue una abadesa benedictina alemana, escritora, compositora, filósofa, mística cristiana, visionaria y erudita. Muchos europeos la consideran la fundadora de la historia natural científica en Alemania.
Día celebración: 17 de Septiembre.
Lugar de origen: Bermersheim vor der Höhe, Sacro Imperio Romano Germánico.
Fecha de nacimiento: 1098.
Fecha de su muerte: 17 de Septiembre de 1179.
Contenido
– Introducción
– Vida temprana
– Sus escritos
– Ocio y diversiones de la Santa
– Numerosos viajes
– Últimos años
– Oración a Santa Hildegarda de Bingen
Introducción
Santa Hildegarda de Bingen, abadesa de Ruperstberg, llamada en su tiempo la «Sibila del Rin», fue una de las grandes figuras del siglo doce y una de las mujeres más notables de la historia. Fue la primera en el grupo de los grandes místicos alemanes, poetisa y profetisa, médico y moralista política que rebatió a los papas y a los príncipes, a los obispos y hombres de ciencia, con un valor a toda prueba y una justicia invencible.
Vida temprana
Santa Hildegarda de Bingen nació en 1098 en Bockelheim, Nahe. A los ocho años, sus padres la confiaron a la Beata Jutta, hermana del conde Meginhardo de Spanheim. A pesar de su fragilidad, continuó su educación en la ermita de Jutta, donde aprendió latín, ciencias, oficios y artes medievales.
A los quince años, ingresó al convento de Jutta, adoptando la regla de San Benito. Durante diecisiete años, llevó una vida aparentemente tranquila, pero internamente experimentó crecimiento espiritual y visiones. Desarrolló la capacidad de predecir el futuro, a veces expresando pensamientos extraños. Estas experiencias la llevaban a la vergüenza y el llanto.
En 1136, tras la muerte de la Beata Jutta, Santa Hildegarda de Bingen asumió como priora. A partir de entonces, sus revelaciones y visiones la atormentaban constantemente. A pesar de su temor al juicio de los demás, una voz interior la instaba a escribir sobre ellas, insistiendo en que Dios podría revelar maravillas a través de ella. Finalmente, confesó sus experiencias al monje Godofredo, quien informó al abad Conon. Después de un estudio detenido, Conon ordenó a Hildegarda que pusiera por escrito lo que creía que Dios le decía. Así, la monja comenzó a escribir sobre temas como la caridad de Cristo, el Reino de Dios, ángeles, demonios y el infierno.
Sus escritos
El abad Conon presentó los escritos de Hildegarda al arzobispo de Mainz, quien, junto a sus teólogos, concluyó que las visiones eran divinas. El abad designó a Volmar como secretario de Hildegarda, quien comenzó a dictar su obra principal, «Scivias«, en 1141.
«un rayo de luz de brillantez deslumbrante bajó del cielo a iluminar mi mente y a penetrar en mi corazón como una llama que calienta sin quemar, como el sol que nos da la tibieza de sus rayos. Y súbitamente supe y entendí las explicaciones de los salmos, los Evangelios y otros libros de la Iglesia católica y del Antiguo y el Nuevo Testamento, pero no la interpretación de los textos y las palabras, ni la división de las sílabas o los tiempos de las frases».
Santa Hildegarda de Bingen tardó diez años en completar «Scivias«, un libro con veintiséis visiones simbólicas sobre las relaciones entre Dios y los hombres, abordando la Creación, la Redención y la Iglesia, junto con profecías, advertencias y alabanzas. En 1147, el papa Eugenio III examinó y aprobó sus escritos. A pesar de la oposición de los monjes de San Disibod, Hildegarda se trasladó a una nueva y más amplia casa en Rupertsberg, un monte árido cerca de Bingen, siguiendo la revelación divina.
Durante la disputa con los monjes de San Disibod, Hildegardis sufrió pérdida de salud y debilitamiento. El abad Conon, al sospechar que no estaba realmente enferma, le hizo una sorpresiva visita y, al comprobar su autenticidad, prometió acompañarla a Rupertsberg una vez recuperada. Esto bastó para que Conon retirara sus objeciones, aunque otros monjes se mantuvieron firmes. El traslado entre 1147 y 1150 resultó en un monasterio próspero en Rupertsberg, gracias a la incansable energía de Santa Hildegarda de Bingen.
Ocio y diversiones de la Santa
Santa Hildegarda de Bingen, además de sus responsabilidades monásticas, mostró versatilidad al crear himnos, cánticos y motetes. Entre sus obras se destacan el juego moral «Ordo Virtutum» y unas cincuenta homilías alegóricas para lectura en la casa capitular y el refectorio. Escribió biografías de San Disibod y San Ruperto basadas en las tradiciones de la época. En sus momentos de «ocio» (aunque escasos), disfrutaba del juego del «lenguaje desconocido», un precursor del esperanto, con alrededor de novecientas palabras y un alfabeto.
Desde Rupertsberg, mantuvo una extensa correspondencia, con alrededor de trescientas cartas conservadas, aunque la autenticidad de algunas ha sido cuestionada. Sus cartas abordaban temas diversos, desde consultas de otras abadesas hasta epístolas dirigidas a papas, emperadores, reyes y líderes religiosos como Enrique II de Inglaterra antes del asesinato de Tomás Becket.
Santa Hildegarda de Bingen se comunicó con figuras como San Bernardo y Santa Isabel de Schonau. En sus cartas, abordó la indiferencia y avaricia de algunos sacerdotes, profetizando calamidades. Ganó fama y popularidad, pero también enfrentó acusaciones de fraude y brujería. Sus profecías eran simbólicas, pero sus elogios y críticas eran claros. Advirtió a líderes eclesiásticos, como al arzobispo de Mainz, que fue depuesto y murió después. Aconsejó al obispo de Speyer y al emperador Conrado III sobre sus acciones maliciosas. Aunque afirmaba ser solo un «vaso de tierra», sus advertencias provocaron críticas, incluso de sus propias monjas nobles, quienes resistían su disciplina.
Numerosos viajes
A pesar de sus numerosas responsabilidades y enfermedades, Santa Hildegarda de Bingen no se limitó a su convento. Entre 1152 y 1162, realizó extensos viajes por la región del Rin, fundando una segunda casa en Eibingen y confrontando a monjes y monjas sobre la disciplina monástica en sus visitas. En ciudades como Colonia y Tréveris, se dirigía a prominentes figuras del clero, impartiendo divinas advertencias y exhortando con rigor a obispos y laicos. Realizó viajes a Ingelheim para encontrarse con Federico Barbarroja, aunque el contenido de la entrevista permanece desconocido.
Además de sus viajes, Santa Hildegarda se dedicó a la escritura, produciendo dos libros sobre medicina e historia natural. Uno abordaba plantas, elementos, árboles, minerales, peces, pájaros, cuadrúpedos y reptiles, destacando por sus observaciones científicas detalladas. El segundo se centraba en el cuerpo humano, sus enfermedades, causas, síntomas y tratamientos. Hildegarda insinuó métodos modernos de diagnóstico y se acercó a descubrimientos posteriores, como la circulación sanguínea. También exploró la psicología normal y patológica, abordando temas como frenesí, locura y obsesiones.
Últimos años
Durante los últimos años de su vida, Santa Hildegarda de Bingen enfrentó complicaciones por la exhumación de un joven excomulgado enterrado en la abadía de San Ruperto. Se opuso, argumentando que había recibido los últimos sacramentos y que una visión justificaba su acción. La abadía fue puesta en entredicho, y Hildegarda escribió una extensa carta al capítulo de Mainz sobre música sacra, expresando su importancia espiritual.
Aunque el arzobispo revocó la prohibición de la música sacra, no cumplió la promesa de Santa Hildegarda de Bingen de abandonar luchas e intrigas en Roma para regresar y gobernar su diócesis. A pesar de sus enfermedades y debilidad, Hildegarda continuó brindando consejos, respondiendo preguntas, escribiendo, instruyendo a sus monjas y apoyando a los pecadores hasta el último momento. Su vitalidad espiritual persistió, a pesar de su fragilidad física.
Tras su conflicto con el capítulo de Mainz, Santa Hildegarda de Bingen falleció pacíficamente el 17 de septiembre de 1179. Aunque el proceso de beatificación iniciado dos veces ante la Santa Sede nunca se concluyó, el Martirologio Romano la reconoce como santa, y su fiesta se celebra en varias diócesis de Alemania. Sus visiones y revelaciones la han destacado como una figura notable, comparada con Dante y William Blake, por su habilidad para actualizar ideas mediante símbolos e imágenes, como la descripción de la caída de los ángeles.
«Vi una gran estrella, con mucho esplendor y hermosura, de la que caían una multitud enorme de chispas incandescentes que la seguían en su carrera hacia el sur. Y todos le miraban a Él en su trono, con un aire de hostilidad hasta que, de pronto, le dieron la espalda y se dirigieron hacia el norte. Repentinamente, todos quedaron aniquilados y se convirtieron en carboncillos negros . . . Y así cayeron al abismo donde los perdí de vista».
En los dibujos del manuscrito, los ángeles caídos se representan con estrellas negras que tienen un punto luminoso en el centro y están rodeadas por un halo dorado con puntitos blancos. Sobre las estrellas negras, en el horizonte, resplandecen estrellitas doradas que forman caudas ondulantes, interpretadas como ojos flamígeros vigilantes. Santa Hildegarda de Bingen describe estas visiones como ocurridas despierta, con los ojos del espíritu y los oídos internos, no en sueños ni en momentos de locura.
Aunque las visiones relatadas en la «Scivias» recibieron la aprobación cautelosa del Papa Eugenio III, es importante destacar que ni estas ni otras aprobaciones de revelaciones particulares imponen la obligación de creer en ellas. La Iglesia las acepta como probables, no como certezas, y aconseja a los individuos ejercer la prudencia al evaluar su veracidad.
Oración a Santa Hildegarda de Bingen
Dios, fuente de vida y de sabiduría que has llenado
a Santa Hildegarda de Bingen de espíritu profético.
Ayúdanos para que con su ejemplo reflexionemos en tus caminos
y sigamos tu guía, para que en la oscuridad reconozcamos la luz de tu claridad
y estemos en vela para el instante en que Tú quieras encontrarnos.
Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor, amén.

Santa Hildegarda de Bingen | Fuentes
La vida de los Santos por Butler.