La beata María de la Encarnación, fue madre de seis hijos: las tres mujeres se hicieron religiosas, un hijo sacerdote y además los otros dos hijos estaban comprometidos en la fe católica y eran padres de familia.
Día celebración: 18 de abril / 17 de abril.
Lugar de origen: París, Reino de Francia.
Fecha de nacimiento: 1 de febrero de 1565.
Fecha de su muerte: 16 de abril de 1618.
Santa Patrona de: Familias parisienses.
Contenido
– Introducción
– Educación de sus hijos
– Su trato
– Fundación de las Carmelitas descalzas en Francia
– Su caridad
– Monja Carmelita
– Sus últimos instantes
– Oración a la Beata María de la Encarnación
Introducción
La Beata María de la Encarnación nació en París en 1566, hija de un mayordomo y una aristócrata piadosa. Su madre, tras pérdidas anteriores, la consagró a la Virgen, prometiendo vestirla de blanco hasta los siete años, una promesa cumplida en un santuario. A los siete, ingresó en un convento de Clarisas, destacando como modelo. A los doce, con fervor, recibió su primera Comunión. Aunque deseaba ser religiosa de por vida, su madre se opuso, creyendo María que era la voluntad divina manifestada a través de ella.
— Mis pecados— decía — me hacen indigna del glorioso título de esposa de Jesucristo y he de contentarme con el de humilde sierva suya en un estado menos perfecto.
Tras dejar el convento, María mantuvo su devoción pero su sencillez y rechazo al lujo desagradaron a su madre. Esta, buscando que destacara por su belleza, la castigó en invierno, causándole graves daños en los pies. A pesar de la resistencia de María, fue comprometida con el vizconde Villemor, aristócrata piadoso. Se casaron en 1582, y María se dedicó a cumplir sus deberes matrimoniales.
Educación de sus hijos
La Beata María tuvo seis hijos a los que educó con devoción, considerando su educación como su mayor alegría. Desde pequeños, los instruyó en una vida cristiana rigurosa, enfocada en la oración, el estudio y el trabajo. Su constante supervisión garantizó una formación sólida, consciente de que sus enseñanzas maternas dejarían una huella profunda en ellos.
— Ahora soy verdaderamente feliz, ahora veo que amáis a Dios y sé que Dios os ama. Ser madre de unos niños amados de Dios nuestro Señor es felicidad indecible.
A las amigas que le preguntaban si quería hacer religiosos a sus hijos, respondió:
— Los destino a cumplir la voluntad de Dios. Y mi criterio en ese punto es tal qué si y o fuese reina y no tuviera más que un hijo con inclinación para ser religioso, no ‘le impediría entrar en el convento. Si fuera una pobre con doce de familia y sin medios para educarlos, no quisiera que por mi causa entrase uno solo de ellos en religión, pues la vocación religiosa sólo puede venir de Dios.
Su trato
María trató a sus sirvientes con afecto, considerándolos parte de su familia, incluso animando a su doncella Andrea a compartir sus prácticas devotas. A menudo, se arrodillaba ante Andrea confesando sus faltas y la consideraba superior. Su devoción y sumisión se evidenciaron aún más con su esposo, especialmente cuando fueron desterrados por deudas políticas con la Liga. En medio de su crisis financiera, los acreedores tomaron medidas drásticas, incluso embargando sus pertenencias, dejándola sin siquiera una silla durante una comida.
— Cuando se cree en la Providencia — decía entonces— no hay motivo para asombrarse de nada. Muchas gracias debo dar al Señor por haberme quitado el amor a los bienes temporales antes de perderlos realmente.
En medio de la adversidad y el rechazo familiar, María se preocupó principalmente por el bienestar de sus hijos, buscando un refugio seguro para ellos. Sin embargo, enfrentó otro golpe cuando su esposo fue acusado de conspirar contra el rey. A pesar de los consejos para separar sus bienes, María defendió fervientemente a su esposo, redactando documentos y liderando su defensa, logrando finalmente probar su inocencia. Su fe se fortaleció durante estos desafíos, y a pesar de las dificultades, se mostró más serena y alegre, recordando los eventos con una asombrosa alegría.
— ¡Qué días aquéllos! — decía— . ¡Qué días tan felices! ¡Qué bien me iba entonces y qué fácilmente se halla a Dios en tales circunstancias! Aquella época fue la más feliz de mi vida.
Mientras visitaba a su esposo desterrado, María sufrió una caída de caballo que le rompió una pierna, quedando sola hasta que unos campesinos la encontraron horas después. A pesar de dos operaciones dolorosas, nunca emitió un grito, desconcertando al cirujano que temía por su vida. En otros momentos difíciles, demostró una notable fortaleza y silencio ante el dolor.
Fundación de las Carmelitas descalzas en Francia
María experimentó visiones y éxtasis que fortalecieron su devoción, guiándola hacia la misión de establecer la Orden carmelitana en Francia, según la voluntad divina revelada a través de Santa Teresa. Convencida de que esta Orden podría traer paz religiosa al país, María trabajó incansablemente y con fervor para concretar esta visión. Colaboró estrechamente con San Francisco de Sales en este empeño, siendo fundamental en la fundación del primer monasterio de Carmelitas Descalzas en Francia. Mientras esperaba la llegada de las monjas, formó a jóvenes en una vida religiosa dedicada, quienes posteriormente se convirtieron en las primeras Carmelitas y Ursulinas en Francia, una obra a la que María atribuyó gran importancia.
— Nuestra labor — solía decirles— contribuirá eficazmente a la reforma de costumbres, pues que las jóvenes más están bajo la vigilancia de la madre que del padre. Si las madres están educadas en los sanos principios de la religión, los transmitirán a sus hijos, los cuales, aun cuando se aparten momentáneamente, volverán más tarde al buen sendero, porque las primeras impresiones recibidas jamás se borran.
Su caridad
La Beata María demostró una caridad sin límites en su vida diaria. Siempre acogedora y dispuesta a escuchar, afirmaba que nunca se sentía molesta por ayudar a los necesitados. Pasaba días e incluso noches enteras atendiendo a aquellos que buscaban su apoyo y benevolencia.
— Cuando uno consagra a Dios el tiempo que de verdad le corresponde — repetía con frecuencia— , siempre queda lo bastante para cumplir con las propias obligaciones.
María, conocida por su caridad, visitaba hospitales con amigas para mantenerlas humildes ante el sufrimiento humano. Su generosidad se extendía a aquellos desviados por la miseria o la seducción, a menudo guiándolos de regreso a la virtud. Su fama llegó al rey, quien comprometió una parte de sus ganancias en caridad, y los cortesanos canalizaban sus actos caritativos a través de María.
Monja Carmelita
Tras el fallecimiento de su esposo en 1613, María, liberada de sus responsabilidades familiares, decidió responder al llamado divino y unirse a la Orden del Carmen. Aunque sus tres hijas ya habían tomado su propio camino y sus hijos habían establecido carreras, nada la detenía. Solicitó unirse como hermana lega de la Orden de Santa Teresa, y aunque no hubo impedimentos para su ingreso, eligió realizar su noviciado en el convento más humilde de Amiéns. Al llegar, se presentó humildemente a la Madre priora, expresando su voluntad de unirse a la orden.
— Madre, soy una pobre mendiga que viene a implorar la misericordia divina y a abrazarse con la santa religión.
María asumió humildemente su rol como hermana conversa en la Orden del Carmen, buscando las tareas más modestas y simples de la casa. A pesar de sus limitaciones físicas, debido a su salud, solicitó realizar actividades que pudiera hacer sentada, como lavar platos, remendar hábitos y ayudar en cualquier tarea disponible. A pesar de sus limitaciones, se mostraba plenamente satisfecha con su servicio humilde.
— El caldero del pozo no se llena — decía graciosamente— si no le bajan al fondo, y yo me quedo vacía porque ni me bajo ni me humillan.
Jamás se la veía tan satisfecha como cuando era reprendida por sus defectos; se entristecía, en cambio, cuando le guardaban algunas consideraciones. A su parecer su vida entera había sido vida de maldad y no tenía lágrimas bastantes para llorar sus culpas.
— Estoy hinchada de orgullo como los reptiles de veneno— decía.
A pesar de sus intensos sufrimientos, María los aceptaba con profunda resignación y anhelaba aún más padecimientos, expresando su deseo de sufrir por amor a Dios. Su cercanía espiritual con Dios se profundizaba, y con ello aumentaban sus desafíos y dolores. Durante su profesión religiosa, pidió ser trasladada a un lugar donde pudiera ver el Sagrario, adoptando el nombre de Sor María de la Encarnación en 1615. A pesar de su delicada salud y rol de hermana lega, fue elegida como priora. Aunque inicialmente protestó, las monjas finalmente cedieron. Sin embargo, nombraron a su hija mayor como subpriora, y María mostró un profundo respeto hacia ella, incluso llamándola «Madre». Debido a su salud deteriorada, fue enviada al convento de Pontoise para recibir cuidados adicionales, donde nuevamente se mostró humilde ante la Madre priora.
— Madre, crea que vengo a darle mucho estorbo, pues ,no hago otra cosa adondequiera que voy .
La llegada de Sor María de la Encarnación al convento de Pontoise llenó de alegría a las monjas, ya que reconocían en ella a una verdadera madre y a una figura santa. Pronto, María observó que el monasterio, pequeño y con una iglesia no adecuada para su propósito, necesitaba reformas. Con el permiso de la Superiora, inició los trabajos de renovación y reforma. Ante las preocupaciones por los costos, María respondía con palabras que no se especificaron en el fragmento proporcionado.
— El Señor proveerá; no tardará el convento en salir del apuro antes de dos años lo habrá pagado todo.
Cumplióse a la letra la profecía; para la fecha señalada habían sido pagadas todas las deudas, el monasterio estaba ampliado y la iglesia, restaurada y embellecida.
Sus últimos instantes
Apenas un año después de llegar a Pontoise, el 7 de febrero de 1618, María enfrentó su última y más severa crisis de salud. A pesar de su debilitada condición, mostraba una resistencia asombrosa. Parecía que Dios deseaba honrar su vida de sufrimiento con aún más dolores. En sus últimos momentos, María creía que su sacrificio contribuiría a la paz y tranquilidad de su patria.
Su paciencia y resignación a la voluntad divina fueron admirables y de estas virtudes daban testimonio los frecuentes y fervorosos arranques de amor:
«¡Cuánta misericordia, Señor; cuánta bondad habéis fin id o con esta pobre sierva vuestra!»
Otras veces, para reavivar su constancia, decía:
— ¡Apiadaos de mí, Señor; usad conmigo de misericordia! Y a no puedo más; prestadme algo de vuestra fortaleza. No la abandonaba el Señor; antes al contrario, visitábala con prolongados éxtasis, uno de los cuales duró doce días seguidos. En aquellos dichosos instantes no sentía las acometidas de la enfermedad, mas, al terminarse el éxtasis, redoblaban de intensidad sus dolores y , con todo, la Santa decía que eran muy llevaderos.
— Pero ¿cómo? — observaba la, Madre priora— ¿sufre tanto y todavía desea sufrir más?
— Lo que padezco — decía ella— es nada en comparación de lo que yo desearía, y con todo: ¡Qué dolores tan atroces! ¡Dios mío, apiadaos de mí!
— ¿Sufre mucho, Sor María?
— Y o no sé cómo ha podido Nuestro Señor poner juntas en mi corazón dos cosas tan opuestas como el deseo de padecer y la angustia que el dolor causa a la naturaleza.
Mientras tanto, las monjas congregadas en torno suyo aguardaban de un momento a otro el fatal desenlace. La Madre priora le preguntó:
— ¿Qué pedirá al Señor por nosotras cuando esté en el cielo?
— Le pediré que se cumpla la voluntad que Jesucristo, su Hijo, tiene en cada una de ustedes.
— Hija mía, entre tanto que pueda prestamos tan señalado servicio dé su bendición a las Hermanas.
Dijo entonces levantando los ojos al cielo:
— Dios mío, os pido perdón del escándalo que les. he dado y de cuantos agravios les he hecho.
Luego las bendijo y se encomendó a sus oraciones, para que la hora de su rescate llegase pronto.
El miércoles de la semana de Pascua entró en agonía, en forma que apenas tuvo tiempo el sacerdote para administrarle la Santa Unción, pues, al comenzar, pasó la moribunda, de los trabajos de esta vida a las alegrías de la eternidad, el 18 de abril de 1618.
Muchos milagros se obraron en su sepulcro. Sor María de la Encarnación fue beatificada solemnemente por Pío VI el 5 de junio de 1791.
Oración a la Beata María de la Encarnación
Señor Dios todopoderoso, que concediste a la Beata María de la Encarnación el don de imitar con fidelidad a Cristo pobre y humilde, concédenos también a nosotros, por intercesión de esta santa, la gracia de que viviendo fielmente nuestra vocación, tendamos hacia la perfección que nos propones en la persona de tu Hijo. Que vive y reina contigo. Amén.

Beata María de la Encarnación | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.