18 de Agosto: Santa Elena, emperatriz


Santa Elena, emperatriz

Santa Elena, Helena Augusta o Santa Helena,  fue una emperatriz del Imperio Romano, y Madre del emperador Constantino el Grande. Nacida en el seno de las clases nobles (griega, posiblemente en la ciudad griega de Drepana).

Santa Elena se ubica como una figura importante en la historia del cristianismo y del mundo debido a su influencia sobre su hijo. En sus últimos años, realizó una gira religiosa por Siria, Palaestina y Jerusalén, durante la cual la antigua tradición afirma que descubrió la Cruz Verdadera. La Iglesia Ortodoxa Oriental, las Iglesias Ortodoxas Orientales, la Iglesia Católica y la Comunión Anglicana la veneran como santa.


Día celebración: 18 de agosto.
Lugar de origen:  Drepana, Grecia.
Fecha de nacimiento: 248.
Fecha de su muerte: 18 de agosto de 328 ó 329.
Santa Patrona de:  los Caballeros del Santo Sepulcro y de la cofradía de la Santa Cruz en la iglesia de San Lupo, en París.


Contenido

– Introducción
– Conversión
– La emperatriz
– Peregrinación a los Santos Lugares
– Invención de la Santa Cruz
– Muerte de Santa Elena
– Traslado de sus reliquias y culto
– Oración a Santa Elena


Introducción

Se nos presenta la Historia a Flavia Julia Elena como a madre de Constantino el Grande, primer emperador romano cristiano y fundador de la ciudad de Constantinopla. El recuerdo de esta ilustre matrona va, además, inseparablemente unido al acontecimiento memorable de la invención de la Vera Cruz, instrumento de nuestra Redención.

Esta matrona, salida de las humildes capas sociales y encumbrada después a la más alta dignidad, preséntasenos, una vez convertida, como creyente apasionada por su Dios, animada del más vivo celo por la fe y el culto cristiano y dechado de humildad, de bondad nunca desmentida y de caridad inagotable para con los pobres y desheredados de la fortuna. En una palabra, muéstrasenos como el prototipo de la emperatriz cristiana.

Mucho se ha discutido en épocas pasadas acerca del lugar del nacimiento de Elena. Suponen algunos que nació en Inglaterra, pero en nuestros días tiénese como cosa averiguada que nació por los años 248, en Drepana —hoy Yalova—, hermosa villa de Bitinia, en la vertiente meridional del golfo de Nicomedia, y estación termal muy frecuentada. Sus padres eran paganos y de humilde condición. En esta pequeña población, que más tarde elevará Constantino a la categoría de ciudad con el nombre de Helenópolis, en memoria de su madre, se crió la niña, ejerciendo para ganarse la vida la humildísima profesión de moza de posada.

Un tribuno militar, oriundo de Iliria, por nombre Constancio Cloro, en ocasión de pasar por Drepana, prendóse tan ciegamente de la hermosura y viveza de la joven, y se la pidió a su padre por esposa (273). Ni uno ni otra —él a causa de su profesión militar, y ella por no ser romana— podían aspirar al matrimonio que se calificaba entonces de legítimo o de pleno derecho.

Por eso, cuando en 293 Constancio Cloro llegó a ser César de las Galias, de la Gran Bretaña y de España, pudo legalmente —y a ello se vio obligado para conservar el imperio y excusar otros inconvenientes— repudiar a Elena para casarse con Teodora, hijastra del emperador Maximino.

Elena acompañó a su marido en las diversas etapas de su carrera militar. En Naisus (Nish) nació Constantino, aquel hijo que debía ser su orgullo, el consuelo de su vida y gloria del imperio romano.

Conversión

Tenía Elena cuarenta y cinco años próximamente cuando hubo de separarse de Constancio, su marido, y de su mismo hijo. La separación duró trece años, durante los cuales Elena desaparece de la Historia, aunque no de la leyenda. Es muy verosímil que viviera lo más cerca posible de Constantino, a quien amaba con amor exclusivo y vigilante, y, por fortuna suya, fielmente correspondido como más tarde se vio.

A la muerte de Constancio Cloro (306), Constantino fue proclamado Augusto; pero en aquel momento reinaban hasta seis emperadores a la vez. Mediante una serie de batallas victoriosas, y por procedimientos diplomáticos no siempre honrados, logró Constantino vencer en Occidente a todos los rivales que le disputaban el imperio. En 312, después de la batalla de Puente Milvio, entró en Roma ostentando en el Lábaro imperial el monograma de Cristo. Desde entonces abrazó oficialmente la fe cristiana, si bien difirió hasta el fin de su vida el recibir el bautismo.

No tardó Elena en juntarse con su hijo ya dueño absoluto de Occidente. Profunda fue la alegría que experimentó por ello, y, al fin, rindióse también al Dios de los cristianos que le había otorgado semejante dicha. El emperador —dice el historiador Eusebio— volvió a su madre, hasta entonces ignorante del verdadero Dios, tan piadosa y tan fervorosa cual si se hubiera educado en la escuela misma del Salvador. Elena ingresaba en el cristianismo en el ocaso de su vida, pues que contaba ya más de sesenta años; pero desde entonces fue cristiana con toda su alma ardiente.

La emperatriz

Hacia el año 317, Constantino otorgó a su madre el título de Augusta; la colmó de bienes, de honores y consideraciones; abrióle el tesoro imperial; le adjudicó una corte y un palacio —el Sessórium, cerca de Letrán— e hizo acuñar moneda de oro que llevaba su efigie. Valióse Elena de la influencia que sobre su hijo tenía para moverle a tratar a la Iglesia y a sus ministros con toda suerte de atenciones y miramientos.

Con su valioso concurso, construyó y adornó la emperatriz varias basílicas romanas; devolvió a los cristianos los bienes confiscados y los cargos de que habían sido despojados; interesóse por la suerte de los encarcelados y de los condenados a la minas e intervino para que Constantino suavizara la legislación sobrado cruel de entonces. Dueña de los tesoros del imperio hizo partícipes a los pobres, distribuyendo entre ellos trigo, vestidos, dinero y auxilios de toda especie. No había miseria ni necesidad a las que no pusiera remedio con el sincero cariño de las almas grandes.

Aun esperaba a la emperatriz una nueva alegría con la recuperación de los Santos Lugares para el culto cristiano: obra magnífica de Constantino. No sin político designio, había establecido el emperador Adriano en Jerusalén una colonia romana, y había prohibido a los judíos el acceso a la ciudad, organizada a la manera de todas las demás y dotada también de termas, templos paganos, etc.

Para alejar a los cristianos del sepulcro del Salvador y del Calvario hizo cubrir el suelo primitivo de dichos lugares con un terraplén como de unos cien metros de largo, donde, entre hermosos jardines, surgía en el Calvario la estatua de Júpiter, y en el Santo Sepucro, la de Venus. Dios permitió tales profanaciones para que se conservaran los Santos Lugares en aquellos siglos de violenta persecución.

Con ocasión del Concilio ecuménico de Nicea (325), varios obispos, y especialmente —a lo que parece— el de Jerusalén, hicieron presente al emperador Constantino la triste situación de los lugares santificados por la muerte y resurrección de Cristo. El emperador ordenó el derribo de estatuas, ídolos y templos paganos e hizo las más celosas diligencias para encontrar el emplazamiento de los monumentos primitivos.

Lleváronse los trabajos con rapidez, durante todo el año de 326, y muy pronto aparecieron el Calvario y el sepulcro del Salvador. En carta del emperador Constantino a San Macario, obispo de Jerusalén, le indica su expresa voluntad de que en el sepulcro se levante una suntuosa basílica que por la riqueza de los materiales y por su decoración sea digna de Él.  El emperador añade que se encarga de costear los gastos de la construcción.

Por aquellos días dio principio en Bitinia la celebración de las vice­nales del emperador, que debían terminarse en Roma con grandes festejos, y, en consecuencia, la familia imperial, a excepción de Elena, se encaminó a la gran urbe. El recibimiento fue un tanto frío, pues los romanos conservaban secreto rencor a Constantino por haber abandonado su capital y su culto, y hasta ocurrió que el príncipe —en parte por culpa suya— fue objeto de violentas injurias.

Fausta, su esposa, y sus cuñados aprovecharon la conyuntura para calumniar ignominiosamente a Crispo, hijo del emperador en su primer matrimonio, y Constantino, privado de los consejos de su madre, tuvo la fragilidad le dar crédito a las tendenciosas acusaciones de su mujer. El inocente Crispo fue, pues, arrestado y llevado a Pola de Istria, donde se le dio muerte sin trámite ni juicio alguno.

La emperatriz había llegado tarde a Roma para salvar la vida de su nieto. Pero al menos consiguió desengañar al desventurado padre haciéndole comprender su falta. Constantino, en lugar de arrepentirse, dejóse llevar de la ira y se vengó de cuantos le habían engañado, dándoles muerte. Elena, si bien quedó muy apenada por aquella cruel solución, no perdió la esperanza de enderezar los sentimientos del emperador, y procuró, satisfacer en su nombre a la divina justicia con grandes penitencias.

 

Peregrinación a los Santos Lugares

Hacia fines del año 326, inspirada de Dios, partió la emperatriz a Oriente por los Balcanes. Pronto cundió la noticia de que la madre del emperador se dirigía en peregrinación a Jerusalén. Sin duda la movía el deseo de dar pábulo a su piedad; pero también anhelaba dar gracias al Señor y pedirle por su hijo y por su nieto.

Elena, aunque cargada de años, cumplió su propósito con infantil ardor —dice el historiador Eusebio—. Probablemente siguió la ruta continental, pues visitó las provincias orientales del imperio. A su paso por las ciudades y pueblos mostraba una solicitud y generosidad regias, y recibía, en cambio, el respetuoso pero entusiasta homenaje de los moradores que en tropel acudían para ver a aquella princesa extraordinaria.

Es de imaginar el fervor y la piedad con que la cristiana emperatriz veneraría los Santos Lugares. Satisfecha ya su devoción, propúsose dejar allí magníficas y verdaderas pruebas de su munificencia. Habíale abierto su augusto hijo el tesoro imperial para que pudiera ella llevar a cabo sus piadosos designios, y en verdad que supo aprovechar la esplendidez con que se le brindaba, pues mandó levantar dos suntuosas basílicas, deseosa de conservar en ellas como preciada reliquia los vestigios del Señor.

Una de ellas fue la de Belén, en la gruta misma donde nació Jesús; la otra es la célebre basílica de Eleona —o de los Olivos— , casi en la cumbre del monte Olívete, en memoria de la Ascensión, en el lugar donde solía el Señor adoctrinar a los Apóstoles. Ambos monumentos, de una belleza extraordinaria, fueron, juntamente con la basílica de la Re­surrección, los santuarios más venerados de la antigüedad cristiana y centro acostumbrado de numerosas peregrinaciones.

Invención de la Santa Cruz

En la oración fúnebre pronunciada en 395, con motivo de las honras de Teodosio el Grande, alaba San Ambrosio la dicha de Constantino por haber tenido una madre que atrajo la protección divina sobre todas sus empresas, y dice él en el mismo sermón que, movida del Espíritu Santo, fue Elena a venerar los Santos Lugares. Llegada al Gólgota —lugar del divino combate— buscó el trofeo de la victoria, el estandarte de la salvación, que el demonio ocultara por manos de sus satélites.

En unas canteras, próximas al Calvario, abríase una profunda excavación bajo una roca, y en ella, la tarde misma del Viernes Santo, fueron arrojados los patíbulos de los tres crucificados. Cuando, más tarde, Adriano llevó a cabo la nivelación del Calvario, desaparecieron aquéllos bajo la tierra añadida. Con el fin, pues, de hallar las reliquias de la Pasión, mandó Elena cavar el suelo hasta que se consiguió dar con las tres cruces. No es para decir la inmensa alegría que se apoderó del corazón de la piadosísima emperatriz ante el descubrimiento y con cuánto fervor agradeció al Cielo aquel grandísimo honor que a ella tema reservado.

Pero aún faltaba por descubrir cuál de las tres era la del Salvador. En los comienzos del siglo v nos referirá Rufino —y el relato lo trae el Breviario romano, en las lecciones de la Invención de la Santa Cruz, día 3 de mayo— cómo una curación milagrosa obtenida al contacto del santo madero sirvió para identificarla de modo irrecusable.

Halláronse asimismo en aquel lugar, el rótulo y los clavos que atravesaron las manos y pies del Salvador. Según refiere la tradición, uno de ellos fue engastado en el casco o tal vez en la corona de Constantino, para que de ese modo, el respeto tributado a la persona del emperador alcanzara también a Cristo, de quien él era sólo mandatario en el gobierno del pueblo.

La porción más considerable del Sagrado Madero se quedó en Jerusalén, en el santuario denominado de la Cruz. Otra porción con el rótulo y un clavo, fue enviada, según reza el Líber pontificalis, a Roma, en vida del emperador, y colocada en la iglesia erigida por Santa Elena en su palacio Sesoriano, de donde dicha basílica tomó el nombre de Santa Cruz de Jerusalén, que ha conservado.

La tradición bizantina atestigua también el envío a Constantinopla de la otra parte de la Vera Cruz. San Cirilo, que vivía en Jerusalén a mediados del siglo IV, afirma la existencia de la cruz del Salvador en dicha ciudad. Por aquella misma época las reliquias de la cruz estaban ya esparcidas por el Oriente y el Occidente; en Constantinopla llevábanse al cuello engastadas en oro.

En los siglos sucesivos, sobre todo en la Edad Media y en el Renacimiento, el arte cristiano representó en variadas formas la escena de la invención de la Santa Cruz por la emperatriz Elena. Tanto en las miniaturas como en las imágenes y pinturas y relicarios, Constantino y su madre ocupan a menudo respectivamente la derecha e izquierda de la Cruz, recordando de ese modo su papel en lo que concierne al hallazgo del lábaro glorioso de nuestra redención en aquellos memorables días.

Pasados algunos días, regresó Elena a Constantinopla feliz de haber reavivado su piedad y templado su fe precisamente en el lugar donde el Salvador muriera por sus criaturas. Antes de despedirse de Tierra Santa visitó los monasterios de vírgenes consagradas a Dios, con tanta modestia y abatimiento de su imperial persona, que ella misma, vestida pobremente, las servía cual si fuera su criada, y considerándolas como a esposas de Cristo.

Muerte de Santa Elena

Viaje tan largo era más que suficiente para agotar las fuerzas de una mujer ya casi octogenaria. Poco después de su viaje a Nicomedia y seguidamente a Constantinopla, comprendió Elena que su última hora se avecinaba. Entendiéndolo así, otorgó testamento, por el que distribuía su patrimonio entre su hijo y sus nietos —hijos de la desventurada Fausta—, y en el que recomendaba a Constantino que se portara como bueno y gobernara a sus vasallos con justicia y equidad.

Pocos días después exhaló el postrer aliento, en brazos de Constantino, en el mes de agosto del año 328 ó 329, problamente el día 18, fecha en que se celebra su fiesta. El fallecimiento de la emperatriz tuvo carácter de duelo nacional. Fue muy llorada en todo el imperio, sobre todo por la Iglesia católica, los de humilde posición y los pobres a quienes tanto socorría en vida. En atención a la dignidad de que estaba investida y a los eminentes servicios que en su larga carrera prestó, mandó Constantino solemnísimos funerales en Constantinopla.

El cadáver, acompañado de numeroso cortejo, fue más tarde trasladado a Roma y colocado en el sarcófago y mausoleo que el emperador mandara disponer para sí mismo cuando no había pensado todavía fijar su residencia a orillas del Bosforo. Dicho mausoleo se hallaba situado en las afueras de Roma, en la Via Labicand, en un paraje denominado Tor Pignattara, no lejos de la quinta Constantiria.

A su izquierda abríase la catacumba de los santos mártires Pedro y Marcelino, y a pausa de la proximidad del sepulcro de Santd Elena, la pequeña catacumba y su iglesia fueron designadas a veces por la indicación: Ab Sanctam Helenam.. En la sala de la Cruz griega del Museo Vaticano puede verse un hermosísimo y artístico sarcófago de pórfido rojo, que lleva asimismo, el nombre de Santa Elena.

Traslado de sus reliquias y culto

Desde el mausoleo imperial no tardaron en ser trasladados los restos de la emperatriz, ya sea por previsión o por otro motivo que se ignora, a la cripta vecina de los santos mártires. A mediados del siglo IV, época de tráfico y de pillaje de reliquias romanas, un presbítero de Reims por nombre Teutgis, muy devoto de Santa Elena, pues que a ella debía la curación, acertó —en ocasión de una peregrinación a su sepulcro— a traerse consigo parte considerable de su cuerpo. El diácono romano a cargo de la administración de la catacumba de los Santos Pedro y Marcelino facilitaría, a no dudarlo, semejante operación.

Quedó en el sarcófago la cabeza, los brazos y las extremidades inferiores. A la llegada de las reliquias a la diócesis de Reims, el cabildo de dicha ciudad creyóse en el deber de enviar a Roma dos delegados para que hicieran una investigación discreta y concienzuda a la vez, acerca de la autenticidad de los huesos llevados por el presbítero peregrino, y dicha investigación dio al cabildo plena tranquilidad, siendo depositadas las reliquias de Santa Elena en la abadía benedictina de Hautvilliers.

Pronto acudieron a venerarlas gentes de toda la Champaña, y aun de Francia entera. Las peregrinaciones más señaladas eran las del 18 de agosto y 14 de septiembre, días en que la iglesia de Oriente celebra el aniversario de la invención de la Santa Cruz. (En Occidente dicha fiesta se celebra el día 3 de mayo, reservándose la fecha 14 de septiembre para honrar la exaltación de la Santa Cruz).

Celebrábase solemne novena en la Pascua de Pentecostés, y en las tres circunstancias apuntadas, se exponía la urna a la veneración de los fieles. El 7 de febrero se conmemoraba la traslación de las reliquias de la Santa, que se hallaban envueltas en un sudario de seda con dibujos inspirados en el arte bizantino. Aun existen. Puédese fácilmente seguir la suerte de las reliquias de Santa Elena a través de los siglos en el monasterio de Hautvilliers, gracias a diversos procesos verbales de autenticidad y al relato de numerosos milagros conseguidos al contacto de dichas reliquias.

En 1820, a petición de la duquesa de Angulema, fueron cedidas por acta notarial a los caballeros de la Orden del Santo Sepulcro establecidos en París, y depositadas en la iglesia de San Lupo o Lope, donde reciben hoy la veneración de los fieles.

Los restos que Teutgis dejara en Roma, en el sepulcro de Santa Elena, ofrecían poca seguridad y por eso fueron trasladados —tal vez en el siglo XII o quizá antes— al interior de la ciudad En la parte izquierda del crucero de la iglesia «Santa María» in Ara Cceli de Roma, existe una capilla dedicada Santa Elena que atesora en preciosa urna de pórfido algunos restos de su cuerpo, juntamente con los de los mártires Abundio y Abundancio.

La archibasílica de San Juan de Letrán y la iglesia de Santa Sabina en el monte Aventino, dan también a venerar algunos de sus huesos. La cabeza se muestra en la abadía de San Matías de Tréveris. Todo ello atestigua la profunda veneración que siempre ha tenido el pueblo cristiano para con la memoria de aquella nobilísima señora que hizo de la cumbre del imperio un escalón para llegar a muy alta santidad.

La historia de Santa Elena va vinculada en la tradición católica a la de la invención de la Santa Cruz. Parece, pues, muy puesto en razón, que se invoque a esta Santa para hallar los objetos perdidos. Además, por tener la cruz la virtud de arrojar a los demonios, procede asimismo invocarla también para verse protegido contra los maleficios diabólicos. Santa Elena es patrona de los Caballeros del Santo Sepulcro y de la cofradía de la Santa Cruz en la iglesia de San Lupo, en París.

Oración a Santa Elena

Te rogamos, santa Elena, que intercedas ante Dios por nosotros; colmando de plenitud nuestras vidas; dando solución a nuestros problemas y necesidades; bendiciendo a nuestras familias, instituciones y sus actividades.

Necesitamos la fuerza del Espíritu Santo, para vivir la palabra de Dios en nuestros hogares, hasta lograr que en nuestras familias, por la presencia viva de Cristo, brille la luz del Amor Cristiano.

Danos la unidad que nos haga fuertes al caminar por los senderos del Amor, la Justicia, la Libertad y la Paz, para que todos vivamos como hermanos bajo tu santa protección. Amén.

Santa Elena | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.