Juliana falconeri

19 de Junio: Santa Juliana Falconieri

Publicado el 19 de junio de 2021

Actualizado el 19 de junio de 2025

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Santa Juliana Falconieri, hija de una noble familia de Florencia. Su tío, Alexis Falconieri, fue uno de los siete fundadores de la Orden Servita. Bajo su influencia, ella decidió a temprana edad seguir la vida consagrada. Después de la muerte de su padre, ella recibió. 1285 el hábito de la Tercera Orden de los Servitas.


Día celebración: 19 de junio.
Lugar de origen: Florencia, Italia.
Fecha de nacimiento: 1270.
Fecha de su muerte: 19 de junio de 1341.
Santa Patrona de: Orden de los Servitas.


Contenido

– Introducción
– Infancia de Juliana
– Recibe el hábito
– Procesión perpetua
– Su plan de vida
– Superiora
– Milagrosa Comunión – Admirable muerte
– Oración a Santa Juliana Falconieri


Introducción

Dios concede gracias especiales a los miembros de una familia cuando suscita un santo en su seno, como ocurrió en la noble familia Falconieri de Florencia en el siglo XIII. Los hermanos Clarencio y Alejo, igualmente virtuosos y ricos, representaban a la familia. Alejo, sintiendo el llamado de la gracia, abrazó la vida religiosa y fue uno de los fundadores de la Orden de los Seritas. Clarencio, aún apegado a las riquezas, no siguió el ejemplo de su hermano hasta la vejez, cuando las preocupaciones terrenales perdieron importancia y se dio cuenta de la efímera naturaleza de la vida humana.

A pesar de sus apegos terrenales, las exhortaciones y el ejemplo de su santo hermano finalmente impactaron a Clarencio, quien, convencido de la necesidad de asegurar la salvación eterna de su alma, arregló su conciencia, hizo generosas donaciones, buscó la absolución del Sumo Pontífice y concluyó santamente su vida dedicado a la caridad cristiana. Su generosidad fue fundamental en la construcción de la magnífica iglesia conocida como «La Anunciata», ubicada en el convento de Florencia y perteneciente a los Servitas de María.

Infancia de Juliana

En el año 1270, Dios bendijo el hogar cristiano de Clarencio Falconieri, ya anciano, con el nacimiento de una niña que con el tiempo se convertiría en un modelo de elevada santidad. Su virtuosa madre, cuidando de ella desde sus primeros años, la guió en prácticas de piedad y virtud, esforzándose continuamente por protegerla de los peligros del mundo. Juliana, la niña, pronunció sus primeras palabras con los dulces nombres de Jesús y María, los cuales repetía con gran satisfacción de su madre, ya que poco después del nacimiento de Juliana, su padre cristiano había fallecido.

En una de las visitas de San Alejo a su familia, maravillado de la inocencia y santidad de su amada sobrina, dijo en tono profético a la madre: «No te ha dado Dios una hija, sino un ángel. Seguramente la destina para cosas grandes.» Al par que crecía la niña y su inteligencia se desarrollaba, aumentaba en ella el gusto y atractivo por el servicio de Dios, y se dedicaba con más fervor a los ejercicios de piedad que su santo tío le enseñara.

Enemiga de la ociosidad, permanecía constantemente al lado de su madre para aprender a coser e hilar, y no abandonaba las labores más que para arrodillarse ante un altarcito que ella misma se había construido, donde se entregaba con gran recogimiento a la lectura de libros piadosos, al rezo de oraciones y al canto de alabanzas en honor de María. Dedicaba a menudo gran parte del día a ejercicios devotos. Su madre, juzgándolos exagerados, le decía a veces:

— Si no pones mas empeño en aprender las labores propias de un ama de casa, difícil me será encontrarte esposo.

— No le dé cuidado, madre — respondía Juliana— , que la Santísima Virgen lo arreglará todo cuando llegue la hora.

Dotada de excelentes cualidades naturales y heredera de una gran fortuna, Juliana no carecía de pretendientes con propuestas honrosas y brillantes. Su madre la instaba a comprometerse con el noble Falco, de los Falconieri, un joven apreciado por sus cualidades y respaldado por la aprobación de sus parientes. Sin embargo, en lo más profundo de su alma, Juliana albergaba proyectos muy diferentes.

Desde hace tiempo, su tío Alejo le había sugerido la idea de consagrar su virginidad a Jesús y María. Esta idea resonaba perfectamente con los impulsos secretos de su corazón, arraigándose cada vez más con el tiempo y las circunstancias. Cuando llegó el momento de romper decididamente con el mundo y sus vanidades, Juliana declaró abiertamente a su madre que renunciaba a las ventajas mundanas para unirse al divino Esposo mediante el voto de castidad.

Recibe el hábito

Al conocer la decisión de su sobrina, Alejo rápidamente compartió la buena noticia con Felipe Benicio, en ese momento Prior General de los Servitas de María, quienes tenían un ferviente deseo de propagar la devoción a la Reina del cielo. Bajo la dirección de Felipe Benicio, muchas devotas señoras, llamadas Mantellatas (pues vestían color mantilla), llevaban una vida fervorosa sin abrazar la vida monástica, profesando especial devoción a María Santísima y sus dolores.

Santa Juliana Falconieri, a la edad de catorce años, solicitó unirse a esta asociación para mostrar públicamente su renuncia al mundo. A pesar de su temprana edad, el Capítulo de los Servitas, reunido en 1204, decidió admitirla debido a sus notables virtudes. En la iglesia de la Anunciata, acompañada por las Damas de la Orden Tercera, su madre y numerosos familiares, Juliana recibió el hábito religioso de manos de San Felipe Benicio, experimentando una alegría inmensurable y entregándose con fervor a Dios. Cada detalle de la ceremonia y cada prenda de su hábito religioso fueron para su piadosa alma objeto de profundas enseñanzas.

La larga túnica negra evocaba la tristeza y el martirio de María al pie de la Cruz; el cinturón de cuero recordaba los sufrimientos de Cristo; los velos blancos simbolizaban la pureza de María; el rosario representaba el saludo del ángel; el manto, la protección de María sobre sus hijas; el libro enseñaba la vida de oración y meditación; el cirio encendido indicaba que las vírgenes prudentes deben ir al encuentro del Esposo de las almas con la antorcha de la fe y el amor divino. Estas reflexiones sumían a Santa Juliana en profundo recogimiento. Su devoción y entrega conmovieron a todos los presentes, incluso a sus familiares previamente opuestos a su vocación, quienes finalmente la aprobaron y alabaron.

Procesión perpetua

Después de un año de prueba dedicado a la piedad, la oración, el trabajo, el recogimiento y obras de caridad, Juliana Falconieri fue juzgada digna de la profesión religiosa por Alejo Falconieri, Felipe Benicio y las Hermanas de la Orden Tercera, de manera unánime. La iglesia de la Anunciata fue nuevamente testigo de conmovedoras escenas cuando, llegado el momento, la novicia recibió el velo de manos de San Felipe Benicio y se consagró definitivamente a Jesucristo con votos perpetuos, siendo registrados formalmente por un notario. A pesar de la despedida de Felipe Benicio, que se dirigía a Tuderto, Juliana conservó fielmente en su corazón sus consejos y postreras recomendaciones, ya que él anticipaba el fin de sus días en 1285.

Su plan de vida

Santa Juliana adoptó un riguroso régimen de vida, dedicando los lunes a sufragios por las almas del purgatorio con penitencias, disciplina y oraciones por los difuntos. Los miércoles y viernes observaba estricto ayuno, alimentándose únicamente con la Sagrada Eucaristía, mientras los sábados ayunaba a pan y agua en honor a la Virgen María. Su dieta era frugal, rara vez bebía vino, y su cama era dura con poco tiempo de sueño.

Los viernes los dedicaba a meditar la pasión de Cristo, a veces experimentando arrobamientos y éxtasis intensos. En su profundo amor por el Crucificado, exclamaba con frecuencia: «¡Ah, que nadie me arrebate del corazón a mi Amor Crucificado!». Los sábados se sumergía en la contemplación de los Dolores de María. Rezaba los oficios divinos y monásticos con devoción, preparándose con meditación sobre los tormentos de Jesucristo y su Madre. También recomendó esta piadosa costumbre a sus religiosas y, fiel a una práctica enseñada por su tío y adoptada posteriormente por la Iglesia, concluía cada parte del oficio con la recitación de la Salve Regina.

Asistía frecuentemente al oficio de los religiosos Servitas en la iglesia de la Anunciata, complaciéndose en rezar en la capilla de la Inmaculada Concepción, debida a la munificencia de su familia, y en la que descansaban los restos de su querido padre.

Se disciplinaba con frecuencia hasta derramar sangre. Después de su muerte, las Hermanas se quedaron asombradas al ver la cadena de hierro que llevaba a guisa de cinturón a raíz de las carnes, tan incrustada que a duras penas la pudieron arrancar. ¡Qué dolor no debió causarle aquel instrumento de penitencia, llevado seguramente desde los primeros años de su vida religiosa!

A ejemplo de su santo tío y de su padre espiritual, se ejercitó toda la vida en la práctica de la humildad, cuya virtud llegó a poseer en tal alto grado, que fue para ella verdadero manantial de favores celestiales; tan ciertas son las palabras de la Sagrada Escritura: «Dios resiste a los soberbios; mas a los humildes les da su gracia». Su pobreza corría parejas con la humildad; tenía en tan alto aprecio esta virtud, que, ya en casa de sus padres,quería ganar con el trabajo personal el sustento que le era necesario.

Un discreto celo por la salvación de almas impulsaba el corazón de Santa Juliana. Siempre buscaba oportunidades para hacer el bien con prudencia y caridad. Su madre fue la primera en beneficiarse de sus ejemplos y consejos, llevando una vida cristiana hasta su santa muerte. Siguiendo el ejemplo de Juliana, su parienta Francisca Falconieri distribuyó sus bienes entre los pobres para hacerse pobre por Jesucristo.

Una señora llamada Guitluecia destacó por su generosidad con los Servitas gracias a la influencia de Santa Juliana. Otra, llamada Diana, junto con su marido, se convirtieron gracias a la joven religiosa y dedicaron su vida al servicio de la Santísima Virgen. Sin embargo, donde ejercía su celo de manera particular era en el reclutamiento de almas para la Orden Tercera a la que ella pertenecía.

Superiora

La muerte de su madre, aunque muy sentida, fue aceptada con resignación cristiana por Santa Juliana Falconieri. Tras distribuir sus bienes entre los pobres, tocó humildemente las puertas de la modesta casa donde varias Hermanas de la Orden Tercera vivían en comunidad. No solo fue admitida, sino que desde su ingreso la consideraron directora. Su ejemplo atrajo a varias jóvenes piadosas, incluyendo a Juana Soderini, quien imitó las virtudes de Santa Juliana y la sucedió en la dirección del convento.

La comunidad, que era inicialmente pequeña, se transformó en un convento regular. El padre Andrés Balducci, sucesor de San Felipe Benicio en el gobierno de la Orden, reunió a las Hermanas y les propuso elegir una superiora. Santa Juliana Falconieri, de treinta y seis años en ese momento, fue elegida por unanimidad, aunque su humildad la llevó a suplicar al Superior General que designara a otra persona más digna. Sin embargo, su ruego no fue atendido, y el General de la Orden confirmó su nombramiento.

Santa Juliana Falconieri aceptó el nuevo cargo que la obediencia y la caridad le imponían como priora de las Terciarias Servitas o Mantellatas. Desde entonces, vivieron canónicamente como religiosas bajo su dirección, observando fielmente las Reglas propias de las Órdenes Terceras, aprobadas un siglo después el 16 de marzo de 1424 por el papa Martín V.

Durante la vida de Santa Juliana Falconieri, ella misma fue la Regla viva para sus Hermanas, un modelo perfecto de virtudes religiosas. Resistió terribles tentaciones y múltiples asaltos del demonio, quien utilizó todos sus recursos maliciosos para empañar los puros afectos y pensamientos de Santa Juliana con la vanidad, ya que no podía vencer su amor inquebrantable por la virtud.

Desórdenes de los sentidos, imaginaciones impuras, desolaciones interiores, todo lo sufrió pacientemente Juliana, que. sostenida por la gracia y dispuesta a perderlo todo antes que pecar, quedaba fidelísimamente unida a Jesucristo en medio de la tormenta. «¡Señor! — decía angustiada un día de formidable lucha— . ¡Señor, cuánto sufro! Con todo, vengan, si te place, todos los tormentos del infierno, con tal que no permitas que te ofenda».

Ante tal fuerza de voluntad, el demonio no tuvo más opción que huir vencido. En 1310, su tío San Alejo, lleno de méritos, falleció en la paz del Señor a los ciento diez años de edad. Antes de exhalar su último suspiro, llamó a Santa Juliana Falconieri para bendecirla y encomendarle especialmente la Orden cuyos orígenes había presenciado y a la que amaba como padre. Nuestra Santa le sobrevivió treinta años, sin apartarse en lo más mínimo del camino trazado por el bienaventurado patriarca.

Milagrosa Comunión – Admirable muerte

El triunfo más notable de Santa Juliana Falconieri fue su muerte, como lo describe un historiador de la Orden de los Servitas. Su tránsito fue un espectáculo admirable, digno remate de su vida. Durante años sufrió intensos dolores de estómago que le impedían comer. Cuando, agotada por vómitos constantes, sintió que su vida llegaba a su fin, reunió a las Hermanas para despedirse.

A pesar de su extrema debilidad física, su rostro mostraba serenidad, y su mente seguía lúcida como siempre. Su voz tenía un tono casi sobrenatural. Su conocimiento profundo de las cosas divinas era aún más sorprendente; parecía vislumbrar destellos de la eternidad. Las religiosas escuchaban conmovidas los últimos consejos de quien amaban como a una madre y las había guiado en la piedad y la virtud.

Su tristeza se intensificaba al lamentar su incapacidad para recibir a su Amado debido a su enfermedad y el temor de profanar las especies sacramentales. Los dolores físicos, aunque intensos, no se comparaban con la angustia de no poder recibir a Jesús, su única fuente de alegría en este mundo.

Al no poder recibir la Comunión, solicitó tener en su celda la Sagrada Hostia para adorarla con devoción y hacer una comunión espiritual. Con gran alegría, preparó su alma para recibir al divino Huésped.

Llegado el momento, las Hermanas forman un devoto cortejo y acompañan al Señor hasta la estancia de la enferma. Al verlo, el rostro pálido de Santa Juliana Falconieri se ilumina con esplendor angélico y suplica al Padre que extienda el corporal sobre su pecho jadeante y que la Augusta Víctima descanse allí brevemente. El Capellán, conmovido por las súplicas, accede, pero la Sagrada Hostia desaparece como si el cuerpo de Jesucristo hubiera penetrado en sus carnes.

En un momento de inefable alegría, Santa Juliana exclama: «¡Oh, Jesús dulcísimo!», y su alma vuela al cielo el 16 de junio de 1341. Juana Soderini, al lavar su cuerpo, descubre en su pecho una hostia con la imagen de Jesús crucificado. Santa Juliana Falconieri es enterrada en el nicho familiar en la iglesia de la Anunciata. Dios manifiesta su santidad mediante numerosos milagros, y el papa Inocencio XI la beatifica el 9 de julio de 1678, siendo canonizada por Clemente XII el 16 de julio de 1737, con su fiesta fijada el 19 de junio.

La estatua de Santa Juliana Falconieri se encuentra en la basílica Vaticana de Roma entre las de los Santos Fundadores de Órdenes. La Orden Tercera regular de las Servitas de María se expandió por toda Europa, dedicándose a propagar el culto de María Santísima y sus dolores, así como a la educación cristiana de las jóvenes.

Oración a Santa Juliana Falconieri

Dios nuestro, que por medio de Santa Juliana Falconieri, modelo de castidad y penitencia, hiciste florecer en la Orden de los Siervos de María una familia de vírgenes a ti consagradas, haz que la Iglesia, esposa de Cristo, mantenga constantemente encendida la llama de la virginidad fecunda.
Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Cordero de Dios

Santa Juliana Falconieri | Fuentes

El Santo de cada día por EDELVIVES.

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.