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19 de Marzo: Solemnidad de San José de Nazaret, casto esposo de la Bienaventurada Virgen María

Publicado el 19 de marzo de 2025

Actualizado el 19 de marzo de 2026

Archivado en: San José, Santoral

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San José de Nazaret es celebrado el Martirologio Romano, el 19 de marzo. Es la festividad del “nacimiento (para el cielo) de San José, Esposo de María y Santo Patrono dela Iglesia Universal.


Contenido

– Introducción
– Desposorios de San José de Nazaret – Encarnación del Salvador
– San José de Nazaret y el nacimiento del Niño Dios
– La huida a Egipto
– En Nazaret
– Virtudes y muerte de San José de Nazaret
– Culto a San José de Nazaret
– Oración a San José de Nazaret


Introducción

San José de Nazaret, esposo de la Virgen María y padre adoptivo de Jesús, desempeña un papel crucial en el plan de la Redención. Como último patriarca de la Ley antigua y primero de la Ley nueva, su figura abarca la historia del mundo desde el principio hasta el fin de los tiempos.

La figura de San José se vincula con figuras bíblicas como Abraham, José el hijo de Jacob y Mardoqueo, destacando su papel como intendente de la casa real y guardián de la pureza. Su nombre significa «acrecentamiento» y se destaca por su rectitud completa del alma, poseyendo todas las virtudes.

San José descendía de la familia de David, como profetizaron los antiguos, y tanto él como María cumplían con la genealogía necesaria para la venida del Mesías. Algunos teólogos sugieren que San José fue santificado antes de su nacimiento, y desde el primer instante de su vida, estuvo colmado de gracias para el ministerio cercano a Jesús, María y la Iglesia.

Aunque San José poseía riquezas espirituales, carecía de las riquezas materiales, siendo un humilde artesano. Su padre lo educó en las labores del trabajo de la madera y el hierro, enseñándole las habilidades de la construcción. San José ejerció principalmente el oficio de carpintero, y se destaca que Jesús aprendió a trabajar la madera de él.

Aunque no era el padre biológico de Jesús, San José cumplió funciones y prerrogativas de un padre. Su relación con Jesús es un misterio sublime conocido solo por Dios, pero San José fue verdaderamente el padre adoptivo de Jesús, desempeñando un papel crucial en la historia de la Redención.

Desposorios de San José de Nazaret – Encarnación del Salvador

Los desposorios de San José con María se llevaron a cabo por manifestaciones directas de la voluntad divina. Según la opinión común, María perdió a sus padres mientras estaba en el Templo, y el Sumo Sacerdote la colocó en matrimonio al cumplir los quince años. San José no era anciano ni maduro, sino un joven en relación con la edad de María.

Esta unión, preservada por la promesa de virginidad de ambos cónyuges, protegía el honor de María ante los hombres y ocultaba a los demonios el misterio del parto virginal. Fue considerada como prototipo de la unión mística de Jesucristo con la Iglesia. San José, como custodio de María, ignoraba los misterios divinos que se estaban llevando a cabo en su hogar.

A pesar de esperar al Mesías, San José no sospechaba que la prometida salvación llegaría a través de su humilde familia. Cuando el ángel Gabriel anunció a María el misterio de la Encarnación, la morada de José se convirtió en un santuario. San José, sin conocer aún los detalles, acompañó a María en su visita a su prima Isabel, superando las dificultades del viaje.

Al regresar de este viaje, en el tercer mes de la Anunciación, San José experimentó una turbación intensa al notar que María estaba embarazada. Aunque no entendía lo que veía, no dudó de la santidad de su esposa y decidió dejarla secretamente para no difamarla. Sin embargo, en un sueño, un ángel del Señor le reveló la verdad y le pidió que aceptara a María como su esposa.

«José, hijo de David, no tengas recelo en recibir a María tu esposa, porque lo que se ha engendrado en su vientre es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús —esto es, Salvador-^-; pues Él es el que ha de salvar a su pueblo de sus pecados»
(Mat. I, 20-21).

Sabía que María había advertido sus zozobras y angustias, y por eso la hizo partícipe de la comunicación celestial: aconteció entonces algo con­ solador y placentero como en la Visitación. En la Visitación, María no había declarado el secreto del Señor a su prima, pero el Señor se dignó revelarlo mediante un milagro, e Isabel fue la primera que habló de ello; de igual manera, en esta ocasión, María guardó el secreto, pero el ángel lo reveló y José empezó a hablar, pronun­ciándose entonces otro Magníficat, cuyo texto el cielo ha guardado.

¡Di­chosas las almas que dejan a Nuestro Señor el cuidado de manifestar su gloria! El período de felicidad y de alegría que precedió al nacimiento del Salvador, no fue de larga duración para los dos santos Esposos.

San José de Nazaret y el nacimiento del Niño Dios

José, obediente al edicto del César, llevó a María, embarazada, a Belén para el empadronamiento. Al llegar, no encontraron lugar en las hospederías y tuvieron que refugiarse en una gruta cercana. En esa humilde cueva, en la medianoche del 24 de diciembre, nació Jesús. José recibió a los pastores y los condujo a María y al Niño en el pesebre.

Después de ocho días, Jesús fue circuncidado por José, quien también tuvo el honor de ponerle el nombre de Jesús, como revelado por un ángel. Más tarde, llegaron los Reyes Magos del Oriente, solicitando permiso a José para adorar al Niño y ofreciéndoles ricos presentes. La Sagrada Familia cumplió la ley de la purificación en el Templo a los cuarenta días del nacimiento de Jesús. José estuvo presente en el Nunc dimíttis de Simeón y escuchó las profecías, aunque su corazón no fue atravesado por la espada del dolor como el de María.

La huida a Egipto

Pasada la Purificación —2 de febrero— la Sagrada Familia volvió a Nazaret, según refiere San Lucas; pero créese que este traslado no fué definitivo, sino que muy pronto volvieron a Belén, que tan dulces recuerdos evocaba en su mente y donde contarían ya con muchas simpatías.

Poco después el ángel apareció de nuevo en sueños a José, diciéndole:

«Levántate, toma al Niño y a su Madre y huye a Egipto, y estáte allí hasta que yo te avise, porque Herodes ha de buscar al Niño para matarle».

José despertó a María y partieron inmediatamente. Era tiempo. La noticia de los sucesos de la Purificación y el regreso de los Magos a su tierra por otro camino, habían excitado las sospechas de Herodes y estaba para dar el cruel edicto de degollar a todos los niños varones de Belén y su comarca. En el camino del destierro supo José el degüello de los niños asesinados por causa de Jesús, y estrechó al Salvador con más amor entre sus brazos.

Lo único que de este viaje sabemos con certeza, es su larga permanencia cerca de Heliópolis —la ciudad del sol— , donde se ve todavía el árbol de Jesús y de María; transcurrieron dos o tres años —siete dicen otros— antes que el ángel dijera a José:

«Levántate y toma al Niño y a su Madre, y vete a la tierra de Israel, porque ya han muerto los que atentaban a la vida del Niño».

En Nazaret

Se levantó San José y partió. Sin duda, durante esa larga permanencia en Egipto habían allegado recursos y organizado su casa; pero todo lo dejó al instante, cumpliendo la antigua profecía de Oseas que dice:

«De Egipto llamé a mi Hijo».

Supo José que Arquelao, heredero de la cruel­dad de Herodes, continuaba los degüellos, y el ángel le advirtió que no fuese a Jerusalén, sino que volviese a Nazaret de Galilea, donde encontró intacta su casita. En ella pasó Jesús los años de su vida oculta.

El que había de llamarse Nazareno, quiso pasar allí su vida oculta, re­tirado en el taller de San José. Con el tiempo edificóse una iglesia suntuosa en el taller en donde José trabajaba ayudado por el adolescente Jesús, y que estaba separado de la casa en donde tenían la habitación.

El Evangelio nos refiere que cuando Jesús cumplió los doce años, José, que iba solo a Jerusalén en las tres festividades más señaladas, llevó por primera vez, siguiendo la costumbre de los judíos, al Niño y a su Madre; asistieron durante ocho días a las ceremonias pascuales que figuraban la Pasión y se hospedaron en una casa próxima al Calvario.

Terminada la semana, los peregrinos de Jerusalén partieron de la Ciudad Santa por grupos, yendo, como se acostumbraba en Judea, las mujeres separadas de los hombres. Los adolescentes se juntaban indistintamente con el padre o con la madre, de forma que María creía que Jesús iba con José, en tanto que éste se figuraba que estaba con María.

Cuando al caer de la tarde se juntaron los padres en la hospedería, fue grande el dolor que ambos sintieron; el Niño Jesús se había perdido. Preguntan a unos y a otros; vuelven a Jerusalén; le buscan por todas partes; entran en el Templo a implorar el auxilio de Dios, y allí fue donde al tercer día hallaron al que también al tercer día debía resucitar glorioso y triunfante.

Jesús estaba sentado en medio de los doctores a quienes, ora escuchaba, ora preguntaba, dejándolos atónitos por su sabiduría.

—Hijo mío —dijo María, dominando su asombro— , ¿por qué te has por­ tado así con nosotros? Mira como tu padre y yo, llenos de aflicción, te hemos andado buscando.

—¿Por qué me buscabais? —les respondió Él— . ¿No sabíais que yo debo emplearme en las cosas que miran al servicio de mi Padre?

Palabras que José y María meditarían durante muchos años. El Niño crecía en ciencia y en sabiduría y les estaba sumiso, et erat súbditus illis. Esto es cuanto sabemos de los dieciocho años que siguieron a este paso de la vida del Salvador, pues esta parte de la vida de San José, cuya gloria sólo en el cielo nos será revelada, mereció compartirse con la oscuridad de la vida de Jesús y como ella permaneció ignorada de los hombres.

Virtudes y muerte de San José de Nazaret

La fecha exacta de la muerte de San José no se conoce con certeza, pero algunos sugieren que fue poco antes del bautismo de Jesús por Juan el Bautista. Otros argumentan que murió más tarde, basándose en las referencias de la gente de Nazaret que llamaba a Jesús «el hijo del carpintero». Sin embargo, es claro que San José falleció antes de la Pasión de Jesús.

Su muerte fue tranquila y dulce, ocurriendo en los brazos de Jesús y María, posiblemente en Jerusalén. Se dice que fue enterrado en el valle de Josafat. San José poseía virtudes extraordinarias, destacando su fe ardiente, esperanza grande, caridad encendida, pureza virginal, humildad profunda, obediencia perfecta, sencillez rara, prudencia singular, fortaleza maravillosa, paciencia increíble y mansedumbre. Aunque no se registra ninguna palabra suya en el Evangelio, su vida estuvo llena de obras, y su silencio reflejaba su contemplación constante del bien supremo que tenía a su lado, Jesús. Estaba tan absorto en la admiración de su Hijo que, según San Lucas, se mantenía en un silencio reverente y lleno de admiración.

 

«El ideal de San José fue someterse a la voluntad de Dios; bendecir al que da la pobreza o la abundancia; cerrar el corazón a todo sentimiento que no emanara del cielo; mirar con indiferencia los bienes tras los cuales corre el mundo desatentado; ver la tierra, no como patria definitiva, sino como lugar de tránsito donde el hombre, soldado del deber, conquista, a costa de su sangre, inmortales destinos. Podía San José llevar corona como sus abuelos…; pero a todo prefirió la oscuridad de su hogar, sabiendo hacer lo que es más difícil y meritorio: vivir oculto e ignorado.»
(Calpena)

Finalmente, fue tan acabado y perfecto San José, que más se podía llamar varón divino que hombre mortal; y a la medida de su caridad y altos me­ recimientos, recibió el galardón y la corona de la gloria.

Una piadosa opinión, apoyada por varios Padres de la Iglesia, sostiene que San José resucitó a la muerte de Cristo, cuando se abrieron muchos sepulcros, y que el padre adoptivo de Jesús subió luego al cielo en cuerpo y alma con el Divino Salvador.

Culto a San José de Nazaret

El nombre de San José permaneció olvidado — digámoslo así— por mucho tiempo y su culto se ha extendido poco a poco en la Iglesia. A últimos del siglo XV , el papa Sixto IV incluyó la fiesta de San José de nazaret en el Breviario y en el Misal romano, y Gregorio XV la declaró obligatoria para la Iglesia entera, con rito de doble menor, el 8 de mayo de 1621.

 

En España hizo mucho para propagar la devoción a San José la gloriosa Santa Teresa de Jesús, que escribió:

«No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. A otros Santos parece que les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; de este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas.»
(Libro de la Vida,capítulo VI)

Gran propulsor fue igualmente el padre Baltasar Álvarez, el cuál declaró que estando en Loreto orando a Nuestra Señora, le recomendó que fuera gran devoto del glorioso San José.

Los últimos Papas, especialmente, han contribuido en gran manera al florecimiento del culto a San José. Pío IX el 8 de diciembre de 1870 pro­clamó al santo Patriarca Patrono de la Iglesia universal y mandó celebrar su fiesta con rito doble de primera clase. León X III exhorta repetidas veces al pueblo cristiano a que acuda a su poderosísima intercesión.

Pío X aprueba el 18 de marzo de 1909 las letanías en honor del santo Patriarca y autoriza su rezo público. Benedicto XV , por decreto del 9 de abril de 1919, aprueba el Prefacio propio para las misas que se celebren en honor de San José. Finalmente, la costumbre de dedicar un mes del año —marzo— a honrarle, se halla, difundida hoy por toda la cristiandad.

Su colosal figura se agranda y agiganta conforme se avanza en su estudio, y va apareciendo en todo su esplendor para consolar al triste, sanar los corazones ulcerados, alentar a los trabajadores, aliviar nuestras penas, apartar de nosotros envidias, egoísmos, rencores y venganzas, y extinguir nuestra sed de placeres.

Oración a San José de Nazaret

¡Glorioso Patriarca San José!, animado de una gran confianza en vuestro gran valimiento, a Vos acudo para que seáis mi protector durante los días de mi destierro en este valle de lágrimas.

Vuestra altísima dignidad de Padre putativo de mi amante Jesús, hace que nada se os niegue de cuanto pidáis en el cielo. Sed mi abogado, especialísimamente en la hora de mi muerte, y alcanzadme la gracia de que mi alma, cuando se desprenda de la carne, vaya a descansar en las manos del Señor. Amén.

Jaculatoria
Bondadoso San José, Esposo de María, protegednos; defended a la Iglesia y al Sumo Pontífice y amparad a mis parientes, amigos y bienhechores.

Cordero de Dios

 

Fuentes

El Santo de cada día por EDELVIVES.

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.