San celestino v

19 de Mayo: San Celestino V, Papa y fundador

Publicado el 19 de mayo de 2021

Actualizado el 19 de mayo de 2025

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San Celestino V, también conocido como San Pedro Angelario, llamado mas tarde Pedro Murón,  y más generalmente por el de Pedro Celestino, nació probablemente en Isernia, ciudad de Campania (Italia), en 1215, de padres sencillos y temerosos de Dios. Tuvo once hermanos, clara muestra de la protección del cielo sobre su familia. Es reconocido como el primer Papa en la historia de la Iglesia fundada por Cristo en renunciar a su cargo por las razones que se detallan en este mismo texto.


Día celebración: 19 de mayo.
Lugar de origen: Isernia. Italia.
Fecha de nacimiento: 1215.
Fecha de su muerte: 19 de mayo de 1296.
Patronazgo:Santo patrono de los encuadernadores.


Contenido

– Introducción
– Se retira al monte Murón
– Al pie del monte Magela
– Aprobación de su orden
– Breve pontificado | Su abdicación
– Prisión y muerte
– Oración a San Celestino V


Introducción

En la celda abandonada por el fundador de la Orden de los Celestinos, Pedro Angelario, más tarde conocido como San Celestino V, encontraron un cuaderno escrito por él mismo, que contiene parte de su vida. Este documento sirve de base para nuestro relato. Sin embargo, es importante destacar que la autobiografía no fue inspirada por un sentimiento de vanagloria; por el contrario, San Celestino V dejó estos apuntes para edificación de sus religiosos.

Pedro Angelario, también llamado Pedro Murón, nació probablemente en Isernia, Italia, en 1215, de padres sencillos y temerosos de Dios. Fue el penúltimo de once hermanos, evidenciando la protección divina sobre su familia. A pesar de que su madre había destinado a otro hijo para la carrera sacerdotal, Pedro, el penúltimo, fue finalmente llamado al servicio santo.

A los cinco o seis años, Pedro expresaba su deseo de consagrarse a Dios, revelando disposiciones notables en su alma. Su madre, llena de alegría ante estas inclinaciones, se comprometió a proporcionarle educación a pesar de la oposición de la familia y sacrificios económicos. Con un profesor particular, Pedro demostró una aplicación excepcional.

Su profunda piedad se manifestaba en visiones durante sus oraciones de estudiante, donde contemplaba a menudo a los ángeles, la Reina de los Cielos y San Juan Evangelista. Al compartir estas visiones con su madre, esta decidió comprobar si eran divinas. En medio de una grave carestía, su madre, tras orar, le pidió a Pedro que buscara trigo en los campos. Aunque la cosecha estaba lejos, Pedro regresó pronto con trigo maduro y hermoso, evidenciando un milagro.

Se retira al monte Murón

Desde joven, Pedro suspiraba por la dicha de servir únicamente a Dios, preferiblemente en la soledad. Confesó más tarde con ingenuidad que no sabía que se podía ser ermitaño viviendo en compañía. Temía estar siempre solo, especialmente por la noche.

Con esta incertidumbre, Pedro llegó a los veinte años. Animado por la gracia, buscó a un amigo y le comunicó francamente su propósito, diciendo:

«Salgamos de nuestra patria y huyamos a la soledad para servir a Dios. Pero vayamos antes a Roma, y no emprendamos nada en asunto tan serio sin el consentimiento de la Iglesia».

El compañero de Pedro respondió favorablemente a su propósito y se pusieron en marcha. Sin embargo, al final del primer día, agotado su compañero, sugirió regresar. Pedro, el futuro ermitaño, afirmó: «Aunque tú me dejes, estoy seguro de que Dios no me abandonará». Continuó solo por un día más, pero una tempestad lo detuvo. Refugiándose en una iglesia dedicada a San Nicolás en Sangro, sintió la inspiración divina de renunciar a su viaje a Roma y comenzar la vida eremítica.

Cerca de allí, encontró una selva donde pasó seis días en oración y ayuno continuo. Después, subió a una áspera montaña y se instaló en una caverna tan pequeña que apenas podía acostarse en ella. Pasó tres años en ese retiro, experimentando abundantes gracias del cielo.

Durante este tiempo, el demonio atacó con saña a Pedro, pero siempre salía victorioso. Aunque personas virtuosas lo visitaban a menudo, persuadiéndolo para que se ordenara sacerdote y se acercara frecuentemente a la Sagrada Mesa, él resistió. Finalmente, convencido por estos razonamientos y a pesar de su profunda humildad, emprendió el viaje a Roma y recibió las Sagradas Órdenes.

A su regreso, Pedro tomó el hábito de San Benito en el monasterio de Faifola. Sin embargo, obtuvo la licencia de su abad para retirarse en 1239 a una gruta en el monte Murón, cerca de Sulmona, buscando una vida más austera.

Durante cinco años en esa soledad, Pedro irradió virtud y practicó privaciones y maceraciones extremas. A pesar de las dificultades, Dios estuvo con él, prodigándole consuelos inefables en su retiro. Diariamente celebraba los sagrados misterios con fervor angelical. Sin embargo, el demonio, envidioso de su virtud, sembró la duda en su mente, sugiriéndole que la celebración atraía demasiada gente a la gruta y que un pecador no era digno de ofrecer tan augusto sacrificio.

Inquieto, Pedro planeó ir a consultar al Papa, pero una visión detuvo sus planes. El abad de Faifola, fallecido recientemente, se le apareció en sueños y le dijo que celebrara la Misa. Reconfortado por esta visión y las palabras de su confesor en la misma línea, Pedro retomó su vida contemplativa.

Al pie del monte Magela

En 1244, Pedro, que buscaba constantemente la soledad, se retiró al monte Magela, en la diócesis de Chieti. A pesar de su deseo de estar solo con Dios, algunos discípulos se unieron a él, atraídos por su santidad. Inicialmente solo tuvo dos discípulos, pero su número creció rápidamente, dando origen a la Orden de los Celestinos.

En medio de una espantosa soledad, habitaban cabañas hechas con ramas y espinas. Una paloma blanquísima vivió entre ellos durante dos años, y el lugar donde tomaba comida se convirtió más tarde en el sitio del altar mayor de la iglesia del Espíritu Santo, completada en 1247. Los religiosos y peregrinos que acudían al refugio de la virtud a menudo escuchaban campanas invisibles que los llamaban al servicio divino. Era una armonía lejana que crecía gradualmente, solemne en festividades y suave en días ordinarios. En ese lugar bendito, se sentía la presencia de Dios en todas partes, y la vida de los solitarios no tenía nada de terrenal.

A pesar de que Pedro practicaba austeridades más extremas que los demás, observando cuatro cuaresmas al año y comiendo solo dos veces por semana, el demonio intensificaba sus persecuciones. Ayunaba diariamente, su alimento principal era pan seco y mohoso, y llevaba un hábito de lana burda con una cadena de hierro oculta debajo.

A pesar de las adversidades, Pedro continuaba resistiendo y el demonio persistía en sus ataques. A veces, prendía fuego a las ramas que los protegían de las inclemencias del tiempo o se aparecían animales de formas horrorosas. Sin embargo, todas estas adversidades desaparecían ante el poder del Santo.

En este periodo, Pedro recibió el don de realizar milagros de manera extraordinaria. Renovó las provisiones agotadas en el monasterio en varias ocasiones, resucitó a un muerto y vinculaba cada limosna con una gracia especial de conversión para el receptor. También penetraba los pensamientos más secretos de quienes se acercaban a él y predijo varios acontecimientos que se cumplieron literalmente.

Aprobación de su orden

La fama de santidad de Pedro atrajo gradualmente a más religiosos, llevando a la creación de varias casas que fueron generosamente dotadas por amigos y bienhechores. En 1262, a petición del Fundador, Urbano IV incorporó a la Orden de San Benito los Hermanos del Espíritu Santo de Magela.

Años después, cuando se rumoreaba que el Concilio de Lyón podría suprimir todas las Órdenes de reciente fundación, Pedro, a pesar de su avanzada edad y achaques, decidió ir personalmente a defender su causa. Llegó a Lyón y defendió su Orden más con milagros que con palabras. El Papa Gregorio X, quien lo apreciaba mucho, quiso honrarlo asistiendo a su Misa, y durante el Santo Sacrificio, el manto que se despojó permaneció como suspendido de un rayo de luz que atravesaba una vidriera.

Pedro, embarazado por la riqueza de los ornamentos preparados para su Misa, añoró la pobreza y sencillez de su vida solitaria. En un prodigio, los ángeles trajeron los humildes ornamentos por los aires, permitiéndole celebrar ante la asombrada concurrencia. Al día siguiente, el 22 de marzo de 1274, Gregorio X emitió la Bula de confirmación de la Orden, indicando que ya en esa época poseía dieciséis monasterios. Después de lograr su propósito, Pedro regresó a Magela lleno de alegría, y aquellos que se habían apoderado de sus bienes durante el Concilio se los devolvieron a su regreso, con la excepción del obispo de Chieti, quien corrigió su error después de una enfermedad que puso en peligro su vida.

La Orden creció incesantemente. En 1276, el monasterio de Faifola, donde Pedro Murón renunció al mundo, le fue ofrecido. Después de consolidar la fundación, regresó a Magela en 1281, pero la gran afluencia de peregrinos lo llevó a refugiarse en el monasterio de San Bartolomé de Loggio, donde convirtió agua en vino para la Misa. Después de unos años, se retiró a Oriente hasta 1292, cuando regresó al monte Murón y vivió en la gruta dedicada a San Onofre.

Breve pontificado | Su abdicación

Después de más de dos años de vacancia papal debido a las discusiones entre los cardenales, Pedro recibió un mandato divino para escribirles y reprocharles su proceder. Al leer la carta, una inspiración sobrenatural los hizo ponerse de acuerdo y reconocer a Pedro como el Papa que el Señor ofrecía a su Iglesia. A pesar de no ser cardenal ni obispo, fue elegido por unanimidad el 5 de julio de 1294. Aceptó la elección a regañadientes y, por consejo del rey de Nápoles, recibió la consagración en Áquila.

La coronación de Celestino se llevó a cabo el 29 de agosto; adoptó el nombre de Celestino, de donde proviene la denominación «Celestinos» para los miembros de su Orden. Estableció su sede en Aquila y más tarde en Nápoles bajo la protección de Carlos II. Sin experiencia en los asuntos eclesiásticos y superado por la influencia de Benito Gaetani (Bonifacio VIII), Celestino se vio incapaz de gobernar la Iglesia. Ante la propuesta de una facción del Sacro Colegio de transferir el poder a los cardenales, Celestino, temiendo ofender a Dios y encontrando en su humildad un pretexto para renunciar, decidió presentar su dimisión.

Cuando la noticia de su renuncia se difundió, el pueblo napolitano suplicó a Celestino que abandonara ese plan, considerándolo perjudicial para la Iglesia. Titubeante, Celestino prometió buscar la voluntad de Dios. Después de un período de reflexión y retiro, convocó a un Consistorio secreto el 13 de diciembre de 1294, donde presentó una constitución que afirmaba que un Papa puede abdicar para cuidar mejor de la salvación de su alma.

Apareció San Celestino V majestuosa y solemnemente revestido con los ornamentos pontificales. Y después de haber prohibido a los Cardenales interrumpirle, leyó con sonora y potente voz el acta de su renuncia a la tiara:

«Yo , Celestino, movido por tan legítimas causas como son: la humildad, el deseo de vida más perfecta y el de no gravar mi conciencia, mi falta de ciencia y el anhelo de encontrar el descanso y consuelo de mi vida pasada, dejo voluntaria y libremente el papado, trasmitiendo desde este mismo instante al Sacro Colegio de Cardenales la facultad de elegir, pero única y exclusivamente por vía canónica, un pastor para la Iglesia universal.»

Inmediatamente, Celestino salió de la sala y regresó poco después vestido con su sencillo hábito de ermitaño. La abdicación generó controversias, pero Dios justificó a su siervo al día siguiente cuando Celestino V, al finalizar la misa, curó milagrosamente a un cojo solo con darle su bendición.

Apenas once días después, el 24 de diciembre de 1294, y tras un único día de Cónclave, Benito Gaetani fue elegido Papa en Castro Nuovo, cerca de Nápoles, adoptando el nombre de Bonifacio VIII.

Prisión y muerte

San Celestino V deseaba regresar a la soledad y le pidió al nuevo Papa, Bonifacio VIII, ese favor, pero este lo rechazó para evitar posibles problemas y cismas en la Iglesia. Temiendo esta posibilidad, San Celestino V huyó secretamente de noche y fue recibido con alegría en el monte Murón. Sin embargo, fue descubierto por emisarios del rey de Sicilia y llevado ante Bonifacio VIII en Anagni. Aunque lo trató con deferencia, Bonifacio VIII lo recluyó en el castillo de Fumona, cerca de Anagni, cambiando la rigidez de la guardia por la prisión (agosto de 1295).

San Celestino V fue relegado a una estrecha celda en el castillo de Fumona por orden de Bonifacio VIII. Solo le permitieron la compañía de dos de sus Hermanos para rezar el Oficio Divino. Después de cierto tiempo, San Juan Bautista se le apareció a Bonifacio VIII reprochándole su trato hacia el santo. Asustado, el Papa envió hombres de confianza para verificar el trato dado a San Celestino V. Encontraron al anciano celebrando una misa de Requiem en la festividad de San Juan Bautista, en éxtasis y elevado del suelo. San Celestino V, por revelación, consoló a los mensajeros y expresó respeto hacia Bonifacio VIII.

Después les explicó el porqué de la celebración de una misa de Requiem en día de tanta solemnidad. «Esta misma noche — les dijo— ha muerto uno de mis mejores amigos. Y Dios me lo ha dado a conocer al tiempo mismo que me anunciaba vuestra llegada. He celebrado tan de madrugada, para que aquella alma no estuviese detenida en el purgatorio».

Nueve meses hacía que vivía en Fumona el santo prisionero, cuando el Señor le reveló que estaba próxima la hora de su muerte. Esto fue para él motivo de redoblar el rigor de sus austeridades. Un domingo, al salir de celebrar la Santa Misa, se sintió completamente agotado. Le administraron los Santos Sacramentos y, una vez recibidos, entró en agonía.

Sus labios cárdenos murmuraron todavía las palabras de los salmos que con tanta frecuencia y fervor habían cantado al pie de los altares. Fueron sus últimas palabras estas que cierran los salmos de David: «Omnis spíritus laudet Dóminum : Todo espíritu alabe al Señor». Después entregó dulcemente su alma al Creador. Era el 6 de mayo de 1296. San Celestino V fue canonizado por Clemente V el 5 de mayo de 1313.

Oración a San Celestino V

Oh San Celestino V, tú que supiste renunciar a la gloria del mundo para abrazar la humildad de la cruz, intercede por nosotros ante el trono del Altísimo.

Enséñanos a vivir libres de la ambición y el orgullo, y a buscar, como tú, los bienes eternos antes que los efímeros.

Tú que fuiste elevado a la Silla de Pedro y supiste abandonarla por fidelidad a tu conciencia, ruega por la Iglesia, por sus pastores y por todos los que tienen autoridad,para que gobiernen con espíritu de servicio y rectitud.

Concede a nuestras almas el don de la paz interior, y haz que, por tu intercesión, podamos reconocer la voz de Dios en medio del ruido del mundo.

San Celestino V, ruega por nosotros. Amén.

Cordero de Dios

 

San Celestino V | Fuentes

El Santo de cada día por EDELVIVES.

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.