Oton bamsberg

2 de Julio: San Otón, obispo

Publicado el 2 de julio de 2020

Actualizado el 23 de abril de 2025

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San Otón, obispo, que evangelizó con gran celo al pueblo de los pomeranios. Luego de arduos trabajos, falleció en Bamberg a 30 de junio de 1139. Fue canonizado por Clemente III en 1189, celebrándose su fiesta el 2 de julio.


Día celebración:
Lugar de origen: Mistelbach de Franconia, Alemania.
Fecha de nacimiento: Año 1602.
Fecha de su muerte: Año 1139.
Santo Patrono de: Protector contra la fiebre y la rabia.


Contenido

– Introducción
– Obispo de Bamberg
– Voto de obediencia
– Apóstol de Pomerania
– Santa emulación entre dos ciudades
– Segunda misión: Muerte del santo
– Oración a San Otón


Introducción

San Otón de Mistelbach de Franconia nació alrededor del año 1062, en una familia noble pero económicamente desfavorecida. A pesar de la situación, dedicó su juventud al estudio de las letras humanas y destacó en sus conocimientos. Tras la muerte de sus padres, se trasladó a Polonia, donde estableció una escuela que atrajo a numerosos alumnos, ya que en ese momento la región carecía de maestros.

Su reputación creció rápidamente debido a su erudición, piedad y modales refinados. Ganó la confianza de los principales señores de Polonia, quienes lo consideraron amigo y le confiaron la resolución de complicadas disputas legales. Finalmente, el duque Boleslao II lo nombró capellán, y posteriormente, le encomendó la tarea de solicitar la mano de Judit, hermana de Enrique IV de Alemania, tras la muerte de su primera esposa.

Aunque la gestión matrimonial fue exitosa, San Otón quedó retenido en la corte del emperador, perdiendo así a un consejero sabio para el duque. Sin embargo, este regresó a su patria como una figura importante y respetada. Más tarde, el emperador lo designó canciller del imperio, desempeñando el cargo con celo y eficacia, lo que resultó en un periodo de prosperidad para los asuntos de palacio.

A pesar de la oferta del emperador de otorgarle un obispado, San Otón rechazó la dignidad. Su nobleza de corazón le impedía aceptar un cargo que consideraba obtenido mediante prácticas cuestionables. Entendía que la distribución de beneficios y obispados por parte del emperador constituía una usurpación a la Iglesia, y temía involucrarse en el pecado de simonía al aceptar la propuesta de su señor.

Obispo de Bamberg

En 1102, al quedar vacante el obispado de Bamberg, el emperador nuevamente instó a San Otón, su canciller, a aceptar la posición. A pesar de haber rechazado anteriormente tal honor, ahora lo aceptó para evitar que ocuparan la sede personas indignas. Aunque recibió el anillo y el báculo pastoral del emperador, San Otón se comprometió a permanecer fiel a la Iglesia y no aceptar la consagración episcopal hasta la ratificación del Sumo Pontífice. Acompañado por obispos, realizó un viaje en condiciones climáticas adversas hasta Bamberg, donde, al ver la torre de la catedral, se descalzó y continuó el viaje sobre hielo y nieve, rodeado de alegría por parte del clero y el pueblo. Al llegar, escribió al papa Pascual II informándole de la situación y solicitando su consejo, expresando su disposición a viajar a Roma si era la voluntad del Pontífice.

Por espacio de dos años, serví a Enrique, mi señor, logré ganar su amistad, pero dos veces he rechazado la investidura que me ofrecía, por juzgar yo que el emperador no es quién para otorgar la dignidad episcopal. Me instó a ello tercera vez y me nombró obispo de Bamberg, mas si yo supiera no ser del agrado de Vuestra Santidad el investirme y consagrarme, renunciaría al obispado. Por tanto, le suplico me dé a conocer cuál sea su voluntad en este negocio, para que al acudir yo a Vuestra Santidad no sea en balde.

Mucho se regocijó el Papa al leer la carta de San Otón, pues raras veces recibía tales muestras de adhesión y respeto de parte de los prelados alemanes. Al punto correspondió Su Santidad con otra en la que le decía:

Pascual, siervo de los siervos de Dios, a Otón, hermano amadísimo, obispo electo de la iglesia de Bamberg, salud y bendición apostólica. El hijo sabio llena de alegría el corazón de su padre. Tus obras y todas tus trazas dan a entender que eres varón prudentísimo. Nos juzgamos que es menester respetar y amparar tu promoción. No dudes de Nuestra benevolencia, ven cuanto antes a darnos con tu presencia cumplido gozo.

San Otón, ansioso por resolver su situación, fue recibido paternalmente por el Papa, lo que momentáneamente calmó sus inquietudes. A pesar de ello, se preparó rápidamente para viajar a Roma y abordar el preocupante asunto que le afectaba. Además de las razones expuestas en su carta, motivos personales le impulsaban a liberarse de su responsabilidad.

Acompañado por fieles de Bamberg, partió hacia Italia y se reunió con el Papa en Anagni. Relató la situación de su elección, entregó al Vicario de Cristo el báculo y el anillo del emperador, pidió humildemente perdón y confesó su propia indignidad para el episcopado. A pesar de solicitar al Papa que lo liberara de esta carga, el Pontífice, impresionado por su humildad, decidió encomendar el asunto al Espíritu Santo.

De regreso en casa, San Otón reflexionó sobre los desafíos de la época, los constantes peligros para los obispos y la resistencia de reyes y vasallos hacia la Iglesia. Temeroso de cualquier rastro de simonía en su elección, consideró renunciar a las vanas honras mundanas y retirarse en soledad hasta su muerte. Decidido a llevar a cabo su propósito, partió rápidamente hacia Alemania, pero en la primera etapa del viaje, los embajadores del Papa lo alcanzaron con órdenes explícitas de desandar el camino y regresar al Pontífice. Ante tal mandato, San Otón obedeció, regresó y fue consagrado obispo por el Papa el 17 de mayo de 1103, día de Pentecostés.

Voto de obediencia

De vuelta en Bamberg, el nuevo prelado comprendió la necesidad de colaboradores para ejercer una influencia duradera en su diócesis. Su primera medida fue favorecer activamente a las Órdenes religiosas, fundando y dotando alrededor de veinte monasterios en Alemania en pocos años, gracias a la generosidad de los fieles. A pesar de las críticas por la cantidad de monasterios, respondía diciendo: «Hermanos, nunca edificaremos demasiadas hospederías para los que se consideran extranjeros y desterrados en este mundo».

Mientras mostraba generosidad hacia los demás, llevaba una vida extremadamente austera y pobre. Vestía ropas remendadas como los pobres y adoptaba una dieta sobria, a menudo abandonando la comida casi por completo para que los necesitados pudieran beneficiarse de ella. Su estilo de vida ejemplar dejaba admirados a todos los que lo servían.

Un día de ayuno, le trajo el administrador un pescado hermoso, pero algo caro. «¿Cuánto ha costado? —le preguntó el obispo— . Dos monedas de plata — respondió el criado— . Pues no se dirá que el pobrecillo Otón se ha comido hoy él solo cosa tan cara. Tomó luego la fuente y añadió: «Lleva este manjar a Jesucristo. Ofréceselo en la persona de algún pobre enfermo o paralítico. Por lo que a mí hace, ya estoy bastante robusto; me bastará con un pedazo de pan».

Posteriormente, el Santo sufrió una prolongada enfermedad. Una vez recuperado, llamó al abad Wolfrán, su íntimo amigo, y le suplicó con fervor que aceptara su ingreso como monje en el monasterio. Expresó su firme decisión de renunciar a las insignias episcopales para vivir apartado de las preocupaciones mundanas, dedicándose a la pobreza, obediencia y mortificación. El abad elogió su noble propósito y, accediendo a sus deseos, recibió su voto de obediencia. Después de un tiempo, San Otón regresó para pedirle al abad que lo admitiera en el monasterio y le otorgara el hábito de monje.

No quería el abad Wolfrán privar a la Iglesia de Dios de un apóstol tan celoso como el santo obispo de Bamberg; recordaba quizá lo que hizo el abad de San Vanne cuando el emperador Enrique II le pidió que le admitiese entre los monjes.

— ¿Estáis dispuesto — preguntó al obispo— a observar fielmente el voto de obediencia por el que os habéis obligado conmigo?

— En el nombre del Hijo de Dios «que se hizo obediente por nosotroshasta la muerte», dispuesto estoy a observarlo —respondió San Otón.

De ser así repuso el abad— os mando, santísimo Padre, que prosigáis las buenas obras y santas ocupaciones que habéis emprendido para gloria de Dios. Creo que ésa es la divina voluntad.
San Otón se sometió humildemente. De allí adelante, el palacio episcopal de Bamberg fue para el Santo como un monasterio en el que vivió como humilde religioso y donde hallaban cariñosa acogida todos los pobres.

Apóstol de Pomerania

En la época en que Boleslao, duque de Polonia, conquistó Pomerania, buscó la ayuda del celoso obispo de Bamberg, San Otón, para convertir a los bárbaros e indisciplinados súbditos a la fe católica. San Otón aceptó con alegría la propuesta de evangelizar la provincia y, con la bendición del Papa, preparó rápidamente todo lo necesario para el viaje.

Consciente de la opulencia de Pomerania y la hostilidad hacia los pobres, San Otón decidió presentarse con gran aparato, llevando consigo virtuosos clérigos, misales, salterios, cálices, ornamentos sagrados y regalos para los líderes de la nación. Partió el 24 de abril de 1124, pasando por Bohemia y siendo hospedado por siete días en la capital polaca, Gnezno, por el duque Boleslao.

Después de seis días de difícil viaje a través de la selva, llegaron a las orillas del río Netze, donde el duque de Pomerania los recibió con quinientos soldados. San Otón se reunió con él, ofreciéndole regalos, incluyendo un bastón de marfil. La caravana piadosa continuó hacia Piritz, pero la ciudad estaba en celebración pagana, y los habitantes se mostraron renuentes a recibir al obispo.

Al amanecer del siguiente día, delegados del duque fueron a hablar con los principales señores de la ciudad para informarles de la llegada del obispo y exigirles que salieran a recibirlo de inmediato, ya que estaba a las puertas de la ciudad y cualquier demora sería mal vista por los duques de Pomerania y Polonia.

Los señores de Piritz se espantaron al oír que el obispo estaba tan cerca. Determinaron salir a recibirle, pues «no podemos —decían— resistir al Dios verdadero que sabe frustrar todos nuestrosplanes; bien comprendemos que nuestros ídolos no son dioses». Dieron parte a toda la ciudad de su determinación, y todos a una pidieron a gritos que viniese el obispo.

Los bárbaros, al recibir a San Otón y su comitiva, quedaron asombrados por sus nuevos huéspedes. Después de inspeccionar a fondo a las personas y sus pertenencias, los acomodaron de la mejor manera posible en la ciudad y los honraron con gestos de profundo aprecio. Mientras tanto, el obispo, ataviado con vestimenta pontifical, se elevó a una eminencia y dirigió palabras al pueblo a través de un intérprete, que ansiosamente deseaba escucharle.

— Bendígaos el Señor — les dijo— por la buena acogida que me habéis otorgado. No ignoráis por qué causa hemos venido a vosotros de tan lejanas tierras; sólo para traeros la dicha y la salvación; eternamente se­ réis felices si queréis conocer y servir a vuestro Criador.

Mientras hablaba al pueblo con increíble cercanía y sencillez, todos a una voz expresaron su deseo de conocer y adoptar la fe cristiana. Durante una semana, el Santo les impartió enseñanzas doctrinales, con la colaboración de otros sacerdotes y clérigos. Posteriormente, ordenó un ayuno de tres días, al término del cual los instruidos se vistieron de blanco en preparación para el bautismo, que él administraría poco después.

Santa emulación entre dos ciudades

En Vollín, ciudad comercial en la desembocadura del río Oder, San Otón no fue bien recibido, a pesar de alojarse en el palacio ducal. El pueblo, alborotado y furioso, protestó contra él. Aunque la paciencia del santo misionero impresionó a la gente, finalmente aceptaron abrazar la fe cristiana si los habitantes de Stettín se convertían primero, un acuerdo que San Otón aceptó con agrado.

San Otón se dirigió entonces a Stettín, pero los habitantes se negaron inicialmente debido a calumnias sobre los cristianos. Después de dos meses de resistencia, dos nobles se acercaron al obispo para ser instruidos en la fe. San Otón los acogió con ternura, los instruyó y, tras ocho días, los vistió de blanco como neófitos, entregándoles túnicas bordadas de oro, cinturones dorados y calzado llamativo.

Estos dos jóvenes, al regresar a casa, relataron las virtudes del misionero, inspirando a otros a seguir su ejemplo. La ciudad, inicialmente resistente, se convirtió rápidamente al cristianismo. El padre de los primeros convertidos, inicialmente enojado, acabó por reconciliarse y convertirse en apóstol de la fe.

En su regreso a Vollín, San Otón fue recibido con alegría y atenciones, reparando así las malas experiencias de su primera visita. Estos casos se repitieron, mostrando que la rectificación de aquellos influenciados por malos ejemplos contribuyó a la conversión de muchos. Tras casi un año, San Otón regresó a Bamberg, satisfecho con su labor.

Segunda misión: Muerte del santo

En 1128, con la bendición del papa Honorio II y el consentimiento del rey Lotario, San Otón partió de nuevo a Pomerania, donde la idolatría amenazaba las esperanzas de la misión. En Stettín, encontró a la población dividida, algunos fieles y otros volviendo al paganismo. Los sacerdotes paganos incitaron a los apóstatas a asaltar la casa del obispo, amenazándolo de muerte.

Ansioso de ser mártir, San Otón se vistió de pontifical, alzó la cruz y, entonando himnos y salmos, procesionó con su clero para enfrentar el combate. Al ver la valentía de los cristianos, los bárbaros se amansaron un poco. Sin embargo, cuando el sumo sacerdote pagano llegó para matar a San Otón, los apóstatas se prepararon para atacar al misionero. Un prodigioso milagro ocurrió: los brazos de los apóstatas se paralizaron de repente, quedando rígidos.

Movido por compasión, San Otón bendijo a los apóstatas, sanándolos. Impactados por el milagro, pidieron perdón y lloraron por sus errores pasados. San Otón continuó a Vollín, donde los habitantes recibieron humildemente sus enseñanzas. Dejó sacerdotes en Pomerania y regresó a Bamberg, donde falleció el 30 de junio de 1139. Clemente III lo canonizó en 1189, y su fiesta se celebra el 2 de julio.

Oración a San Otón

Glorioso San Otón,
fiel obispo y celoso misionero del Evangelio,
tú que llevaste la luz de Cristo
a tierras lejanas y endurecidas,
intercede por nosotros ante el Señor,
para que nuestra fe no vacile,
y nuestro testimonio sea fecundo.

Tú que no temiste cruzar fronteras,
ni enfrentar rechazos por amor a Cristo,
enséñanos a ser audaces en la misión,
y generosos en la entrega.

Con tu vida construiste puentes de reconciliación,
entre pueblos, entre corazones,
entre el cielo y la tierra.
Haz que también nosotros,
en medio del ruido del mundo,
sepamos ser sembradores de paz,
portadores de la verdad
y testigos de la misericordia.

San Otón, defensor de la Iglesia,
siervo humilde del pueblo de Dios,
guíanos por el camino del bien,
y alcánzanos la gracia que humildemente pedimos
(si se desea, aquí se puede añadir una intención).

Por Jesucristo, el Buen Pastor,
que vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén.

San Otón, ruega por nosotros.

Cordero de Dios

San Otón | Fuentes

El Santo de cada día por EDELVIVES.

Colofón
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