Santos Marcelino y Pedro, presbítero, y exorcista, mártires, acerca de los cuales el papa san Dámaso cuenta que, durante la persecución bajo Diocleciano, condenados a muerte y conducidos al lugar del suplicio, fueron obligados a cavar su propia tumba y después degollados y enterrados ocultamente, para que no quedase rastro suyo, pero más tarde, una piadosa mujer llamada Lucila trasladó sus santos restos a Roma, en la vía Labicana, dándoles digna sepultura en el cementerio «ad Duas Lauros».
Día celebración: 2 de Junio.
Fecha de su muerte: 303.
Contenido
– Introducción
– Pedro promete curar a la hija de su carcelero
– Dialogo entre el carcelero y su esposa | Milagrosa aparición
– Muchedumbre de conversiones
– Liberación milagrosa | Muerte del carcelero
– Degollación de Pedro y Marcelino
– Inscripción Damasiana
– La catacumba y las dos iglesias de los Santos Marcelino y Pedro
– Las reliquias de los Santos Marcelino y Pedro
– Oración a los Santos Marcelino y Pedro
Introducción
Tras la promulgación del edicto de persecución general por parte de los emperadores Diocleciano y Galerio en el año 303, Maximiano Hércules, oficial asociado al imperio designado por Diocleciano en abril de 286, se apresuró a implementarlo en sus dominios de Occidente, centrándose especialmente en Italia.
En abril de 303, Maximiano Hércules llegó a Roma y convocó una asamblea del Senado en el Capitolio para el día 22 del mismo mes. Durante esta crucial reunión, el emperador presentó a los senadores un decreto destinado a ser ratificado por ellos, consolidando así las medidas de persecución en su territorio. La atmósfera en el Senado estaba cargada de tensión, anticipando la severidad de las decisiones que se avecinaban.
«El emperador permite al prefecto de la ciudad y a sus funcionarios detener a los cristianos doquiera sean hallados y obligarlos a sacrificar a los dioses inmortales.»
Al retirarse de la asamblea los senadores exclamaban repetidamente: «¡Victoria a ti! ¡Augusto! ¡Augusto! ¡Plegue a los dioses que vivas con ellos!» La multitud agolpada afuera acogió con estrepitosos aplausos tales aclamaciones.
Así quedó promulgado en Roma, por la autoridad del César de Occidente,el edicto que Galerio arrancara ya antes en Oriente de la debilidad de Dioeleciano. En esta persecución debían, entre millares, dar la vida por la fe los Santos Marcelino y Pedro, presbítero y exorcista, respectivamente.
Pedro promete curar a la hija de su carcelero
Las Actas del martirio de los Santos proporcionan una detallada crónica de los eventos que narraremos fielmente. Ambos siervos de Dios, tras ser encarcelados por la orden del juez Sereno, soportaron cadenas tan pesadas que limitaban su movimiento. La custodia de la cárcel fue encomendada a Artemio, cuya única hija, Paulina, era una doncella amada por él y afligida por el demonio. Ante las continuas lamentaciones de Artemio por esta desgracia, el exorcista Pedro aprovechó la oportunidad para dirigirse a él con la esperanza de lograr su conversión.
— Escucha, Artemio, mis consejos, y cree en Jesucristo, Hijo único del Dios vivo y libertador de todos los que creen en Él; si así lo haces sinceramente, pronto curará tu hija.
— De tus palabras deduzco que estás loco y desvarías — respondió Artemio — . Ese Cristo, que tú tienes por Dios, no te puede librar a ti de la cárcel y de mis manos, y ¿dices que, creyendo yo en Él, librará a mi hija del demonio que la atormenta y le dará salud?
— Poderoso es el Señor para librarme de estas cadenas y de toda clase de tormentos; pero no quiere privarme de la corona que me tiene reservada, permitiéndome amorosamente que termine mi carrera entre torturas temporales, acrecentando así mi gloria eterna.
— Si quieres — añadió Artemio en tono zumbón— que yo crea en tu Dios, redoblaré tus cadenas, te encerraré solo en lo más profundo de la cárcel y aumentaré la guardia; si con eso libra tu Dios a ti y a mi hija, creeré en Él. — Tu falta de fe — contestó Pedro sonriendo— será curada si cumples lo que acabas de decir.
— Prometo creer en tu Dios si te libra de las cadenas — dijo Artemio, aparentando seriedad.
— Ve, pues — añadió Pedro— , a aparejarme lugar en tu casa, porque en nombre de mi Señor Jesucristo iré a encontrarte en ella sin que nadie me acompañe y guíe, a pesar de todos los cerrojos y cadenas… Si entonces creyeres, será salva tu hija. Mas no te imagines que mi Dios obrará este prodigio para satisfacer tu caprichosa curiosidad, sino sólo para atestiguar la divinidad de mi Señor Jesucristo.
Meneaba Artemio la cabeza diciendo para sus adentros:
— No cabe duda que los tormentos que ha sufrido este hombre le hacen hablar con desatino.
Dialogo entre el carcelero y su esposa | Milagrosa aparición
Apenas llegado a casa, después de haber tomado las antedichas prevenciones, el carcelero refirió con donaire a su mujer, Cándida, cuanto había ocurrido en la prisión, y ella con más cordura le replicó:
— Me maravilla que llames insensato y desconfíes tan a la ligera de un hombre que, en tales condiciones, te promete la curación de nuestra hija. ¿Tardará mucho en cumplirlo?
— Ha dicho que vendrá hoy mismo.
— Pues, si lo hace como prometió, no cabrá después dudar de la divinidad del Cristo a quien adora.
— Pero ¿también tú estás loca? — dijo el carcelero— . Aun cuando los dioses bajasen del cielo serían incapaces de libertarle, y el mismo Júpiter en persona se sentiría impotente.
— Pues está claro que, si como tú dices, ni el mismo Júpiter puede librarle, tanto más habrá que glorificar al Dios de ese hombre, si realiza ese prodigio.
Al atardecer, mientras los esposos dialogaban frente a su hija y las primeras estrellas vespertinas comenzaban a brillar, Pedro se presentó de manera sorprendente ante ellos. Vestido de blanco y sosteniendo una cruz, dejó a Artemio y su esposa, Cándida, momentáneamente asombrados ante tan maravillosa aparición. La estupefacción alcanzó su punto máximo cuando descubrieron que su hija gozaba de buena salud. En ese momento, ambos se postraron a los pies del bienaventurado, exclamando:
— Verdaderamente no hay más que un solo Dios verdadero, y Jesucristo es el único Señor.
A vista de estos prodigios, todos los que estaban en casa de Artemio creyeron en Dios y fueron bautizados. Al propio tiempo, su hija Paulina se postró ante el siervo de Dios confesando al Señor, libre ya del demonio, que la dejó apenas vio la cruz, y huyó por los aires a la vez que gritaba furioso:
— La virtud de Cristo, ¡oh Pedro!, que está en ti, me ha atado y echado del cuerpo virginal de Paulina.
Muchedumbre de conversiones
Se supieron inmediatamente entre el vecindario la noticia de estos sucesos, y acudieron a casa de Artemio multitud de hombres y mujeres que clamaban a porfía:
— ¡Sólo Cristo es el Dios omnipotente!
Mientras tanto, se sucedían las curaciones de enfermos y las liberaciones de endemoniados. Dado que todos deseaban abrazar la fe cristiana, Pedro fue en busca del presbítero Marcelino y lo acompañó a la casa de Artemio. En ese mismo lugar, después de instruirlos en las verdades fundamentales de la fe, Pedro administró el bautismo. Artemio corrió hacia la cárcel para informar a los demás presos bajo su custodia:
— Los que quieran creer en Jesucristo dejen aquí sus cadenas y vengan conmigo a mi casa para abrazar la fe cristiana. Le siguieron alborozados todos los presos. La circunstancia de haber caído enfermo el juez Sereno, favoreció esta evasión colectiva y dio tiempo a que fueran bautizados por Marcelino y acudieran durante más de cuarenta días a las instrucciones que ambos ministros sagrados les daban para asegurarlos en la fe.
Pedro y Marcelino ante el juez
Apenas así que el juez recobró la salud, su primer cuidado fue enterarse de la situación de los presos. A este fin, envió a Artemio, por conducto de su alguacil, la orden de aprestarse por la noche para comparecer ante él con los encartados. Recibido el mensaje dijo el carcelero a sus reclusos:
—Los que tengan deseo del martirio dispónganse animosamente a la pelea; los demás pueden retirarse a donde les plazca.
A la madrugada del día siguiente se sentó Sereno en su tribunal y ordenó que introdujesen a los citados. El primero en presentarse fue Artemio, que habló al juez de esta manera:
— Señor, las prisiones están vacías, porque Pedro, el exorcista de los cristianos, a quien hicisteis azotar y encarcelar medio muerto, invocó a su Dios, rompió las cadenas de todos los presos y les abrió las puertas de la cárcel, ante cuyo milagro todos abrazaron la fe cristiana y recibieron el bautismo. Sólo el presbítero Marcelino y su exorcista Pedro están a vuestra disposición.
Arrebatado de ira al oír tales razones, Sereno ordenó le trajesen a Ios dos culpables y, cuando los tuvo en su presencia, les dijo:
— Si renunciaseis a vuestra religión os libraría de los crudelísimos tormentos que os preparan los verdugos; además he llegado a saber que habían sacado de la cárcel a ladrones y criminales.
— Un criminal sigue siéndolo — respondió Marcelino— mientras no cree en Jesucristo; pero al admitir la fe y purificarse de sus culpas, se hace hijo del soberano Dios.
Marcelino continuaba expresando discursos de similar tenor con gran serenidad y firmeza. Al ver el juez que no lograba seducirlo con halagos y promesas, ordenó que lo golpearan brutalmente en el rostro y el pecho. Los verdugos cumplieron esta orden hasta dejarlo prácticamente moribundo. Luego, dispuso que lo separaran de Pedro, lo devolvieran a la cárcel y lo encerraran en una estancia lúgubre y estrecha, cargado de cadenas. Allí, lo tendieron desnudo en el suelo cubierto de fragmentos de vidrio, negándole cualquier tipo de alimento o consuelo.
Y, volviéndose a Pedro, con rostro severo y turbado, le dijo:
— No pienses que he de volver a atormentarte en el potro y a quemarte los costados con hachas encendidas, sino que te mandaré atar mañana mismo a un palo para que seas despedazado y comido por las fieras.
A lo que Pedro replicó con cierta ironía:
— ¡Qué mal te cuadra tu nombre de «Sereno», pues estás tan anublado y tan lleno de tinieblas! Si así no fuera, en vez de haber mandado herir y encarcelar a Marcelino, le habrías suplicado rogase a Dios por ti, para que le librase de las penas eternas que te están aparejadas.
Embravecióse más el juez con estas palabras de Pedro, y mandó cargarlo de cadenas, volverle a la cárcel y meterle en apretado cepo.
Liberación milagrosa | Muerte del carcelero
No obstante, el Señor velaba sobre sus siervos, quienes padecían por su nombre en cárceles distintas. Les envió un ángel, que se presentó primero a Marcelino mientras oraba sobre los fragmentos de vidrio. Lo vistió con sus propias vestiduras y le habló:
— Sígueme.
Marcelino se puso en pie y el ángel lo guió hacia donde Pedro estaba encadenado, liberándolo de la misma manera. Posteriormente, los condujo a la casa donde se encontraban reunidos en oración todos los que se habían bautizado anteriormente. El ángel les indicó que permanecieran allí durante siete días con esos cristianos y los alentaran a presentarse ante el juez Sereno. Al día siguiente, los secuaces de Sereno fueron enviados a la cárcel en busca de Marcelino y Pedro, pero no los encontraron. Enfurecido, Sereno dirigió su ira contra Artemio, Cándida y Paulina, instándolos a sacrificar a los dioses. Sin embargo, su respuesta fue unánime:
— Nosotros confesamos al Señor Jesucristo y por nada del mundo nos mancharemos con ritos sacrílegos.
Viéndose aún defraudado Sereno, dispuso que los llevasen inmediatamente i enterrar vivos bajo un montón de escombros que había en la vía Aureliano. Avisados de ello, Marcelino y Pedro salieron al paso a los condenados para animarlos por última vez, ponderándoles la recompensa que les aguardaba. Y, como muchos cristianos acudieron también al encuentro de nuestros dos Santos, los satélites huyeron llenos de miedo.
Los cristianos más mozos corrieron a su alcance y amablemente los exhortaron a que abrazasen también la fe cristiana. Y , como se negaron a ello, el pueblo los retuvo hasta que el presbítero Marcelino hubo celebrado Misa en el sitio mismo en que habían de morir Artemio y los suyos. Acabado el Santo Sacrificio se retiró el pueblo. Entonces dijo Marcelino a los satélites:
— Bien veis que estaba en nuestras manos jugaros una mala partida, libertar a Artemio y a su esposa e hija, y escapamos luego, ya que Dios favorecía nuestra fuga, pero no hemos querido aprovechar tan oportuna ocasión. ¿Qué os parece?
Los secuaces, enfurecidos por los contratiempos, atacaron a Artemio, decapitándolo. Luego, arrojaron a Cándida y Paulina en una sima, cubriéndolas con piedras y escombros, dejando así sepultados sus sagrados cuerpos. Estos santos son registrados en el Martirologio el 6 de junio.
Acto seguido, los secuaces capturaron a Marcelino y Pedro, les ataron las manos y los sujetaron a un árbol. Mientras algunos permanecían para vigilarlos, los demás fueron a informar a Sereno.
Degollación de Pedro y Marcelino
Tras los trágicos eventos, el magistrado ordenó llevar a los dos mártires a un bosque llamado la Selva Negra, que desde entonces se conoció, en su memoria, como la Selva Blanca, para ser decapitados. Debido a que el lugar designado estaba cubierto de zarzas, los Santos Pedro y Marcelino se dedicaron a arrancarlas con sus propias manos para preparar el sitio del sacrificio. En este lugar, los gloriosos mártires se abrazaron y se dieron un beso de paz con singular devoción y ternura. Arrodillados en fervorosa oración, recibieron el golpe que les cortó la cabeza.
Posteriormente, el verdugo confesó públicamente que había presenciado cómo las almas de estos dichosos mártires abandonaban sus cuerpos, tomando la forma de vírgenes blancas vestidas con túnicas deslumbrantes, adornadas con oro y piedras preciosas. Ángeles las llevaron gozosas hacia los cielos. Este evento, según se cree, ocurrió el 2 de junio del año 303.
Conmovido por esta experiencia, el verdugo se convirtió, hizo penitencia por su pecado y murió santamente. En ese tiempo, vivían dos matronas cristianas, Lucila y Fermina, parientas del mártir San Tiburcio, posiblemente el mismo venerado el 11 de agosto. Su amor y veneración por él eran tan profundos que construyeron una vivienda cerca de su sepulcro para no alejarse de él.
Un día, San Tiburcio se les apareció acompañado de los Santos Marcelino y Pedro, indicándoles cómo sacar los cuerpos de los dos mártires de la «Selva Negra» y colocarlos bajo el suyo en la parte inferior de la cripta. Cumplieron puntualmente esta indicación, con la ayuda de dos acólitos de la Iglesia de Roma.
Inscripción Damasiana
El santo papa Dámaso I, tuvo siempre empeño particular en honrar a todos los mártires con el culto más distinguido, y, como sentía especial devoción en ejercitar en estos casos las dotes poéticas con que le había distinguido el Señor, compuso en verso, con ocasión del martirio de los Santos Pedro y Marcelino, según afirma el verdugo Doroteo, una inscripción para su tumba relatando las circunstancias de sus últimos combates y glorioso triunfo. He aquí, traducido al romance, un extracto de ella;
«Escuchad, Pedro y Marcelino, el relato de vuestro triunfo. Cuando yo, Dámaso, era todavía niño, me contó el verdugo que el perseguidor, furioso, habla ordenado fueseis decapitados entre las malezas para que no hubiera memoria de vuestra sepultura. Mas vosotros la preparasteis con vuestras propias manos. Después que hubisteis descansado por algún tiempo en una blanca tumba, manifestasteis a Lucila el deseo de que vuestros santos cuerpos fuesen enterrados aquí».
Tan conocidos llegaron a ser en Roma estos dos defensores de la fe, que sus nombres fueron inscritos entre los pocos mártires nombrados en el Canon de la Misa. Se prueba, además, la antigüedad de su culto por las oraciones propias que se leen en el Sacramentario del papa Gelasio.
La catacumba y las dos iglesias de los Santos Marcelino y Pedro
La cripta de los Santos Pedro y Marcelino, parte de la Catacumba ad dúos lauros, ubicada a una legua de la ciudad en la vía Labicana, fue descubierta por Stevenson durante investigaciones realizadas entre 1895 y 1897. El amplio recinto, decorado en estuco, permite la visita de numerosos visitantes. Cerca de la entrada, se encuentra una inscripción esculpida por un peregrino en honor a los Santos.
Las dos tumbas en este lugar resguardaron los cuerpos de los mártires hasta el siglo IX, ya que por respeto, nadie se atrevía a trasladarlos a un sepulcro más suntuoso. Se conformaron con decorarlas con pilastras y mármoles. Santa Elena, que tenía una quinta cercana, construyó una pequeña basílica sobre la Catacumba, donde ella misma fue enterrada en un magnífico sarcófago de pórfido, ahora en el museo del Vaticano.
Debido a las incursiones bárbaras, el santuario se deterioró, y en 1632, el papa Urbano VIII lo restauró y confió al Cabildo de San Juan de Letrán. Pío X realizó más mejoras y lo convirtió en iglesia parroquial en 1911.
Las reliquias de los Santos Marcelino y Pedro
Eginardo, secretario de Carlomagno y posteriormente monje benedictino, presunto autor de un extenso poema latino sobre la pasión de los Santos Marcelino y Pedro, logró obtener, en el año 828 del papa Gregorio IV, los cuerpos de los mártires. Los trasladó primero a Estrasburgo, luego a Michelenstad, y finalmente a Malinheim o Seligenstadt, en la diócesis de Maguncia. En este último lugar, en 829, fundó una abadía en honor a los dos mártires y se convirtió en su primer abad.
Eginardo donó algunas reliquias de los Santos a la abadía de San Saulve cerca de Valenciennes, a San Bavón de Gante y a San Servacio de Maestricht. Además, algunas reliquias se encuentran en Cremona, ciudad que los tomó como patronos.
Oración a los Santos Marcelino y Pedro
Señor, tú has hecho del glorioso testimonio de tus mártires san Marcelino y san Pedro nuestra protección y defensa; concédenos la gracia de seguir sus ejemplo y de vernos continuamente sostenidos por su intercesión. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

Santos Marcelino y Pedro | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.


