Santa Inés de Montepulciano vistió el hábito de las vírgenes a los nueve años, y a los dieciocho, en contra de su voluntad, fue elegida superiora de las monjas de Procene, fundando más tarde un monasterio, sometido a la disciplina de santo Domingo, donde dio muestras de una profunda humildad. Esta es su vida y sus milagros.
Día celebración: 20 de abril.
Lugar de origen: Momtepulciano, Italia.
Fecha de nacimiento: 28 de enero de 1268.
Fecha de su muerte: 20 de abril de 1317
Contenido
– Introducción
– Ángel de convento
– Virtudes de Santa Inés de Montepulciano
– Virtudes de Santa Inés de Montepulciano
– Enfermedad
– Gratitud de la Santa sus bienhechores
– Funda un convento de Dominicas
– Glorioso tránsito
– Oración a Santa Inés de Montepulciano
Introducción
Santa Inés de Montepulciano nació en 1274 en Gracciano Vecchio, cerca de Montepulciano, Toscana. Hija de padres nobles y virtuosos, su nacimiento estuvo rodeado de fenómenos celestiales: Al nacer la niña, se llenó de luz celestial el aposento donde se hallaba su madre. Parecía que los ángeles saludaban de esta manera a la enviada del Señor, y que Dios quería mostrar al mundo la vida santa a que destinaba aquella tierna criatura., indicando su destino espiritual. Desde la infancia, mostró una inclinación hacia lo divino, aprendiendo a rezar el Padrenuestro y el Avemaría y buscando lugares apartados para la oración.
El Espíritu Santo habitaba en el corazón puro de Inés, llenándola de gracia y amor por la pureza. A una edad temprana, su virtud ya causaba temor en el demonio, como se evidenció cuando, a los nueve años, fue atacada simbólicamente por cuervos cerca de una casa de pecado. A pesar del intento de intimidación, Inés permaneció indemne. Con el tiempo, transformó esa misma casa en un santuario de oración y santidad, demostrando su poderosa influencia espiritual desde una edad temprana.
Ángel de convento
Inés de Montepulciano buscó proteger su castidad y enfrentar las tentaciones del demonio, por lo que solicitó permiso a sus padres para unirse a un convento de monjas Saquinas en Montepulciano. Allí, permaneció durante quince años antes de unirse a la Orden de Santo Domingo. A pesar de su juventud, Inés mostró una profunda devoción y práctica de virtudes avanzadas para su edad, practicando austeridades como ayunos y vigilias, y mostrando una obediencia rigurosa.
Su pasión por la oración y la lectura de textos sagrados era notable, y su inclinación sobrenatural se intensificó con el tiempo. Inés mostró un fervor inigualable en su relación con Dios, dedicando sus momentos libres a la oración y a coloquios amorosos con Jesús. Su conexión espiritual era tan profunda que se dice que en ocasiones se elevaba durante la oración para acercarse al Santo Cristo y besar sus llagas. Admirada por sus compañeras por sus virtudes y dones sobrenaturales, Inés era conocida como «el ángel del convento».
Virtudes de Santa Inés de Montepulciano
Una noche, mientras oraba, se le apareció la Virgen María y le entregó tres hermosísimas y muy brillantes perlas, diciéndole:
— Hija, te encargo que edifiques una iglesia y un monasterio en mi honor, y es mi deseo que los dediques a la Santísima Trinidad, significada por estas tres perlas.
A los dieciocho años, los habitantes de Proceno, en el condado de Orvieto, decidieron construir un monasterio y buscaron a Santa Inés de Montepulciano para que dirigiera esta nueva fundación, impresionados por su virtud y santidad. Aunque joven, Inés aceptó el desafío y supervisó la construcción del convento, estableciendo luego una comunidad de monjas allí.
El Papa Nicolás IV, al conocer la admirable vida y sabiduría de Inés, le otorgó la dignidad abacial mediante un breve apostólico. Inés asumió esta responsabilidad con humildad y determinación. Bajo su liderazgo, el monasterio de Proceno floreció, convirtiéndose en un lugar paradisíaco gracias a la influencia de Inés, quien inspiró fervor y virtud en todos los que la rodeaban.
Virtudes de Santa Inés de Montepulciano
Los habitantes de Proceno celebraron la fundación del monasterio, pero Santa Inés de Montepulciano, a pesar de su juventud, se sintió abrumada por la responsabilidad de dirigir a otros. Aunque joven, asumió su rol con seriedad y dedicación, llevando una vida austera y penitente. Durante sus quince años en Proceno, durmió en el suelo y ayunó a pan y agua diariamente.
Aunque amaba la vida solitaria y contemplativa, Inés se entregó por completo a sus deberes como abadesa, aunque esto significara interrumpir su tiempo de oración. A pesar de las lágrimas derramadas al tener que dejar la oración, entendió que cumplir con sus responsabilidades era la voluntad de Dios.
Dios reconoció la devoción de Inés a través de varios milagros. Las monjas a menudo encontraban su manto cubierto de maná celestial después de sus oraciones, y en lugares donde había estado arrodillada, surgían violetas y otras flores fragantes, señales de la gracia divina que la rodeaba.
En una ocasión especial, la víspera de la Asunción, mientras Santa Inés de Montepulciano oraba, la Virgen María apareció ante ella con el Niño Jesús en brazos, rodeada de resplandores divinos. Inés, llena de alegría, solicitó sostener al Niño Jesús por un momento, a lo que la Virgen María consintió amorosamente. Durante ese tiempo, Inés experimentó una alegría celestial indescriptible. Al devolver al Niño Jesús, sintió una profunda tristeza al percibir que su vida parecía abandonarla junto con Él.
La visión incluía al Niño Jesús portando un Santo Cristo valioso alrededor de su cuello, que Inés conservó incluso después de que la visión desapareciera. Tras este encuentro, Santa Inés experimentó una mezcla de felicidad y tristeza, con su alma inundada de emociones divinas y terrenales.
Enfermedad
Como abadesa de Proceno, Santa Inés de Montepulciano tenía responsabilidades tanto espirituales como materiales para su comunidad. A pesar de la pobreza del monasterio, que a veces enfrentaba escasez de alimentos básicos como pan y aceite, Inés confiaba en la divina Providencia para proveer. En momentos de necesidad, sus oraciones eran respondidas con ayuda oportuna.
El arduo trabajo la llevó a enfermarse gravemente durante un tiempo, pero la Virgen María la confortó apareciéndosele en múltiples ocasiones. Los médicos aconsejaron que comiera carne, algo que Inés había prometido abstenerse de consumir durante toda su vida. Aunque se sintió desconsolada por esta recomendación médica, un milagro ocurrió: al hacer la señal de la cruz sobre un poco de carne, esta se transformó milagrosamente en dos peces. A raíz de este prodigio, los médicos permitieron a Inés continuar con su voto de abstinencia.
Gratitud de la Santa sus bienhechores
Santa Inés de Montepulciano mostraba profunda gratitud hacia los benefactores del monasterio, retribuyendo sus generosidades con oraciones y peticiones al Señor por la salvación de sus almas. Una noche, tuvo un sueño perturbador en el que fue transportada a un lugar infernal, lleno de tormento y lamento, similar al infierno.
En ese sueño, presenció a demonios preparando una silla de fuego para un benefactor del monasterio por quien ella había rezado fervientemente. Los demonios revelaron que este hombre llevaba treinta años confesándose de manera incorrecta y ocultando pecados graves. Al despertar, Inés, alarmada por la visión, convocó al hombre y le relató lo que había visto y oído. Conmovido por sus palabras, el hombre se arrepintió sinceramente de su vida pecaminosa y, poco después, falleció. Como una muestra de misericordia divina, Santa Inés fue testigo de cómo el alma de este hombre ascendió directamente al cielo, evitando el purgatorio.
Funda un convento de Dominicas
La reputación de Santa Inés de Montepulciano se extendió ampliamente, y los habitantes de Montepulciano deseaban su regreso. Fue en respuesta a este deseo que recibió visiones de San Agustín, San Francisco y Santo Domingo, quienes le indicaron fundar un convento en el lugar donde había experimentado una aparición demoníaca anteriormente.
Con determinación, Inés preparó todo para establecer el nuevo convento. Gracias al apoyo de la comunidad, pudo albergar a veinte monjas, inicialmente bajo la regla de San Agustín y posteriormente con las Constituciones de Santo Domingo. El lugar que antes estaba infestado por demonios se transformó en un espacio sagrado donde los ángeles frecuentemente acudían.
Inés cuidaba con esmero a sus monjas, protegiéndolas de peligros y guiándolas en su vida espiritual. En una ocasión, curó milagrosamente a una monja herida y también defendió a sus monjas de visiones demoníacas, utilizando su don de discernimiento espiritual.
Además, Santa Inés fue bendecida con dones especiales, como la capacidad de leer corazones y recibir visiones divinas. En un éxtasis, un ángel le administró la Sagrada Comunión, proporcionándole fuerza y consuelo. Aunque anhelaba visitar Tierra Santa, recibió consuelo al obtener reliquias importantes, como tierra impregnada con la sangre de Cristo y fragmentos de vestimenta de San Pedro y San Pablo, obtenidos milagrosamente durante una visita a Roma.
Glorioso tránsito
Un día, extenuada de cansancio, fue a descansar un rato en su aposento. Tuvo entonces una visión, en la que le pareció que un ángel la tomaba de la mano y la llevaba junto a un olivo del huerto y, presentándole una copa llena de bebida amarguísima, le decía:
—Bebe, santa esposa de Cristo; bebe en memoria y honra de Aquel que bebió por ti el cáliz de su Pasión.
A los pocos días enfermó de grave dolencia. Bebió con gran fervor el cáliz que el Señor le enviaba y mostró en medio de sus padecimientos inalterable paciencia. Los médicos le recetaron baños y ella obedeció, a pesar de que tenía muy poca confianza en los remedios humanos. Estando en el balneario, sanó a muchos enfermos e hizo brotar otra fuente, cuyas aguas obraron innumerables milagros; pero ella volvió a Montepulciano sin haber logrado alivio alguno.
El Señor le reveló por entonces el día y hora en que su alma, libre ya de los lazos de la carne, iría a gozar del sempiterno descanso. Con vivísimas ansias aguardó aquel feliz instante. Lamentábanse las monjas al ver que su santa Madre tenía tan grandes deseos de morir y dejarlas para siempre; pero Inés las consolaba con dulces y esperanzadoras palabras.
—Si me queréis de veras —les decía—, no me lloréis, porque la muerte no es para mí sino el paso de la tierra al cielo. ¿Acaso un amigo se aflige de la dicha de su amigo? Dejo ya este mundo, pero sólo corporalmente estaremos separadas; por la misericordia del Señor espero hallar en el cielo nueva morada y allí mi alma rogará mucho por vosotras.
Tan grande era el amor que tenía a sus hijas, que aun las escasas fuerzas y los últimos instantes de vida que le quedaban empleábalos en su provecho. Finalmente, estando en amorosos coloquios con el Señor, abrió los ojos para mirar al cielo y dio apaciblemente su alma a los santos ángeles para que la llevasen a la gloria. Sucedió su muerte a los 20 de abril del año de 1317.
En el instante en que murió Santa Inés de Montepulciano todos los niños y niñas de Montepulciano y de los alrededores se despertaron de improviso, como sacudidos en sus camas por una fuerza sobrenatural y, echándose en brazos de sus padres, decían a voz en grito:
—Sor Inés ha muerto y está ya en el cielo.
Con este portentoso prodigio se divulgó por toda la comarca la noticia de la muerte de tan admirable sierva del Señor. La misma Santa se apareció a muchas personas para anunciarles que subía a la feliz morada de los justos.
De su sagrado cadáver salió suavísima fragancia que llenó el ambiente del convento y de los alrededores. Las monjas mandaron traer de Génova lo necesario para embalsamar el cuerpo de su Madre y fundadora; pero el Señor manifestó con otro prodigio que no han menester de aromas materiales aquellos que Él ha ungido con el suavísimo bálsamo de su divina gracia. Porque del rostro y de las manos de la Santa Virgen empezó a manar un sudor muy fragante con tanta abundancia, que empapó todos sus vestidos; ese bálsamo celestial siguió manando por espacio de varios años y de él se llenaron algunos grandes vasos de cristal.
El papa Clemente VIII beatificó a la virgen, Santa Inés de Montepulciano, y Benedicto XIII la canonizó muy solemnemente en San Pedro de Roma a los 10 de diciembre del año 1726.
Oración a Santa Inés de Montepulciano
Tú, Señor,que concediste a Santa Inés de Montepulciano, el don de imitar con fidelidad a Cristo pobre y humilde,concédenos también a nosotros, por intercesión de esta santa, la gracia de que, viviendo fielmente nuestra vocación, tendamos hacia la perfección que nos propones en la persona de tu Hijo. Que vive y reina contigo. Por los siglos de los siglos.
Amén.

Santa Inés de Montepulciano | Fuentes
Santa Inés de Montepulciano | El Santo de cada día por EDELVIVES.