20 de Julio: San Jerónimo Emiliano


San Jerónimo Emiliano


Día celebración: 20 de Julio.
Lugar de origen: Venecia, Italia.
Fecha de nacimiento:  1481.
Fecha de su muerte: 8 de febrero de 1537.
Santo Patrono de: Huerfanos y niños abandonados.


Contenido

– Introducción
– Vida temprana
– Conversión
– Progresos en la virtud
– Padre de pobres y huérfanos
– Fundación de establecimientos benéficos
– Muerte
– Oración a San Jerónimo Emiliano


Introducción

El ilustre Santo, padre de los pobres, amparo y protector de los huérfanos, San Jerónimo Emiliano, nació en Venecia de la distinguida familia de los Emiliani, que había dado a la Iglesia varios ilustres prelados, y a la República veneciana procuradores de San Marcos, senadores y capitanes.

A su natural alegre ardoroso y viva inteligencia, unía la prudencia y gravedad propias de la edad madura. Con tan sobresalientes cualidades no es de maravillar que hiciera rápidos progresos en las ciencias y en las letras, máxime teniendo presente el solícito cuidado que para conservarlas y desenvolverlas ponía su familia.

Como su padre se hallaba continuamente ocupado en los negocios de la república y en el cumplimiento de los cargos principales de ella, la educación de Jerónimo quedó casi enteramente al cuidado de su madre, doña Eleonora Morosini, dama de mucha piedad, que infiltró en el corazón del niño las máximas de religión cristiana y le acostumbró desde muy temprano a los ejercicios de devoción y virtudes propias de su clase y de su edad. Como habremos de comprobar a lo largo de su historia, aquel solícito y piadoso cariño materno fue el germen fecundo de una gran santidad.

Vida temprana

Las conquistas realizadas por Carlos VIII de Francia en tierras de Italia a fines del siglo XV, inquietaron sobremanera a los venecianos, los cuales se aprestaron a la defensa de su territorio. Recabaron para ello el auxilio armado del papa Alejandro VI, del emperador Maximiliano I, del rey de España Fernando el Católico, del rey de Nápoles, del duque de Milán y del Marqués de Mantua.

Trabajo costó armonizar los intereses de cada uno de los países representados, pero, ante el común peligro, firmóse la coalición el 31 de marzo de 1495, para «mantener —dice el acta oficial— la paz en Italia, salvar la cristiandad, defender los derechos de la Iglesia y salvaguardar el honor del Imperio Romano».

El entusiasmo cundió por doquier y de todas partes acudían jóvenes a los campamentos para ejercitarse en el manejo de las armas. Jerónimo Emiliano, que acababa de perder a su padre, tenía a la sazón quince años, ávido de independencia y de gloria, sintiendo el ímpetu de la san­gre que le arrastraba a la defensa de su patria, dejó los estudios y se alistó en el ejército a pesar de las súplicas y lágrimas de su madre, que temía más los peligros que amenazaban el ama que el cuerpo de su hijo.

Inclinóse la victoria a favor de las armas de la Liga, y el poder de Venecia llegó a su apogeo. No cabe la menor duda de que Emiliano cumplió valerosamente en los varios encuentros y combates que tuvo con los enemigos , pero, desgraciadamente, los temores de su virtuosa madre se iban realizando. En medio del estrépito de las armas y de la licencia de los campamentos, contrajo Jerónimo toda suerte de vicios.

El de la ira avasalló de tal modo su espíritu, que, a veces, traspasando los límites de la razón llegaba a los extremos del furor; y tan profundamente arraigó en él, que fue el que más le costó extirpar después de su conversión. Sus mis­mas dotes naturales eran un peligro para su virtud: amable, agraciado y noble, no faltaron compañeros que procuraron granjearse su amistad; y como quiera que Jerónimo no cuidase ni poco ni mucho de seleccionarlos, pronto las malas compañías le arrastraron a espantosa corrupción.

En tan deplorable estado perseveró Jerónimo hasta la edad de 30 años, en cuyo tiempo quiso la Divina Bondad mirarle con ojos de misericordia y convertir en vaso de elección al que hasta entonces lo había sido de ignominia; y como quiera que para realizar sus planes, se sirve Dios de todas las circunstancias, valióse de su desmedida ambición para frenar los desórdenes del pobre soldado veneciano.

Conversión

Quiso el Senado de Venecia tenía la loable costumbre de otorgar los principales cargos de la República, no a los más ricos y ambiciosos, sino a los más virtuosos. Jerónimo, ávido de honores, entendió que no podía medrar si no cambiaba de vida. En 1508 los venecianos se levantaron en armas contra la Liga de Cambray, que el 10 de diciembre formaran el papa Julio II, Luis XII de Francia, Maximiliano de Alemania y Fernando el Católico rey de España.

Confiésele a Emiliano la defensa de Castelnuovo, cerca de Treviso, seriamente amenazada por el enemigo. Tomó po­sesión del mando de la plaza en circunstancias verdaderamente críticas, pues el gobernador, presa de pánico, había huido cobardemente al primer ataque de los imperiales. Sin perder tiempo mandó reparar las brechas ya abiertas en la muralla, mientras rechazaba enérgicamente los furiosos asaltos de los sitiadores.

Quisieron éstos intimidar el ánimo esforzado de Jerónimo, y amenazáronle con graves peligros si no rendía la plaza. Lejos de amilanarse, contestó a los emisarios: « Decid al emperador que puede poner a prueba el valor de nuestro pecho cuando guste, y lanzar contra nosotros toda suerte de metralla, pero que le conste que jamás nos verá huir».

Siguieron las hostilidades, y, no obstante la heroica defensa de los venecianos, fue tomada por asalto la ciudadela, Jerónimo Emiliano quedó prisionero de guerra, y, según el uso de aquellos tiempos, fue tratado con increíble rigor. Cargáronle de cadenas, y aherrojado con esposas y grillos y una argolla al cuello, lo metieron en lo más profundo de un torre. En este lastimoso estado habló eficazmente el Señor al corazón de Jerónimo.

Las interminables horas de cárcel le hacían acordarse de las sublimes lecciones de piedad y virtud que en la infancia recibiera de su cristiana madre, y de los consejos y buenos ejemplos de sus hermanos, y con el recuerdo de aquellos tiempos felices que para él ya habían pasado, enternecíase aquel pecho que jamás tembló en el fragor del combate.

To­cado de la gracia, entró dentro sí mismo y vio claramente los desórdenes de su vida pasad a, humillóse ante el Señor, reconoció su divina justicia y besó amorosamente la mano de la Providencia que de aquel modo le trataba. Al mismo tiempo, con incesantes lágrimas y suspiros, rogaba al Padre de las misericordias se apiadase de él, le perdonase sus muchos pecados y le librara de la condenación eterna que le amenazaba.

A fin de obtener con más seguridad lo que pedía, acudió Jerónimo a la que es Refugio de pecadores y Consuelo de afligidos. Recordó que en su infancia había sido consagrado por su madre a la Reina de los Ángeles, y que en otros tiempos había visitado el santuario de Nuestra Señora de Treviso, y con el fervor de quien se ve al borde del sepulcro, cayó de hinojos, la invocó devotamente, confióle el estado y negocio de su alma, e hizo el voto de ir a pie y descalzo a visitar su imagen en dicho santuario, encargar la celebración de una misa y publicar sus favores luego que escapase de aquel peligro en que por sus males se hallaba.

Pronto experimentó Jerónimo los efectos de la confianza en María. Porque apenas hubo formulado la promesa, una luz sobrenatural iluminó el oscuro calabozo, se le apareció la soberana Señora, llamóle por su nombre y después de entregarle las llaves de la prisión, soltó los grillos, esposas y cadenas que le sujetaban, y ordenóle salir de aquella mazmorra para dar cumplimiento a su voto. Ella misma le sirvió de guía y acompañó sano y salvo por entre las huestes enemigas hasta las puertas de Treviso.

Entró solo en la ciudad, encaminóse directamente al templo, y allí, postrándose ante el altar de la Virgen María, más con lágrimas y sollozos que con palabras, dio las más rendidas gracias a su celestial Bienhechora por tan gran merced. Acto seguido, dejó sobre el altar las llaves de la prisión con las esposas, grillos y argollas, para que fuesen perpetuos testigos del beneficio recibido.

Luego pregonó ampliamente el estupendo su­ ceso y lo hizo registrar en documento público ante notario, y aun encargó a un pintor varios cuadros con las diversas escenas de su maravillosa li­beración.

Progresos en la virtud

Quiso el Senado recompensar el valor y generosidad del que había sabido mostrarse tan valiente soldado, y, al efecto, nombróle «podestá» de Castelnuovo, cargo que ejerció poco tiempo, pues se trasladó pronto a Venecia para tomar sobre sí la tutela de los hijos que en tierna edad dejaba su hermano mayor al morir, y la administración de los bienes que les dejaba la herencia.

Al mismo tiempo trabajaba calladamente y sin desmayo en la corrección de los propios defectos, y escuchaba la divina palabra con gran asiduidad y gozo de su alma. Postrábase con frecuencia ante un Crucifijo, y al contemplarlo exclamaba enternecido «¡Oh Jesús, no seas Juez mío, sino Salvador!» Otras veces se le oía repetir con San Agustín: «¡Señor, sé para mí verdaderamente Jesús! ¡Sólo Tú puedes ser mi Salvador!»

No paró ahí la devoción de Emiliano, entendiendo que en los combates del alma, como en los materiales, el soldado necesita la dirección de un experto jefe, buscó un director de conciencia y encontróle a medida de sus deseos en un piadosísimo y docto canónigo regular de Letrán.

Hecha confesión general de su vida, ya no pensó sino en vivir y sacrificarse por Jesús. A este fin, empezó por cerrar el paso a la ambición con la renuncia de los oficios públicos y cargos de la República, combatió la soberbia y la vanidad entregándose a obras humildes, huyendo de las ala­banzas y aceptando sin quejas toda clase de humillaciones.

Su liberalidad, siempre generosa, no se ciñó a socorrer únicamente a los pobres de los hospitales, sino que con solicitud verdaderamente apostólica, preveía los peligros morales que amenazaban la virtud de las jóvenes, y para evitar tamaña desventura, dotábalas y asegurábales airoso porvenir. Poco a poco fue venciendo sus pasiones hasta el extremo de reducirlas a esclavitud. Logró dominar perfectamente la ira, que tanto le había enseñoreado, y llegó a ser el hombre más humilde y pacífico del mundo.

Padre de pobres y huérfanos

El hambre que en 1528 afligió a toda Italia, presentó a San Jerónimo Emiliano ocasión muy oportuna de ejercitar su generosa caridad con los pobres; porque, aunque en Venecia se sintió al principio menos que en otras partes gracias a las copiosas provisiones con que se previniera el Senado, por la abundancia de pobres que se llegaron a aquella ciudad, sobrevino pronto la escasez. Con lo cual, agotados los recursos y los medios de proveerse, llenáronse las plazas y calles de gente tan necesitadas de humano socorro, que la muerte se cernía amenazadora sobre el pueblo.

Estremecióse el piadoso corazón de Jerónimo a la vista de aquel lastimoso espectáculo, y considerando en aquellos infelices la persona de Jesucristo, resolvió emplear todos sus bienes para aliviarlos. A tal fin, vendió tapices, muebles preciosos, plata y cuanto poseía. No reservaba nada para sí mientras hubiera a su alrededor un necesitado que socorrer; y aun solicitó el concurso de sus conciudadanos ricos, los cuales, movidos por su ejemplo, contribuyeron gustosos al sustento de los pobres. Pudo así auxiliar a los enfermos y moribundos, a los que visitaba con extremada solicitud, sin que pareciera agotarse su energía.

Durante la noche, enterraba los muertos, cuyos cadáveres llevaba sobre sus hombros al cementerio. Fueron tantas las fatigas y las incomodidades que padeció en esta obra de caridad, que al fin cayó enfermo asaltado de una fiebre ardiente, contagiosa, que en pocos días le puso a los últimos términos de su vida. Pidió al Señor la salud, no para gozar de ella, sino para satisfacer por sus
pecados y trabajar en la salvación de las almas. Curó y, conforme a sus propósitos, dedicóse con nuevos bríos al desempeño de su caritativa misión.

Tantas virtudes atrajeron hacia Jerónimo a otras almas generosas, y señaladamente a San Cayetano y a Juan Pedro Caraffa —que fue más tarde de Papa con el nombre de Paulo IV—, los cuales le ayudaron con sus con­ sejos y protección personal. Las guerras, la carestía y el contagio habían hecho multitud de víctimas en la población, los huérfanos, numerosísimos, hallábanse reducidos a la mendicidad, sin socorro de ningún género y, lo que es peor, expuestos a todos los peligros de la corrupción.

Compadecido Jerónimo Emiliano de las miserias espirituales y temporales de tantos niños, determinó recogerlos y juntarlos en una casa que compró para este fin cerca de la iglesia de San Roque, allí ejercitaba con ellos los oficios de padre y de maestro; dióles profesores que les enseñaran a leer y escribir, y él mismo se empleaba todos los días en esa misión. Quería que aprendiesen algún oficio según la condición y disposiciones de cada uno; a más de esto, alimentábalos y vestíalos; acudía para ello a la piedad y caridad de las personas ricas y hacendadas, a fin de que con sus limosnas ayudasen a sostener tan santa y provechosa obra.

Si solícito andaba en procurar el bienestar material, más cuidaba todavía de las almas, acompañábalos todas las mañanas a oír misa, ejercitábalos en la oración y estableció entre ellos la confesión mensual. Consagrados a la Reina de los cielos, los días festivos recorrían las calles y plazas de Venecia vestidos de blanco, cantando las glorias de su Soberana la Virgen María, y atra­yéndose las simpatías del pueblo que, como arrastrado por una fuerza invisible, acudía cabe aquellos niños para cantar con ellos las letanías lauretanas y el santo Rosario.

Fundación de establecimientos benéficos

Considerando suficientemente arraigada la obra, de modo que podía subsistir sin su personal asistencia, alejóse Jerónimo de sus queridos huerfanitos para recorrer otras ciudades del dominio veneciano, en la que el ham bre y la peste se habían cebado de manera extraordinaria. Faltos de humano socorro, perecían a diario numerosos jóvenes y an­cianos, y a remediar aquel m al acudió el hombre de Dios. Agradecido el Senado por tan desinteresada virtud, ofrecióle la dirección del hospicio de incurables, misión que Jerónimo aceptó por las reiteradas instancias de sus amigos y confiando sólo en la Divina Providencia.

En sus apremiantes necesidades hacía rezar a los parvulitos; escogía cuatro menores de 8 años, y, de rodillas con ellos, impetraba los socorros que necesitaba.Promovió la misma obra, fuera ya del dominio veneciano, en Padua; y luego, en 1531, en Verona. Encaminóse después a Brescia; allí compró una casa y recogió en ella a cuantos huerfanitos pobres pudo encontrar, e iba a buscar para ellos, de casa en casa, el sustento que necesitaban.

San Jerónimo Emiliano que en el reloj de la Providencia había sonado la hora de realizar un proyecto que acariciaba desde tiempo atrás fundar una Congregación religiosa que cuidara de los pobres y de los huérfanos. Se le antojaba suficientemente manifiesta la voluntad divina, y, por otra parte, sus colaboradores instábanle para que les diera una regla común. El siervo de Dios no vaciló en emprender la nueva obra.

Pero no quiso que el brillo y aparato exterior acompañaran los orígenes de una empresa dedicada al servicio del menesteroso; y así, en vez de situar la casa matriz en una ciudad importante, comenzó su empresa en un lugar retirado entre Bérgamo y Milán, llamado Som asca; precisamente de aquí les viene a sus religiosos el nombre de Somascos dados a los clérigos regulares de su Congregación, llamados también «Clérigos regulares de San Máyolo», por la iglesia de este nombre, sita en Pavía, que les confió San Carlos Borromeo. El Santo redactó por sí mismo los puntos esenciales de la regla, tomando por modelo la de San Agustín.

De tiempo en tiempo diseminaba el santo Fundador a sus religiosos para que recorriesen los poblados vecinos y evangelizasen a las gentes, consolasen a los afligidos, socorriesen a los pobres, recogiesen a los huérfanos y, sobre todo, para que instruyesen a los niños, a fin de descubrir vocaciones eclesiásticas. E n aquellas catequesis reclutaban postulantes para su Congregación. En seis años estableció doce casas y reunió trescien­tos religiosos.

Muerte

En los postreros años de su vida, dedicóse Jerónimo Emiliano a conso­lidar su obra, particularmente en Como, Milán y Pavía. Visitaba a pie todas las residencias, y no tomaba otro alimento que pan y agua. Previendo ya la proximidad del término de su vida, volvió a Somasca para recoger y examinar detenidamente su conciencia. Construyóse una celda sin admitir ayuda de nadie, y en ella pasaba largas horas en fervientes plegarias y austeras penitencias. Como le invitara el cardenal Caraffa a trasladarse a Roma, contestó el Santo: «El padre Caraffa me invita a ir a Roma, Dios me invita al cielo; prefiero acudir al llamamiento de Dios».

Preparó su salida de este mundo con gran solicitud, y repetía con ex­traordinario fervor las palabras de San Pablo: «Quiero la muerte para vivir con Cristo». Reunió a sus discípulos; animólos a seguir sin desmayo la obra emprendida y dioles saludables consejos. Pidió, luego le adminis­traran los Sacramentos de la Iglesia, que recibió con gran devoción. Acaeció su bendita muerte el 8 de febrero de 1537, a medianoche, teniendo las manos juntas, los ojos fijos en el cielo y conservando plena lucidez hasta el fin.

Los santos nombres de Jesús y María sellaron sus labios. Fue inscrito en el Catálogo de los Santos en 1767, por Clemente XIII, que fijó su fiesta en el 20 de julio. El 14 de marzo de 1928, Pío XI proclamó a nuestro Santo, patrono universal de los niños huérfanos y abandonados.

Oración a San Jerónimo Emiliano

Bendito san Jerónimo Emiliani
que pasaste por la tierra haciendo el bien;
caritativo padre de los más necesitados,
noble y entregado servidor de los pobres,
que con dedicación consagraste tu vida a los demás,
y pusiste todas tus fuerzas y energías
en consolar y ayudar a los que sufrían carencias;
que con amor socorriste a los humildes,
a los niños desamparados,
a las viudas y a los enfermos,
para tratar de conseguir tu propia santificación
y la salvación de las almas y cuerpos de los afligidos,
y por ello Dios premió tu oración, tu sacrificio,
tu compasión, tu desprendimiento y generosidad
permitiéndote obrar frecuentes prodigios y milagros.

¡Oh prodigiosísimo San Jerónimo!,
conociendo cuan agradable eres ante Dios,
y por los múltiples favores y milagros
que por medio tuyo
se ha dignado otorgar a tus devotos,
acudo a ti para solicitar tu ayuda,
no desprecies mis humildes súplicas
y llévalas ante el trono del Altísimo,
pues, aunque me encuentro triste y afligido
y las dificultades me agobian
confío plenamente en el Amor,
la Bondad y Misericordia de nuestro Padre celestial.

¡Oh santo de los pobres y afligidos!
glorioso san Jerónimo,
ahora que gozas de la dicha eterna
dame tu auxilio, amparo y protección,
alivia mis angustias y necesidades
sobre todo mis estrecheces económicas
que ahora tanto me preocupan y abaten:

(hacer la petición),

te pido que por tu santa y poderosa intercesión,
y con la gracia de Dios Misericordioso,
sea escuchada mi oración
y mi petición sea despachada favorablemente.

¡Oh, san Jerónimo, santo de los milagros!,
alivia la congoja de mi corazón,
y haz que yo viva aquí
como verdadero amante de nuestro Señor,
para poder gozar de Él, junto a ti, en el Cielo.

Amén.

San Jerónimo Emiliano | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.