San sinforiano

22 de agosto: San Sinforiano

Publicado el 22 de agosto de 2021

Actualizado el 19 de abril de 2025

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En Autun, en la Galia Lugdubense, san Sinforiano, mártir, al que, mientras era llevado al suplicio, desde la muralla de la ciudad su madre exhortaba con estas palabras: «Hijo, hijo, Sinforiano, pon tu pensamiento en Dios vivo. Hoy no se te quita la vida, sino que se te cambia por una mejor».


Día celebración: 22 de agosto.
Lugar de origen: Autun, Francia.
Fecha de su muerte: 22 de agosto de 180.
Santo Patrono de: Autún.


Contenido

– Introducción
– Patria y Familia de San Sinforiano
– Fiesta pagana en Autún
– En el tribunal del procónsul
– Azotan al santo
– Una madre Cristiana en el martirio de su hijo
– Culto y reliquias
– Oración a San Sinforiano


Introducción

Las Actas de San Sinforiano son valiosos documentos que proporcionan detalles de su vida. Historiadores como Gregorio Turonense en el siglo VI y monseñor Duchesne han reconocido su autenticidad. Aunque algunas partes de estas Actas, agregadas posteriormente, contienen elementos legendarios, pueden ser fácilmente identificados y eliminados. Por ejemplo, la mención de un edicto ficticio de Marco Aurelio o una disertación contra los dioses paganos son anacronismos que sugieren una fecha posterior a la vida del Santo. Sin embargo, la devoción de los habitantes de Autún a la diosa Cibeles, que llevó al martirio de San Sinforiano, parece ser histórica, ya que Marco Aurelio era venerado en todo el mundo romano en el siglo II y su culto persistió en Autún hasta el siglo V.

Patria y Familia de San Sinforiano

La familia de San Sinforiano, destacada en Autún por su linaje, riqueza y posición, encontró una mayor felicidad al abrazar la fe cristiana gracias a la hospitalidad brindada a los misioneros Benigno, Andoquio y Tirso. Bajo el reinado de Marco Aurelio, durante una cruel persecución contra los cristianos en la región, Sinforiano, aún joven, destacaba por su virtud y erudición, convirtiéndose en un orgullo para la ciudad de Autún. Su pureza y sabiduría, que maravillaban a muchos, se atribuían a su devota educación y a la influencia de los textos sagrados que su madre le enseñaba diariamente. Esta formación fortaleció su amor por Dios y lo preparó para enfrentar las pruebas y tentaciones que encontraría, incluso el martirio.

Fiesta pagana en Autún

Autún, una ciudad antigua y orgullosa de su linaje, estaba sumida en supersticiones paganas, especialmente en la adoración a Cibeles, Apolo y Diana. Sin embargo, la fe cristiana comenzó a extenderse gradualmente entre sus habitantes, suplantando el culto a los ídolos. Durante la festividad de Cibeles, llamada Berecintia, un joven llamado Sinforiano desafió públicamente al ídolo, lo que provocó la furia de la multitud que lo atacó en represalia.

— Adora a la diosa Cibeles —vocearon todos a una.

— Al Dios vivo adoro yo, no a un ídolo mudo —respondió el mancebo.

— Éste debe ser cristiano —dijeron algunos.

Sin más, le detuvieron y le llevaron ante el tribunal de Heraclio, que era el juez especialmente enviado por el emperador a las Galias, con orden de perseguir a los cristianos. Sinforiano se había dejado maniatar y llevar sin decir palabra, confiado en Aquel que prometió particular amparo cuantos confesasen su santísimo nombre delante de los jueces. Los paganos, satisfechos, esperaban haber realizado buena caza.

En el tribunal del procónsul

Llevaron pues, al joven cristiano ante el procónsul Heraclio:

— Ya he dicho que soy cristiano. Adoro al Dios vivo que reina en el cielo. ¿O crees tú que voy a postrarme y adorar a un vano simulacro del demonio? Al contrario; manda que me traigan un martillo y romperé en mil pedazos la estatua de vuestra diosa madre.

Extrañó al juez la firmeza del esforzado joven y dijo a un oficial

—Este mozo, a su sacrilegio e impiedad junta la rebeldía. ¿Es por ventura ciudadano de Autún?

— Sí, señor —respondió el oficial— ; su familia es de las principales.

— Quizá por eso te muestras tan altivo — dijo a Sinforiano— . ¿Acaso ignoras cuál es la expresa y formal voluntad de nuestros augustos emperadores? Léase públicamente —ordenó— .

Un escribano leyó entonces aquellos decretos imperiales que mandaban perseguir con rigor, y aun atormentar con cruelísimos suplicios, sin atender a su categoría o dignidad, a quienes se llamasen cristianos y violasen las santísimas leyes del imperio referentes al culto.

Cuando el escribano acabó de leer, preguntó Heraclio a Sinforiano:

— ¿Qué te parece todo eso? ¿Crees que puedo dejar incumplido un mandato tan claro y terminante? Eres reo de dos delitos; no puedes negarlo: de sacrilegio, por no querer adorar a los dioses, y de incumpli­miento de la ley. Si te empeñas, pues, en desobedecer al edicto, me obligarás a dar un escarmiento ejemplar. Las leyes burladas y los dioses ofendidos, exigen tu sangre; pero aún tienes la posibilidad de rectificarte.

El valeroso mártir que, fortalecido con el auxilio divino, había escuchado sonriente aquella capciosa intimidación, respondió a las amenazas confesando la justicia y misericordia de Dios, Creador y Redentor

— Tenemos un Dios los cristianos, que es tan severo y riguroso cuando castiga el pecado, como bondadoso y liberal cuando premia el mérito. A quienes temen su omnipotencia les infunde vida, y por el contrario, castiga de muerte a quien se rebela contra su infinito poder. Mientras yo permanezca firme, declarando públicamente y sinceramente que sólo a Él adoro, seguro estoy de la eterna salvación, por más que se levante contra mí la furia del demonio y de vosotros sus secuaces.

Azotan al santo

Heraclio, ante la firmeza del santo mártir, ordenó su cruel azotamiento por los verdugos y luego lo encarceló, esperando doblegar su voluntad. Sin embargo, el mártir permaneció firme gracias a la gracia divina. A pesar de su debilitamiento físico, Heraclio intentó seducirlo con falsa compasión, sin éxito.

—Considera, Sinforiano —le dijo— , cuánto pierdes, y cuán sin razón te obstinas en no querer adorar a los dioses inmortales. Obedece, te prometo un cargo honrosísimo en los ejércitos del emperador. Además, tendrás derecho a esperar de su liberalidad premios proporcionados a tus servicios. Considera también el peligro a que te expones, si hoy mismo no doblas la rodilla ante la diosa Cibeles, y no rindes adoración a nuestros excelsos dioses Apolo y Diana. ¿Quieres que mande adornar con guirnaldas sus altares? Mira, créeme; ofrece incienso a nuestros dioses, y con sacrificios dignos de su inmensa majestad, procura que te sean propicios.

—Un juez como eres tú, depositario de la autoridad del príncipe y de los negocios públicos —respondió Sinforiano— no ha de andar perdiendo el tiempo en vanos y frívolos discursos. Si es peligroso no trabajar para adquirir cada día una nueva virtud, ¡cuánto más debe temer el dar de cabeza contra el escollo del vicio quien se aparta de la senda del bien!

Insistió el procónsul para ver si podía arrancar al valeroso joven palabras de apostasía, reiteró las halagadoras promesas, y le pintó con vivos colores las honras y dignidades que tendría en la corte. Ni poco ni mucho caso hizo Sinforiano de tales promesas, y respondió:

—Un juez se deshonra cuando, del poder que la justicia puso en su mano, usa él para armar trampas a la inocencia. Nuestras riquezas y honras, de Cristo las esperamos, y sabemos que el tiempo no podrá corromperlas. A vosotros, por el contrario, con las riquezas os tiene el demonio cogidos en sus redes: el ansia de bienes caducos está corroyén­doos el corazón con incesantes zozobras. Nuestros bienes no son de este mundo; a nosotros nada nos roba la adversidad. Muy falaces y pasa­jeras son, en cambio, vuestras alegrías; podrían muy bien ser comparadas a un trozo de hielo que se derrite con los primeros rayos del sol.

Vuestros placeres pasan veloces como el tiempo; sólo nuestro Dios puede galardonar con dicha y gloria infinitas. La más remota antigüedad no vio el principio de su eterna bienaventuranza, y la serie de los siglos infinitos nunca jamás verá su fin, pues no lo tiene.

Con este admirable discurso creció el enojo del procónsul.

—Abusas de mi paciencia, Sinforiano —gritó enfurecido y avergonzado con la derrota— ; harto sabes que nada me importan tus peroratas sobre la grandeza y majestad de no sé qué Jesucristo. Obedece, adora a la madre de los dioses o dictaré contra ti fallo de sentencia capital.

Se llenó el glorioso mártir de sobrenatural alegría cuando oyó aquella conminación, que le prometía la gloria del martirio, y respondió al tirano:

—Al Dios único y todopoderoso temo yo, y sólo a Él sirvo. Tú tienes poder sobre mi cuerpo, mas nada puedes contra mi alma. Sinforiano reprochó luego duramente a aquellos viejos romanos las abominables bacanales que solían tener en las fiestas paganas, y la vergüenza grande de adorar como a divinidades a unos hombres mortales cuya vida fue un tejido de escándalos, y cuyo culto, inspirado por el demonio, sólo se endereza a perder a los hombres, y a sembrar en sus corazones envidias, errores y toda clase de pecados.

El procónsul, inconmovible ante aquellas clarísimas y valientes razones, dictó sentencia de muerte contra el denodado joven.

—Declaramos —dijo— que Sinforiano es reo de crimen, por haberte negado a adorar a nuestros dioses, y haberse burlado de los sacros altares con sus impíos y sacrílegos discursos, ondenárnosle por esta razón a perecer degollado por el cuchillo vengador de dioses y leyes.

Una madre Cristiana en el martirio de su hijo

Augusta, madre del mártir, mostró una valentía digna de admiración al alentar a su hijo desde la muralla antes de su martirio. Con palabras llenas de fe, le recordó el valor de morir por su fe y lo alentó a enfrentar la muerte con alegría, confiando en la vida eterna. Su ejemplo refleja la fuerza de la fe sobrenatural que trasciende los lazos familiares. Empujado por esta fe y el amor de su madre, Sinforiano enfrentó valientemente su martirio el 22 de agosto, alrededor del año 180.

Culto y reliquias

San Sinforiano fue martirizado cerca de una fuente, y los cristianos enterraron su cuerpo en espera de tiempos más tranquilos para construir un monumento digno. En el siglo IV, los obispos San Simplicio de Autún y San Amador de Auxerre erigieron una capilla sobre su tumba. En el siglo V, San Eufronio fundó un monasterio y trasladó las reliquias del santo allí. En el siglo VII, San Leodegario trasladó nuevamente las reliquias al templo, colocándolas entre las de sus padres.

En 1467, el cardenal Rolín encontró tres sepulcros con una inscripción indicando que San Sinforiano descansaba en uno de ellos. Lamentablemente, durante el saqueo protestante en 1570, las reliquias fueron quemadas, pero algunos restos fueron salvados y venerados en la catedral. La fiesta de San Sinforiano siempre se celebró con solemnidad, atrayendo peregrinos y siendo honrado por muchos santos, como San Casiano, San Martín y San Germán de Auxerre. Numerosas abadías en Francia estaban dedicadas a él, y su culto era popular y venerado en multitud de parroquias.

Oración a San Sinforiano

¡Oh glorioso, San Sinforiano! Que diste tu vida entera a nuestro Padre Dios; mira a nuestro pueblo con ojos de misericordia; te pedimos la gracia de vivir y morir santamente; intercede por nosotros ante Dios, para que arrepentidos, retornemos gozosos a la casa paterna.

Has sido valiente con la fe que recibiste de tu familia; te pedimos que nos ayudes, ilumines y fortalezcas nuestros corazones para vencer las tentaciones, y sobre todo, nos obtengas el don de ser buenos discípulos misioneros de Cristo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Cordero de Dios

San Sinforiano | Fuentes

El Santo de cada día por EDELVIVES.

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.
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