Día celebración: 22 de Marzo.
Lugar de origen: Ancira.
Fecha de nacimiento: 336.
Fecha de su muerte: 362.
Contenido
– Introducción
– Persecución Arriana
– Juliano el apóstata y el renacimiento del paganismo
– Un procónsul confundido
– San Basilio afea la conducta de un apóstata
– Juliano el apóstata en Ancira
– San Basilio hace frente al emperador
– Sangrienta injuria inferida al emperador
– Último suplicio
– Oración a San Basilio de Ancira
Introducción
San Basilio de Ancira, un presbítero y mártir, destacó como intrépido defensor de la religión cristiana en la ciudad de Ancira, hoy conocida como Angora o Ankara. A diferencia de otro personaje contemporáneo llamado Basilio, obispo de Ancira, que lideraba a los semiarrianos y tenía doctrinas sospechosas, nuestro Santo se distinguió por su vida irreprochable y santísima. A pesar de las tensiones y defecciones causadas por la herejía a su alrededor, el valiente sacerdote se mantuvo fiel a sus deberes sacerdotales, dedicándose especialmente al ministerio de la predicación. Su palabra apostólica generaba abundantes y maravillosos frutos en la Iglesia de Ancira. A pesar de las adversidades y la hostilidad de sus opositores, San Basilio permaneció sereno y entregado a sus sagrados deberes con admirable calma.
Persecución Arriana
San Basilio de Ancira vivió en una época tumultuosa marcada por el arrianismo, una peligrosa herejía que causaba estragos. Unidos con otros cristianos comprometidos con la fe, enfrentaron valientemente a los propagadores de esta herejía, que lamentablemente eran numerosos y poderosos en Ancira.
En ese periodo, el emperador Constancio respaldó el arrianismo, condenando a San Atanasio en el sínodo arriano de Antioquía. En el año 342, continuando con la persecución, instaló al semiarriano Macedonio en Constantinopla, a pesar de una revuelta que resultó en la muerte de 3,150 personas, según Sócrates.
Bajo la protección de Constancio, los arrianos se sintieron dominantes en Oriente, y la persecución se dirigió contra los núcleos cristianos leales, resultando en derramamiento de sangre, destrucción de templos, confiscación de bienes y condenas al destierro o martirio para los seguidores de la causa católica.
Algunos arrianos moderados intentaron reconciliar a católicos y arrianos, proponiendo cambiar una sola letra en la palabra «omoousios». Sin embargo, al aceptar este cambio, los semiarrianos alteraron significativamente la doctrina, afirmando que Jesucristo es de una sustancia semejante a la de su Padre. Basilio reconoció el peligro de este compromiso y, con celo, denunció el semiarrianismo.
Considerado como el enemigo más temible, los arrianos prohibieron a Basilio celebrar asambleas donde enseñara la verdad en 360. Sin embargo, respaldado por los obispos de Palestina, ignoró la prohibición e insistió en combatir el error, incluso ante el emperador Constancio.
Juliano el apóstata y el renacimiento del paganismo
Constancio, un emperador hereje, sucedió a Juliano, conocido como el Apóstata. Con la llegada de Constancio al trono imperial, el paganismo, que se había sentido humillado bajo el gobierno cristiano de Constantino el Grande y sus hijos, experimentó un resurgimiento.
El emperador apóstata mostraba abiertamente su vergonzosa adoración al Sol y respaldaba las prácticas más degradantes del culto idolátrico. En ocasiones, se le vio vestido con los símbolos y vestimenta de un sacerdote, participando directamente en sacrificios y otras ceremonias, llegando a ridiculizarse ante los propios paganos, quienes consideraban su celo inapropiado y fuera de lugar.
Pocos días después de su llegada a Constantinopla, Constancio ordenó la reapertura de los templos paganos y la restauración del culto oficial a los falsos dioses. Incluso, para ser visto como un defensor y restaurador de la idolatría, se presentó como el más ferviente de los pontífices paganos. Mandó construir un templo en su palacio y consagró jardines a varias divinidades.
Inspirados por este ejemplo, los gobernadores provinciales se sintieron alentados y comenzaron a reconstruir templos, celebrar sacrificios y participar en procesiones y otras festividades del paganismo.
Un procónsul confundido
Tanto en la lucha contra la religión pagana como en los combates contra la herejía, San Basilio de Ancira fue hasta el fin el intrépido soldado de Cristo. Lejos de acobardarse el celo del heroico presbítero ante los sacrílegos atentados de los triunfantes paganos, se elevó y encendió sobremanera.
Recorría la ciudad en todas direcciones y exhortaba a los fieles a luchar generosamente por la santa causa de Dios y a no contaminarse con las abominaciones y ceremonias de los idólatras.
Ello bastó para encender la cólera de los enemigos. Cierto día, mientras imploraba el auxilio del cielo con gemidos de dolor -a vista de tantas iniquidades- y pedía a Nuestro Señor disipara a sus enemigos y aniquilara el imperio del demonio, un pagano llamado Macario que le oyó, lo denunció al procónsul Saturnino.
Pocas horas después, el acusado comparecía ante ese magistrado. «Señor — dijeron los delatores— , aquí tenéis al que derriba nuestros altares, excita públicamente a oponerse a la restauración de nuestros templos y desde ha mucho tiempo habla contra nuestro divino emperador y contra su religión».
La actitud de San Basilio de Ancira ante sus acusadores fue resuelta e independiente. La primera pregunta que le hizo el procónsul fue si consideraba y creía como verdadera la religión establecida por el príncipe?
— ¿La crees tú tal? —replicó el valeroso confesor de la fe— . ¿Es posible que tu juicio admita como dioses a estatuas mudas? Saturnino prolongó el interrogatorio, pero no pudo conseguir del acusado más que respuestas breves, firmes y humillantes para él.
— El emperador a quien tanto adulas y ensalzas como a divinidad — le dijo Basilio— es, como los demás, de barro y limo de la tierra, y ha de caer sin mucho tardar en manos del Rey Supremo, ante quien nada son los reyes terrenos. Ese mismo Dios omnipotente destruirá en breve la impiedad que has restaurado.
El procónsul, con halagadoras promesas al principio, con amenazas después, trató de conmover la constancia de San Basilio de Ancira. Desconcertado ante la inutilidad de sus tentativas y sintiéndose burlado por la resistencia de aquel débil sacerdote que despreciaba sus ofrecimientos, le condenó al tormento del potro; y, mientras el Santo sufría sus horrores, insultábale el procónsul diciendo:
— Aprende ahora lo que cuesta desobedecer al emperador. Otra vez te lo digo, obedece al príncipe y sacrifica a los dioses. Como rehusara, fue conducido a la cárcel. Entretanto, se informó al emperador de cuanto había sucedido.
San Basilio afea la conducta de un apóstata
Juliano, desde su residencia de Constantinopla, envió a Ancira dos oficiales de alta graduación de su palacio, Elpidio y Pegasio, ambos apóstatas como él, recientemente afiliados al paganismo para complacer a su soberano. Pegasio fue solo a la cárcel, espejando doblegar el ánimo de Basilio con seductoras promesas; pero éste ni se dignó siquiera responder a su saludo.
— ¿Cómo puedo saludar yo — exclamó— al que traicionó a su Dios y a su fe, al que en otro tiempo bebía ampliamente en el manantial de aguas vivas, que es Cristo, y ahora sacia su sed en los charcos de la iniquidad, al que en otro tiempo participaba de nuestros divinos misterios y ahora come en la mesa de Satanás; guía de las almas hacia la luz en otro tiempo, y hoy causa de su pérdida, caminando al frente de ellas hacia los tenebrosos abismos del error? ¡Desventurado!; ¿qué hiciste de los tesoros que te fueron impartidos? ¿Qué responderás al Señor en el día supremo de su visita?
Pegasio, confundido, no supo responder palabra. Volvióse avergonzado al procónsul y a su colega, a quienes contó su fracaso. Éstos, indignados, exigieron que en el acto compareciera ante ellos el preso; y Saturnino ordenó que así se hiciera inmediatamente.
Apenas lo tuvieron en su presencia, se le hizo extender nuevamente en el potro y fue sometido a mayores tormentos que la primera vez. Con la misma grandeza de alma que antes sobrellevólos el Santo, quien, cargado de cadenas, fue conducido de nuevo a la cárcel.
Juliano el apóstata en Ancira
Entretanto, Juliano partió de Constantinopla para dirigirse a Antioquía, donde pensaba prepararse a la guerra contra los persas. Eran los primeros días de junio del año 362.
La marcha fue en extremo lenta, debido a que en todas las poblaciones de cierta importancia en que habían sido reedificados los templos paganos,las gentes se presentaban al emperador para suplicarle que sacrificara a los dioses, sabiendo que con ello complacían al Apóstata. Los letrados de la localidad organizábanse en corporación para cumplimentar al príncipe, autor de numerosos escritos, cuya sabiduría ensalzaban exagerando la nota de la adulación.
Juliano complacíase en hallar ocasión de hacerse admirar por la elegancia de sus discursos, cuantas veces se le ponía en trances de responderles. Las distintas etapas del viaje fueron, pues, otras tantas escenas estudiadas, otras tantas arengas académicas, más largas, por cierto, de lo que hubiesen querido sus cortesanos, quienes tenían que escuchar las declamaciones aparatosas de su soberano siempre en pie, aunque fuera bajo un sol abrasador.
Pero la característica vanidad de Juliano encontraba en ello plena satisfacción, y había que complacerle. En vez de seguir la vía más directa para llegar a Antioquía, Juliano se apartaba de ella con visible satisfacción cuando calculaba que podría recibir nuevos homenajes. Así se explica su paso por Nicomedia y Pesinonte.
Al fin llegó a Ancira, donde salieron a su encuentro los sacerdotes paganos, llevando en andas el ídolo de Hécate: piadosa oficiosidad que les mereció grandes e inmediatas recompensas y la promesa de fiestas y juegos públicos para el día siguiente.
Juliano hizo la más amable acogida a aquella simpática población. Su tribunal quedaba abierto a todos y él escuchaba con la mayor benevolencia las quejas, reclamaciones y solicitudes de toda especie. Eran una mansedumbre y dulzura calculadas, que se alteraban hasta la grosería cuando se presentaba algún asunto relacionado con la religión cristiana.
San Basilio hace frente al emperador
En estas circunstancias le fue presentado San Basilio de Ancira, como delincuente sacerdote cristiano que perturbaba al país entero y que pocos días antes había sido encadenado por el procónsul.
Los dos oficiales apóstatas, heridos en lo más vivo de su amor propio por el fracaso antes dicho, no habían parado hasta provocar una audiencia del prisionero con el emperador.
Basilio compareció en actitud santamente altiva y con semblante impasible.
— ¿Quién eres tú —le preguntó Juliano— y cuál es tu nombre?
— ¿Que quién soy? Pues óyelo bien —dijo Basilio— . Ante todo me llamo «cristiano», y éste es un nombre gloriosísimo, ya que el nombre de Cristo es eterno y jamás podrá perecer. También me llamo Basilio, y con este nombre se me conoce entre los hombres. Pero conservando el primero tendré por recompensa la inmortalidad feliz.
Juliano, al ver la valentía y libertad con que se expresaba su interlocutor, sintióse gozoso, saboreando de antemano el feliz éxito que para él preveía en una interesante discusión que la ocasión le deparaba, para ser admirado por la aduladora asamblea que estaba en su derredor; y, afectando como primera medida sentimientos de compasión, dijo amablemente a Basilio:
— Te engañas, Basilio. Tú no ignoras que conozco bastante vuestros misterios. Pues bien, puedo asegurarte que aquél en quien tanto confías, murió —y bien muerto está— en la época en que Pilato gobernaba la Judea.
—No me engaño —replicó Basilio— . El que se engaña eres tú, emperador. Eres tú el que renunciaste a Jesucristo en el momento mismo en que te daba el imperio; pero te advierto en nombre suyo, que muy presto te quitará este imperio juntamente con la vida, y por ello conocerás, aunque demasiado tarde, quién es Aquel a quien abandonaste.
Él derribará tu trono del mismo modo que tú derribaste sus altares. Te has gloriado neciamente de pisotear su santa ley, esa ley bendita que tú mismo habías anunciado tantas veces a los pueblos; pues bien, de igual manera será pisoteado tu cuerpo, y tu cadáver quedará insepulto al serle arrancada el alma en medio de atroces dolores y de la más espantosa desesperación. — (Como, en efecto,sucedió en junio del año siguiente, estando en lucha contra los persas).
Toda la asamblea se sintió profundamente estremecida al oír estas amenazas que el acusado pronunció con sobrehumana seguridad y energía.El emperador sintióse desconcertado y presa de incontenible furor. En el acto levantó la sesión y ordenó al capitán de la guardia, Frumencio, que castigase duramente a aquel insolente y le azotase sin compasión, si no sacrificaba prontamente a los dioses y no daba una satisfacción a la autoridad imperial ofendida.
Sangrienta injuria inferida al emperador
Frumencio se sobrepasó en crueldad y aplicó al mártir la pena de flagelación con azotes más terribles, quizá, de lo que Juliano hubiese querido. Sin embargo, nada hizo éste para atemperar las órdenes dadas por su subalterno. El instrumento de tortura era de tal calidad, que a cada golpe desgarraba y hacía saltar un pedazo de carne. No había paciente que pudiera resistir más de seis o siete golpes por día sin perecer en el tormento.
Basilio soportó el primer desgarramiento de sus carnes con heroica paciencia. Al terminar pidió audiencia con el emperador. Frumencio, regocijado en extremo al ver el sorprendente efecto que su atroz castigo había producido y jactándose sobremanera de haber conseguido al fin doblegar el heroico valor de Basilio, quiso tener el gusto de informar personalmente al emperador de lo que pasaba.
Para hacer más solemne el triunfo que se prometían con ingenua anticipación, eligieron para sala de audiencia el templo de Esculapio, a fin de que el nuevo apóstata, dada su elevada calidad, pudiera sacrificar con el emperador y los sacerdotes.
—Pienso —dijo Juliano— que te has vuelto sensato y confío que habrás reconocido tu error y sacrificarás con nosotros.
—No lo creas —respondió Basilio— . He venido para enseñarte que tus pretendidos dioses no significan ni valen nada. Son simples estatuas de madera y, como tales, ídolos sordos, ciegos y mudos.
Luego, entreabriendo sus vestidos y arrancándose un pedazo de carne de sus terribles desgarraduras, lo lanzó al rostro de Juliano, diciendo: «Toma: aliméntate de mi carne; y bebe de mi sangre, pues que tan sediento estás de ella; por lo que a mí toca, me alimento del Cuerpo y Sangre de mi Dios y Señor, Jesucristo».
Al oír esto, lanzáronse sobre él los que le rodeaban y le arrastraron bárbaramente, mientras el emperador, pálido de cólera, lanzaba terribles miradas al torpe cortesano que le había expuesto a tan denigrante humillación, introduciendo a aquel audaz prisionero, en el templo de Esculapio.
Último suplicio
Estremecido Frumencio ante tan inesperado desenlace, comprendió que no había más que un medio para apaciguar a su soberano, irritado hasta el paroxismo. Temiendo se le hiciera responsable de lo que acababa de suceder, resolvió vengar de un modo ejemplar el ultraje hecho al emperador. Al día siguiente, sin esperar a que diera orden alguna el Apóstata, San Basilio de Ancira fue citado a presencia del verdugo.
La crueldad ejercida con él fue horrorosa. El capitán de la guardia hizo varios días repetidas tentativas para vencer al mártir, mientras le aplicaban nuevamente el suplicio de los azotes para dar pábulo a su furor. Pero Basilio permanecía inquebrantable en su firmeza: fue imposible alterar su constancia y heroicas disposiciones.
Finalmente, al despejarlo de los vestidos para azotarle por última vez, se vio con asombro que todas las heridas precedentes habían desaparecido sin dejar huella alguna, y que el cuerpo aparecía sano, puro y hermoso,como pura y hermosa era su alma ante el Señor.
—Has de saber —dijo Basilio— que Jesucristo me ha sanado durante la noche. Anda, puedes ir a contárselo a tu amo Juliano para que sepa cuál es el poder del Dios de quien ha apostatado. Furioso el verdugo, hizo extender a su víctima boca abajo con el fin de hincarle en la espalda puntas de hierro candentes.
En medio de tan horribles tormentos, San Basilio de Ancira daba gracias a Dios: el amor que consumía su corazón le hacía sobrellevar con gozo las atroces quemaduras que padecía en su cuerpo por el, nombre de Cristo. Pensaba sin duda en aquellas palabras del real profeta: «¿Qué tengo que desear yo en el cielo ni en la tierra sino a ti, Dios mío? Tú eres mi herencia por toda la eternidad.»
Con estos admirables sentimientos expiró el 29 de junio del año 362. Los griegos y latinos celebran su fiesta el 22 de marzo.
Oración a San Basilio de Ancira
Dios todopoderoso, que has derramado por toda la creación reflejos de tu infinita belleza y bondad, haciendo el hombre a tu imagen y semejanza, tanto amas a quienes se entregan totalmente, que nos los pones como modelo, quieres que les veneremos y haces innumerables beneficios y milagros por su intercesión.
Por ello y mediante tu siervo San Basilio de Ancira, te rogamos nos concedas:
(mencionar aquí la petición)
y con ello una mayor correspondencia a tu amor.
Amén.

Fuentes
El Santo de cada día EDELVIVES.


