Cabe a San Luis rey de Francia, insigne varón y valeroso príncipe, la gloria de haber logrado ser Santo en medio de los esplendores de la corte, en la familia, a la cabeza de los ejércitos y entre los múltiples cuidados inherentes al buen gobierno de un grande y poderoso reino. Fue espejo de reyes, esforzado capitán, ejemplarísimo esposo, recto y prudente en el administrar justicia, verdadero padre de su pueblo, y, por todo ello, prez y ornamento de la corona de Francia y gloria de toda la Iglesia.
Día celebración: 25 de agsoto.
Lugar de origen: Poissy, Francia.
Fecha de nacimiento: 25 Abril de 1214.
Fecha de su muerte: 25 Agosto de 1270.
Patronazgo: Patrono de los monarcas y jefes de Estado. Patrono de la justicia civil y buena gobernanza.
Contenido
– Introducción
– En el trono de Francia
– Primera Cruzada
– El Rey Cautivo
– Permanencia en Siria
– Muerte del rey Santo
– Oración a San Luis, Rey de Francia
Introducción
San Luis, rey de Francia, nació el 25 de abril de 1214 en el castillo de Poissy y fue bautizado en esa ciudad, donde solía firmar como Luis de Poissy en recuerdo de su bautismo. Hijo de Luis VIII, conocido como el León, y la santa y valerosa doña Blanca de Castilla, Luis recibió una educación intelectual excepcional para su época, dominando el latín y promoviendo las letras al fundar la biblioteca de la Santa Capilla con su propio dinero.
A los doce años, tras la muerte de su padre, doña Blanca asumió la regencia y la tutela del joven príncipe. Bajo su guía, Luis fue educado en la piedad y el temor de Dios, conservando siempre en su corazón las palabras de su madre sobre la integridad cristiana. Fue coronado en Reims el 29 de noviembre de 1226 y alcanzó la mayoría de edad en 1234.
Siguiendo el consejo de su madre y los nobles del reino, se casó con doña Margarita de Provenza el 27 de mayo de 1234, con quien tuvo once hijos.
En el trono de Francia
San Luis era admirado por su mansedumbre, valentía, equidad y profunda devoción religiosa. Mantuvo la práctica diaria de rezar las horas canónicas, incluso durante sus viajes, campañas militares y enfermedades. Se confesaba regularmente y se disciplinaba como penitencia. A pesar de la costumbre de la época de no comulgar frecuentemente, él lo hacía en grandes festividades y solía lavar los pies de los pobres, especialmente de los ciegos y desvalidos, cada sábado.
Su amigo, el senescal Joinville, se sorprendió por estos actos humildes. Al ser cuestionado por San Luis sobre por qué no los imitaba, el rey le explicó la importancia de seguir el ejemplo de Dios. En otra ocasión, al preguntarle a Joinville sobre su preferencia entre ser leproso o estar en pecado mortal, San Luis le enseñó que el pecado es más repugnante que cualquier enfermedad física.
San Luis defendía su devoción a la oración frente a quienes lo criticaban, argumentando que no era diferente de otros pasatiempos como los juegos de azar o la caza. Gobernando con sabiduría y justicia, Francia experimentó bajo su reinado de treinta y seis años una paz y prosperidad sin precedentes. El Papa Urbano IV lo describió como el «ángel de paz». Durante su gobierno, Francia evitó las rebeliones y guerras que afligieron a otras naciones europeas.
Su reputación de justicia y desinterés era tan notable, que el rey de Inglaterra y otros líderes acudieron a él para resolver disputas, y también actuó como mediador en conflictos entre el duque de Bretaña y el rey de Navarra. San Luis se esforzó por erradicar los vicios y desórdenes de su reino mediante leyes que prohibían los juegos de azar, la blasfemia, el lujo excesivo y los litigios complicados, mostrando una conciencia firme en estos asuntos.
San Luis administraba justicia con rectitud, permitiendo que sus vasallos se acercaran a él directamente, incluso en sus paseos por jardines o bosques. Defendió a los más vulnerables contra la injusticia de los poderosos y su moneda de buena ley se convirtió en un símbolo de su integridad. Aunque mostraba gran respeto hacia el Sumo Pontífice y seguía sus consejos, también consultaba con eminentes religiosos y teólogos.
San Luis demostró su generosidad edificando hospitales, incluyendo el notable hospicio de los Trescientos en París, y fundando monasterios y conventos. Realizaba grandes limosnas, alimentaba diariamente a más de cien pobres en su palacio y a menudo les servía personalmente con humildad.
Incluso extendió su caridad a Oriente, siendo recompensado con reliquias de la Pasión, incluida la Santa Corona de espinas. Conmovido, recibió a los religiosos Dominicos que trajeron las reliquias, llevándolas con devoción hasta su palacio en París, donde construyó la suntuosa Santa Capilla. Allí se retiraba frecuentemente para orar y meditar sobre la Pasión de Cristo.
Primera Cruzada
A pesar de su vida piadosa, San Luis mantenía su destreza militar, mostrando valentía en batalla. En 1242, demostró su coraje al someter al conde Hugón y al ejército inglés que apoyaba a los rebeldes. Enfermó gravemente en 1244, al borde de la muerte. Su madre, doña Blanca, acercó reliquias sagradas a su lecho, rogando por la salvación de Francia y su monarca. Al escuchar la oración, el rey recuperó la conciencia y expresó su agradecimiento a Dios.
Tras su recuperación, San Luis se sintió obligado a emprender la Cruzada a Tierra Santa. Partió el 12 de junio de 1248, recibiendo la oriflama y las insignias de peregrino en la iglesia de San Dionisio. Tras detenerse en Lyon para confesarse con el papa Inocencio IV, el ejército zarpó el 28 de agosto y desembarcó en Chipre el 17 de septiembre, permaneciendo allí hasta mayo de 1249.
Decidieron atacar Egipto para fortalecer su posición en Tierra Santa. El 4 de junio, llegaron a Damieta, enfrentándose a una defensa numantina de los sarracenos. San Luis, sin esperar a las galeras, saltó al agua con casco, escudo y espada, dando inicio al combate.
El ejército cristiano, inspirado por la valentía de San Luis, derrotó a los infieles en Damieta, que huyeron en pánico, abandonando la ciudad. Sin embargo, los vencedores cayeron en excesos y pecados, atrayendo el castigo divino. A pesar de estos desafíos, lograron otra victoria en Mansurah el 8 de febrero de 1250, donde San Luis mostró una valentía notable, defendiéndose de seis turcos y animando a sus tropas.
Una epidemia forzó a los cruzados a retroceder, y durante esta retirada, se encontraron rodeados por los enemigos. Aunque algunos aconsejaron la rendición para evitar la muerte, San Luis se negó a capitular ante los paganos o sarracenos. Finalmente, debido a la falta de provisiones y municiones, y ante la insistencia de sus hermanos y otros caballeros, el rey decidió rendirse, solicitando garantías de vida para él y su ejército al caudillo moro.
El Rey Cautivo
Despojado de sus vestiduras y encadenado, el rey derrotado mostró una dignidad inquebrantable ante sus captores. Un moro compasivo le cubrió con una capa, pero el rey no se quejó ni murmuró, solo palideció ante las blasfemias contra Cristo.
Una vez, al profanar una cruz, el rey San Luis mostró su indignación solo con la mirada. Los moros admiraban su magnanimidad, paciencia y fortaleza, al igual que su valentía en batalla. Intentaron elegirlo como su sultán, pero solo si renegaba de Cristo, a lo que se negó rotundamente.
Finalmente, acordó pagar un millón de pesos de oro por la libertad de sus soldados y devolver la ciudad de Damieta como rescate, afirmando: «Al rey de Francia no se le rescata con dinero». Sin embargo, antes de que se cumpliera el acuerdo, el sultán Almoadán fue asesinado, desencadenando un periodo de anarquía que puso en peligro la vida del rey. A pesar de las amenazas, la paciencia del santo monarca logró calmar a sus enemigos, quienes finalmente aceptaron el acuerdo previo.
Permanencia en Siria
Después de su cautiverio, San Luis permaneció cuatro años en Siria, rescatando cristianos cautivos, enseñando la doctrina cristiana y realizando peregrinaciones a los Santos Lugares. Aunque levantó ciudades y fortalezas, no se atrevió a visitar Jerusalén al no haberla conquistado. Su fama de virtud atrajo a gente de lugares lejanos que deseaba conocerle. Joinville relató una anécdota donde unos armenios viajaron específicamente para ver al «rey santo». Tras conversar con San Luis, quedaron profundamente impresionados por su virtud.
Al recibir noticias de la muerte de su madre, doña Blanca, en 1252, decidió regresar a Francia para atender los asuntos del reino. Durante el viaje, San Luis estableció un altar en el navío para la Sagrada Eucaristía y solía retirarse allí para orar, especialmente en momentos de peligro. También se preocupaba por el bienestar espiritual de los demás viajeros y marineros, organizando sermones y alentándolos a la confesión, ofreciéndose incluso a realizar tareas físicas en su lugar si fuera necesario durante el sacramento.
Muerte del rey Santo
Tras recibir noticias de los problemas que enfrentaban los cristianos en Siria, San Luis decidió emprender otra Cruzada para ayudarles. Se embarcó en febrero de 1270, después de hacer su testamento. El rey de Túnez le había prometido convertirse al cristianismo si San Luis visitaba África. Movido por el deseo de ser padrino de su conversión, San Luis navegó hacia Túnez. Sin embargo, el rey de Túnez había engañado a San Luis y no le permitió desembarcar. En respuesta, San Luis envió una embajada con su capellán para declarar la guerra al rey de Túnez con estas palabras: «Este es el bando de Nuestro Señor Jesucristo y de su sargento Luis de Francia».
Pero no pudo llevar a efecto su propósito, porque a los pocos días enfermó de la calentura pestilencial que andaba por aquella tierra, causada por el aire malsano y los calores sofocantes.
Al aproximarse su muerte, San Luis llamó a su hijo y heredero, Felipe, entregándole un escrito con sabios consejos para un buen gobierno personal. Exhortó a sus ministros a vivir como fieles servidores de Cristo y no seguir el ejemplo de los moros.
Antes de fallecer, pidió que lo acostaran sobre cenizas y entregó su alma a Dios el 25 de agosto de 1270. Su cuerpo fue llevado a Francia y sepultado en el monasterio de San Dionisio, cerca de París. Fue canonizado por el papa Bonifacio VIII el 11 de agosto de 1297 en Orvieto. Algunas de sus reliquias se conservan en la catedral de Nuestra Señora de París, y en 1693, Luis XIV lo nombró patrono de la Orden de Caballería para premiar el mérito militar.
Oración a San Luis, Rey de Francia
Glorioso san Luis rey de Francia, hijo de reyes ejemplares y piadosos que supieron llenar tu alma de pureza y piedad y te educaron para reinar en la tierra con amor y justicia y sobre todo y ante todo, para alabar y servir a Dios.
Dotado de grandes virtudes y noble corazón fuiste desde niño fiel seguidor del Señor y viviendo entre los lujos y riquezas de la corte nunca te alejaste de la santidad y moral cristiana, poniendo todo tu empeño y vida al servicio de los demás.
Admirable san Luis rey de Francia, que con oración penitencia y sacrificio y siempre entregado a hacer el bien solo quisiste la felicidad y bienestar de tus súbditos, buscando la paz, el entendimiento y la armonía entre los más adinerados y los más pobres, entre los más afortunados y los más desdichados administrando la justicia sin importar clase y condición, mediando para evitar abusos y discriminaciones atendiendo personalmente a los pobres, desamparados, enfermos y abandonados, resolviendo sus desgracias, infortunios y adversidades, hoy acudo a ti para implorar tu caridad y generosidad, tú que fuiste padre afectuoso de tu pueblo y sembraste la paz y la justicia entre todos ellos, intercede ante el Padre misericordioso para que me ayude en mis preocupaciones y conflictos, y me conceda lo necesario para solucionar esto que tanto me atormenta y aflige:
(pedir con gran esperanza lo que se quiere conseguir)
Venerable san Luis rey de Francia ayúdame en mis serias dificultades, haz que pueda salir airoso en mis problemas judiciales, aleja la miseria, la ruina y las carencias de mi vida, dame la tranquilidad y sosiego que tanto preciso para que en mi hogar haya paz, dicha y bienestar; rey Santo, tú que sentiste tanto amor por nuestro Señor, que con fe y heroísmo dirigiste las Cruzadas para rescatar los santos lugares en Jerusalén, enséñame a seguir tu ejemplo de entrega, fe y caridad y haz que cada día ame más a Jesucristo, a quien por tu mediación, oh santo protector, espero ver y amar eternamente en la Patria Celestial.
Amén.
Rezar tres Padrenuestros, tres Avemarías y tres Glorias.

San Luis, Rey de Francia | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.


