Fermin pamplona

25 de Septiembre: San Fermín de Pamplona

Publicado el 25 de septiembre de 2020

Actualizado el 23 de abril de 2025

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San Fermín de Pamplona (también San Fermín de Amiéns es un santo y mártir, tradicionalmente venerado como el santo patrono de Pamplona, la capital de Navarra. Su muerte podría estar asociada con la persecución deciana (250) o diocleciana (303).


Día celebración: 25 de Septiembre.
Lugar de origen:  Pamplona, Hispania, Imperio Romano
Fecha de nacimiento: Año 272.
Fecha de su muerte: Año 303.
Santo Patrono de: Navarra; Lesaca, Amiens, Cofradías de boteros, Vinateros, Panaderos.


Contenido

– Introducción
– Discípulo de San Honesto
– San Fermín en Amiéns
– Ante los prefectos
– Martirio de San Fermín de Pamplona
– Veneración del Santo
– Oración a San Fermín de Pamplona


Introducción

La época en que vivió y murió San Fermín ha sido motivo de debate. Algunos afirman que sufrió el martirio durante el reinado de Trajano (+117), a principios del siglo II. Sin embargo, los Bolandistas, basándose en documentos fidedignos, sostienen que San Fermín vivió después de San Saturnino, siendo bautizado por San Honesto, discípulo de San Saturnino. Según esto, San Fermín no vivió antes del siglo III.

Según las Actas de su martirio, escritas en los siglos V o VI, en la ciudad de Pamplona vivía un senador llamado Firmo, junto a su esposa Eugenia. Un día, durante un sacrificio en el templo de Júpiter, un extranjero llamado San Honesto interrumpió la ceremonia para hablar sobre la falsedad de la religión pagana.

Firmo, junto con dos compañeros paganos llamados Faustino y Fortunato, se sintieron intrigados por las palabras de Honesto y le pidieron explicaciones. Honesto, discípulo de San Saturnino, accedió y pronto anunció la llegada del obispo Saturnino, famoso por sus milagros. Los tres senadores de Pamplona, Firmo, Faustino y Fortunato, se convirtieron al cristianismo, abolieron el culto a los ídolos en la ciudad y se convirtieron en fervientes propagadores de la fe cristiana.

Discípulo de San Honesto

Firmo y Eugenia tuvieron tres hijos: Fermín, Fausto y Eusebia. San Honesto educó a Fermín, quien, con las enseñanzas y ejemplos de su maestro, se destacó en conocimientos y virtudes. A medida que Fermín crecía, San Honesto lo acompañó en sus viajes apostólicos y, reconociendo su celo y virtud, lo envió al obispo San Honorato de Tolosa, quien lo ordenó clérigo y le profetizó un apostolado lleno de sacrificios.

Con treinta y un años, Fermín regresó a Pamplona y evangelizó Navarra antes de cruzar los Pirineos para predicar en Francia. Según algunas versiones simplificadas, San Saturnino convirtió a Fermín en Pamplona, lo bautizó, lo ordenó sacerdote y lo nombró su sucesor, siendo reconocido como el primer obispo de la ciudad.

En Francia, Fermín se unió al santo sacerdote Eustaquio en Agen, ayudando a fortalecer la fe sembrada por San Marcial de Limoges. Luego, se dirigió al país de los arvernos, cerca de la capital, Augustonemetum (Clermont Ferrand). Allí, enfrentó a los ardientes defensores del paganismo, Arcadio y Rómulo, en debates sobre la falsedad de los ídolos, convenciéndolos de la verdad del cristianismo y atrayendo a muchos paganos hacia la fe cristiana.

Después de evangelizar los arvernos, Fermín fue al territorio de los angevinos, donde el obispo Auxilio lo acompañó durante quince meses, convirtiendo a muchas personas. A pesar de sus éxitos, Fermín anhelaba enfrentar las adversidades que San Honorato de Tolosa le había profetizado.

Al enterarse de la persecución de Valerio, gobernador de los belovacos en Beauvais, Fermín decidió dirigirse allí para predicar la fe cristiana. Aunque fue encarcelado y torturado por Valerio, una serie de eventos llevaron a la caída y muerte del gobernador, lo que permitió a Fermín ser liberado. Fermín continuó su labor evangelizadora en Beauvais, incluso construyendo una iglesia en honor al protomártir San Esteban.

Sin embargo, la persecución se reavivó, y los cristianos, conscientes del valor de Fermín, lo instaron a abandonar la ciudad por su seguridad. Fermín se trasladó a los alrededores de Beauvais, donde pudo predicar sin ser molestado. Finalmente, decidió llevar el evangelio a los pueblos del norte de las Galias que aún practicaban el paganismo, diciendo: «Vámonos más lejos; vamos a tierras de los ambianos y de los morinos, que derramarán nuestra sangre».

San Fermín en Amiéns

El 10 de octubre, San Fermín llegó cerca de la capital de los ambianos y se detuvo en lo que hoy es la plaza de San Martín. Desafió simbólicamente al templo de Júpiter y predicó el Evangelio a los admirados ambianos. Fue acogido con entusiasmo por un senador principal llamado Faustiniano, a quien San Fermín bautizó junto con su familia.

San Fermín se dedicó con fervor a la evangelización de la región, combinando su elocuencia con los numerosos y asombrosos milagros que realizaba. Curó a un hombre tuerto, Casto, devolviéndole la vista con una simple invocación a la Santísima Trinidad, y al día siguiente curó a dos leprosos. Gracias a estos milagros, logró convertir a más de tres mil personas en los primeros tres días en la ciudad.

Tras convertir a Amaro, antigua Ambriano y actual Amiéns, en una ciudad cristiana, San Fermín extendió su misión evangelizadora a otras ciudades de la región, como Morinia, Teruana, Boloña, Montreuil y parte de Ponthieu. Sin embargo, Amiéns seguía siendo su ciudad predilecta, y a menudo repetía al pueblo palabras de aliento y enseñanza.

«Hijos míos, sabed que Dios Padre, Criador de cuanto existe, me envió a vosotros, para que purifique a esta ciudad del culto de los ídolos, predique la fe de Cristo, crucificado en la flaqueza de la carne, pero vivo por la gracia y poder de Dios».

A poco de llegar quedaron desiertos totalmente los templos de Júpiter y Mercurio.

Ante los prefectos

Sebastián y Lóngulo, gobernantes de la Galia Bélgica, a la que pertenecía Samarobriva, fueron informados por sacerdotes de Júpiter sobre supuestos crímenes de Fermín y sus seguidores contra los dioses. Ambos líderes se trasladaron a Amiéns y convocaron a todos los ciudadanos a presentarse en el pretorio en un plazo de tres días.

Cuando ya todos estuvieron congregados, Sebastián arengó a la muchedumbre en estos términos: «Los sacratísimos emperadores han mandado que el honor y el culto debidos a nuestros dioses inmortales se guarden religiosamente en toda la extensión del imperio, en todas las partes del mundo, por todos los pueblos y naciones.

Ofrézcaseles, pues, incienso en estos altares, y tribúteseles veneración conforme a la antigua usanza de los príncipes. Si alguien intentara desobedecer los decretos de nuestros santísimos emperadores, o resistirse a cumplirlos de cualquier manera, sepa que le haremos padecer toda clase de tormentos y, a tenor de los decretos de los senadores y príncipes de la República romana, le condenaremos a pena de muerte».

Auxilio, sacerdote de Júpiter y Mercurio, habló seguidamente:

—Hay entre nosotros — dijo— un pontífice de los cristianos, el cual no solamente trata de apartar a la ciudad de Amiéns del culto y religión, sino que parece querer arrancar el imperio romano y la tierra entera al culto a los dioses inmortales.

—¿Quién es ese impío? —preguntó Sebastián.

—Se llama Fermín —repuso Auxilio— ; es un español muy hábil, elocuente y sagaz… Predica, y aleja de tal manera al pueblo de nuestra religión, que ya no se acerca nadie a orar y ofrecer incienso en los sagrados limpios de Júpiter y Mercurio; a todos los senadores los arrastra a que abracen la religión cristiana. Si no atormentáis a este hombre con los más grandes suplicios para escarmiento del pueblo, dentro de poco será un grave peligro para toda la república. Mandad que parezca el culpable en vuestro tribunal, delante de todo el pueblo.

Mandó Sebastián a sus soldados que prendiesen a Fermín y se lo trajesen a los dos días a los juegos del circo, cerca de la puerta Clipiana.

Al saber el valeroso mártir que los soldados le buscaban, presentóse de por sí en el pretorio, y aun antes de que le interrogasen proclamó ante sus jueces que era menester adorar a Jesucristo y abolir el culto de los ídolos.

—¿Eres tú por ventura ese malvado, ese impío que pretende destruir los templos de los dioses y apartar al pueblo de la religión de los sacratísimos emperadores? — le preguntó Sebastián— . Dime. ¿cómo te llamas y cuál es tu patria y estado?

—Me llamo Fermín; soy español, senador y ciudadano de Pamplona; cristiano por la fe y la doctrina. Soy obispo, y fui enviado a predicar el evangelio del Hijo de Dios, para que sepan los pueblos y naciones que no hay ni en el cielo ni en la tierra otro Dios sino el que sacó todas las cosas de la nada y a todas las conserva y gobierna.

Los Ángeles y las Virtudes celestiales le rodean; en su mano están la vida y la muerte, y es todopoderoso. Toda rodilla se inclina ante Él en el cielo, en la tierra y aun en los infiernos. Humilla o destruye los imperios; rompe los cetros de los reyes. Las generaciones pasan y se mudan en torno suyo: sólo Él es inmutable y permanece inmóvil frente a la movilidad de los siglos.

Respecto a los dioses que adoráis, influidos por los pérfidos demonios, son vanos simulacros sordos, mudos e insensibles que engañan a los hombres y precipitan a sus adoradores al fondo del infierno.

Declaro, pues, libremente, que son hechuras del diablo a las que debéis renunciar si no queréis ser tragados vosotros mismos por los eternos abismos donde gimen las potestades infernales. Embravecióse el cruel Sebastián al oír tales palabras:

— En nombre de los dioses y diosas inmortales y de su le dijo— , te conjuro a que dejes tu locura y no desprecies la religión que profesaron tus antepasados; de lo contrario, tiembla ante los tormentos que te aguardan y la ignominiosa muerte que padecerás en presencia de esta muchedumbre.

— Has de saber —repuso Fermín— que no me arredra ni tu persona ni los tormentos; antes me duelo sobremanera de tu locura y vanidad. ¿Cómo te atreves a pensar que la diversidad y multiplicidad de tormentos pueden hacer temblar a un siervo de Aquel que es Dueño del mundo?

— Junta cuantos suplicios te agrade: el Señor, en proporción de ellos, me dará su ayuda para que logre la corona de gloria imperecedera. No quiero, huyendo de los tormentos con que me amenazas, perder la eterna bienaventuranza que el Hijo de Dios me tiene reservada en su reino. Tú, en cambio, serás condenado a las llamas eternas del infierno, a causa de la crueldad con que tratas a los siervos de Jesucristo.

Los ciudadanos quedaron impresionados por la valentía y las firmes respuestas de Fermín. De repente, estalló un gran tumulto entre la multitud al recordar los milagros realizados por Fermín. El gobernador Sebastián, temiendo un motín, dio por concluido el juicio y liberó al obispo. Sin embargo, en secreto, ordenó a los soldados que lo detuvieran más tarde, lo decapitaran durante la noche y escondieran su cuerpo para evitar que los cristianos lo veneraran.

Martirio de San Fermín de Pamplona

Después de su liberación, San Fermín continuó predicando con fervor en la ciudad. Sin embargo, poco después, los soldados lo detuvieron nuevamente y lo encarcelaron. Esa misma noche, los verdugos llegaron para ejecutar las órdenes de Sebastián.

Al verlos, el valiente confesor se arrodilló, derramando lágrimas de alegría, y oró al Señor, agradeciéndole por admitirlo entre sus elegidos y pidiendo que cuidara de aquellos que habían abrazado la fe gracias a su predicación:

«Gracias te doy, ¡oh Señor Jesucristo, soberano remunerador de todo bien y mansísimo Pastor, por haberte dignado admitirme en la sociedad de tus elegidos. ¡Oh Rey piadoso y clemente!, vela por cuantos llamaste a la fe por mi predicación, y dígnate oír las preces de cuantos te invocaren en mi nombre».

Al concluir su oración, uno de los soldados lo degolló en la cárcel. Así murió San Fermín, el primer obispo de Amiéns, el 25 de septiembre, según la tradición de los antiguos martirologios. Faustiniano, un senador cristiano de Amiéns, tomó el cuerpo del mártir y le dio una honorable sepultura en un nuevo sepulcro. Más tarde, otro San Fermín, confesor, construyó una iglesia dedicada a la Virgen María sobre la tumba del mártir San Fermín.

Veneración del Santo

El lugar exacto donde el valiente mártir fue enterrado se perdió con el tiempo. Sin embargo, unos quinientos años después, el obispo San Salvio de Amiéns recibió información confiable de que el cuerpo del mártir español estaba sepultado en la iglesia de la Virgen María, construida por el obispo San Fermín, hijo de Faustiniano.

San Salvio, ansioso por venerar las reliquias de su ilustre predecesor, convocó al pueblo y les pidió que oraran para que Dios revelara el lugar del sepulcro. Después de un ayuno de tres días, un rayo de luz divina señaló el lugar donde se encontraban las reliquias. San Salvio excavó y encontró el sagrado cuerpo de San Fermín.

En el año 1110, durante el episcopado de San Godofredo, el cuerpo de San Fermín fue colocado en un relicario precioso. A pesar de que la ciudad de Amiéns casi fue destruida por un incendio cinco años después, la iglesia de San Fermín, que luego se convirtió en catedral, permaneció intacta.

A finales del siglo XII, bajo el episcopado de Teobaldo de Heilly, las sagradas reliquias fueron colocadas en otra urna, que se conservó hasta poco antes de la Revolución francesa.

En la provincia de Navarra, especialmente en la ciudad de Pamplona, San Fermín es venerado como patrón con ceremonias solemnes y celebraciones populares el 7 de julio.

Oración a San Fermín de Pamplona

Glorioso mártir San Fermín de Pamplona, por el gran amor que has tenido a Jesús y a María, alcánzanos la gloria de conocer, amar y servir a Dios como tú lo hiciste. Por la singular limpieza de corazón y alma con que viviste, enséñanos a huir de todo pecado.

Por la confianza que tuviste en Dios, enséñanos a aceptar siempre su voluntad. Por tu dichosa muerte, alcánzanos la gracia de vivir y morir cristianamente amando la cruz hasta el final.

Aquí se hace la petición.

Oh Dios, que nos has dado en el glorioso mártir San Fermín, un insigne defensor de la fe católica, concédenos la gracia de predicar el Evangelio como él hizo, llevando una vida intachable, humilde, de acuerdo con el mensaje de la fe y amor que anunciamos.

Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.

Amén.

San Fermín, ¡ruega por nosotros!

Cordero de Dios

San Fermín de Pamplona | Fuentes

La vida de los Santos por Butler

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.