26 de agosto: San Alejandro de Bérgamo


San Alejandro de Bérgamo

San Alejandro de Bérgamo, fue un valeroso oficial de la legión tebana, una legión del ejército romano de Oriente que procedía de Tebas, en Egipto, y cuyos oficiales, entre los que se encontraba Mauricio el tebano, se habían convertido al cristianismo.


Día celebración: 26 de agsoto.
Lugar de origen:  Bérgamo.Italia.
Fecha de nacimiento: Siglo III.
Fecha de su muerte: 296.


Contenido

– Introducción
– San Alejrandro de Bérgamo y sus compañeros
– San Alejandro ante el emperador
– El martirio
– Culto a San Alejandro de Bérgamo
– Reliquias de San Alejandro de Bérgamo
– Oración de San Alejandro de Bérgamo


Introducción

Están acordes los autores antiguos y los modernos en declarar que San Alejandro pertenecía a la legión tebea o tebana, tropa de soldados valientes y escogidos que los romanos reclutaban en Egipto, en la región de la Tebaida, cuya capital era Tebas.

Capitaneábala San Mauricio, y es opinión generalmente admitida, que todos los soldados que la componían fueron pasados a cuchillo por mandato del emperador Maximiano. Ejecutóse la sentencia en Agauna —hoy día San Mauricio— , distante nueve millas de Octodurum —Martigny de Suiza.

San Alejandro de Bérgamo padeció aisladamente por la fe de Cristo. El cardenal Baronio dice que ocurrió el martirio de la Legión tebea el año 297, y es muy probable que nuestra Santo lo padeció con anterioridad a esa fecha, si bien hay autores que opinan haber acaecido en fecha posterior.

Las dos Pasiones de este glorioso mártir fueron escritas por autores anónimos, naturales de la ciudad de Bérgamo. Una se halla en la Colec­ción de Leyendas perteneciente a la Biblioteca Barberini, la otra la trae un Leccionario de la catedral de Bérgamo. La mejor y más segura es sin duda la primera, cuyos pormenores hallan confirmación en otras versiones.

San Alejrandro de Bérgamo y sus compañeros

Difícil es determinar la categoría militar de Alejandro en la Legión; algunas versiones de las Actas del Mártir, y el oficio litúrgico, le llaman sígnifer, es decir, abanderado; en otros escritos se le llama primipilus, que era en el ejército romano el jefe de la primera centuria o compañía de cien soldados.

El primero de los documentos anteriormente mencionados, empieza con el relato de la comparecencia de Alejandro ante el emperador Maximiano , el segundo trae más gala de pormenores, y dice así:

Por los. días en que el cruel Maximiano se acercaba a su imperial residencia de Milán, fueron encerrados en la cárcel Alejandro, oficial de la primera centuria de la legión tebea, y sus compañeros Casio, Severino, Segundo y Licio. Según una antigua tradición, estuvieron a verlos en ella un cristiano llamado Fidel, y San Materno, entonces obispo de Milán.

El carcelero, Silano, sorprendido al ver que los presos pasaban el día y la noche rezando, fuése al palacio imperial y refirió cuanto había visto. Entretanto, dos oficiales de la guardia palatina llamados Carpóforo y Exanto, por mera curiosidad, o quizá impulsados misteriosamente por la divina gracia, habían pedido licencia para entrar a ver a los gloriosos confesores de la fe, y con ellos se entretuvieron largo rato.

Vueltos a Palacio, admiraron a todos por lo atrevido de sus discursos y el menosprecio que mostraban hacia los dioses del imperio, que ellos juzgaban ser vanos simulacros dignos de odio y execración. Mientras esto sucedía, llegó a Milán el emperador Maximiano Hércules. Primera providencia del tirano fue citar a su tribunal a los cinco soldados tebeos que en la ciudad se hallaban presos a causa de su fe.

Púsolos en el trance de sacrificar a los ídolos o morir. Los cinco se negaron a ello con palabras enérgicas, por lo que fueron de nuevo llevados a la cárcel en espera de que el emperador determinase con qué género de tormentos debían ser castigados. Pero la noche siguiente, ayudados por los oficiales de palacio Carpóforo y Exanto y por el valeroso cristiano Fidel, salieron de la cárcel y huyeron de Milán, camino de la ciudad de Como. Al amanecer del siguiente día, se encaminaron a Bérgamo, donde esperaban hallar asilo seguro.

Estando de camino —prosigue el sobredicho relato— , Alejandro topó con un cortejo fúnebre; a ejemplo de Jesucristo, Señor nuestro, mandó parar a los que llevaban el féretro, y rogó a sus compañeros que implorasen el divino auxilio; soltó al punto la muerte a su presa y el difunto, vuelto a la vida, aclamó alborozado al Dios de los cristianos, y pregonó por doquier la existencia y poder del Señor. A los pocos días, el resucitado recibió el bautismo de manos de San Materno.

Los cristianos prosiguieron camino de Bérgamo, y penetraron en un bosquecillo donde, al poco tiempo, fue descubierto y detenido Alejandro por los enviados de Maximiano y conducido a Milán. Sus compañeros, los Santos Carpóforo, Exanto, Casio, Severino, Segundo y Licinio lograron huir y se encaminaron a Como. Cuando el emperador Maximiano supo su fuga envió emisarios a todas partes para buscarlos, y habiendo dado con ellos en una casa cercana a Como, allí mismo, después de castigarlos cruelmente, en vista de su perseverancia cortáronles la cabeza.

San Alejandro ante el emperador

Aquí dejamos al segundo biógrafo para seguir con las Actas de San Alejandro, las cuales traen el interrogatorio del martirio.

— Si mandé que parecieses ante mí —le dijo Maximiano— fue únicamente para que adoraras a los dioses inmortales de quienes blasfemaste; porque he sabido que has renunciado a nuestro culto para abrazar el cristianismo.

Hizo traer la mesa de los sacrificios que llamaban sagrada y añadió:

— Acércate a ofrecer incienso, si quieres librarte de los crueles tormentos reservados a quienes menosprecian a nuestros dioses.

Alejandro le respondió:

— Me propones un delito abominable, ¡oh emperador! , de buen grado te respeto y honro como a príncipe, pero no me es lícito venerarte como a dios.

Díjole Maximiano:

— Piensa que si no sacrificas, pronunciaré contra ti sentencia de muerte. Alejandro respondió:

— La muerte con que me amenazas, se trocará para mí en vida, allá en el seno de Dios. Porque apenas haya dejado yo este mundo, iré a gozar de vida verdadera y perdurable junto a los ángeles del cielo, y de la visión de aquel justo y equitativo Rey que es mi Creador y también el tuyo.

Estas palabras del esforzado militar cristiano impresionaron un tanto al emperador, el cual repuso con inesperada afabilidad.

— No es mi ánimo obligarte a sacrificar por tu propia mano. Pero lo que bien puedes hacer, es asociarte a los sacrificios que otros ofrecen.

Como no respondiera Alejandro, creyó Maximiano haberle convencido; y mandó acercar la mesa y disponer lo necesario para el sacrificio. Pero en aquel instante levantó el mártir los ojos hacia el emperador y exclamó:

— ¡Cuán insigne gracia me concedería Dios, que por Jesucristo otorgalos bienes, si pudiese yo traerle al conocimiento del Dios verdadero, y arrancar de tu entendimiento los vanos pensamientos y deseos!…

Algo admirado ya el cruel Maximiano de la osadía y valor del fortísimo confesor de la fe, no pudo ocultar su humillación y dijo:
— Mira, hasta ahora he aguardado con paciencia a que consintieses en ofrecer sacrificios pero como veo que abusas de mi bondad y condescendencia, tendré que tratarte como a enemigo de nuestros excelsos dioses.

— ¡ Oh César! —respondió Alejandro— , agrédanme más tus amenazas que las más seductoras promesas; los tormentos que con ánimo de castigarme prepares contra mí me coronarán de gloria inmortal.

Irritado Maximiano por semejante respuesta, mandó a sus ministros que agarrasen al cristiano, y por fuerza le obligasen a participar en el sacrificio. Quieras que no, le arrastraron hasta el altar del ídolo, pero al llegar a la mesa donde estaban depositadas las ofrendas, y a falta de otro modo con que defenderse, dióle Alejandro tal puntapié, que la mesa, con gran estrépito, se vino al suelo con cuanto sobre ella había.

— ¡Hase visto audacia! —grito el emperador ebrio de cólera— ; es menester matar inmediatamente a este cristiano sacrilego.

Un oficial llamado Marciano fue designado para asestarle el golpe. Tenía ya el cuchillo levantado para herir de muerte al valeroso caudillo; de repente pareció titubear y se detuvo como si hubiese perdido el juicio y no cayese ya en la cuenta de lo que hacía ni de lo que había de hacer.

— ¿Qué ocurre?, soldado cobarde —vociferó Maximiano— ; ¿acaso no te atreves a matarle por miedo a sus maleficios?

— No, por cierto, ¡ oh emperador! —repuso Marciano asustado y tembloroso— . Pero sucede que al quererlo hacer he sentido muy raras impresiones.

El martirio

Aquella confesión del soldado que debía ejecutar la sentencia, hubo de influir en el ánimo del emperador, ya que mandó aplazar la ejecución por entonces. Pero sucedió que mientras los guardianes volvían con Alejandro a la prisión, zafóseles éste sin que pudieran volver por el fugitivo. Harto sabía el futuro mártir que no tardarían en dar con él, pero, juzgando que aun faltaba mucho por hacer antes de su muerte, había aprovechado una buena coyuntura para correr nuevamente a su labor de apostolado. El cielo estuvo de su parte en semejante dificultad.

Salió, pues, de la ciudad de Milán y se encaminó hacia Bérgamo. Allí, en una hacienda llamada Prcetoria, comenzó tranquilamente y con redoblado celo a combatir las falsedades de la idolatría y a predicar la doctrina del Cristianismo.

No tardaron los paganos en descubrir al impugnador de sus errores y causante de tantas bajas en el culto de los ídolos. Juntáronse en cuadrilla y corrieron a prenderle en su retiro. Apoderáronse de él violentamente y, luego de maniatarle, arrastráronle hasta los pies de un altar levantado no lejos de allí en honor de Plotatio, nombre enigmático de uno de tantos dioses venerados por el pueblo. Intentaron obligarle a sacrificar a viva fuerza, pero fue inútil empeño.

«Alabado seas, omnipotente Criador de todas las cosas, que premias con la bienaventuranza eterna a quienes te sirven dignamente. Alabado seas, Rey paciente, que aguantas a los impíos y a los pecadores, y muestras al mundo la luz de tu verdad, para que los descarriados por las sendas del error puedan volver a caminar por las veredas de la justicia».

«Alabado seas, ¡oh supremo Rey!, que levantas bondadoso a los caídos.  Alabado seas, ¡ oh Rey glorioso!, que te anonadaste tomando forma de esclavo, y te dignaste obedecer a tu santísimo Padre por nosotros hasta la muerte y muerte de Cruz; que habiendo con ella ahuyentado el infierno y destruido el imperio de la muerte, ascendiste triunfante a los cielos, donde, en favor nuestro, y por nosotros tus verdugos, has preparado un puesto al arrepentimiento».

«Alabado seas, ¡oh Señor misericordioso!, que prohíbes la inmolación de animales, y te dignas acoger favorablemente las oraciones de tus Santos.  Alabado seas, fortísimo Señor de las virtudes, que arrojas a los pies de tus Santos los artificios de los demonios. Alabado seas, ¡oh Dios benigno!, que das la gracia del arrepentimiento a cuantos salen de veras del abismo de la culpa, y te dignas otorgar cabal premio a los obreros de la hora undécima.

«Alabada sea, ¡oh Señor!, tu sabiduría infinita, por haberme librado en este día de la ignorancia de la impiedad, y haberme admitido misericordiosamente entre los que te adoran y reverencian. Alabadas sean, Señor, tus misericordiosas entrañas, por haberme apartado tu mano del impío culto de los ídolos, haberme levantado al conocimiento de las obras buenas, y librado del príncipe de este mundo y de cuantos le siguen.

«Alabado seas, ¡oh excelente Pastor!, que trajiste sobre tus hombros la oveja descarriada al escogido redil de tu Iglesia, con lo que por mi causa alegráronse los santos ángeles del cielo. Alabado seas, ¡ oh Padre infinitamente bueno!, que te dignaste concederme en un instante la abundancia de tan grandes bienes, y coronarme de gloria, por Jesucristo Señor y Rey mío, a mí que peleo por el triunfo en el estadio de la verdad».

«Alabado seas, Rey poderosísimo, que me trocaste en atleta vigoroso por los discursos y el trabajo del sano juicio, por el auxilio de tu divino Espíritu, y que embotaste el aguijón del demonio. ¡Oh Señor!, dame tu divina gracia, como te dignaste prometerla a quienes te aman».

«Alábente, Señor, los cielos, la tierra, el mar y cuanto en ellos tiene ser y vida, porque Tú creaste todos los bienes por tu Hijo único Jesucristo para gloria de tu santísimo nombre, como fue de tu mayor agrado».

Alejandro, con no pequeña rabia de sus enemigos, gozábase ante la inminencia de su triunfo y cantaba alegre pregonando la gloria del Señor. Poco se le importaba de toda aquel aparato con que habían querido impresionar su imaginación: soldado hecho ya a los combates de la vida, quería, en aquel trance supremo, y a despecho de cualquier diabólica insinuación, mantenerse firme en sus ideales: todo por Dios y sólo por Él.

Entretanto que el esforzado mártir daba así desahogo al fervor, sus verdugos habían estado tratando sobre la suerte que correspondía a quien de tal manera había despreciado con público alarde a los dioses del imperio. Convinieron, pues, en sacrificarlo como víctima propiciatoria y en defensa de las leyes imperiales que tan abiertamente conculcara.

El Santo no opuso resistencia, antes, con alegría prestóse a rubricar, con la sangre y con la vida, la fe que alentaba en su pecho y su amor a Aquel que por pura caridad se hiciera hombre y muriera en la cruz. Con lo cual, sus sayones, sin más preámbulo ni formalidades, cortáronle la cabeza. Sucedió esto en Bérgamo, a 26 del mes de agosto.

Algunos historiadores han afirmado que Alejandro, después de su huida de Milán, predicó públicamente la fe cristiana durante bastante tiempo. Los documentos más antiguos no registran esta tradición, la cual parece no avenirse con la brevedad de su estancia allí. Por lo que es de suponer que tuvo que reducirse al pequeño círculo de influencia vecino de la casa.

Si aquella predicación no fue real como quisieron entenderla los tales historiadores, lo es, y muy evidente —como nota el comentador del Acta Sanctorum—, que fue apóstol por la efusión de su sangre y por los milagros innumerables que obró el Señor en el correr de los siglos por su intervención. En este sentido bien puede afirmarse que San Alejandro trocó aquel reducto del paganismo en tierra fecundísima para la Iglesia.

Culto a San Alejandro de Bérgamo

Una vez consumado su crimen, los paganos abandonaron el cuerpo del santo mártir, quizá por ver si algún cristiano se atrevía a acercarse a él. Pocos días después, y cuando ya no pensaban ellos en su víctima, una piadosa matrona llamada Grata, ayudada por algunos familiares, apoderóse del venerando cadáver y llevólo a una heredad sita en la afueras de Bérgamo y dióle allí honrorísima sepultura en presencia de muchos cristianos.

Parecióle después que aquél era muy pequeño homenaje y determinó levantar, a propias expensas, un suntuoso templo donde fuera honrada la memoria del tortísimo caballero de Cristo. De modo que vino a ser la tal construcción el primer oratorio alzado a la memoria del Santo.

Muy pronto fue aquel lugar centro de piadosa romería por parte de los cristianos. La devoción de los visitantes y el sinnúmero de prodigios obrados por el Señor en honra de su siervo, extendieron más y más el culto del insigne mártir hasta hacerlo muy popular en Italia. El paso de los peregrinos fue extendiendo luego aquella fama por toda la cristiandad.

Es San Alejandro patrono principal y protector de la ciudad de Bérgamo. El religioso benedictino e historiador fray Ruinart declara y comprueba la antigüedad y gran celebridad del culto de este glorioso mártir. Como queda dicho, en el correr de los siglos atribuyéronse muchísimos milagros a la intercesión de San Alejandro. Dos lugares de la diócesis de
Como se salvaron de las invasiones de lobos hambrientos por intercesión del Santo, y en agradecimiento fueron llevadas procesionalmente a dichos pueblos las reliquias de Santa Grata y San Alejandro.

Carlos el Gordo, emperador de Alemania, habiendo hecho voto al Santo, sanó de gravísima enfermedad por los años de 883, y en prueba de gratitud edificó un templo a San Alejandro y lo enriqueció con una preciosa corona de oro.

Pero la protección de este bienaventurado mártir se deja sentir principalísimamente en Bérgamo. El año 1505 puso sitio a la ciudad Raimundo Cardona, virrey de Nápoles, el cual se hallaba por entonces en guerra contra Venecia; tras una aparición del glorioso mártir San Alejandro, tuvo que pactar con ventaja para los de Bérgamo.

El año 1576, cuando la peste diezmaba a Italia y sobre todo a Venecia y Milán, solamente murieron en Bérgamo dos docenas de personas. Todos lo atribuyeron a la intercesión del inclícito patrono de la ciudad. En Roma es San Alejandro patrono de la iglesia de San Bartolomé de la plaza Colonna; la fábrica de esta iglesia solía dotar antiguamente a algunas doncellas de Bérgamo el día de la fiesta del Santo.

Reliquias de San Alejandro de Bérgamo

El oratorio levantado por Santa Grata permaneció en pie hasta principios del siglo X. Por entonces, el obispo de Bérgamo, San Adalberto, ansioso de remediar los desastres causados por la invasión de los húngaros, determinó emprender la reconstrucción de los templos más arruinados.

Reedificó la Basílica de San Alejandro, y trasladó las reliquias del mártir de su antiguo sepulcro a la Confesión. El traslado se verificó muy solemnemente; presidió la ceremonia Berengario, rey de Italia. El año de 1561 efectuóse un nuevo traslado a la catedral de San Vicente. La república veneciana, so pretexto de fortificar la ciudad de Bérgamo, necesitó echar abajo la iglesia edificada por San Adalberto.

Más adelante se reedificó la catedral de San Vicente y se le dieron mayores dimensiones. Por decreto del papa Inocencio XI, fue dedicada únicamente a San Alejandro, patrono de la ciudad y de la diócesis. Existe un relato circunstanciado de la «invención» de las reliquias del mártir verificada con ocasión de su traslado a la nueva catedral. A ras de tierra, cerca del altar, había una placa que, sobre cuatro columnitas de mármol, sustentaba un arca de madera chapeada de hierro.

Quitaron este monumento y el altar, y hallaron un trozo de mármol hincado en el suelo, en el que estaban grabadas estas dos palabras; Miles Thebanus, soldado tebeo. Medio codo más abajo, descubrieron una gran losa, la tapa del sar­cófago.

Todo el sepulcro era de mármol. La naturaleza de las incripciones, orlas y adornos en él esculpidos da pie para afirmar que se trataba de un sarcófago pagano destinado después a sepulcro de un mártir.

Oración de San Alejandro de Bérgamo

«Alabado seas, omnipotente Criador de todas las cosas, que premias con la bienaventuranza eterna a quienes te sirven dignamente. Alabado seas, Rey paciente, que aguantas a los impíos y a los pecadores, y muestras al mundo la luz de tu verdad, para que los descarriados por las sendas del error puedan volver a caminar por las veredas de la justicia».

«Alabado seas, ¡oh supremo Rey!, que levantas bondadoso a los caídos.  Alabado seas, ¡ oh Rey glorioso!, que te anonadaste tomando forma de esclavo, y te dignaste obedecer a tu santísimo Padre por nosotros hasta la muerte y muerte de Cruz; que habiendo con ella ahuyentado el infierno y destruido el imperio de la muerte, ascendiste triunfante a los cielos, donde, en favor nuestro, y por nosotros tus verdugos, has preparado un puesto al arrepentimiento».

«Alabado seas, ¡oh Señor misericordioso!, que prohíbes la inmolación de animales, y te dignas acoger favorablemente las oraciones de tus Santos.  Alabado seas, fortísimo Señor de las virtudes, que arrojas a los pies de tus Santos los artificios de los demonios. Alabado seas, ¡oh Dios benigno!, que das la gracia del arrepentimiento a cuantos salen de veras del abismo de la culpa, y te dignas otorgar cabal premio a los obreros de la hora undécima.

«Alabada sea, ¡oh Señor!, tu sabiduría infinita, por haberme librado en este día de la ignorancia de la impiedad, y haberme admitido misericordiosamente entre los que te adoran y reverencian. Alabadas sean, Señor, tus misericordiosas entrañas, por haberme apartado tu mano del impío culto de los ídolos, haberme levantado al conocimiento de las obras buenas, y librado del príncipe de este mundo y de cuantos le siguen.

«Alabado seas, ¡oh excelente Pastor!, que trajiste sobre tus hombros la oveja descarriada al escogido redil de tu Iglesia, con lo que por mi causa alegráronse los santos ángeles del cielo. Alabado seas, ¡ oh Padre infinitamente bueno!, que te dignaste concederme en un instante la abundancia de tan grandes bienes, y coronarme de gloria, por Jesucristo Señor y Rey mío, a mí que peleo por el triunfo en el estadio de la verdad».

«Alabado seas, Rey poderosísimo, que me trocaste en atleta vigoroso por los discursos y el trabajo del sano juicio, por el auxilio de tu divino Espíritu, y que embotaste el aguijón del demonio. ¡Oh Señor!, dame tu divina gracia, como te dignaste prometerla a quienes te aman».

«Alábente, Señor, los cielos, la tierra, el mar y cuanto en ellos tiene ser y vida, porque Tú creaste todos los bienes por tu Hijo único Jesucristo para gloria de tu santísimo nombre, como fue de tu mayor agrado».

San Alejandro de Bérgamo | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.