26 de Enero: San Policarpo, obispo y mártir


San Policarpo

San Policarpo fue obispo de Esmirna. Según el Martirologio de Policarpo, murió mártir, atado y quemado en la hoguera, luego apuñalado cuando el fuego no consumió su cuerpo. San Policarpo es considerado un santo y padre de la Iglesia. Su nombre significa «frutos abundantes» en griego. Tanto Ireneo como Tertuliano registran que Policarpo había sido discípulo del apóstol Juan, el discípulo amado de Jesús.


Día celebración: 26 de Enero.
Lugar de origen: ¿?
Fecha de nacimiento: 65.
Fecha de su muerte:  155.


Contenido

– Breve Biografía
– Oración de San Policarpo


Breve Biografía

San Policarpo fue uno de los más famosos entre aquellos obispos de la Iglesia primitiva, a quienes se les da el nombre de “Padres Apostólicos”, por haber sido discípulos de los Apóstoles y directamente instruidos por ellos. San Policarpo fue discípulo de San Juan Evangelista, y los fieles le profesaban una gran veneración. Entre sus muchos adictos, discípulos y seguidores se encontraban San Ireneo y Papias.

Cuando Florino, que había visitado con frecuencia a San Policarpo, empezó a profesar ciertas herejías, San Ireneo le escribió:

“Esto no era lo que enseñaban los obispos, nuestros predecesores. Yo te puedo mostrar el sitio en el que el bienaventurado Policarpo acostumbraba sentarse a predicar, Todavía recuerdo la gravedad de su porte, la santidad de su persona, la majestad de su rostro y de sus movimientos, así como sus santas exhortaciones al pueblo.

Todavía me parece oírle contar cómo había conversado con Juan y con muchos otros que vieron a Jesucristo, y repetir las palabras que había oído de ellos. Pues bien, puedo jurar ante Dios que si el santo obispo hubiese oído tus errores, se habría tapado las orejas y habría exclamado, según su costumbre: ;Dios mio!, por qué me has hecho vivir hasta hoy para oír semejantes cosas? Y al punto habría huido del sitio en que se predicaba tal doctrina”.

La tradición cuenta que, habiéndose encontrado San Policarpo con Marción  en las calles de Roma, el hereje le increpé, al ver que no parecía advertirle:

— ¿ Qué, no me conoces?

— Si, sé que eres el primogénito de Satanás.

El santo obispo había heredado este aborrecimiento hacia los herejes, de su maestro San Juan, quien salió huyendo de los baños, al ver a Cerinto.

San Policarpo besó las cadenas de San Ignacio, cuando éste pasó por Esmirna, camino del martirio, e Ignacio a su vez, le recomendó que velara por su lejana Iglesia de Antioquia y le pidió que escribiera en su nombre a las Iglesias de Asia, a las que él no había podido escribir. San Policarpo escribió poco después a los Filipenses una carta que se conserva todavía y que alaban mucho San Ireneo, San Jerénimo, Eusebio y otros.

Dicha carta, que en tiempos de San Jerónimo se leía públicamente en las iglesias, merece toda admiración por la excelencia de sus consejos y la claridad de su estilo. Policarpo emprendió un viaje a Roma para aclarar ciertos puntos con el Papa San Aniceto, especialmente la cuestión de la fecha de la Pascua, porque las Iglesias de Asia diferían de las otras en este particular.

Como Aniceto no pudiese convencer a Policarpo ni éste a aquél, convinieron en que ambos conservarían sus propias costumbres y permanecerían unidos por la caridad. Para mostrar su respeto por San Policarpo, Aniceto le pidió que celebrara la Eucaristía en su Iglesia. A esto se reduce todo lo que sabemos sobre San Policarpo, antes de su martirio.

El año sexto de Marco Aurelio, según la narración de Eusebio, estalló una grave persecución en Asia, en la que los cristianos dieron pruebas de un valor heroico. Germánico, quien había sido llevado a Esmirna con otros once o doce cristianos se señaló entre todos, y animó a los pusilánimes a soportar el martirio. En el anfiteatro, el procónsul le exhortó compasivamente a no entregarse a la muerte en plena juventud, cuando la vida tenia tantas cosas que ofrecerle, pero Germánico provocó a las fieras para que le arrebataran cuanto antes la vida perecedera. Pero también hubo cobardes: un frigio, llamado Quinto, consintió en hacer sacrificios a los dioses antes que morir.

Los autores de la carta de la que tomamos estos datos, condenan justamente la presunción de los que se ofrecían espontáneamente al martirio, como lo había hecho Germanico y explican que el martirio de San Policarpo fue realmente evangélico, porque el santo no se entregó, sino que esperó a que le arrestaran los perseguidores, siguiendo el ejemplo de Cristo. El extraordinario valor de Germanico y sus compañeros no hizo mas que aumentar la sed de sangre de los espectadores. La multitud empezó a gritar:

¡Mueran los enemigos de los Dioses! ;Muera Policarpo!

Los amigos del santo le habían persuadido que se escondiera, durante la persecución, en un pueblo vecino. Tres días antes de su martirio tuvo una visión en la que aparecía su almohada envuelta en llamas; esto fue para él una señal de que moriría quemado vivo como lo predijo a sus compañeros. Cuando los perseguidores fueron a buscarle, cambié de refugio, pero un esclavo, a quien habían amenazado con el potro si no le delataba, acabó por entregarle.

Herodes, el jefe de la policía, mandó por la noche a un piquete de cabaIleria a que rodeara la casa en que estaba escondido Policarpo; éste se hallaba en la cama, y rehusó escapar, diciendo:

“Hágase la voluntad de Dios”.

Descendió, pues, hasta la puerta, ofreció de cenar a los soldados y les pidió únicamente que le dejasen orar unos momentos. Habiéndosele concedido esta gracia, Policarpo oró de pie durante dos horas, por sus propios cristianos y por toda la Iglesia. Hizo esto con tal devoción, que algunos de los que habían venido a aprehenderle se arrepintieron de haberlo hecho. Montado en un asno fue conducido a la ciudad. En el camino se cruzó con Herodes y el padre de éste, Nicetas, quienes le hicieron venir a su carruaje y trataron de persuadirle de que no exagerase su cristianismo

¿Qué mal hay en decir Señor al César, o en ofrecer un poco de incienso para escapar a la muerte?

Hay que notar que la palabra “Señor” implicaba en aquellas circunstancias el reconocimiento de la divinidad del César. El obispo permaneció callado al principio; pero, como sus interlocutores le instaran a hablar, respondió firmemente:

Estoy decidido a no hacer lo que me aconsejáis.

Al oír esto, Herodes y Nivetas le arrojaron del carruaje con tal violencia, que se fracturó una pierna. El santo se arrastró calladamente hasta el sitio en que se hallaba reunido el pueblo. A la Llegada de Policarpo, muchos oyeron una voz que decía:

“Sé fuerte, Policarpo, y muestra que eres hombre”.

El procónsul le exhortó a tener compasión de su avanzada edad, a jurar por el César y a gritar «Mueran los enemigos de los dioses!». El santo, volviéndose hacia la multitud de paganos reunida en el estadio, gritó: «Mueran los enemigos de Dios!». El procónsul repitió: «Jura por el César y te dejaré libre; reniega de Cristo».

— Durante ochenta y seis años he servido a Cristo, y nunca me ha hecho ningún mal. Como quieres que reniegue de mi Dios y Salvador?  Si lo que deseas es que juré por el César, he aquí mi respuesta: Soy cristiano. Y si quieres saber lo que significa ser cristiano, dame tiempo y escúchame”.

El procónsul dijo:

— Convence al pueblo.

El mártir replicó:

— Me estoy dirigiendo a ti, porque mi religión enseña a respetar a las autoridades si ese respeto no quebranta la ley de Dios. Pero esta muchedumbre no es capaz de oír mi defensa.

En efecto, In rabia que consumía a la multitud le impedía prestar oídos al santo. El procónsul le amenazó: «Tengo fieras salvajes»,  «Hazlas venir —respondió Policarpo—, porque estoy absolutamente resuelto a no convertirme del bien al mal, pues solo es justo convertirse del mal al bien. El procónsul replicó: «Puesto que desprecias a las fieras te mandaré quemar vivo». Policarpo le dijo: «Me amenazas con fuego que dura un momento y después se extingue; eso demuestra que ignoras el juicio que nos espera y qué clase de fuego inextinguible aguarda a los malvados. Qué esperas? Dicta la sentencia que quieras».

Durante estos discursos, el rostro del santo reflejaba tal gozo y confianza y su actitud tenia tal gracia, que el mismo procónsul se sintió impresionado. Sin embargo, ordenó que un heraldo gritara tres veces desde el centro del estadio: «Policarpo se ha confesado cristiano». Al oír esto, la multitud exclamó: «Este es el maestro de Asia, el padre de los cristianos, el enemigo de nuestros dioses que enseña al pueblo a no sacrificarles ni adorarles!»

Como la multitud pidiera al procónsul que condenara a Policarpo a los leones,.aquél respondió que no podía hacerlo, porque los juegos habían sido ya clausurados. Entonces gentiles y judíos pidieron que Policarpo fuera quemado vivo. En cuanto el procónsul accedió a su petición, todos se precipitaron a traer leña de los hornos, de los baños y de los talleres. Al ver la hoguera preparada, Policarpo se quitó los vestidos y las sandalias, cosa que no había hecho antes porque los fieles se disputaban el privilegio de tocarle. Los verdugos querían atarle, pero él les dijo:

Permitidme morir así. Aquél que me da su gracia para soportar el fuego me la dará también para soportarlo inmóvil.

Los verdugos se contentaron pues, con atarle las manos a la espalda. Levantando los ojos al cielo, Policarpo hizo la siguiente oración:

“Señor, Dios todopoderoso, Padre de nuestro amado y bendito Jesucristo, Hijo tuyo, por quien te hemos conocido; Dios de los ángeles, de los arcángeles, de toda criatura y de todos los justos que viven en tu presencia: te bendigo, porque en este día y en esta hora me has concedido ser contado entre el número de tus mártires, participar del cáliz de Cristo y, por el Espíritu Santo, ser destinado a la resurrección de la vida eterna en la incorruptibilidad del alma y del cuerpo.

¡Ojalá que sea yo también contado entre el número de tus santos como un sacrificio enjundioso y agradable, tal como lo dispusiste de antemano, me lo diste a conocer y ahora lo cumples, oh Dios veraz e ignorante de la mentira! Por esto te alabo, te bendigo y te glorifico en todas las cosas por medio de tu Hijo amado Jesucristo, eterno y celestial Pontífice. Por él a ti, en unión con él mismo y el Espíritu Santo, sea la gloria ahora y en el futuro, por los siglos de los siglos. Amén”.

No bien había acabado de decir la ultima palabra, cuando la hoguera fue encendida. «Pero he aquí que entonces aconteció un milagro ante nosotros, que fuimos preservados para dar testimonio de ello —escriben los autores de esta carta—: las llamas, encorvándose como las velas de un navío empujadas por el viento, rodearon suavemente el cuerpo del mártir, que entre ellas parecía no tanto un cuerpo devorado por el fuego, cuanto un pan o un metal precioso en el horno; y un olor como de incienso perfumó el ambiente».

Los verdugos Los verdugos recibieron la orden de atravesar a Policarpo con una lanza; al hacerlo, brotó de su cuerpo una paloma y tal cantidad de sangre, que la hoguera se apago.

Nicetas aconsejé al procónsul que no entregara el cuerpo a los cristianos, no fuera que estos, abandonando al Crucificado, adorasen a Policarpo. Los judíos habían sugerido esto a Nicetas, sin saber —dicen los autores de la carta— que nosotros no podemos abandonar a Jesucristo ni adorar a nadie mas. Porque a El le adoramos como Hijo de Dios, y a los mártires les amamos simplemente como discípulos e imitadores suyos, por el amor que muestran a su Rey y Maestro.

Viendo la discusión provocada por los judíos, el centurión redujo a cenizas el cuerpo del mártir.

«Mas tarde —explican los autores de la carta—- recogimos nosotros los huesos, mas preciosos que las mas ricas joyas de oro, y los depositamos en un sitio donde Dios nos concedió reunirnos, gozosamente, para celebrar el nacimiento de este mártir».

Esto escribieron los discípulos y testigos. Policarpo recibió el premio de sus trabajos, a las dos de la tarde del 23 de febrero de 155.

Oración de San Policarpo

“Señor, Dios todopoderoso, Padre de nuestro amado y bendito Jesucristo, Hijo tuyo, por quien te hemos conocido; Dios de los ángeles, de los arcángeles, de toda criatura y de todos los justos que viven en tu presencia: te bendigo, porque en este día y en esta hora me has concedido ser contado entre el número de tus mártires, participar del cáliz de Cristo y, por el Espíritu Santo, ser destinado a la resurrección de la vida eterna en la incorruptibilidad del alma y del cuerpo.

¡Ojalá que sea yo también contado entre el número de tus santos como un sacrificio enjundioso y agradable, tal como lo dispusiste de antemano, me lo diste a conocer y ahora lo cumples, oh Dios veraz e ignorante de la mentira! Por esto te alabo, te bendigo y te glorifico en todas las cosas por medio de tu Hijo amado Jesucristo, eterno y celestial Pontífice. Por él a ti, en unión con él mismo y el Espíritu Santo, sea la gloria ahora y en el futuro, por los siglos de los siglos. Amén”.

San Policarpo | Fuentes
La vida de los Santos por Butler.
Transmisión en vivo desde el Santuario de Nuestra Señora de Fátima En Directo
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