San juan y san pablo

26 de Junio: Santos Juan y Pablo, Mártires

Publicado el 26 de junio de 2021

Actualizado el 19 de abril de 2025

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Santos Juan y Pablo (en latín: Ioannes, Paulus) vivieron durante el siglo IV en el Imperio Romano. Fueron martirizados en Roma el 26 de junio según sus actas; ocurrió durante los días de Juliano el Apóstata (361-3).


Día celebración: 26 de Junio.
Fecha de su muerte: 363.


Contenido

– Introducción
– En casa de la princesa Constanza
– Juan y Pablo sustituidos por Ática y Artemisa
– Batalla de Filipólis
– Regreso a Roma
– Embajada y proposiciones de Juliano
– Martirio
– Oración a los Santos Juan y Pablo


Introducción

En los días difíciles de la Iglesia, cuando estaba confinada a las Catacumbas, nacieron los hermanos Juan y Pablo. Bajo el reinado del apóstata Juliano, sellaron su fe con su sangre. Inicialmente sirvieron a su patria con talento y espada, pero al enfrentarse a la irreligiosidad, abandonaron sus altas posiciones para servir a un mejor Señor. De noble cuna y educación esmerada, se destacaron en el ejército por su disciplina y valor. La juventud de estos ilustres hermanos no se conoce, ya que la relación de su martirio, proporcionada por Terenciano, no ofrece detalles sobre sus primeros años.

En casa de la princesa Constanza

Después de la victoria en el puente Milvio, la hija del emperador Constantino, Constanza, fue afligida por una horrible úlcera incurable. Buscando la curación, se volcó al cielo y, por la intercesión de Santa Inés, obtuvo la sanación y decidió consagrar su virginidad al Señor. Constantino permitió a Constanza llevar una vida austera y cristiana en la Corte, facilitando sus proyectos con la ayuda de los virtuosos hermanos Juan y Pablo. Juan fue nombrado mayordomo de Constanza, quien depositó en ellos completa confianza al apreciar sus brillantes cualidades.

Juan y Pablo sustituidos por Ática y Artemisa

Cuando los escitas amenazaron el Imperio romano, Constantino ofreció el cargo de lugarteniente imperial a Galicano, un destacado general gentil. Para aceptar, Galicano exigió ser nombrado cónsul por segunda vez y casarse con la princesa Constanza. Conocedor del voto de fidelidad de su hija a su compromiso celestial, Constantino no se atrevió a insinuarle las intenciones de Galicano. Sin embargo, Constanza, al notar la preocupación de su padre, acudió a la oración y luego le expresó:

— Si no estuviera tan segura, señor y padre mío, de que Dios no me abandonará, me inquietaría el dolor que debéis experimentar ante el compromiso en que os pone la exigencia de Galicano. Pero la confianza que tengo en Dios mi Salvador y Esposo, hace que os evite esa aflicción, pues consiento en desposarme con Galicano si regresa triunfador del campo de batalla. Mas para ello he de poner también mis condiciones, a saber: Galicano me confiara las dos hijas de su primer matrimonio hasta el día de nuestras bodas, y él llevará consigo a mis oficiales Juan y Pablo; por ellos podrá conocerme, así como yo le conoceré por medio de sus hijas.

Este convenio agradó extraordinariamente a Constantino, el cual se apresuró a ponerlo en conocimiento de Galicano. Éste lo aceptó y se llevó a la guerra a Juan y a Pablo, dejando a sus dos hijas Ática y Artemisa al lado de la princesa Constanza. Así que Constanza vio entrar en su palacio a las hijas de Galicano, corrió a su oratorio y, postrándose de hinojos y alzando las manos al Cielo, le pidió con instancia la conversión de estas dos almas:

«Señor Dios mío todopoderoso, que por las oraciones de tu santa virgen y mártir Inés me curaste de la Haga incurable, me enseñaste el camino de la verdad, me inspiraste que permaneciese en castidad, y te dignaste admitirme en el número de tus esposas.

Tú Señor, que eres Hijo y Padre de María y recibiste sustento de sus sagrados pechos, siendo Tú el que sustentas al universo; Tú, que creciste en edad, siendo el que da el crecer y aumento a toda criatura; Tú. que creciste en sabiduría, siendo sabiduría eterna; Tú, que eres grande, todopoderoso, infinito y en el tiempo naciste de madre, siendo sin madre engendrado en la eternidad de la sustancia del eterno Padre, Dios de Dios, lumbre de lumbre; Tú, que reparaste el mundo con tu muerte, y que eres juez universal de vivos y de muertos: haz, te suplico humildemente, que estas dos almas que Tú redimiste con tu preciosa sangre, y la de su padre Galicano, se conviertan a Ti y vivan para ti. Abre, Señor, mi boca para que les sepa decir lo que conviene, y abre sus oídos para que, oyendo mis amonestaciones, ellas y yo perseveremos en castidad y no deseemos otro esposo sino a ti, a fin de que ellas y y o eternamente nos gocemos en tu reino celestial.»

Muchas veces murmuraron esta ferviente plegaria los labios de Constanza, mas su celo apostólico no quedaba satisfecho, y exclamaba: «Ilumina, ¡oh Cristo y único Esposo mío!, con los resplandores de tu fe al alma de Galicano, que quisiera arrebatarme tus castos abrazos».

No tardó el Señor en escuchar estas ardientes súplicas. Las hijas del lugarteniente imperial no sólo se convirtieron a la fe cristiana, sino que, renunciando a las vanidades del mundo, quisieron imitar el ejemplo de la princesa y consagraron al Señor su castidad. Desde entonces las recién convertidas unieron sus oraciones a las de la princesa para pedir la conversión de su padre.

Batalla de Filipólis

Galicano marchaba con sus legiones hacia los bárbaros, anhelando el éxito en la batalla y visualizando su futuro como cónsul y yerno del emperador. En Filipópolis, los soldados romanos, inspirados por las arengas de Galicano, lucharon con fervor, pero los escitas resistieron y contraatacaron con determinación. A pesar de los sacrificios en honor a Marte, la desesperación se apoderó de los romanos, y Juan y Pablo lucharon junto a Galicano, defendiéndolo no solo contra los golpes enemigos, sino también contra la creciente desesperanza. Al ver la huida romana y la aparente derrota, dirigieron estas palabras a Galicano: «Marte te abandona, o mejor dicho, nunca pudo servirte porque no es Dios. Promete abrazar la religión cristiana y el único y verdadero Dios te dará la victoria».

Apenas Galicano hizo voto de convertirse al Cristianismo si el cielo le favorecía con el triunfo, cuando vio a su lado a un gallardo mancebo, con una cruz sobre el hombro derecho, que le dijo: «Toma tu espada y sígueme». «Y como yo, obediente a su voz, le siguiese — refería Galicano algunos días después a Constantino— , me vi rodeado por todas partes de soldados armados que me alentaban al combate diciéndome: «Venimos en tu auxilio; entra sin temor en el campo enemigo y no te detengas hasta que llegues a la tienda del rey ». Llegué por fin, merced a los golpes que daban a mi alrededor estos valerosos soldados, y el rey, postrado a mis pies, me pidió que le salvara la vida con cualquier condición que fuese, por lo que yo, movido a compasión, le perdoné a él y a sus soldados».

Regreso a Roma

Juan y Pablo lograron una victoria destacada para Galicano contra los bárbaros, pero aún más notable fue su triunfo sobre el demonio. Galicano reformó su ejército, admitiendo a los que abrazaron la religión cristiana y rechazando a los que se aferraron al culto de los ídolos. Al llegar a Roma, fue recibido con entusiasmo por el Senado, la nobleza y el pueblo, pero antes de ingresar a la ciudad, se postró en la tumba de los Apóstoles para agradecer a Dios por el notable triunfo. Constantino, sorprendido por su cambio, le preguntó la razón de su conducta piadosa. Galicano le contó los detalles de su conversión y agregó: «Para alcanzar la victoria me he convertido al Cristianismo, y, como quiero ser perfecto cristiano, he renunciado a mis pretensiones al cargo consular y a la condición de mi matrimonio; pues no quiero que nada me impida consagrarme completamente a Cristo mi Señor».

Al escuchar estas palabras, Constantino abrazó efusivamente a Galicano, revelando que sus hijas eran también cristianas y vírgenes del Señor. Al llegar a palacio, Santa Elena y las princesas Constanza, Ática y Artemisa lo recibieron con alegría y alabanzas a Dios. En reconocimiento de sus servicios, el emperador le concedió la toga consular y honores triunfales. Después de cumplir su cargo, Galicano se retiró del mundo, dedicándose a la oración y buenas obras en Ostia y luego en Alejandría, donde finalmente recibió la corona del martirio el 25 de junio según el martirologio romano.

Mientras tanto, Juan y Pablo continuaron sirviendo en la Corte, destacándose por su fervor en devociones y caridad. A pesar del favor de la princesa y el emperador, utilizaron su posición para consolar a los desfavorecidos, siendo protectores de huérfanos y amparo de desvalidos. Después de la muerte de Constantino, Juan y Pablo mantuvieron su influencia en la Corte y conservaron sus empleos incluso después del fallecimiento de la princesa Constanza.

Embajada y proposiciones de Juliano

Cuando Juliano el Apóstata ascendió al trono y se declaró enemigo de Jesucristo con la intención de erradicar el cristianismo, los santos Juan y Pablo renunciaron a sus cargos y honores en la Corte. Se dedicaron por completo al ejercicio de buenas obras. Aunque Juliano conocía la virtud y mérito de los hermanos, disimuló por un tiempo por temor a provocar la indignación del pueblo. Sin embargo, al enterarse de las abundantes obras de caridad que realizaban, les envió un emisario para proponerles que regresaran a la Corte para retomar sus antiguos empleos. La respuesta de los hermanos a Juliano fue la siguiente:

«Hemos servido a Constantino y a sus hijos porque, no contentos con practicar la virtud en el trono, se gloriaban de ser los servidores de Jesucristo. Mas desde que el mundo ya no ha sido digno de tener tales soberanos, y cuando hasta el trono se han encumbrado la desvergüenza y la apostasía, sería para nosotros un desdoro pertenecer a una Corte sacrílega e impía».

Les envió Juliano un nuevo mensaje para atraérselos a su lado:

«Yo también obtuve en la Iglesia las primeras Órdenes y si hubiera querido, ocuparía en ella lugar preferente; mas, considerando la inutilidad de estos honores, que no pueden dar riquezas, opté por la política y la guerra y, ofreciendo sacrificios a los dioses, he llegado a tener en mi mano el cetro del mundo. Vosotros, pues, que os habéis criado en la Corte, podéis sentaros a mi lado, investidos de las principales dignidades en mi palacio; y tened en cuenta que, si rechazáis mis ofrecimientos, me obligaré a obrar de modo que os pese el desprecio que me hacéis».

Juan y Pablo respondieron:

«No te hacemos la injuria de preferirte a ningún hombre; mas sobre ti está el Señor, que ha creado el cielo y la tierra, el mar y cuanto encierran; rechazamos tu amistad de hombre mortal, para no incurrir en la desgracia de un Dios inmortal».

Juliano, en un arrebato de furor, les concedió diez días de término para que tomasen su partido, asegurándoles que, si pasados éstos no se rendían a su voluntad, él les haría experimentar hasta dónde podían llegar los efectos de su indignación. A lo cual contestaron los valientes servidores de Jesucristo: «Obra como si estos diez días hubiesen ya transcurrido y ejecuta hoy mismo tus amenazas contra nosotros».

Cuando Terenciano, ministro e intérprete del emperador en este negocio, le dio cuenta de esta noble respuesta, Juliano, irritado, exclamó: «¿Acaso piensan ellos que los cristianos van a venerarlos como a mártires?» Levantándose luego, añadió en tono colérico y arrebatado: «Si no vuelven al palacio, dentro de diez días los trataré como a enemigos del Estado».

Martirio

Con la certeza de recibir la recompensa deseada en manos del Señor en diez días, los ilustres confesores de Cristo se prepararon para el martirio, recibieron a muchos cristianos en su casa y distribuyeron sus bienes entre los pobres. Durante los siguientes diez días, se dedicaron a la devoción y las buenas obras. Al día siguiente, cuando los soldados rodearon la casa y Terenciano, el emisario de Juliano, llegó para la cena, entró en la habitación de los hermanos. Los encontró postrados ante la imagen de Cristo. Interrumpiendo su oración, les mostró una estatua pequeña de oro de Júpiter y les dijo:

«Juliano, mi señor, me envía a vosotros por última vez; no os pide Su Majestad que concurráis públicamente a los templos y que en ellos rindáis adoraciones a los dioses del imperio; conténtase con que privadamente tributéis culto al gran Júpiter, cuya imagen os presento; de esta suerte conservaréis vuestros bienes, el honor y la vida».

Juan y Pablo respondieron:

«Si tu tienes a Juliano por dueño y señor, gloríate en servirle; por lo que a nosotros toca, no reconocemos más señor que al único y verdadero Dios en tres Personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo; Aquel de quien tu amo se atrevió a renegar. Porque ha sido abandonado de Dios, quisiera él que los demás también se precipitaran en el abismo, mas no le seguiremos por el camino de perdición, ni imitaremos su apostasía».

Terenciano, al escuchar la firme profesión de fe de los hermanos Juan y Pablo, comprendió que no podría doblegar su valentía. Cumpliendo las órdenes del tirano, los hizo degollar, los enterró en los sótanos y propagó la falsa noticia de su destierro por mandato del emperador. Juliano el Apóstata, temiendo un alboroto en la ciudad y que los hermanos fueran honrados como mártires, optó por hacerlos morir en secreto.

Las almas de Juan y Pablo disfrutaron de la visión beatífica, mientras que Juliano sufrió un desastre y blasfemó contra el nombre de Cristo en su muerte en 363. Las reliquias de Juan y Pablo fueron descubiertas en el tiempo del católico Joviano, sucesor de Juliano. La curación de un hijo de Terenciano, poseído por el demonio, llevó a la conversión del verdugo, quien escribió la vida y martirio de los santos.

Sus reliquias fueron colocadas en la iglesia que se erigió en el lugar de su martirio, hoy conocida como la Iglesia de los Santos Juan y Pablo en Roma. La memoria de estos mártires es ilustre en todo el mundo, y la Iglesia los honra en el Canon de la Misa y en las Letanías de los Santos. El papa Benedicto XIV declaró su fiesta de rito doble el 21 de mayo de 1728.

Oración a los Santos Juan y Pablo

Oh gloriosos mártires Juan y Pablo,que ofrecisteis vuestra vida como testimonio valiente de vuestra fe en Cristo, y preferisteis la corona del martirio antes que renegar del Señor, interceded por nosotros ante el trono del Altísimo.

Alcanzadnos la gracia de vivir con coherencia nuestra fe, de ser firmes en la esperanza y generosos en el amor, aún en medio de las dificultades, la incomprensión o la persecución.

Que, como vosotros, sepamos dar testimonio del Evangelio con nuestras palabras y nuestras obras, y que, al final de nuestro peregrinar por este mundo, podamos gozar con vosotros de la gloria eterna.

Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Cordero de Dios

Santos Juan y Pablo | Fuentes

El Santo de cada día por EDELVIVES.

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.