Los esfuerzos de Jacques Cartier en 1534 y Samuel Champlain en 1608 por implantar el cristianismo en Canadá no lograron los resultados esperados. No obstante, por orden del rey Enrique IV, ese mismo año los jesuitas Pierre Biard y Ennemond Massé fueron enviados a la Acadia para evangelizar a los indígenas suriqueses.
Massé se adentró en los bosques para aprender su lengua y costumbres, mientras Biard permaneció en Port Royal ganándose la confianza de los indígenas. Tras un año, lograron escribir un catecismo en la lengua nativa, pero enfrentaron resistencia de los etchemines, mientras los suriqueses mostraban poco interés religioso.
Todos los indígenas practicaban la embriaguez, brujería y poligamia. Sin embargo, con la llegada de nuevos colonos franceses y otros dos sacerdotes jesuitas, el trabajo de evangelización parecía avanzar.
En 1613, un pirata inglés atacó Port Royal, saqueando e incendiando los establecimientos. Quince colonos, incluido el padre Massé, fueron abandonados en alta mar, mientras que los padres Biard y Quentin fueron llevados a Virginia. Aunque lograron regresar a Francia, la evangelización en Acadia quedó completamente paralizada.
En 1615, tras repetidas solicitudes de Champlain, llegaron a Tadoussac varios franciscanos para evangelizar, pero, al verse sin recursos suficientes, pidieron la ayuda de los jesuitas. Ese mismo año, tres sacerdotes jesuitas, incluido el padre Massé, desembarcaron en Quebec, justo después de que indígenas mataran al fraile franciscano Vial y a su catequista.
Entre los jesuitas recién llegados estaba también el padre Jean de Brébeuf, quien, a pesar de haber sido físicamente débil durante su formación en Rouen, se unió a la difícil tarea misionera junto al padre Charles Lalemant.
A pesar de su fragilidad física inicial, el padre Jean de Brébeuf se transformó en un valiente apóstol entre los hurones, capaz de soportar enormes penalidades. Su valor fue tan admirado que, tras su muerte, los indígenas bebieron su sangre para adquirir su coraje. Antes de trabajar con los hurones, vivió en duras condiciones con los algonquinos para aprender su idioma y costumbres.
En 1615, junto a un franciscano y otro jesuita, recorrió casi mil kilómetros enfrentando difíciles travesías hasta establecerse en Tod’s Point. Cuando sus compañeros regresaron, Brébeuf se quedó solo entre los hurones, quienes lo veían con desconfianza, culpándolo de sus desgracias y temiendo la cruz en su cabaña.
Durante su primer período con los hurones, el padre Brébeuf no logró ninguna conversión y debió abandonar su misión debido a las circunstancias. Los ingleses bloquearon el río San Lorenzo, dejando sin suministros a la colonia francesa. Champlain, sin apoyo, se rindió, y tanto colonos como misioneros fueron expulsados, convirtiendo temporalmente a Canadá en una colonia británica.
Champlain apeló en los tribunales ingleses y, en 1632, Canadá fue devuelta a Francia. Los jesuitas, liderados por el padre Le Jeune, retomaron la evangelización, y en 1633, Brébeuf y Massé regresaron junto con Champlain.
El padre Le Jeune, antes hugonote, era un hombre visionario que veía la misión en Canadá como una tarea de toda la nación católica francesa. Para involucrar a más personas, creó un plan para informar a Francia sobre las condiciones en Canadá a través de descripciones gráficas, comenzando con sus propias experiencias. Estas publicaciones, conocidas como las «Relaciones Jesuíticas», se enviaban regularmente y también incluían cartas de otros jesuitas como Brébeuf y Perrault.
Las «Relaciones» despertaron gran interés en Francia y Europa, lo que motivó una ola de emigración y el envío de religiosos al Nuevo Mundo. El padre Antoine Daniel, natural de Normandía como Brébeuf, se unió a la misión tras informarse extensamente sobre la tarea en Canadá.
Cuando los hurones llegaron a Quebec para la feria anual, se alegraron de ver al padre Brébeuf y lo rodearon para escucharlo hablar en su lengua. Aunque inicialmente temieron llevarlo de regreso por amenazas de un líder de Ottawa, al año siguiente pidieron que Brébeuf, el padre Daniel y el sacerdote Darost se unieran a ellos como huéspedes. Tras un viaje difícil, los jesuitas llegaron y los hurones les construyeron una cabaña.
Brébeuf enseñó el idioma local a sus compañeros, y pronto el padre Daniel pudo recitar el Padre Nuestro con los niños. Los misioneros comenzaron a catequizar a los hurones, enseñándoles sobre la inmortalidad del alma y el destino en el cielo o el infierno, alentándolos a elegir su vida eterna.
Durante una gran sequía que amenazaba con hambre, los hurones, desesperados, recurrieron al padre Brébeuf. Él les sugirió rezar y juntos hicieron una novena. Al noveno día, la lluvia llegó y salvó las cosechas, impresionando a los hurones. Sin embargo, los ancianos se aferraban a sus tradiciones y los adultos permanecían indiferentes.
Los jesuitas bautizaban solo a adultos moribundos tras una larga preparación, mientras que los niños, más dispuestos, eran expuestos a los vicios de los mayores. Para proteger a los pequeños, se decidió crear un seminario en Quebec. El padre Daniel lo fundó, siendo maestro y tutor de los primeros niños hurones. Mientras tanto, Brébeuf, solo entre los hurones, escribió un influyente tratado para futuros misioneros.
Llegan más Jesuitas
En 1636, llegaron cinco jesuitas a Canadá, entre ellos Isaac Jogues y Charles Garnier, futuros mártires. Jogues, de Orléans, y Garnier, de París, se unieron a la misión tras su ordenación.
Mientras Brébeuf estaba entre los hurones, fue testigo de una guerra contra los iroqueses y de la brutal tortura de un prisionero que había bautizado. Horrorizado por la crueldad, permaneció al lado del cautivo para ayudarlo a morir en paz.
Los misioneros enfrentaron epidemias que afectaron tanto a indígenas como a ellos mismos. A pesar de que ayudaban a los enfermos, los hechiceros difundieron rumores culpándolos por las enfermedades. A pesar de las calumnias, Brébeuf informó en 1637 que habían bautizado a más de 200 personas y que las comunidades comenzaban a comprender que su misión era enseñar y salvar almas, no comerciar.
Un nuevo golpe
La esperanza de los misioneros se vio sacudida cuando las sospechas de los indígenas resurgieron, llevando a un consejo de 28 ancianos que, en ausencia, juzgó a los sacerdotes. Aunque el padre Brébeuf defendió brillantemente a su grupo, el pueblo decidió que los misioneros debían morir.
Los misioneros aceptaron con calma su destino, escribiendo un último informe para sus superiores. Brébeuf, en un acto final, organizó una fiesta de despedida para los indígenas. Durante el evento, habló con tal emoción sobre la vida después de la muerte que los hurones, conmovidos, cambiaron de opinión y decidieron perdonarles, permitiendo que continuaran su labor.
Se establece una segunda misión
Se estableció una segunda misión en Teanaustaye, con el padre Lalemant a cargo de ambas misiones, y el padre Brébeuf lideró una tercera en Sainte-Marie, cerca de los caseríos indígenas. Sainte-Marie se convirtió en el centro de operaciones y refugio para los misioneros, labradores y soldados. Se construyeron un hospital, un fuerte y un cementerio, y los misioneros realizaron numerosas expediciones a tribus cercanas, aunque rara vez eran bien recibidos.
En 1637, se bautizó al primer indígena adulto, seguido de otros ochenta en dos años y sesenta más en 1641. Aunque los números no eran elevados, demostraban la posibilidad de conversión. El padre Lalemant expresó en 1639 dudas sobre el progreso sin derramamiento de sangre. Mientras tanto, el padre Brébeuf y el padre Jogues deseaban compartir el sufrimiento en lugar del martirio. En 1642, con las calamidades asolando a los hurones, el padre Jogues fue elegido para ir a Quebec en busca de suministros.
Emboscada de los iroqueses
El padre Jogues regresó a la misión con provisiones, pero fue emboscado por los iroqueses. Él y su ayudante, René Goupil, sufrieron graves maltratos, incluyendo la extracción de cabello, uñas y mordiscos en los dedos. Lo más doloroso para Jogues fue la brutalidad hacia los indígenas cristianos convertidos por él.
René Goupil, el primer mártir el 29 de septiembre de 1642, murió a causa de heridas infligidas con tomahawks por haber hecho el signo de la cruz sobre algunos niños. Goupil, a pesar de su frágil salud, había intentado ingresar a la Compañía de Jesús y, tras fallar, estudió medicina y ofreció sus servicios a los misioneros en Canadá.
El padre Jogues, esclavo entre los mohawks, fue liberado por los colonos holandeses y llevado a Inglaterra y luego a Francia, donde su regreso causó gran interés. Aunque tenía los dedos mutilados y no podía celebrar misa, el Papa Urbano VIII le concedió un permiso especial.
En 1644, Jogues regresó a Nueva Francia y comenzó a trabajar en Montreal, esperando regresar a la región de los hurones, un viaje cada vez más peligroso debido a la amenaza de los iroqueses. Durante una embajada inesperada de los iroqueses para gestionar la paz, Jogues notó la ausencia de representantes de la aldea principal, Ossernenon.
Durante las negociaciones con los iroqueses, quedó claro que sólo buscaban la paz con los franceses, no con los hurones. Se decidió enviar una delegación a Ossernenon, con el padre Jogues como principal embajador y Jean Bourdon en representación del gobierno colonial. La comitiva, que viajó por el Lago Champlain y el Lago George, confirmó los detalles del pacto y regresó a Quebec. Jogues dejó una caja de artículos religiosos en Ossernenon, pensando regresar como misionero, pero esta caja se convirtió en la causa de su martirio.
Después de la partida de los embajadores, los mohawks enfrentaron una mala cosecha y una epidemia que atribuyeron a «los demonios escondidos en la caja de Jogues». Al enterarse de su tercera visita, los mohawks tendieron una emboscada, capturando a Jogues y a su compañero Lalande, quienes fueron golpeados, despojados y conducidos atados a Ossernenon. Aunque otros grupos indígenas intentaron intervenir, los captores de la tribu del Oso se negaron a mostrar clemencia.
El 18 de octubre, el padre Isaac Jogues fue asesinado por los indígenas en una cabaña; su cabeza fue decapitada y colocada en un palo. Al día siguiente, su compañero Jean Lalande y un guía hurón también fueron muertos y arrojados al río. El martirio de Jogues marcó el destino de los hurones, quienes habían depositado su esperanza de paz en él.
Para entonces, muchos hurones aceptaban el cristianismo y había 24 misioneros, incluido el padre Daniel, trabajando entre ellos. Sin embargo, los iroqueses continuaban atacando, impidiendo la conversión completa de la tribu. El 4 de julio de 1648, después de un ataque a las aldeas huronas, el padre Daniel celebraba misa en Teanaustaye cuando el enemigo llegó. En el caos, el sacerdote bautizó rápidamente a los que buscaban el sacramento, utilizando un pañuelo para asperjar a los numerosos solicitantes.
Mientras los iroqueses tomaban la aldea, el padre Daniel, en vez de huir, asistió a los ancianos y enfermos que preparaba para el bautismo, animó a los asustados y luego salió solo para enfrentar al enemigo. Fue rodeado, alcanzado por flechas y murió. Su cadáver fue arrojado al fuego de la iglesia incendiada, donde el padre Daniel encontró una muerte gloriosa.
El 16 de marzo de 1649, los iroqueses atacaron la aldea donde estaban los padres Jean de Brébeuf y Gabriel Lalemant. Lalemant, último de los mártires jesuitas en Nueva Francia, había hecho un voto de ofrecer su vida por la salvación de los indígenas, que cumplió catorce años después.
Los dos sacerdotes sufrieron torturas extremas y horrendas. Tras ser desnudados y golpeados, el padre Brébeuf alentó a los cristianos cercanos mientras ambos sacerdotes soportaban brutalidades: les cortaron las manos, aplicaron hierros calientes sobre sus cuerpos y les colocaron collares de lanzas. Les ataron fajas en llamas alrededor de la cintura y, en medio del tormento, el padre Lalemant imploró a Dios mientras el padre Brébeuf permanecía estoico. Los verdugos les cortaron la nariz y los labios, les arrojaron agua hirviente, les cortaron la carne y les extrajeron el corazón, bebiendo su sangre. La brutalidad no calmó a los iroqueses, sino que intensificó su sed de sangre, y para finales de 1649 ya habían invadido la región de Tabaco, donde los jesuitas habían establecido misiones.
Cuando el enemigo se acercó a la aldea de Saint-Jean, evitó el enfrentamiento directo con los defensores atacando por sorpresa. Durante la masacre, el padre Garnier, el único sacerdote presente, corrió para dar la absolución a los moribundos, bautizar a niños y consolar a los heridos, ignorando el peligro. Fue abatido por un disparo de mosquete y, aunque intentó atender a otro moribundo, murió al ser alcanzado por un hacha. Sus restos fueron enterrados por los indios cristianos en el lugar de su iglesia.
El padre Noel Chabanel, ausente durante el ataque, intentó escapar con algunos hurones cristianos al oír el tumulto. Después de darles instrucciones para que se escondieran, él mismo se internó en el bosque y nunca se volvió a saber de él.
Algún tiempo después, un hurón apóstata confesó que había matado a puñaladas al padre Chabanel, simplemente por su odio a la fe cristiana. No fue Chabanel el menos heroico entre los mártires. Es cierto
que no poseía la misma capacidad para adaptarse que los demás; nunca pudo aprender el idioma de los «salvajes», como él les llamaba, y experimentaba una sincera repugnancia al verlos, al tratarlos, ante su manera de comer y de vivir.
Además, durante toda su estadía en el Canadá, había experimentado una sequedad espiritual que le hacía sufrir terriblemente. Y sin embargo, a fin de atarse de manera inviolable al trabajo que aborrecía, hizo el voto solemne ante el Santísimo Sacramento, de permanecer en la misión hasta su muerte.
El sacrificio de aquellos nobles mártires dio un resultado maravilloso, puesto que no había transcurrido mucho tiempo después de su muerte, cuando las verdades que ellos proclamaban fueron aceptadas por todos, aun por sus mismos verdugos, y los misioneros que- les sucedieron, conquistaron para el cristianismo a todas las tribus con las que tuvieron relaciones los primeros jesuitas llegados al Canadá.
Los Mártires de América del Norte son: Santos Juan de Brébeuf, Isaac Jogues, Antonio Daniel, Gabriel Lalemant, Carlos Garnier, Noel Chabanel, Rene Goupil y Juan Lalande.
Todos ellos fueron canonizados en 1930. La Compañía de Jesús celebra su fiesta en esta fecha y el 16 de marzo, en todos los Estados Unidos y el Canadá.

| Fuentes
La vida de los Santos por Butler.


