De acuerdo con el martirologio, San Pantaleón de Nicomedia fue hijo de un rico pagano, llamado Eustorgio de Nicomedia, y fue educado en la verdadera fe por su madre, Santa Eubula. Mientras estudiaba medicina con un reconocido médico Eufrosinos; bajo el patrocinio de Eufrosinos se convirtió en médico del emperador Galerio.
Día celebración: 27 de Julio.
Lugar de origen: Nicomedia, Turquía.
Fecha de nacimiento: 275.
Fecha de su muerte: 303.
Santo Patrono de: Médicos, parteras, ganadores de lotería, boletos de lotería; invocado contra dolores de cabeza, brujería, accidentes y soledad; ayuda para niños que lloran.
Contenido
– Introducción
– Pantaleón convierte a su padre
– Ante el tribunal de Dioclesiano
– Comienza el martirio
– En el Anfiteatro
– Último combate y victoria
– Oración a San Pantaleón de Nicomedia
Introducción
El 23 de febrero del año 303, el emperador Diocleciano promulgó un decreto que marcó el inicio de la décima y más feroz persecución contra los cristianos en el Imperio Romano. Nicomedia, la capital oriental, fue escenario de innumerables martirios, entre ellos el de San Pantaleón, a quien se conmemora hoy.
Pantaleón nació en Nicomedia en el siglo III. Aunque su padre, un senador idólatra llamado Eustorgio, lo educó en la cultura pagana, la fe cristiana de su madre, Eubula, le dejó impresiones profundas sobre la religión antes de su prematura muerte. Eustorgio confió la educación de su hijo al médico Eufrosino, un destacado profesional al servicio del emperador Diocleciano. Pantaleón demostró una inteligencia excepcional y pronto se destacó en medicina, lo que atrajo la atención del propio emperador.
A pesar de su prometedora carrera, el destino de Pantaleón estaba destinado a ser mucho más significativo. Un encuentro con un anciano cristiano llamado Hermolao cambió su vida. Hermolao le habló de la superioridad de la «medicina divina» de Jesucristo sobre la medicina humana, destacando los milagros realizados en nombre de Cristo. Pantaleón, conmovido por las palabras del anciano y recordando la fe de su madre, se sintió profundamente atraído por la fe cristiana.
Este encuentro marcó el comienzo de la conversión de Pantaleón al cristianismo y el inicio de su camino hacia el martirio.
Pantaleón convierte a su padre
Pantaleón, después de su conversión, recibió una gracia especial de Dios que le permitió realizar un milagro: Encontró el cuerpo de un niño muerto junto a una serpiente venenosa y, recordando las palabras del sacerdote Hermolao sobre el poder del nombre de Jesucristo, resucitó al niño y mató a la serpiente con una simple invocación de fe.
Impresionado por este milagro, Pantaleón buscó a Hermolao y pidió ser bautizado. Aunque Hermolao accedió a sus deseos, decidió instruirlo primero durante siete días en la fe cristiana antes de administrarle el sacramento del bautismo. Después de recibir el bautismo, Pantaleón regresó a su casa con el deseo de guiar espiritualmente a su padre, Eustorgio, pero con prudencia y tacto.
Un día, un hombre ciego buscó la ayuda de Pantaleón para curar su enfermedad incurable. Pantaleón vio en esto una oportunidad para mostrar a su padre el poder de la fe cristiana sobre los ídolos paganos. Hizo un trato con el ciego: le devolvería la vista a cambio de que el ciego donara su fortuna a los pobres. Al invocar el nombre de Jesucristo, el ciego recuperó la vista de inmediato, llevando tanto a él como a Eustorgio a convertirse al cristianismo.
Eustorgio, después de destruir las estatuas de los ídolos de su casa, se convirtió y fue bautizado. Poco después, falleció, pero su conversión y muerte en la fe fueron un gran estímulo para la fe de Pantaleón. Con los problemas familiares resueltos, Pantaleón se dedicó completamente a su fervor apostólico, predicando y practicando su fe con gran celo.
Ante el tribunal de Dioclesiano
Una vez que Pantaleón heredó su fortuna, utilizó su riqueza para ayudar a los necesitados. Liberó a sus esclavos, les proporcionó medios para vivir de manera digna y distribuyó la mayor parte de su fortuna entre viudas, huérfanos e indigentes. Pasaba sus días dedicado a la oración y a la caridad, y como médico, visitaba a los enfermos, los curaba en nombre de Jesucristo y, en lugar de cobrarles, les ofrecía ayuda económica si lo necesitaban.
Los otros médicos de Nicomedia, viendo cómo Pantaleón les quitaba clientes, se sintieron celosos y decidieron denunciarlo ante el emperador Diocleciano, acusándolo de ser partidario de la religión cristiana. Para respaldar su acusación, llevaron al emperador al ciego que Pantaleón había curado milagrosamente.
— «También yo, dijo, soy cristiano, y proclamo que a Jesucristo, y no a Esculapio, soy deudor de haber recobrado la vista. Vos mismo —añadió dirigiéndose al emperador Diocleciano— que adoráis a vanos ídolos, debierais suplicar a Cristo que os curara de vuestra ceguera espiritual».
— «¡Te atreves a ultrajar a los dioses!, clamó enfurecido el emperador, ¿no conoces, ingrato que a su benevolencia debes la vista?».
—«Y ¿cómo, señor, vuestras divinidades, falsas y ciegas, podrán dar la vista a otros? ¿No os parece tal idea un evidente absurdo?».
Enfadado por los desafíos de Pantaleón, el emperador Diocleciano ordenó que le cortaran la cabeza. Tras su ejecución, se permitió a Pantaleón recuperar el cuerpo del mártir y ser enterrado junto a su padre, Eustorgio. Diocleciano luego convocó al médico Pantaleón, intentando convencerlo con palabras amables.
Pantaleón reafirmó su fe cristiana ante el emperador: «Solo conozco a un verdadero Dios, a Cristo; solo a Él dirijo mis oraciones. Reúne a tus sacerdotes, Diocleciano, y que traigan a un paralítico. Yo invocaré a Jesucristo, mientras tus sacerdotes orarán a Júpiter, Esculapio y tus dioses; aquel que cure al enfermo será reconocido como el único Dios verdadero».
Intrigado, Diocleciano ordenó que trajeran a un paralítico. Los sacerdotes paganos intentaron curarlo con todos sus rituales y encantamientos, pero fracasaron. Luego, Pantaleón, en nombre de Jesucristo, curó al paralítico, quien se levantó y caminó de inmediato. Muchos paganos, al presenciar este milagro, se convirtieron al cristianismo.
Los sacerdotes paganos, enfurecidos, persuadieron a Diocleciano de que debía castigar a Pantaleón para evitar el desprestigio de la religión pagana. Diocleciano, accediendo a sus demandas, le dijo a Pantaleón: «Deja esos trucos mágicos; no han beneficiado a nadie. Recuerda a Antimo, el obispo de Nicomedia. ¿De qué le sirvió su obstinación? Murió de manera cruel, como otros cristianos. Aunque debería condenarte por tu desprecio a los terribles castigos, te perdonaré debido a tu juventud. Sacrifica a los dioses».
— «Ni tus amenazas, ni tus vanas promesas, lograrán conmover mi corazón, ¿cómo se te ocurre pensar que voy a dejarme tentar por tus bienes, si he renunciado a los que poseía? En cuanto a los suplicios con que me amenazas, no sólo no los temo, antes deseo ardientemente sufrir y morir por amor de Jesucristo. Acabas de hablarme del obispo Antimo; envidio su suerte, pues ahora está gozando de la beatitud eterna en la contemplación del único Dios verdadero.
A ti, en cambio, te están reservados suplicios interminables. La muerte coronó dignamente su santa vida, y la púrpura del martirio embelleció el brillo de las canas que nimbaban su venerable cabeza. Si un viejo, abrumado por los años, pudo resistir a tu furor, ¿cómo piensas vencer con tales argumentos el ánimo de un hombre joven como yo?»
Comienza el martirio
La paciencia de Diocleciano se agotó ante las palabras de Pantaleón. Ordenó a los verdugos que lo torturaran. Ataron al mártir al potro, extendieron sus miembros y le desgarraron la piel con uñas de hierro. Además, aplicaron hachas encendidas a sus heridas.
A pesar de los horribles tormentos, Pantaleón mantuvo su serenidad. Dios intervino milagrosamente para ayudar a su siervo; en medio de los tormentos, Nuestro Señor se le apareció, consolándolo y mostrándole las alegrías del cielo que le esperaban.
Sorprendentemente, los brazos de los verdugos se adormecieron y las hachas se apagaron. Pantaleón se sintió revitalizado: no experimentaba dolor y sus heridas y torturas habían desaparecido completamente.
— ¡Mágico vil —le dijo el emperador asombrado ante aquel extraordinario suceso— , ya descubriremos el secreto de tu impostura!
—Mi ciencia es Jesucristo —repuso el mártir— , no poseo ningún otro talismán que su divino amor.
— «¿Y si yo aumento tus suplicios?»
— «Mi recompensa crecerá en proporción; y así, tú mismo tejerás mi corona».
Al escuchar esto, Diocleciano ordenó que se fundiera plomo en una gran caldera y que Pantaleón fuera arrojado en ella. Ante el líquido hirviente, el valiente confesor de la fe oró al Señor con humildad y confianza: «Dios mío, escucha mi corazón y líbrame del temor de mis enemigos». Luego, con valentía, se arrojó al líquido caliente. Dios respondió a sus súplicas y el plomo se enfrió, sin causarle ningún daño.
A pesar de presenciar este milagro, Diocleciano, cegado por su obstinación, buscaba una manera de deshacerse de Pantaleón. Varios oficiales le aconsejaron al emperador que lo arrojara al mar, argumentando que al perderse su cuerpo en el abismo, los cristianos no podrían venerarlo. Diocleciano aceptó la propuesta.
Pantaleón fue llevado a la costa, le ataron una gran piedra al cuello y lo arrojaron al mar. Pero el Dios que controla las llamas y conoce los caminos ocultos de la creación, se manifestó nuevamente. Jesucristo apareció a su siervo por tercera vez, tomó su mano y ambos caminaron sobre las aguas hacia la playa, dejando atónitos a los ejecutores.
Al verlo llegar sano y salvo, el emperador quedó sorprendido e irritado. Preguntó Diocleciano, molesto: «¿También el mar obedece a tus encantamientos?». Pantaleón respondió: «El mar, como todos los elementos, obedece a Dios. Tus servidores te obedecen a ti, monarca efímero, ¿cómo no van a obedecer las criaturas al Rey eterno que las creó y las mantiene?».
En el Anfiteatro
«Veremos —dijo Diocleciano— de qué te sirven tus artes mágicas frente a las fieras». Y dio orden de que se le trasladara al anfiteatro. La noticia de que un cristiano iba a ser arrojado a las fieras, corrió como la pólvora por toda la ciudad, y una muchedumbre inmensa acudió para presenciar el sangriento espectáculo.
El héroe cristiano adelantóse tranquilo al medio de la arena y levantó sus ojos al cielo. Al abrirse las jaulas, varias fieras corrieron hacia él. Mas así que llegaron, como fascinadas por un poder sobrenatural, se acercan respetuosamente al Santo, le lamen los pies, y después de recibir su bendición se retiran. Ante espectáculo semejante, aquel gentío, entusiasmado y aterrado al mismo tiempo, aplaude frenéticamente, a la vez que se oye el grito de muchas voces: « ¡Qué grande es el Dios de los cristianos! ¡Ciertamente es el único Dios verdadero! ¡Que pongan al justo en libertad!»
En su cólera, el tirano mandó matar a las fieras. El mártir Pantaleón, fue luego sometido al tormento de la rueda, y como saliera sano del suplicio, le arrojaron en un oscuro y hediondo calabozo. Mientras tanto Hermolao y otros dos cristianos, Hermipo y Hermócrates, a quienes detuvieron en su casa, fueron conducidos ante el sanguinario juez.
«¿Sois, pues, vosotros —les dijo— los que habéis seducido al joven Pantaleón para hacerle abandonar el culto de los dioses inmortales?»
— «Jesucristo, respondieron, tiene muchos medios para atraer a la luz de la fe a los que se hacen dignos de recibirla».
— «Dejemos estas fantasías absurdas. No tenéis más que un medio para obtener el perdón del crimen que habéis cometido, y es el de atraer nuevamente a Pantaleón al culto de nuestros dioses». —«Lejos de pensar en pervertir a nuestro hermano, nosotros estamos dispuestos a morir por Jesucristo».
El emperador mandó que los sometieran a diversos suplicios y luego les cortasen la cabeza. Sus nombres constan en el Martirologio romano el mismo día 27 de julio.
Último combate y victoria
Pantaleón se presentó nuevamente ante Diocleciano, quien le informó: «Tus maestros Hermolao, Hermipo y Hermócrates finalmente han renunciado a su fe cristiana y han adorado a los dioses. Como recompensa, les he otorgado altos cargos y dignidades».
— ¡ No veo por ningún sitio a esos tres personajes entre los oficiales de tu corte! —respondió Pantaleón.
— No es extraño —replicó cínicanmente el emperador— , acabo de enviarlos fuera para resolver asuntos urgentes.
—Dices más verdad de lo que piensas —replicó el Santo— , pues acabas de mandarlos a la ciudad de Dios, nuestra patria verdadera».
El emperador Diocleciano, frustrado por no poder quebrantar la determinación de Pantaleón, ordenó que lo flagelaran cruelmente, no esperando quebrantar su espíritu, sino para satisfacer su venganza. Luego, condenó a Pantaleón a ser decapitado y que su cuerpo fuera quemado.
Pantaleón, lleno de alegría al pensar en la gloria que le esperaba, se dirigió al lugar de su ejecución bendiciendo a Dios. Cuando intentaron decapitarlo, el hierro de la espada se ablandó como cera al tocar su cuello, dejándolo ileso. Sorprendidos y arrepentidos, los verdugos se arrodillaron ante él pidiendo perdón.
El mártir, deseando morir por Jesucristo, instó a sus verdugos a cumplir con la sentencia. A pesar de la renuencia inicial de los verdugos, finalmente accedieron y ejecutaron a Pantaleón. Tras su muerte, el olivo al que estaba atado milagrosamente dio frutos, y los soldados, impresionados, no se atrevieron a quemar su cuerpo. Los cristianos recogieron y sepultaron su cuerpo.
Posteriormente, las reliquias de San Pantaleón se distribuyeron en diversas ciudades, como Constantinopla y Luca en Italia. Carlomagno recibió la cabeza del santo y la entregó a la ciudad de Lyon, mientras que otros huesos fueron donados a la famosa abadía de San Dionisio cerca de París. A través de los años, muchas personas han obtenido gracias y milagros por su intercesión, lo que ha popularizado el culto a San Pantaleón, especialmente entre los médicos, que lo consideran uno de sus principales patrones.
Oración a San Pantaleón de Nicomedia
¡San Pantaleón de mi alma!
Cura a este fiel devoto en el Señor
Y haz que se aleje de mi ser aquello
Que me ha dirigido el enemigo.
Te pido que permitas que mis fuerzas, mis energías,
Mi felicidad y toda mi salud se vea recuperada
A través de tu intercesión y la del todopoderoso.
Amén.

San Pantaleón de Nicomedia | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.