Juan capistrano

28 de Marzo: San Juan de Capistrano

Publicado el 28 de marzo de 2021

Actualizado el 15 de abril de 2025

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San Juan de Capistrano, presbítero de la Orden de Hermanos Menores,  luchó en favor de la disciplina regular, estuvo al servicio de la fe y costumbres católicas en casi toda Europa, y con sus exhortaciones y plegarias mantuvo el fervor del pueblo fiel, defendiendo también la libertad de los cristianos. Entregó su alma al Señor, el 23 de octubre de 1456, en el convento de Ilok, en Hungría — la antigua Yugoslavia— , y fue a gozar del triunfo en la eternidad bienaventurada.


Día celebración: 28 de marzo / 23 de octubre.
Lugar de origen: Capistrano, Italia.
Fecha de nacimiento: 24 de junio de 1386.
Fecha de su muerte: 23 de octubre de 1456.


Contenido

– Introducción
– Magistrado Cristiano
– Vocación Extraordinaria de San Juan de Capistrano
– Vida de novicio
– Apostolado maravilloso
– La victoria de Belgrado
– Muerte de San Juan de Capistrano
– Oración a San Juan de Capistrano


Introducción

Al concluir el siglo XIV, un cisma dividía a la cristiandad y la herejía se expandía por toda Europa. En Inglaterra, Wiclef debilitaba los fundamentos católicos; en Alemania, Juan de Huss iniciaba una rebelión, creando caos religioso y político. En Francia, las tensiones contra la Santa Sede, originadas por decisiones de Felipe el Hermoso, generaban consecuencias adversas.

El lujo, la inmoralidad y el hedonismo crecían, mientras líderes y ciudadanos se debilitaban en disputas vacías. Al mismo tiempo, los turcos avanzaban desde Asia conquistando el Occidente. La situación era desoladora; el futuro del mundo cristiano y su civilización parecían sombríos.

Sin embargo, Jesucristo, fiel a su promesa de acompañar a su Iglesia, respondió con ayuda divina, destacando la aparición de notables santos. Uno de ellos fue San Juan de Capistrano, un hombre extraordinario conocido por sus virtudes, milagros y fervor, comparable en impacto a San Pablo.

Magistrado Cristiano

Juan nació en la pequeña localidad de Capistrano, cerca de Áquila en el Abruzzo, el 24 de junio de 1385. A una edad temprana, perdió a su padre, un noble, y fue criado por su devota madre, quien le proporcionó una educación religiosa y sólida. Aunque su infancia no preveía su futura misión religiosa.

Recibió educación primaria en su pueblo natal, y su talento sobresaliente desde joven impresionó a sus educadores. Luego, estudió derecho civil y canónico en Perusa, destacándose tanto que era considerado el mejor entre sus compañeros y maestros. Ladislao, rey de Nápoles, un admirador, lo nombró para altos cargos judiciales.

A los 24 años, en 1412, lo nombraron gobernador de Perusa, una ciudad con conflictos políticos intensos. Juan se ganó la confianza y el respeto de la comunidad, restableciendo la paz y aplicando la justicia. En una ocasión, rechazó un soborno y una amenaza, liberando a un inocente, demostrando su integridad y valentía.

Pese a su éxito y prometedor futuro, un evento transformador ocurrió en 1416. Durante un conflicto con Rímini, fue traicionado y encarcelado en condiciones severas. A pesar de su encarcelamiento, ideó un plan de escape usando sus ropas. Sin embargo, durante su intento de huida, cayó, rompiéndose el pie y siendo recapturado, enfrentando condiciones aún más difíciles en su encierro.

Vocación Extraordinaria de San Juan de Capistrano

Durante su cautiverio reflexionó seriamente acerca de la caducidad de los bienes y honores del mundo, en la muerte y en la eternidad. Un día en que, agobiado por el cansancio, se durmió profundamente, un ruido repentino le despertó. Al instante el calabozo se iluminó con res­plandor celestial y un Fraile Menor, que ostentaba los estigmas de la Pasión, se le apareció.

— ¿Por qué dudas y por qué aguardas? — le dice— ; obedece a las órdenes de Dios y a la voz interior que te ha hablado.

— ¿Qué quiere, pues, de mí el Señor y qué desea que haga? — respondió tímidamente San Juan de Capistrano.

— ¿No ves — replicó el fraile, que era el mismo San Francisco de Asís— , no ves el hábito que llevo? Deja el mundo y ve a santificarte con los Frailes Menores.

— Duro es vivir en el claustro y renunciar para siempre a la propia li­bertad — respondió Juan, lanzando un profundo suspiro— . Sin embargo obe­deceré, ya que Dios lo manda.

Dicho esto, la aparición se desvaneció; al llevarse el prisionero las manos a la cabeza, notó que llevaba ya recortado el cerquillo de los Frailes Menores. Ante este milagro y convencido de la voluntad d e Dios, determinó abra­zar cuanto antes el estado religioso. En consecuencia, trató de recobrar su libertad y lo consiguió mediante una fuerte suma de dinero.

De regreso a su palacio vendió cuanto poseía, pagó su rescate y distribuyó el resto a los pobres, renunciando así a los goces de un brillante porvenir, y a las honras y pompas mundanas. Pasó, pues, de la prisión al convento de los Franciscanos de Bérgamo, en donde pidió el humilde hábito de San Fran­cisco. Era a la sazón guardián del convento el Beato Marcos de Bérgamo, antiguo doctor en Derecho, trocado en austero y santo religioso.

Esta ocación tan repentina y tan inesperada le sorprendió grandemente y quiso ponerla a prueba.

— Habéis de saber — dijo al nuevo postulante— que los conventos no son refugio de vagabundos, ni de los hastiados del siglo; necesitamos prue­bas que acrediten la sinceridad de vuestra vocación. Os recibiré cuando hayáis dado un adiós rotundo al mundo y a sus vanidades.

Juan confesó ingenuamente su desprendimiento absoluto de las cosas terrenas y declaró que estaba dispuesto a abrazar cuantos sacrificios y humi­llaciones tuviera a bien imponerle. En efecto, vuelto a Perusa, testigo poco antes de su poderío y esplendor, mandó que le llevaran por calles y plazas montado a la inversa en un as­nillo, con traje ridículo y en la cabeza una mitra de cartón en la cual esta­ban escritos con letras muy grandes los principales pecados de su vida pasada.

De este modo, el que antaño fue admirado de todos por su ciencia y su prudencia, se convirtió en ludibrio y befa de toda la ciudad: los niños le perseguían a pedradas; el populacho le acogió con sarcásticas risotadas y la gente sensata se contristaba por la locura sobrevenida a su antiguo gobernador, no acertando a comprender los secretos propósitos que le ani­maban. ¡Estas son las extravagancias sublimes de los santos!

Conseguida esta primera victoria contra el orgullo, Juan volvió al con­vento de Bérgamo; el Beato Marcos, enterado de lo ocurrido y previendo la alta santidad a que podía llegar un carácter de este temple secundado por la gracia de Dios, le admitió entre los suyos, con gran alegría de la comu­nidad, y el 4 de octubre, fiesta del seráfico San Francisco, vistió el santo hábito franciscano. Contaba 30 años.

Vida de novicio

Marcos designó a Onofre de Seggiano, un hermano lego sin instrucción formal pero virtuoso, como mentor de San Juan de Capistrano. Bajo la tutela de Onofre, San Juan mostró una humildad profunda y una dedicación ardiente, equilibrando su devoción a la oración con las rigurosas pruebas y penitencias impuestas por su mentor.

A pesar de los desafíos, San Juan siempre valoró la guía de Onofre, atribuyendo a él su crecimiento en paciencia y humildad. Practicó mortificaciones severas para dominar su cuerpo y espíritu, incluso desafiando sus propias repulsiones. Un ejemplo notable fue cuando besó a un cadáver en un patíbulo, superando su aversión inicial y siendo recompensado con un aroma celestial.

San Juan mantuvo su humildad y obediencia incluso cuando ascendió a posiciones de gran influencia y respeto en Europa. A pesar de sus responsabilidades, conservó una profunda conexión con la oración y una contemplación constante de la Divinidad en todo lo que lo rodeaba, viendo la naturaleza como un reflejo del poder y la bondad de Dios.

Apostolado maravilloso

San Juan de Capistrano fue instruido en teología por San Bernardino de Sena y rápidamente se convirtió en un teólogo consumado. A partir de 1420, inició su labor apostólica en Europa central, donde su elocuencia y los milagros asociados a él atraían multitudes. En una ocasión en Brescia, fue recibido con honor por cientos de caballeros y convirtió a cincuenta soldados tras predicarles. Al igual que su mentor, San Bernardino, tuvo una profunda devoción al Nombre de Jesús, incluso llevando un estandarte con ese nombre durante sus misiones.

Además de trabajar activamente en la reforma de la Orden franciscana, San Juan fue asignado por el papa Nicolás V en 1451 para combatir la herejía en Alemania. Durante cinco años, evangelizó numerosas regiones, atrayendo a grandes audiencias y convirtiendo a muchos, incluidos herejes y pecadores. Además, instó a la destrucción pública de objetos considerados inmodestos o vanos, lo que él denominó el «incendio del castillo del diablo». Su influencia fue tal que numerosos estudiantes y aspirantes a la vida religiosa se unieron a diferentes conventos siguiendo sus enseñanzas.

La victoria de Belgrado

San Juan de Capistrano se encaminó después a Hungría, donde, al igual que en otras regiones, arrebató numerosas almas de las garras del demonio; su llegada fue providencial. Mahomet II, terror de Europa y azote de Dios para castigar las culpas de los cristianos, marchaba contra Belgrado, amenazando a todo el Occidente cristiano por la superioridad de sus fuerzas y de sus armas. San Juan de Capistrano, a ruegos del Papa, predica la cruzada.

A su voz los guerreros cristianos se agolpan en torno del valeroso Juan Huníades, verdadero cruzado, digno émulo de Godofredo de Bullón y de San Luis. Mientras el sultán pone sitio a Belgrado, puerta de entrada de todo el imperio cristiano, el 4 de julio de 1456 y lo lleva con toda actividad, nuestro fraile, a pesar de sus setenta años, alienta a los sitiados, sale de la ciudad en medio de grandes peligros y vuela en busca de auxilio.

Pronto vuelve con Huníades a la cabeza de una flotilla de embarcaciones rápidas y ligeras; la flota musulmana es derrotada y los guerreros de la Cruz entran en Belgrado. Enfurecido Mahomet II, ordena a todas las tropas el asalto a la ciudadela. La victoria es indecisa. Tras una lucha encarnizada de once días, las murallas y la gran torre amenazan derrumbarse. El valiente Huníades, perdida ya toda esperanza de salvación:

— Padre mío — dice a San Juan de Capistrano— , estamos perdidos, los medios humanos se han agotado, resistir por más tiempo no es posible, el ejército de Hungría no llega y mañana nuestras tropas de campesinos no podrán contener el violento choque del ejército otomano.

— No temáis — contesta el franciscano— , defendemos la causa de Dios, Él estará con nosotros.

El momento es decisivo; Juan escoge cuatro mil intrépidos guerreros, y les hace prometer que le seguirán invocando el Nombre de Jesús. Al día siguiente llegan a las manos los dos ejércitos y , en lo más fuerte de la pelea, San Juan de Capistrano, enarbolando el estandarte sobre el cual centellea el Nombre de Jesús, recorre las filas y se lanza a la cabeza de sus valientes, gritando: ¡Victoria! ¡Jesús! ¡Victoria!

Fue tal la confianza que infundió la presencia de nuestro Santo y tanto el ardimiento de los cristianos, que los infieles fueron rechazados y perse­guidos hasta su campamento. En vano intentó Mahomet ordenarlos en ba­talla; sus huestes, desorientadas e insensibles a las promesas y a las amenazas huyeron a la desbandada abandonando cadáveres y armamentos. Esta victoria llenó de alegría el corazón del papa Calixto III y fue ce­lebrada por toda la cristiandad.

Muerte de San Juan de Capistrano

San Juan de Capistrano falleció el 23 de octubre de 1456 en el convento de Ilok, Hungría. Aunque su cuerpo se perdió cuando los turcos tomaron la ciudad en 1526, sus restos ahora se veneran en el monasterio de Basilianos cismáticos en Bistritz, Rumanía. En 1515, León X permitió el culto a San Juan en su ciudad natal, y fue canonizado por Alejandro VIII el 6 de octubre de 1690 junto con otros frailes, incluido San Pascual Bailón. Aunque originalmente se celebraba el 23 de octubre, su fiesta se trasladó al 28 de marzo según un decreto de León XIII en 1890.

San Juan de Capistrano, ruega por nosotros.

Oración a San Juan de Capistrano

Oh Dios, que suscitaste a san Juan de Capistrano para confortar a tu pueblo en las adversidades, te rogamos humildemente que reafirmes nuestra confianza en tu protección y conserves en paz a tu Iglesia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

Cordero de Dios

 

San Juan de Capistrano | Fuentes

EL Santo de cada día por EDELVIVES

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.