San hugo de cluny

29 de Abril: San Hugo de Cluny

Publicado el 29 de abril de 2024

Actualizado el 29 de abril de 2025

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San Hugo de Cluny, nacido en 1024, abandonó la vida militar para ingresar al monasterio de Cluny. Fue abad y desempeñó un papel crucial en la reforma eclesiástica. Ayudó a mediar en conflictos políticos y contribuyó a la construcción de la abadía de Cluny. Canonizado en 1120, su vida ejemplifica la santidad monástica y el servicio a la Iglesia.


Día celebración: 29 de abril.
Lugar de origen: Semur-en-Brionnais (Francia).
Fecha de nacimiento: 13 de mayo de 1024.
Fecha de su muerte: 28 de abril de 1109.
Santo Patrono de:  Contra la fiebre.


Contenido

– Introducción
– En la corte del emperador Enrique III
– San Hugo es elegido Abad de Cluny
– Apadrina al emperador y amortaja al Papa
– San Gregorio VII y San Hugo de Cluny
– El beato Urbano II y san Hugo de Cluny
– San Hugo de Cluny conoce su próxima muerte
– Muerte de San Hugo de Cluny
– Oración a San Hugo de Cluny


Introducción

San Hugo de Cluny, nacido en 1024 en Borgoña, fue el cuarto abad de la famosa Abadía de Cluny, sucediendo a San Odilón. Durante su liderazgo desde 1049 hasta 1109, consolidó y expandió la abadía, alcanzando su apogeo. Mantuvo relaciones con prominentes figuras de la época, incluyendo Papas y cardenales. Bajo su guía, la Congregación Cluniacense creció, contando con más de treinta mil monjes. Se destacó en la lucha contra la simonía, siendo un poderoso aliado de la Santa Sede.

Aunque nació en una familia noble, desde joven Hugo mostró una inclinación hacia la oración y la lectura de la Sagrada Biblia, en contraste con las expectativas de su educación caballeresca. Recibió educación episcopal en la escuela de su tío, el obispo de Auxerre, pero su deseo de vida monástica lo llevó a unirse al monasterio de Cluny a los dieciséis años. San Odilón lo recibió y le otorgó el hábito.

Durante cinco años, San Hugo destacó en la virtud y la ciencia en Cluny. Después de la muerte de su tío, eligió la vida monástica a pesar de su educación militar. La ceremonia de su ingreso al monasterio fue conmovedora.

«¡Qué tesoro tan preciado recibe hoy la Iglesia!» —exclamó uno de los venerables ancianos que acompañaban al santo Abad mientras éste imponía el hábito benedictino al nuevo soldado de Cristo. Desde aquel instante redobló San Hugo de Cluny el fervor y, purificado en el crisol de la disciplina —dice el hagiógrafo—, lucía su virtud con esplendor. Apenas hizo profesión cuando San Odilón le elevó al cargo de prior, no obstante contar sólo unos veinticinco años.

En la corte del emperador Enrique III

El emperador Enrique III, conocido como el «Negro», tenía quejas contra el monasterio de Peterlingen, cercano a Avenches (Suiza), dependiente de Cluny. San Odilón, confiando en la sabiduría y santidad de su colaborador San Hugo, lo envió a Alemania para apaciguar al príncipe.

En esta delicada misión, San Hugo demostró gran prudencia al defender los derechos del emperador sin menoscabar las prerrogativas del monasterio. Logró reconciliar a Enrique III con el prior, generando una paz completa entre ambas partes. La corte imperial quedó asombrada por las virtudes y nobleza de San Hugo, honrándolo como a un santo. El emperador le otorgó honores y ricas ofrendas para el monasterio y San Odilón.

Sin embargo, mientras la corte imperial celebraba, los monjes de Cluny estaban sumidos en dolor, ya que San Odilón falleció inesperadamente en Souvigny el 1 de enero de 1049. Ante esta noticia impactante, el prior de Cluny apresuró su regreso a la abadía, con el corazón roto de dolor.

San Hugo es elegido Abad de Cluny

Al llegar al monasterio, San Hugo se postró ante la tumba de San Odilón, solicitando detalles sobre los últimos momentos y la muerte ejemplar del venerado Padre. Con la necesidad de una nueva elección, los monjes, en capítulo, pidieron al más anciano que designara al sucesor de San Odilón. Sin titubear, declaró: «Ante Dios, que pronto me juzgará, y ante todos ustedes, hermanos míos, declaro que el próximo abad debe ser el prior Hugo».

Los capitulantes recibieron sus palabras con entusiasmo y, sin darle tiempo al recién elegido para objetar, lo llevaron en triunfo al trono abacial. Entre los presentes estaba el futuro Papa Gregorio VII.

El siglo XI se destacó por la infame «Contienda de las Investiduras», enfrentamiento entre los Sumos Pontífices y la simonía. Los príncipes arrogaban el derecho de imponer a obispos y abades a su elección, sin intervención eclesiástica. San Hugo, enérgico defensor de la reforma, apoyó al papa San León IX. León IX, elegido en Worms en diciembre de 1048, emprendió la reforma y se reunió con San Hugo y Hildebrando en Besanzón.

A pesar de la oposición del rey Enrique I, León IX celebró un Concilio en Reims en octubre de 1049. Hugo, recién investido como abad, fue uno de los primeros en declarar contra la simonía. Expuso que no dio ni prometió nada para obtener el cargo. San Hugo continuó luchando contra los desórdenes de la simonía en los Concilios posteriores, destacando por su virtud y sabiduría.

Apadrina al emperador y amortaja al Papa

El emperador Enrique III no olvidó las cualidades de San Hugo de Cluny y celebró su elección como abad. En 1051, expresó su aprecio al invitar a San Hugo a administrar el bautismo a su recién nacido, un hijo tan esperado que fue recibido con alegría por el pueblo alemán. San Hugo aceptó la invitación y se trasladó a la corte.

El infante recibió el nombre de su padre, con la esperanza de que seguiría sus virtudes y un gobierno sabio. La Iglesia y el imperio, unidos estrechamente, veían en este nacimiento una garantía para su alianza. Sin embargo, el joven príncipe, una vez convertido en emperador, decepcionó al perseguir ferozmente a la Iglesia y convertirse en una plaga para el imperio.

San Hugo de Cluny, un atleta generoso y apóstol incansable, participó activamente en los eventos de su tiempo. Fue un poderoso aliado de los Sumos Pontífices y acompañó a Esteban X en un viaje a Toscana. Cuando el Papa enfermó en Florencia, comprendió que se acercaba su hora final. «Pido al Señor —dijo al abad de Cluny— que me deje morir en vuestros brazos». El monje ya no se apartó un solo instante del lecho del jefe de la Iglesia; el 29 de marzo de 1058 recibió su postrer suspiro, le cerró los ojos, le amortajó con los ornamentos pontificios y, finalmente, lo colocó en el ataúd.

San Gregorio VII y San Hugo de Cluny

El profundo afecto y respeto que Hugo sentía por la Santa Sede se intensificó con la ascensión de Hildebrando al papado, quien tomó el nombre de Gregorio VII. Este destacado Papa no olvidó el monasterio que fue fundamental en su vida religiosa y continuó honrando a San Hugo de Cluny con el cariñoso título de «venerado Padre».

Durante las luchas contra Enrique IV y las adversidades que enfrentó, Gregorio VII buscaba en San Hugo de Cluny un confidente para expresar sus penas y compartir sus preocupaciones sobre los males de la Iglesia. En varias ocasiones, recurrió a él para recordar al desafiante príncipe sus sagrados deberes, ya que Enrique IV, lleno de odio hacia la Santa Sede, promovía antipapas y los respaldaba con sus victoriosas armas.

A pesar de recibir anatemas de la Iglesia y las exhortaciones de Hugo, Enrique IV aparentaba reconciliarse con Gregorio VII en diversas ocasiones, pero siempre faltaba a su palabra por pretextos insignificantes. Cuando el emperador buscó el perdón, solicitó la intercesión de Hugo. El Abad aceptó y logró que el Papa levantara la excomunión. Sin embargo, tras la absolución y una breve penitencia, Enrique volvió a perseguir a Gregorio VII. Harto de tantas traiciones, el abad de Cluny rompió valientemente con su ahijado terco, declarando que no mantendría relación con él mientras estuviera bajo los anatemas de la Iglesia.

El beato Urbano II y san Hugo de Cluny

La influyente Abadía de Cluny se había convertido prácticamente en el semillero del Sagrado Colegio y la Sede Apostólica. Después de San Gregorio VII, Hugo vio suceder en rápida sucesión a dos discípulos y hijos espirituales suyos en el trono de San Pedro: el Beato Urbano II (1080) y Pascual II (1099). En el primer año de su pontificado, Urbano II expresó con palabras tiernas y delicadas su queja a San Hugo de Cluny por no haber venido aún a postrarse ante el sepulcro de los Santos Apóstoles.

—Os conjuro —escribía—, ¡oh padre, de todos el más llorado!, a que si no habéis perdido el recuerdo de vuestro hijo y discípulo y aun me miráis con entrañas de caridad, que accedáis al más ardiente de mis deseos y vengáis a consolarme con vuestra presencia y a traer a la santa Iglesia romana, vuestra Madre, la alegría tan deseada de vuestra visita.

Seis años después, cuando el Papa mismo viajó a Francia para presidir el Concilio de Clermont en 1095, donde exhortó a los caballeros cristianos a unirse a la Cruzada para ayudar a Tierra Santa, San Hugo de Cluny se sentó a su lado y, como el caballero más decidido, pronunció el entusiasta grito de ¡Dios lo quiere!, ¡Dios lo quiere!

Antes de partir de Francia, el Sumo Pontífice deseaba visitar nuevamente la cuna de su juventud religiosa. Aunque aún no se había completado la iglesia abacial de Cluny, que Hugo había estado construyendo con incansable ardor durante diez años, el Papa Urbano II la visitó. San Hugo de Cluny había asegurado que al menos el altar mayor pudiera ser consagrado bajo la advocación del Príncipe de los Apóstoles por un Papa legítimo, sucesor de San Pedro y hijo espiritual de Cluny. Urbano II consagró el altar mayor y otro llamado «altar matutino». En memoria de esta solemne ocasión, el Abad decretó que durante la vida del Sumo Pontífice se recitasen oraciones pro Papa Urbano en todas las misas conventuales, y después de su muerte, los monjes de Cluny celebrarían anualmente un funeral por el eterno descanso de su alma.

Aunque la iglesia se completó gradualmente, la triste realidad es que esta magnífica basílica, una de las más hermosas del mundo y la más grande después de la de San Pedro en Roma, fue destruida de manera insensata al final de la Revolución francesa.

Hasta su último aliento, Urbano II mostró un afecto tierno hacia San Hugo de Cluny, llamándolo constantemente «venerado Padre». El abad de Cluny era verdaderamente merecedor de este afecto y siempre se comportó como humilde siervo de la Santa Sede, siendo también su más ferviente defensor.

Guillermo el Conquistador intentó llevarlo a Inglaterra para que dirigiera todos los monasterios del reino, pero Hugo declinó la oferta para evitar parecer que respaldaba las violencias del rey contra el clero anglosajón. Sin embargo, nobles pusieron los monasterios en sus dominios bajo la obediencia de Cluny y le rogaron al abad que restaurara la disciplina religiosa en todas partes. Aceptó gustosamente todas las ofrendas y donaciones que estuvieran de acuerdo con los derechos de la Iglesia.

Algunos fueron más allá y no solo ofrecieron conventos, sino que también entregaron sus propias vidas. Su santidad y virtudes conquistaron todos los corazones. El duque de Borgoña, el conde de Macón y treinta de sus caballeros renunciaron a la vida militar para alistarse en la de Jesucristo y vivir bajo la dirección de San Hugo de Cluny.

Es notable que en esa época tumultuosa, hubo una especie de contagio virtuoso que llevó a un gran número de almas a abrazar una vida penitente.

San Hugo de Cluny conoce su próxima muerte

Un pechero de los dominios de Cluny se presentó cierto día a la abadía y pidió con insistencia por el Abad. Cuando estuvo en su presencia, habló de esta manera.

—Padre: días atrás, hallándome en mi campo plantando una viña, vi comparecer varios personajes de gloria y majestad muy superior a toda condición mortal. Iba ante ellos una Señora cuyo rostro no pude alcanzar a ver, pero un venerable anciano se detuvo a mi lado y me dijo: «¿De quién es el campo que cultivas?».

—Señor —le respondí—, es de la hacienda del .bienaventurado padre y señor Hugo, abad de Cluny.

—Si tal es —prosiguió el desconocido— , el campo y el ¡propietario son míos. Soy el apóstol Pedro. La Señora que va ante mí es la siempre Virgen María, Madre de Dios, a la que acompaña un coro de almas santas. Ve deprisa al abad de Cluny y dile: «Pon orden en tu casa, porque vas a entrar por la senda de toda carne». Tal es la misión que recibí —añadió el pechero. Hugo aceptó esta advertencia con humildad y redobló las mortificaciones y súplicas para prepararse a morir.

Muerte de San Hugo de Cluny

A pesar de su avanzada edad y debilidad, Hugo llevó hasta el fin de la Cuaresma de 1109 el peso del gobierno y de las austeridades monásticas. El Jueves Santo asistió a Capítulo y ordenó que distribuyeran a los pobres las acostumbradas limosnas; luego dio la absolución general a la Comunidad y la bendijo con estas palabras:

—El Señor que libra a los cautivos y fortalece los corazones abatidos se digne obrar en vuestras almas según su gracia y su misericordia.

Tomó parte en los divinos oficios del Viernes y Sábado Santo y aun se sintió con ánimo para celebrar los de la solemnidad de la Pascua; pero en la tarde de este santo día mandó que le llevaran a la capilla de la Santísima Virgen, donde quiso que sus monjes, le tendieran en el suelo sobre ceniza; fortalecido con el santo Viático, expiró el venerable anciano al par de los últimos rayos del sol poniente. E ra el 29 de abril de 1109.

San Hugo de Cluny fue canonizado por Calixto II el 6 de enero de 1120. La ceremonia se llevó a cabo en el monasterio de Cluny, donde el Papa había sido elegido el año anterior. La relación de la vida del santo Abad fue escrita por el venerable Hildeberto, monje benedictino, quien falleció en 1133 siendo arzobispo de Tours.

Oración a San Hugo de Cluny

San Hugo de Cluny, ruega por nosotros.

Cordero de Dios

San Hugo de Cluny | Fuentes

El Santo de cada día por EDELVIVES.

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.
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