Santa catalina siena

30 de Abril: Santa Catalina de Siena

Publicado el 29 de abril de 2024

Actualizado el 30 de abril de 2025

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Santa Catalina de Siena nació un 25 de marzo, día en que se celebra la fiesta de la Anunciación de la Virgen María. Fue laica y virgen, perteneciente a la Orden Tercera de Santo Domingo.


Día celebración: 30 de abril / 29 de abril.
Lugar de origen: Siena, Italia.
Fecha de nacimiento: 25 de marzo de 1347.
Fecha de su muerte: 29 de abril de 1380.
Santa Patrona de: Contra fuego enfermedades del cuerpo; Europa; enfermedad; Italia; Bambang, Nueva Vizcaya , Samal, Bataan , Filipinas ; abortos espontáneos; personas ridiculizadas por su piedad; tentación sexual; gente enferma; enfermedad; enfermeras.


Contenido

– Introducción
– Toma el hábito de Santo Domingo
– Tentaciones y adversidades
– Amor a Jesucristo y al prójimo
– Dones que recibió del Señor
– Interviene en el regreso de Gregorio XI de Aviñón a Roma
– Muerte de Santa Catalina de Siena
– La cabeza de Santa Catalina de Siena
– Oración a Santa Catalina de Siena


Introducción

Santa Catalina de Siena, nacida en 1347 en Siena, Italia, era la vigesimotercera hija de una familia numerosa. Desde temprana edad, demostró amor por Dios y la oración. A los cinco años, comenzó a rezar la salutación del ángel con devoción y frecuencia. A los seis años, tuvo una visión de Jesucristo y otros santos.

Impulsada por revelaciones divinas, desarrolló una profunda vida espiritual y un deseo de imitar a los santos. A los siete años, hizo voto de virginidad y anhelaba unirse a la Orden de Santo Domingo. A pesar de los intentos de sus padres de casarla, ella resistió, incluso sacrificando su belleza para cumplir su compromiso con Dios.

Después de la muerte de su hermana y guiada por la inspiración divina, cortó su cabello como señal de su determinación de no casarse. Sus padres, al comprender la voluntad divina, la respetaron. Catalina enfrentó persecuciones, sirviendo humildemente en los oficios más bajos con alegría. Mantuvo una profunda conexión espiritual, evidenciada por la presencia de una paloma blanca que su padre interpretó como una señal divina.

Toma el hábito de Santo Domingo

A pesar de los intentos de sus padres de distraerla, Santa Catalina de Siena resistió las presiones para casarse y se unió a la tercera orden de Santo Domingo, manteniéndose como laica. Experimentó consuelo al aparecérsele Santo Domingo, quien le ofreció el hábito de las Hermanas de Penitencia, comprometiéndose a que lo recibiría. Agradecida, se entregó a una vida de penitencia, renunciando a la carne y limitando su dieta a agua, pan y hierbas crudas, incluso en su infancia. En un momento de debilidad, su confesor le recomendó tomar un vaso de agua azucarada.

—Padre mío —le dijo Santa Catalina de Siena—, bien se echa de ver con esto que queréis quitarme la poca vida que me queda; tanta costumbre tengo de tomar cosas insípidas, que todo lo dulce me pone enferma.

Santa Catalina de Siena llevaba una vida de extrema penitencia. Usaba una cadena de hierro que apretaba tan fuertemente contra su carne que quedaba abrazada a esta. Además, se disciplinaba con otra cadena de hierro tres veces al día durante hora y media. Su cama consistía en unas tablas, donde apenas dormía más de media hora, dedicando el resto de la noche a la oración.

Estas austeridades aumentaron cuando tomó el hábito de Santo Domingo, sintiendo que el nuevo hábito exigía mayor perfección y fervor. Durante tres años, apenas habló con nadie excepto en la confesión. Pasaba la mayor parte del tiempo en su celda, solo saliendo para ir a la iglesia. Nuestro Señor se le apareció una vez, guiándola en el camino espiritual y enseñándole lo necesario para su alma, confirmando que Cristo mismo fue su maestro, ya sea inspirándola, apareciéndosele o enseñándole qué hacer.

Tentaciones y adversidades

El demonio, derrotado por Santa Catalina de Siena, trató de tentarla, pero la gracia del Señor la protegió. Las tentaciones demoníacas fueron permitidas para destacar su virtud, tormentándola con imaginaciones más aterradoras para su alma pura que la propia muerte.

Ella, para desecharlas, atormentaba su cuerpo, disciplinándose con una cadena de hierro. Estando en estas tentaciones y peleas, se le apareció Jesucristo, a quien interrogó así:

—¿Dónde habéis estado, Esposo mío, que así me dejasteis?

—Dentro de tu corazón estaba yo, Catalina — le dijo el Señor.

—Pues, ¿cómo estabais Vos conmigo, teniendo yo tan malos pensamientos y tan torpes imaginaciones?

—¿Acaso te deleitabas con ellos? — repuso Jesús.

—Muy al contrario, que padecía terrible pena —respondió la virgen.

—Pues en esto estaba tu merecimiento y el fruto de tus peleas, las cuales estaba yo mirando con gozo porque me eras fiel, y esforzando tu corazón para que no desfalleciera. Porque sentir no es consentir, y la pena que se experimenta al desechar los malos pensamientos es señal de que no hay culpa en el alma que padece tales tentaciones.

El demonio, al ver que no podía vencer a Santa Catalina de Siena, recurrió a otros medios. Durante su servicio caritativo a una mujer viuda con cáncer en el pecho, el diablo poseyó a la enferma, convirtiendo su gratitud en odio hacia la santa. La mujer difamó a Catalina, acusándola de inmoral. Sin embargo, tras una visión, reconoció su error, pidió perdón y murió confesada.

A pesar de haber sido derrotado anteriormente, el demonio persistió, infligiendo a Catalina enfermedades y dolores crueles. Su cuerpo mostraba marcas de azotes y golpes. Incluso la arrojaba al fuego, pero ella salía indemne. Su fervor crecía con las penas, sorprendiendo a quienes la veían, ya que, en lugar de rendirse, oraba y trabajaba más, cobrando fuerzas de su debilidad.

Amor a Jesucristo y al prójimo

Santa Catalina de Siena experimentó una devoción extraordinaria hacia el Santísimo Sacramento del altar. Su afecto era tan intenso que los días que no comulgaba parecía estar al borde de la muerte, y al comulgar, experimentaba consuelo divino tan abundante que satisfacía sus necesidades corporales sin requerir alimento. Este fenómeno causó escándalo y murmullos, incluso entre su confesor, quien la instó a comer. Aunque intentaba sentarse a la mesa con los demás, comer le causaba gran malestar y afectaba su salud, induciéndola a vomitar la pequeña cantidad que ingería. Cuando iba a la mesa solía decir:

—Vamos a tomar el justo castigo de esta miserable pecadora.

Los confesores de Santa Catalina de Siena reconocieron que estaba guiada por Dios y le aconsejaron que dejara de forzarse a comer. La santa virgen estaba tan absorbida por la dulzura de su Amado que vivía constantemente inmersa en una contemplación elevada. En una ocasión, mientras oraba y pedía a Cristo que le quitara su propio corazón y voluntad, tuvo la visión de Cristo abriéndole el costado izquierdo, sacándole el corazón y llevándoselo. Algunos días después, el Señor le apareció con un corazón hermoso y lo colocó en su lado izquierdo, diciéndole:

—Hija mía, ya tienes por tu corazón el mío.

De allí adelante solía decir la Santa en su oración:

—Esposo mío, yo os encomiendo «vuestro» corazón.

Después de comulgar, Santa Catalina de Siena quedó arrobada y sintió las cinco llagas de Cristo impresas en su cuerpo, experimentando dolores intensos. Aunque eran dolores internos, ella los aceptó por solicitud propia al Señor. Su caridad hacia los demás fue ejemplar, viendo en ellos a Cristo y sirviéndolos como al Señor mismo. Pidió permiso para dar limosna a los pobres, distribuyendo generosamente todo lo posible. Incluso un vino en su casa duró más tiempo después de que ella lo compartiera con los necesitados.

En un acto de caridad, regaló una cruz de plata a un pobre, y Cristo le prometió mostrarla adornada con piedras preciosas en el día del juicio. Demostró amor al besar las llagas de los enfermos y, en una ocasión, bebió agua de una úlcera para cuidar a un necesitado, ganando la gracia de beber de la llaga del costado de Cristo. Mientras curaba a una leprosa en Sena, contrajo temporalmente la lepra en una mano, pero continuó curándola hasta la muerte de la enferma, recuperando entonces su salud con las manos más bellas que antes.

Dones que recibió del Señor

Santa Catalina de Siena fue agraciada con dones excepcionales. El Señor le reveló la belleza de las almas y el amor con que las amaba, dotándola con un instinto maravilloso y luz divina para entender los corazones. Poseía don de profecía y recibió numerosas revelaciones. Los milagros que Dios obró a través de ella fueron innumerables, desde sanar enfermos hasta multiplicar panes y vino.

Sin embargo, el mayor milagro fue la misma vida de Santa Catalina y la sabiduría divina que le permitió hablar de temas espirituales con suavidad y eficacia. Sus cartas y Diálogos reflejan su profunda conexión con el Espíritu de Dios. Su doctrina se centraba en amar al Señor y padecer por Él.

En una aparición, su amado Esposo le dijo: «Hija, piensa tú en mí y yo pensaré y tendré cuidado de ti». De estas palabras, Catalina dedujo la gran confianza que debemos tener en la divina Providencia, instando a arraigar nuestros corazones en ella para aceptar los acontecimientos de la vida como provenientes de la mano de Dios.

Interviene en el regreso de Gregorio XI de Aviñón a Roma

Nuestro Señor utilizó a Santa Catalina de Siena para abordar asuntos cruciales en la pacificación y gobierno de la Iglesia. Enviada como embajadora por los de Florencia para negociar paces con el Papa Gregorio XI en Aviñón, ella también instó fervientemente al Pontífice a regresar la sede de la cristiandad a Roma. Aunque Gregorio XI ya había hecho el voto de volver a la Sede de San Pedro, fue Santa Catalina quien lo persuadió a cumplir su promesa. El Papa regresó a Roma en 1376.

Tras la muerte de Gregorio XI y la elección de Urbano VI como Papa, Santa Catalina desempeñó un papel vital. Ante el cisma que surgió con la elección de Clemente VII como antipapa, Catalina oró, se mortificó y escribió cartas a cardenales, obispos, prelados, reyes y gobiernos, ofreciendo prudentes consejos y instándoles a reconocer al legítimo Papa. En total, escribió 155 cartas a líderes eclesiásticos y 39 a autoridades seculares, todas reflejando un espíritu divino y una sabiduría inspirada por Dios.

Muerte de Santa Catalina de Siena

Santa Catalina de Siena, tras vivir treinta y tres años, falleció en Roma con devoción y afecto al recibir los Santos Sacramentos. En su lecho de muerte, enfrentó la tentación del demonio, acusándola de vanagloria, pero ella respondió con alegría, afirmando su búsqueda constante de la verdadera gloria de Dios.

Antes de morir, exhortó a sus compañeras a entregar sus corazones a Cristo y a no juzgar mal a los demás. Pidió perdón y la indulgencia plenaria que le habían concedido los sumos pontífices Gregorio XI y Urbano VI. En su agonía, pronunció las palabras «En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu» y ascendió al cielo el 29 de abril de 1380. Urbano VIII trasladó su fiesta al 30 de abril.

Su cuerpo fue llevado a la iglesia de la Minerva en Roma, donde se realizaron numerosos milagros. Santa Catalina fue canonizada por Pío II ochenta y un años después de su muerte. Benedicto XII permitió la celebración de una fiesta en honor a las cinco llagas de la Santa, y Pío IX la nombró segunda patrona de Roma en 1866. Su cuerpo se conserva casi íntegro bajo el altar mayor de la iglesia de Santa María de la Minerva, y uno de sus brazos está en el monasterio de las Madres Dominicas en Roma.

La cabeza de Santa Catalina de Siena

La gente de Siena deseaba tener el cuerpo de Santa Catalina de Siena. En un intento de contrabandear al menos su cabeza, oraron a Catalina cuando fueron detenidos por guardias romanos. Al abrir la bolsa para mostrar la cabeza, esta ya no parecía estar allí, sino que estaba llena de pétalos de rosa, en un milagro que confirmaba su conexión especial con la santa.

Oración a Santa Catalina de Siena

Oración a Santa Catalina de Siena

¡Oh gloriosa virgen Santa Catalina de Siena!, a medida que os consideramos reconocemos en vos a la Mujer Fuerte de los Libros Santos, el prodigio de vuestro siglo, la antorcha luminosa de la Iglesia, la criatura dotada de incomparables dones y que supo reunir las dulces y modestas virtudes de las vírgenes prudentes a la intrepidez y al valor de los héroes. Volved, os rogamos, desde el cielo, vuestros ojos sobre la barca de Pedro, agitada por la tempestad, y sobre su augusto jefe, que ora, vela, gime, exhorta, combate y espera.

Mostrad hasta donde llega vuestro poder cerca de Dios, obteniéndonos a todos el celo para adelantar en las virtudes evangélicas, especialmente en la humildad, la prudencia, la paciencia, la bondad y la diligencia en la práctica de los deberes de nuestro estado. Mantened la concordia de nuestra gran familia y convertid a la Fe a los incrédulos del mundo entero; obtened para nuestra patria la paz verdadera, es decir cristiana, para nuestra Santa Madre la Iglesia el triunfo completo sobre el mal, por la Verdad, el sacrificio y la caridad. Amén.

Oración a Santa Catalina de Siena II

Oh maravilloso portento de la Iglesia, virgen seráfica, Santa Catalina, por tu extraordinaria virtud y el bien que lograste para la Iglesia y la sociedad, eres aclamada y bendecida por todo el mundo. Oh, vuelve tu generoso rostro hacia mi, quien, confiado en tu poderoso patrocinio, te llama con todo el ardor y afecto suplicándote que obtengas, a través de tus plegarias, los favores que tan ardientemente deseo (pedir aquí lo que se desea).

Tu, que fuiste una víctima de la caridad, que para beneficiar a tu prójimo obtuviste de Dios los más asombrosos milagros llegando a ser la alegría y la esperanza de todos, tu no puedes dejar de ayudar escuchando las oraciones de aquellos que a tu corazón acuden -el corazón que recibiste del divino redentor en éxtasis celestial.

Si, oh seráfica virgen, demuestra una vez más prueba de tu poder y de tu resplandeciente caridad, para que tu nombre sea por siempre más bendito y exaltado. Concédenos, que habiendo experimentado tu más eficaz intercesión aquí en la tierra, podamos un día darte las gracias en el cielo y disfrutar contigo de la felicidad eterna.
Amén.

Cordero de Dios

Santa Catalina de Siena| Fuentes

El Santo de cada día por EDELVIVES.

 

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.
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