29 de Diciembre: Santo Tomás Becket


Santo Tomás Becket

 

Santo Tomás Becket, también conocido como Santo Tomás de Canterbury, y Tomás de Londres, fue Arzobispo de Canterbury desde 1162 hasta su asesinato en 1170. Es venerado como santo y mártir tanto por la Iglesia Católica como por la Comunión Anglicana. Se involucró en conflicto con Enrique II, rey de Inglaterra, por los derechos y privilegios de la Iglesia y fue asesinado por seguidores del rey en la catedral de Canterbury. Poco después de su muerte, fue canonizado por el Papa Alejandro III.


Día celebración: 29 de Diciembre.
Lugar de origen: Cheapside, Inglaterra.
Fecha de nacimiento: 24 de mayo de 1162.
Fecha de su muerte: 21 de diciembre de 1170
Santo Patrono de: La ciudad de Lodres.


Contenido

– Introducción
– Canciller y arzobispo
– Asamblea de Clarendón
– El Destierro
– El Martirio
– Oración a Santo Tomás Becket


Introducción

Santo Tomás Becket vio la luz primera en Landres en 1117 el día 21 de diciembre, festividad de Santo Tomás, apóstol. Su padre, Gilberto, y Matilde, su madre, fueron personas de noble prosapia y de gran religiosidad. La influencia materna, determinó desde muy temprano en el niño, señalada inclinación a la piedad, tierna devoción a la Santísima Virgen y un amor ardiente a los pobres.

En cuanto tuvo edad suficiente mandáronle sus padres a seguir estudios en París. Dotado de entendimiento vivo y despejado, juicio sólido y memoria feliz que conservaba tenazmente cuanto se le confiaba, hizo allí progresos rápidos en el estudio de las humanas letras. De regreso a Londres, confióle su padre la administración de sus inmensas propiedades, ocupación en la que adquirió Tomás aquel sentido práctico de los negocios y aquella táctica y prudencia que lo convirtieron en el jurista consumado con quien tendría que habérselas el ladino Enrique II.

A esas prendas naturales juntaba Tomás una piedad poco común. Mantuvo siempre intacta la pureza de su alma y aun en el período de su vida que pudiéramos llamar mundano, aunque era de natural condescendiente y festivo, jamás habría tolerado se pronunciase en su presencia una palabra libre o menos recatada. Era, al decir de los cronistas de su tiempo, un joven de elegante continente y noble porte, estatura prócer, suelto y desembarazado en sus movimientos, de trato agradable, grata y entretenida conversación y, sobre todo, de una lealtad y franqueza insobornables.

Cuando hacia el año 1141 perdió Tomás a sus padres, el ya viejo arzobispo de Cantórbery, Teobaldo, ofrecióle un puesto en su palacio en concepto de familiar del rey de Inglaterra. El palacio episcopal en aquella época venía a ser algo así como una corte entre militar y eclesiástica en la que alternaban y se entremezclaban las ricas libreas de nobles y guerreros con los severos hábitos monacales.

El arzobispo de Cantórbery, Primado de Inglaterra, era, después del rey, el más encumbrado personaje de la nación. Reinaba entonces un joven monarca de diecinueve años, Enrique II, de la ilustre familia de los Plantagenets. Dotado de bellas prendas de inteligencia y de un espíritu de observación tal que le bastaba ver una sola vez a una persona para reconocerla siempre en adelante, era en lo físico de una corpulencia excesiva, y en su naturaleza sanguínea bullía una afición tan desordenada a los placeres, que sólo podía ponerse en parangón con su cólera, tan desbordada que en ocasiones degeneraba en frenesí.

Canciller y arzobispo

Teobaldo, antes de morir, de dar a conocer a Tomás Becket, cuyo gran talento y extraordinaria piedad conocía muy a fondo, envióle a estudiar derecho civil y canónico en Bolonia y Auxerre. A su regreso, un año más tarde, en el 1154, confirióle el diaconado, dignidad que llevaba aparejada, para el electo, el título de arcediano de Cantórbery a la vez que una magnífica prebenda. El aumento de rentas sirvió para hacerle más generoso con los desgraciados; de modo que sus abundantes limosnas le consiguieron pronto el título de padre de los pobres.

Haciéndose cada día más visible el mérito del nuevo arcediano, quiso Enrique II conocer y tratar personalmente al que por su ingenio y virtud era objeto de la admiración y aplauso de toda la corte. Apenas hubo hablado con él, reconocióle como muy superior a lo que la fama pregonaba, y resolvió nombrarle su canciller o primer ministro. Era en el año de 1155. Jamás conoció aquella nación ministro de Estado ni tan celoso de los intereses de su Rey, ni tan deseoso del bien público. Inglaterra gemía entonces en la anarquía.

Las tropas mercenarias que de Flandes acudieran para restablecer el orden, habíanse convertido en fautoras de desarreglo; y, desaparecido casi el derecho de propiedad, sus jefes se adjudicaban sin escrúpulo tierras y castillos en pago de sus trabajos. En menos de un año, a impulsos del joven ministro, propiedades, obispados y abadías volvieron a manos de sus legítimos poseedores.

A la vez que hábil diplomático, mostróse Tomás amigo y entusiasta propulsor de las artes, en sus diversas manifestaciones. Sus contemporáneos no se cansan de ponderar su gusto por las fastuosidades y grandezas. Sin embargo, en medio de tanto lujo y magnificencia, supo Tomás conservarse bueno y casto. Mientras el canciller brillaba tanto en su patria y era la admiración de las cortes extranjeras, quedó vacante la sede de Cantórbery por muerte de su arzobispo Teobaldo (1161).

Disponíase Tomás a la sazón a marchar al país de Gales para reprimir unos desórdenes, mas antes quiso despedirse del rey, que se hallaba en Normandía. Enrique II, a quien halagaba la idea de tener bajo su influencia directa al que, por otra parte, miraba sinceramente como amigo íntimo, creyó que no podría encontrar sujeto más a propósito para sustituir a Teobaldo; y así, lo mismo fué verle que decirle le había escogido para la silla primacial de Inglaterra. Tomás escuchó sin inmutarse la propuesta del soberano y observó con sonrisa intencionada:

—Repare Vuestra Majestad en mi atuendo. ¿Es éste el hombre a quien elegís para gobernar a monjes? Además — añadió entre serio y chancero— , ¿no teme Vuestra Majestad el haber de arrepentirse algún día de esta designación? Porque, os diré con toda lealtad, que si alguna vez tuviereis la

mala ocurrencia de atentar contra los derechos e inmunidades eclesiásticas, yo, como príncipe de la Iglesia, no podría en conciencia tolerarlo. El monarca hizo caso omiso de esta réplica, en la que sólo vió una agudeza sin importancia.

A partir de su elevación al episcopado, entregóse Tomás por completo a la vida apostólica, expió con la penitencia y el cilicio la molicie de su anterior conducta y, aunque en lo exterior aparecía con la dignidad y magnificencia propias de su elevado cargo, llevaba en privado la vida y el hábito de los monjes benedictinos, conforme a las tradiciones de austeridad que le legara el insigne San Anselmo, uno de sus predecesores en la sede primacial de Cantórbery.

Ordenado de sacerdote el sábado vigilia de Pentecostés, recibió la consagración episcopal el siguiente día, 3 de junio de 1162. Grande fue en esa fecha el esplendor de las ceremonias, e inenarrable el júbilo del pueblo. En el entretanto, parecía Tomás abrumado por el peso de la inmensa carga que se le venía encima, y a uno de sus familiares que se le acercó para felicitarle le replicó con viveza: «Por favor, no dejes de avisarme en seguida de cualquier cosa reprensible que en mí adviertas; más ven cuatro ojos que dos».

Consciente de sus nuevas obligaciones, permanecía alerta y vigilante como quien sabía muy bien con qué adversario habría de habérselas muy pronto en la defensa de los derechos de la Iglesia. Poco agradó al rey el primer gesto del nuevo arzobispo: al aceptar la sede episcopal, Tomás renunció a la cancillería, por no parecerle compatible las obligaciones de ambos cargos.

Pero la chispa que iba a provocar el estadillo brotó con motivo de cierta acción judicial que, tomando pie de una denuncia interesada, intentó el rey contra dos clérigos acusados de homicidio.

Condenado uno de ellos a cadena perpetua, se reconoció la inocencia del segundo; pero, reanudado el proceso, cometió este último la torpeza de dejarse llevar de un arrebato contra el magistrado injusto que le condenara. Tomás, a quien ambas víctimas apelaron, además de estudiar personalmente con absoluta imparcialidad todas las piezas de autos, consultó con una asamblea de obispos, quienes declararon inadmisibles las pretensiones de los magistrados.

Fuera de eso, las costumbres reales en que estos últimos fundamentaban sus decisiones, no estaban codificadas, y de hecho habían dado ya origen a las arbitrariedades más indignas. Harto veía Tomás, conocedor del carácter del monarca, el peligro de que se convirtiesen entre sus manos en pretexto, apenas velado, para satisfacer los peores caprichos.

—Respetaré las costumbres reales; pero sólo mientras ellas dejen a salvo el honor y los derechos de mi jurisdicción — declaró el arzobispo. A lo que replicó vivamente el príncipe: — No sé por qué me parece que esas palabras destilan veneno.

Asamblea de Clarendón

Enrique II y so pretexto de un agravio recibido, condenó al destierro a Juan de Salisbury, el amigo más íntimo de Tomás, con la intención de privar a éste de su mejor confidente. La intimidación, harto pueril, fué nula en sus resultados. No obstante, el vengativo rey, pródigo en recursos y deseoso de salir con su intento, invitó a Tomás a usa asamblea que se convocaría — dijo él— para salvar siquiera las apariencias.

En ella se daría al monarca pública satisfacción por el desacato cometido contra él, en la persona de los magistrados reales, por un clérigo, inocente tal vez, pero impertinente; empero, esta sumisión seria pura fórmula. Tomás se mantuvo inflexible. Los agentes del rey recurrieron entonces al engaño; presentaron a Tomás Becket unas letras apostólicas que decían escritas por el papa Alejandro III en las cuales aconsejábale el Pontífice cerrase los ojos sobre determinados abusos. Este documento era apócrifo.

Sin embargo, el arzobispo, a cuya rectitud y lealtad repugnaba sospechar felonía en sus adversarios, y cuyo respeto profundo hacia la persona del Papa le vedaba poner en duda la voluntad pontificia, se sometió y fuése en seguida a entrevistarse con el rey, que en aquel entonces residía en Woodstrock. Enrique II le acogió cortésmente, aunque con afectada frialdad; díjole que aceptaba sus excusas, pero que, como el agravio había sido público, también debía serlo la reparación. Rogóle, pues, acudiese a una asamblea que quería convocar en enero de 1164.

Conócese esta asamblea con el nombre de «Concilio de Clarendón», tan célebre en los fastos de la Historia de Inglaterra. Enrique, lleno de confianza en sí mismo, rodeóse además de consejeros mercenarios encargados de presentar en la reunión una «Carta» compuesta de dieciséis artículos, claramente atentatorios a la libertad de la Iglesia. Influidos por el miedo, todos suscribieron los dieciséis artículos, excepto Tomás Becket.

Inflexible largo tiempo en su resolución, dejóse al fin vencer por los ruegos de sus colegas, que le hacían responsable de los males que su resistencia atraería sobre la Iglesia de Inglaterra; pero ciñóse a pronunciar un consentimiento verbal sin querer estampar su firma. Harto sabía Tomás el abuso que el Rey haría muy pronto de esa aquiescencia, por lo que se retiró con el alma transida de pena y turbado por amargos remordimientos. Mientras caminaba tristemente a caballo, acompañado por algunos clérigos, uno de ellos, el crucero, murmuró con ruda franqueza:

— ¿Quién tendrá valor para levantarse viendo caído al jefe?

—Hijo mío, ¿de quién dices eso? — preguntó el arzobispo.

— De vos — dijo el clérigo— , de vos, cuyas manos se han extendido para jurar la observancia de leyes inicuas.

La voz de este hombre — dice Bossuet— fue el canto del gallo que despertó al nuevo Pedro. El humilde Tomás lloró amargamente; detestó su cobardía y abstúvose de celebrar el Santo Sacrificio de la Misa hasta que el Papa le hubo enviado la absolución de su culpa. Alejandro III condenó las decisiones de Clarendón y animó a Tomás a la resistencia. Éste dispúsose a mantenerse intransigente frente al opresor.

El 6 de octubre de 1164, encaminóse el arzobispo a Northampton, citado por el rey para asistir a otra asamblea de prelados y de nobles. ¿Con qué objeto? Quería ante todo el soberano que Tomás entrase como reo y que de ella saliese condenado.

Mas no por eso desfalleció el ánimo del arzobispo, quien se presentó en la reunión revestido con los ornamentos pontificales. La asamblea le declaró traidor y perjuro. «Escuchad vuestra sentencia —dijo el conde de Léicester. — ¿Mi sentencia? —repuso el arzobispo. —Aparto el juicio del rey, porque después de Dios, sólo el Papa puede juzgarme. Apelo, pues, a su tribunal y me retiro bajo el amparo de la Silla Apostólica.

Salióse, en efecto, sin que nadie osara detenerle. Revestido con roquete y estola y asiendo la cruz primacial con la mano izquierda montó tranquilamente a caballo seguido de enorme multitud que le servía de cortejo.

El Destierro

Sin embargo, estimando nuestro Santo que lo más oportuno en aquel trance era evitar un encuentro con el rey, tomó un disfraz y, revestido con hábito burdo de hermano converso y el supuesto nombre de fray Cristian, atravesó el Canal de la Mancha el día 2 de noviembre de 1164, en una frágil embarcación gobernada por dos sacerdotes animosos; casi desfallecido de hambre y cansancio tomó tierra no lejos de Boulogne, y se encaminó a Compiégne, residencia a la sazón de Luis VII de Francia. Éste le acogió con respetuoso cariño y le brindó su protección.

Con todo, sólo el Papa podía ser juez legítimo y tomar una decisión. Tomás se presentó ante él en Sens, arrojóse a sus pies, hízole una sencilla y verídica relación de todo lo que había pasado, y le suplicó que, pues él sólo había sido causa de la tempestad, se dignase admitir su dimisión; y, sacando al punto el anillo pastoral, presentóselo al Pontífice, quien se lo devolvió con bondad; más aún, alabó su celo y su piedad y lo restableció en su silla; pero, por no exasperar aun más a Enrique II, aconsejó al Santo se retirara a la Abadía de Pontigni, de la Orden del Cister.

Hízolo así el ilustre perseguido y, gozoso en ese sagrado asilo, entregóse a todas las dulzuras de la oración y a los rigores de la más austera penitencia. Mas el vengativo rey no se dió por satisfecho. Temía que desde su destierro fulminase nuestro santo prelado contra él los anatemas de la Iglesia y así, intimó al abad de Pontigni la expulsión de su huésped, so pena de verse arrojado de Inglaterra él y todos sus religiosos cistercienses. Dolíale a Tomás exponer a la ruina a una familia religiosa por él tan querida y se retiró al monasterio benedictino de Santa Columba en el que moró cuatro años.

Su vida en este nuevo asilo no fué ni menos austera ni menos santa. Entretanto, el rey de Francia buscaba el medio de concertar con el de Inglaterra uno de aquellos primeros tratados de paz que la mala fe de éste tornaba siempre tan precarios. También el Papa, por su parte, deseaba con ansias otra reconciliación: la del arzobispo con su rey. Luis VII ofrecióse gustoso para servir de mediador y consiguió de Enrique II se viera con el santo prelado. Introducido éste a presencia del rey echóse a sus pies.

— ¡Señor — le dijo— , tened piedad de mí! A vuestro arbitrio dejo mi causa, como quede a salvo la honra de Dios.

Este último inciso de la cláusula alteró al rey y le irritó sobre manera y, aunque vuelto de su arrebato se serenó luego, dejó margen para nuevas violencias que no habían de tardar en sobrevenir. Muy pronto surgió un pretexto para ello.

El arzobispo de York y los obispos de Londres y de Salisbury pidieron a Tomás que les absolviera de las censuras en que van incursos, mas como no admitieron las justas condiciones que el Santo les ponía, vieron desechada su solicitud. Entonces pasaron a Normandía los tres prelados y expusieron los hechos en forma tal que, desnaturalizando por completo las palabras del Primado, hicieron creer al Rey que él mismo había sido excomulgado.

«¡Cobardes y traidores! — gritó, irritado— . ¡Malditos sean quienes comen mi pan si no me libran de ese insolente!». La intención de aquellas palabras era harto manifiesta y vehemente. Por desgracia, poco había de tardar en recibir sangrienta interpretación.

El Martirio

Cuatro oficiales del Rey, hombres sin conciencia y de vida disipada, se comprometieron con juramento a asesinar al santo arzobispo. Por grandes que fuesen las precauciones tomadas para velar sus siniestros propósitos, no pudieron evitar trasluciesen ya desde su llegada a Cantórbery, por lo que los familiares del Santo solicitaron de éste permiso para velar cerca de su persona en la noche del 28 al 29 de diciembre.

— Sea lo que Dios quiera — dijo él— . Ahí en la Iglesia de que soy jefe debo aguardar el destino que me está reservado.

Por disposición suya, abrevióse un tanto la comida y se retiró en seguida a la catedral, que muy pronto estuvo rodeaba de soldados con los asesinos al frente; habiendo éstos entrado, comenzaron a gritar:

— ¿Dónde está el arzobispo? ¿Dónde está el traidor?

—Aquí me tenéis — dijo el Santo sin turbarse— . Yo soy el arzobispo; pero no soy traidor. Pronto estoy a morir por mi Dios, por la justicia y por la libertad de la Iglesia; pero os conjuro que no toquéis a ninguno de mis religiosos, de mis clérigos o de mis fieles.

Admirable respuesta que nos recuerda la del mansísimo Jesús al entregarse en el huerto de Getsemaní en manos de sus verdugos. Mientras tanto muchos asistentes se acercaban con el rostro consternado para seguir más de cerca la triste escena. Como temiese el jefe de los sayones una reacción contraria del pueblo, gritó blandiendo el hacha: «¡Presto! ¡Herid presto!».

Aunque Tomás pudiera todavía escapar refugiándose en la cripta o tomando una escalera secreta que conducía a lo más alto de la basílica, permaneció arrimado a un pilar que separaba el crucero de la nave mayor.

El primer golpe, sólo ligeramente alcanzó a Tomás en la cabeza, pero lo recibió en cambio Herberto su familiar, a quien seccionó casi por completo un brazo. Al instante asestaron al prelado otro furioso tajo con el que le abrieron una profunda brecha en el mismo punto en que había recibido la primera herida. Cayó el Santo de rodillas, cubierto de sangre, al propio tiempo que los otros dos asesinos le atravesaban el pecho con sus espadas con tal violencia que el acero de uno de ellos se rompió.

— Gustoso doy mi vida en defensa de la Iglesia — fueron sus últimas palabras antes de expirar.

Así murió Tomás Becket el 29 de diciembre de 1170 a los cincuenta y tres años de edad y en el noveno de un episcopado cuyos dos tercios pasó en el destierro.

Un estremecimiento de horror sacudió la conciencia del mundo cristiano a la noticia del horrible asesinato cometido en la persona del más santo e ilustre prelado de su tiempo. El mismo rey, espantado y arrepentido a la vez, estuvo muchos días sin querer probar bocado, llorando a lágrima viva su participación en el crimen por sus impremeditadas palabras.

No tardó Dios en vengar cumplidamente a su siervo. Los asesinos acabaron trágicamente sus días. Enrique II vió desolado su reino por toda suerte de disensiones y guerras civiles y, comprendiendo el origen de tantas desdichas, determinó expiar su culpa; envió al papa Alejandro III embajadores que le protestaran que este asesinato se había cometido sin que mediara la menor orden suya, si bien confesaba que una palabra indiscreta por él pronunciada había sido la causa ocasional del mismo y que se sujetaba a la penitencia que quisiera imponerle.

Esta fue pública, rigurosa y solemne, y sometióse a ella el humillado rey con el máximo rigor. Habiendo citado a gran número de obispos en Cantórbery, ante el sepulcro del santo mártir, se presentó en traje sencillo y con los pies descalzos, y postrado con el rostro en tierra y bañado en lágrimas, confesó públicamente su pecado, del que pidió perdón a Dios y al Santo; descubrióse luego las espaldas y quiso que todos los prelados le diesen cinco azotes con la disciplina y otros tres cada uno de los ochenta religiosos que asistían al acto.

Pasó luego en vela, en oración y ayuno lo restante del día y la noche siguiente. Esta conversión del rey se miró como el primer milagro del Santo y a él siguieron otros innumerables que se obraban cada día en su sepulcro, lo que decidió al papa Alejandro III a canonizarle el 21 de febrero de 1173.

Oración a Santo Tomás Becket

Señor, tú que has dado a santo Tomás Becket grandeza de alma para entregar su vida en pro de la justicia, concédenos, por su intercesión, sacrificar por Cristo nuestra vida terrena para recuperarla de nuevo en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Santo Tomás Becket | Fuentes
La vida de los Santos por Butler.
Transmisión en vivo desde el Santuario de Nuestra Señora de Fátima En Directo
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