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29 de Junio: San Pedro, apóstol

Publicado el 29 de junio de 2021

Actualizado el 19 de abril de 2025

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San Pedro, también conocido como Simon Pedro, Cephas, o Pedro el Apóstol, fue uno de los Doce Apóstoles de Jesucristo, y el primer líder de la Iglesia primitiva. Según la tradición cristiana, Pedro fue crucificado en Roma bajo el emperador Nerón. Tradicionalmente se le considera el primer obispo de Roma —o papa— y también según la tradición cristiana oriental como el primer patriarca de Antioquía.


Día celebración: 29 de Junio.
Lugar de origen: Betsaida, Galilea.
Fecha de su muerte: 64 ó 67.
Santo Patrono de: Tréveris, Santa Sede y el Papado,Roma, Pescadores, Iglesia ortodoxa de Antioquía.


Contenido

– Introducción
– Camina sobre las aguas
– Primacía, formación, reproches y alientos
– La última Cena
– La noche de la Pasión
– Apacienta mis ovejas
– Primeros hechos de San Pedro como Papa
– De Antioquía a Roma
– Persecución y martirio
– Oración a San Pedro


Introducción

San Pedro, antes de convertirse en el primer Papa, era un humilde pescador de Betsaida, a orillas del lago de Genezaret. Vivía en la casa de su suegra en Cafarnaúm, careciendo de educación y bienes materiales. Su sustento provenía de la pesca junto a su hermano Andrés.

El primer encuentro con el Maestro tuvo lugar en las orillas del río Jordán, donde San Juan bautizaba. Andrés presentó a Simón como el Mesías, y Jesús, al ver a Pedro, le cambió el nombre a Cefas, que significa piedra en siriaco o caldeo, indicando así su pertenencia al grupo de discípulos.

Aunque Pedro y Andrés mostraron simpatía hacia Jesús desde ese momento, su vocación definitiva se materializó días después, en Cafarnaúm, después de que Jesús realizara un milagro al sanar a la suegra de Pedro de una grave enfermedad.

Pedro y Andrés, mientras reparaban redes en la orilla del lago, permitieron que Jesús predicara desde su barca. Después de predicar, Jesús les pidió que lanzaran las redes nuevamente, a pesar de no haber atrapado nada la noche anterior. A pesar de la duda inicial de Pedro, obedeció, y la pesca fue tan abundante que rompieron las redes. Este milagro impresionó a Pedro y Andrés, quienes llamaron a Santiago y Juan para compartir la abundante pesca.

Lleno de asombro, Pedro le pidió a Jesús que se apartara de él por sentirse pecador. Sin embargo, Jesús les dijo que no temieran y les anunció que a partir de ese momento serían pescadores de hombres. Los cuatro dejaron todo y siguieron a Jesús.

Camina sobre las aguas

En la tarde de la multiplicación de los panes, los Apóstoles enfrentaron un viento huracanado en una barca. Jesús caminó sobre las aguas hacia ellos, y aunque Pedro dudó al pedir ir hacia Jesús y empezó a hundirse, fue salvado por Jesús, y el viento cesó.

Sudaban los Apóstoles de tanto remar, cuando a eso de las tres de la madrugada vieron que venia a ellos un hombre, andando sobre las aguas. «Es un fantasma», se dijeron asustados, y empezaron a gritar llenos de miedo. No era ningún fantasma, sino el mismo Jesús, el cual les dijo «Sosegaos no temáis. —Señor —le dijo Pedro—, si eres Tu, mándame ir a ti sobre las aguas. —Ven», le respondió el Salvador.

Pedro echa a andar hacia su Maestro; pero crece fa violencia del viento. Pedro tiembla y empieza a hundiese: «¡Señor —exclama—, sálvame!». Al punto extiende Jesús la mano, coge al apóstol y le dice: «Hombre de poca fe, por qué dudaste?» Entraron los dos en la barca, y cesé el viento.

En otra ocasión, al hablar sobre dar su carne y sangre, muchos discípulos abandonaron a Jesús «Dura es esta doctrina; quién puede aceptarla?». Cuando Jesús preguntó a los doce si también se irían, Pedro afirmó su lealtad reconociendo a Jesús como el Cristo, el Hijo de Dios: «A quién iremos? Tu tienes palabras de vida eterna, Nosotros hemos creído y conocido que eres el Cristo, el Hijo de Dios.»

Primacía, formación, reproches y alientos

Un día, mientras Jesús caminaba con los doce Apóstoles por las aldeas de Cesarea de Filipo, les preguntó sobre la opinión de la gente acerca de él. Pedro respondió afirmativamente, diciendo que él era el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Jesús elogió a Pedro, señalándole como la roca sobre la cual edificaría su Iglesia y le daría las llaves del reino de los cielos. Estas palabras se consideran inmortales.

«Y yo te digo —añadió Jesús— que tu eres Pedro, y que sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella, Te daré las llaves del reino de los cielos: cuanto atares en la tierra seré atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra, será también desatado en los cielos»

Aunque designado líder del colegio apostólico y de la Iglesia, Pedro aún no comprendía completamente las humillaciones del Hombre-Dios. Cuando Jesús reveló las afrentas y sufrimientos futuros en Jerusalén, Pedro audazmente censuró a su Maestro, recibiendo una fuerte reprimenda por pensar en las cosas humanas en lugar de las divinas.

Para darle a entender mejor las cosas de Dios, Jesús Ilevó a Pedro con Santiago y Juan al monte Tabor, y ante ellos se transfiguró, vistiéndose por breve tiempo de eternos resplandores, Pedro, extático ante aquella visión gloriosa y fuera de admiración, exclamó: «Señor, bien estamos aquí».

Propone luego a su Maestro levantar tres tiendas, una para Jesús, otra para Moisés, y la tercera para Elías. El cielo le respondió. En la nube resonó una voz, la del Padre celestial, que dijo: «Este es mi Hijo muy amado; escuchadle». Se desvaneció al punto aquella luz esplendorosa; los tres Apóstoles quedaron solos con Jesús, en cuya divinidad creyeron entonces mis firmemente.

Muchas veces vemos a San Pedro en la vida del Salvador, haciendo declaraciones en nombre de los demás Apóstoles y dando testimonio en toda ocasión de su ardiente amor y profundo respeto a Jesús. Cuando Nuestro Señor refirió la parábola de los criados que velaban en ausencia de su dueño, San Pedro le preguntó: «Es solo para nosotros esta parábola, o es para todos? —Para todos —respondió Jesús—; pero se pedirá cuenta de mucho a aquel a quien mucho se entregó. Sin duda que San Pedro se aplicó a si mismo aquella advertencia de Jesús.

También fue Pedro quien pidió explicaciones acerca de la generosidad y numero de veces que hemos de perdonar a nuestros deudores. Siete veces le parecían ya muchas, Jesús le respondió: «No te digo yo hasta siete veces sino hasta setenta veces siete». Quería decir, siempre.

Se pagaba en Palestina un tributo de dos dracmas, que era exigido por el fisco en provecho del Templo de Jerusalén. Los recaudadores del tributo se acercaron a San Pedro y le dijeron: «Qué, ¿no paga vuestro Maestro los dos dracmas? —Si, por cierto —respondió el Apóstol». Fue a pedir el dinero a Jesús, que nada Ilevaba y que, por otra parte, siendo Hijo de Dios estaba exento de contribuir a los gastos del culto debido a su eterno Padre.

Con todo eso, por no escandalizar a sus discípulos, dijo a San Pedro: «Ve al mar y echa el anzuelo; coge el primer pez que saliere y ábrele la boca, En ella hallarás una estatera de cuatro dracmas: tómala y dásela por ti y por mi».  Con esto parece denotar el Salvador, que El y su Vicario son una sola persona en el gobierno de la Iglesia.

La última Cena

Aunque Jesús encargó a Pedro y Juan preparar la última Cena, evitó que Judas, el traidor, conociera de antemano el lugar. Durante la Cena, dos incidentes revelaron la naturaleza vehemente de Pedro y su profundo amor por Jesús.

El primero ocurrió durante el lavatorio de pies. Al ver que Jesús se acercaba, Pedro, asombrado, exclamó: «¿Señor, tú me lavas los pies?». Negándose inicialmente con rotundidad, Jesús le advirtió que si no le lavaba, no tendría parte con él. Sorprendido, Pedro pasó al extremo opuesto, pidiendo que le lavara no solo los pies, sino también las manos y la cabeza.

Al finalizar la Cena, Jesús anunció su próxima partida y la imposibilidad de que lo siguieran. Pedro, conmovido, declaró su disposición a morir con Jesús. Sin embargo, Jesús predijo que, antes de que el gallo cantara dos veces, Pedro lo negaría tres. A pesar de la triple negación inminente, Jesús le prometió no la impecabilidad, pero sí la infalibilidad en materia de fe, instándolo a confirmar a sus hermanos después de su conversión.

La noche de la Pasión

En Getsemaní fue San Pedro testigo de la agonía del Salvador; testigo soñoliento —por qué no decirlo— y tanto, que Cristo, muy afligido,le dijo: «Simón, ¿Tu duermes?; ¿aún no has podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación».

Llega luego el traidor Judas con los soldados y servidores para prender a Jesús. San Pedro quiere defender a su Maestro, saca ta espada y corta la oreja a Malco, criado del Pontífice. Jesús empero, sosiega el ardor del Apóstol, le manda envainar la espada, sana la oreja de Malco y se deja maniatar.

Entonces sus discípulos le abandonan y huyen medrosos, temiendo por su propia vida. Sin embargo, San Pedro quiere cerciorarse de lo que va a ser de Jesús. Le sigue de lejos, entra disimuladamente en el patio principal de la casa del Pontífice Caifás, y se junta a los criados y criadas que estaban calentándose alrededor de una hoguera improvisada al aire libre. Todos le observan. A la legua se nota que su facha y ademanes difieren de todo en todo de los de aquella chusma que por allí entra y sale afanosa.

Una criada le mira y le dice: «Este también solía andar con él. ¿No eres por ventura uno de los discípulos de Jesús el Nazareno? —No, mujer, no lo soy, ni le conozco. Ni entiendo lo que dices». Y cantó el gallo. Pasa por allí otra criada, y a ella se le ocurre también decir mirando a San Pedro: «Este solía andar con Jesús Nazareno. —Si por cierto —añadió un criado—, tu eres también discipulo suyo, ¿Acaso no te vi yo en el huerto con él? —No, hombre, no; no lo soy».  Y otra vez negó con juramento: «No conozco ese hombre».

Al poco rato vuelven a la carga: «Seguramente eres ta también de ellos, pues eres galileo; tu misma habla te descubre». Pedro, aturdido, empieza a echar sobre si imprecaciones y afirma otra vez con juramento: «No conozco al hombre de quien me habláis», En esto, cantó el gallo segunda vez. Jesús cruzó el patio en aquel mismo instante y miró a Pedro, el cual se acordó de la predicción de su Maestro. Avergonzado, cariacontecido, despedazado su corazón por el dolor y el arrepentimiento, salió y lloró amargamente. Ya no se habla más de él en el relato de la Pasión del Salvador, Lloró su cobardía y lavó su grave culpa en sus lágrimas.

Apacienta mis ovejas

Ni bien se entera San Pedro que Nuestro Señor había resucitado, corre al sepulcro con San Juan, entra el primero y sólo ve los lienzos en el suelo y el sudario que estaba recogido. Ese mismo día se le apareció Jesús y le aseguró que le perdonaba por haberle negado tres veces.

Días después se apreció el Señor en la orilla del lago Tiberíades y, tras una pesca milagrosa, dijo a Pedro: «Simón, hijo de Juan, me amas tu más que éstos? —Si, por cierto, Señor; bien sabes que te amo. —Apacienta mis corderos. Otra vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan; me amas? —Si, Señor; ya sabes que te amo». Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, me amas?». Pedro se contrista al ver que Jesús insiste. Como desconfiando de si mismo contesta: «Todo lo sabes, Señor; bien sabes, pues, que te amo.— Apacienta mis ovejas», le dijo el Señor.

Quería Jesús obligar al Apóstol a reparar la triple negación con aquella triple protesta de amor. Con el mandato de apacentar los corderos y las ovejas le hizo pastor universal de su Iglesia: los corderos significaban a los fieles y las ovejas a los pastores.

Primeros hechos de San Pedro como Papa

Al día siguiente de la Ascensión, San Pedro asumió el papel de Papa, tomando decisiones sin oposición. En el Cenáculo, sustituyó a Judas en el colegio apostólico, presidiendo la elección de San Matías. En el día de Pentecostés, Pedro, con valentía, predicó a los judíos sobre Jesús, convirtiendo a tres mil personas. Este pescador de hombres realizó el primer milagro evangélico unos días después al sanar a un cojo en el Templo. La multitud creció, y cinco mil hombres se bautizaron. Esto provocó la ira de los sacerdotes, quienes detuvieron a los apóstoles y los llevaron ante el Sanedrín.

San Pedro habla entonces de Jesús Nazareno con intrepidez. Los jueces le prohíben nombrar a Jesús: «¿Es justo obedeceros a vosotros antes que a Dios? —les dice Pedro—. En cuanto a nosotros, no podemos menos de hablar de lo que hemos visto y oído, El non possumus, pronunciado en esta ocasión por vez primera, lo repetirán hasta el fin de los tiempos los sucesores de Pedro, a todos los poderosos que se muestren hostiles a la verdad cristiana.

Los Apóstoles, cada día más enardecidos, ganaron numerosos seguidores y extendieron su predicación más allá de Jerusalén, siguiendo el mandato de difundir el Evangelio en todo el mundo. Como líder de la Iglesia, San Pedro visitó las comunidades cristianas emergentes. En Samaria, confirmó a los neófitos, enfrentándose al mago Simón, quien ofreció dinero por el poder sobrehumano. San Pedro rechazó la oferta, pronunciando las palabras que luego condenarían las simonías.

Va San Pedro a Lida y allí sana al paralitico Eneas. Llega luego a Jope y resucita a una viuda llamada Tabita; en dicha ciudad tiene luego misteriosa visión del mantel que baja del cielo, y en el cual había todo género de animales inmundos, Oye una voz que le dice: «Mata y come». Era para darle a entender que había de admitir en la Iglesia a todos los pueblos sin someterlos a las exigencias de la ley mosaica. Al día siguiente partió para Cesarea, donde bautizó al centurión Cornelio y a su familia, primicias del pueblo romano y del mundo pagano en la Iglesia de Cristo.

De Antioquía a Roma

San Pedro estableció la cátedra pontificia en Antioquía durante sus viajes por Siria y Asia Menor. Aunque Antioquía se convirtió en la cabeza de la catolicidad antes que Roma, la fiesta de la Cátedra de San Pedro en Antioquía se celebra el 22 de febrero en memoria de este evento.

Siendo responsable de todas las Iglesias, San Pedro se trasladó con frecuencia. En el año 42, Herodes Agripa, rey nombrado por Claudio, degolló a Santiago el Mayor y encarceló a San Pedro en Jerusalén. Sin embargo, la oración constante de la Iglesia condujo a la liberación milagrosa de Pedro por un ángel. Luego, Pedro se dirigió a Roma, donde lideró la Iglesia durante veinticinco años (42-67), acompañado por su discípulo San Marcos, quien más tarde escribió el segundo Evangelio a solicitud de los fieles y basándose en lo que había escuchado de Pedro.

Persecución y martirio

En poco tiempo, la Iglesia romana creció de manera significativa, amenazando el poder de los emperadores, lo que provocó persecuciones. En el año 64, Nerón, impulsado por su soberbia, incendió Roma y culpó a los cristianos, desatando la primera persecución. Los cristianos sufrieron atroces tormentos, llegando a convertirse en entretenimiento nocturno: amarrados a unos postes y embadurnados con sustancias inflamables, hacían de antorchas que alumbraban el paso a las cuadrigas y a los paseantes. San Pedro y San Pablo fueron detenidos, y el 29 de junio, fueron llevados a la muerte. Pedro fue crucificado boca abajo en el monte Vaticano, y Pablo, como ciudadano romano, fue decapitado en un lugar llamado Las tres Fontanas. Los cristianos enterraron con veneración sus reliquias.

Oración a San Pedro

Oración a la sombra de San Pedro.

Líbrame Pedro Divino
Por tu caridad y amor
hoy salgo yo al camino
gran apóstol del Señor.
gran Apóstol del Señor.

Te pido apóstol sagrado
que tan solo al invocarte
cuando me vea atribulado
tu siempre estés de mi parte.
En cualquier peligro grave,
en cualquier triste aflicción
Y en donde quiera que yo ande,
Pedro, allí tu protección.

Pues una meced te pido,
por tu sombra refulgente,
son muchos los enemigos
que me siguen diariamente.

De un asalto en el camino
en una hora desastrada,
Cúbrenos Pedro divino,
con tu sombra tan sagrada.

Cuando yo al camino salga
y me asalte el malhechor,
Allí tu sombra me valga
en el nombre del Señor.

Tu de Dios fuiste elegido
para ser su secretario,
Apóstol Señor San Pedro,
sírveme de relicario.

En la mansión de la tierra,
En cualquier trance o peligro
De persecución o guerra
Líbrame, Pedro divino.

Haz que Dios goce en el Cielo,
Por ti todo bien se alcanza,
ábrame las puertas Pedro
de la bienaventuranza.

Tú seas mi custodio y guía
Por donde quiera que salga
En la noche o en el día,
Siempre tu sombra me valga.

Te pido con eficacia,
Príncipe Apóstol Sagrado,
que no pierda la gracia,
Que no muera en pecado.

Por aquel grande dolor
cuando tu arrepentimiento,
Pedro Apóstol del Señor,
Líbrame cada momento.

Cuando mi alma perdonada
Sea la culpa inmortal,
No me niegues tu la entrada
A la patria celestial.

Ruega al Señor por nosotros
Que te hacemos petición,
Favorece a los devotos
Que cargan tu devoción. Amén.

Oración

Santo Apóstol, Pedro Clemente,
De mi no apartes tu protección,
A ti me acojo yo reverente
Y elevo humilde esta petición.

Cúbreme, sombra del más sublime
De los pastores, tenme piedad,
Aparta siempre de mi destino
Toda miseria y enfermedad.

Quien no me quiera que huya de mí,
Las personas adversas apártalas,
Bendice, Pedro, tú mi camino
Y no me dejes nunca penar.

Alcánzame que imite del Señor esas virtudes tuyas con la victoria de todas mis pasiones; y concédeme especialmente el don del arrepentimiento para que, purificado de toda culpa, goce de tu amable compañía en la gloria.

Amén.

Cordero de Dios

San Pedro | Fuentes

El Santo de cada día por EDELVIVES.

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.