Santa Clotilde, reina de Francia, cuyas oraciones indujeron a su esposo Clodoveo, rey de los francos, a abrazar la fe cristiana, y al enviudar se retiró a la basílica de San Martín, donde deseó no ser considerada como reina sino como sierva de Dios.
Día celebración: 3 de Junio
Lugar de origen: Lyon. Francia.
Fecha de nacimiento: 475.
Fecha de su muerte: 3 de junio del año 545.
Santa Patrona de: las esposas, los cojos y los notarios; para pedir por la conversión del cónyuge, contra la peste, enfermedades de la infancia y muerte súbita.
Contenido
– Introducción
– Los esponsales
– Matrimonio e hijos de Santa Clotilde
– El Dios de los ejércitos
– Instrucción y bautismo del rey
– El escudo de la trinidad
– Pruebas y sinsabores de la santa
– Oración a Santa Clotilde
Introducción
En el siglo V, los borgoñones se establecieron en la Galia meridional, formando un reino entre los romanos y los visigodos. Tras la muerte del rey Gondoveo, sus cuatro hijos dividieron el reino: Gondebaldo en Viena, Godegisilo en Ginebra y Chilperico en Lyon. El cuarto hijo, Gondemaro, no dejó huella histórica y falleció poco después. Chilperieo, posiblemente católico, se casó con Caratena, una devota mujer que crió a sus hijos en el temor de Dios.
Santa Clotilde, nacida alrededor del 475 en Lyon, tuvo una hermana llamada Sedeleuba. Criadas por su madre en un entorno virtuoso, evitando los peligros de la corte borgoñona, aprendieron a invocar a los santos patronos de la ciudad, especialmente a Santa Blandina, cuyo martirio y vida santa dejaron una profunda impresión en las dos princesitas.
Tras la muerte de Chilperico alrededor de 490, el reino se dividió entre los hermanos de Chilperico. Gondebaldo se estableció en Lyon, y Caratena, la viuda, se trasladó a Ginebra, donde reinaba Godegisilo, convirtiéndose en el tutor de Clotilde y Sedeleuba. Caratena, libre de las responsabilidades del palacio, se dedicó a la religión y la educación de sus hijas. Sedeleuba ingresó al claustro y fundó la iglesia de San Víctor en Ginebra. Mientras tanto, Clotilde estaba destinada a una vida más destacada.
Clodoveo, rey de los francos, buscaba esposa y consideró a Santa Clotilde, quien, con diecisiete años, destacaba por su belleza y virtud. Envió un embajador para proponer matrimonio.
Los esponsales
La entrevista del embajador de Clodoveo con la joven princesa es relatada del siguiente modo por algunas leyendas populares aumentadas y adornadas por determinados autores de los siglos VII y VIII.
Estando cierto día Santa Clotilde repartiendo pan a los pobres en la puerta de palacio, acercósele un mendigo que hacía rato esperaba turno, y le dijo:
— Tengo que revelarte un secreto.
— Habla — le respondió la caritativa doncella.
— Soy Aureliano, embajador del potentísimo rey de los francos, el cual me ha enviado para proponerte que aceptes su mano y compartas con él su trono. En prueba de ser cierto lo que te digo, mira este anillo que es el de Clodoveo.
Quitóse entonces Aureliano los vestidos andrajosos con que disimulaba ser mendigo y ofreció a la princesa el anillo de oro del rey de los francos. Solía Santa Clotilde mirar a los pobres como embajadores del Rey celestial; pero, al oír aquella propuesta tan inesperada, se turbó un tanto y preguntó:
— ¿Cómo podrá ser eso? No es lícito a una doncella cristiana casarse con un pagano.
Le habló entonces Aureliano de las favorables disposiciones de Clodoveo para con la Iglesia y el deseo que tenía de elegir reina católica.
— Si con esta unión puedo yo atraer a Clodoveo a mayor conocimiento del verdadero Dios, acepto su anillo y puedes llevarle el mío; pero dile que se dé prisa a pedir mi mano a mi tío Godegisilo. antes que esté de vuelta su consejero que es enemigo mío.
Quizás no fue tan romántico como lo cuenta la leyenda. El rey Clodoveo mantenía buenas relaciones con los monarcas borgoñones, y sus ministros visitaban regularmente las cortes de Lyon y Ginebra. Durante estas visitas, conocieron a Clotilde y elogiaron sus cualidades a Clodoveo. Además de las virtudes personales de Clotilde, Clodoveo consideró los beneficios estratégicos de casarse con ella, convirtiendo a los borgoñones en aliados contra los visigodos y fortaleciendo la amistad con los pueblos de origen romano.
Con estas consideraciones, Clodoveo aceptó las sugerencias de sus ministros y pidió la mano de Clotilde a su tutor, Godegisilo, quien aceptó con gusto, viendo la unión como garantía de paz para su reino. Aunque a Clotilde no le agradaba la idea de casarse con un rey pagano, los prelados de la corte borgoñona, consultados por la Santa, la convencieron de la conveniencia de la unión.
Con todo a favor para Clodoveo, el matrimonio se acordó y se llevaron a cabo los desposorios por delegación en Chalons de Saona. Los embajadores de Clodoveo entregaron las arras como símbolo de la compra de la esposa por parte del señor, y Santa Clotilde partió en busca de su esposo con quien compartiría su vida hasta la muerte.
Matrimonio e hijos de Santa Clotilde
El matrimonio de Clodoveo con Santa Clotilde se celebró en Soissons en el año 493. En el palacio del rey franco, establecieron un oratorio católico donde la Santa asistía con devoción diaria a los sagrados misterios. A diferencia de muchas mujeres casadas con maridos impíos, Clotilde no dudó en adorar a Dios en el hogar. Se esforzó por la conversión del rey, comenzando con oraciones, ayunos y generosidad hacia los necesitados, además de enseñarle la doctrina cristiana en todo momento.
Aunque la caridad y firmeza de Clotilde impresionaron a Clodoveo, él veía al Cristo de Clotilde como alguien cobarde. Sin embargo, pronto la influencia de Clotilde empezó a afectar al rey bárbaro. El primer hijo de ambos, Ingomer, fue bautizado con la aprobación de Clodoveo. Aunque Clotilde anhelaba la corona del primer rey cristiano, la muerte del niño a los ocho días le llevó a coronarse en el cielo con una corona más gloriosa que la terrenal.
— Mis dioses enojados se han vengado en él — exclamó Clodoveo— ; si no le hubieran bautizado, viviría aún.
Todos quedaron en silencio, asombrados; solo Santa Clotilde se atrevió a objetar las palabras del rey y agradeció al Señor por llevar el primer fruto de sus entrañas a su reino. Esta protesta logró calmar a Clodoveo de manera más efectiva que la pasividad condescendiente que culparía a Dios de lo sucedido. Cuando nació el segundo hijo, Clodomiro, el rey también permitió su bautismo.
Sin embargo, este hijo, al igual que su hermano, enfermó gravemente. Enfurecido y fuera de sí, Clodoveo blasfemó. La Santa, afligida no tanto por la amenaza de muerte de su hijo como por la ofensa al santo nombre de Dios, se arrodilló, suplicando y demostrando amor. Estas acciones aplacaron al Señor, quien, en lugar de maldiciones, derramó abundantes bendiciones sobre el moribundo infante, sanándolo y destinándolo a ser el padre de una numerosa familia.
El Dios de los ejércitos
El más vehemente deseo de Santa Clotilde era la conversión de Clodoveo y de su nación. Para que sus oraciones fuesen más poderosas, empezó a darse de lleno a las más rigurosas penitencias; llevaba debajo de sus vestidos una cadena de hierro con la cual se flagelaba hasta derramar sangre, ofreciéndose al Señor para la salvación del reino. Clodoveo solía comunicar a su santa esposa sus planes de combate y sus ensueños de victoria.
— Mientras no adores y sirvas al verdadero Dios — le decía la Santa— ,temeré que vuelvas de la batalla vencido y humillado. Hasta ahora no has peleado con enemigos dignos de tu valor. Si por desgracia te ves algún día acosado y agobiado por un ejército más numeroso que el tuyo, en balde llamarás en tu ayuda a tus dioses impotentes.
El rey evitaba afligir a su esposa desviando la conversación y, durante dos años, Santa Clotilde perseveró en la oración y las obras de misericordia, alentada por los consejos de la insigne Santa Genoveva.
En el año 496, los alemanes invadieron las Galias, y Clodoveo lideró a sus tropas a Tolbiac para enfrentarse a los enemigos, ansioso por demostrar su valentía. A pesar del coraje de los soldados francos, la batalla se volvió imponente y aterradora. Sin embargo, Clodoveo, en su elemento en la guerra, se regocijaba. Pero, a pesar del valor de los soldados, el triunfo les fue negado por el Señor.
Ante la inminente derrota y viendo a sus soldados flaquear, Clodoveo clamó a los dioses de la guerra en vano. Finalmente, recordó al Dios verdadero, levantó las manos al cielo y exclamó:
— ¡Dios de Santa Clotilde! Dame el triunfo y te serviré.
En aquel instante los guerreros francos se sintieron movidos por nuevo valor; ordenaron otra vez las filas, cargaron contra los alemanes, e hicieron en ellos horrible matanza.
Instrucción y bautismo del rey
Clodoveo, después de su victoria, no esperó regresar a Soissons para recibir instrucción en la religión cristiana. Decidió que un santo ermitaño, llamado Vedasto, cabalgara a su lado y le enseñara la doctrina mientras regresaba con su ejército victorioso. Dado que el ambiente no era propicio para sutiles razonamientos, el Señor favoreció al santo monje con el don de milagros, un argumento más persuasivo para convencer al espíritu del rey bárbaro.
Durante su paso por la ciudad de Vouziers, se encontraron con un pobre ciego que recuperó la vista con solo tocar a San Vedasto. Este milagro también puso fin a la ceguera espiritual de Clodoveo. Mientras tanto, Santa Clotilde, informada de la repentina conversión de su esposo, lo esperaba impaciente. El alma de la Santa se llenó de indecible gozo cuando el feroz guerrero le dijo:
— El Dios de Clotilde me ha dado la victoria; de hoy en adelante será mi único Dios.
Tres mil soldados pidieron que se les enseñase la doctrina cristiana y se les administrare el Bautismo. El día de Navidad fue el señalado para el bautismo del monarca, y San Remigio, arzobispo de Reims, fue el encargado de derramar el agua regeneradora sobre la cabeza del jefe de la nueva nación cristiana.
Se dice que la víspera de aquel día de Navidad del año 496, el santo arzobispo consagró ya a la Virgen María la nación toda. Aquel mismo día ocurrió un prodigio precursor. Estando el santo arzobispo explicando la doctrina cristiana, le envolvió de repente una luz extraordinaria, y se oyó una voz que decía: «La paz sea con vosotros; no temáis; perseverad en mi amor».
El templo se impregnó de una fragancia celestial; Clodoveo y Santa Clotilde se arrodillaron mientras San Remigio, inspirado, les profetizó: «Vuestros descendientes gobernarán sabiamente este reino, darán gloria a la Santa Iglesia y heredarán el imperio romano. Si siguen el camino de la verdad y la virtud, serán felices y su reino prosperará. Sin embargo, la decadencia vendrá con la relajación de las costumbres».
El día de Navidad, una multitud se congregó para presenciar el bautismo del primer rey cristiano y sus guerreros. En el umbral del baptisterio, Clodoveo pidió a San Remigio que lo bautizara. «Entonces, altivo sicambro —respondió el prelado—, inclina la cabeza; adora lo que has quemado y quema lo que has adorado». Así comenzó la ceremonia.
Clodoveo respondió a las preguntas litúrgicas, profesó públicamente la fe católica y, en particular, el misterio de la Santísima Trinidad. Luego, recibió la triple inmersión en las aguas bautismales y el sacramento de la Confirmación, siguiendo la costumbre en el bautismo de adultos.
Según la leyenda, el clérigo que llevaba el santo crisma no pudo abrirse paso entre la multitud, interrumpiendo la ceremonia. En medio de la perturbación, San Remigio vio descender una blanca paloma desde la bóveda del templo, portando una ampolla llena de santo crisma. El prelado interpretó esto como un regalo del cielo y ungió con el óleo milagroso a Clodoveo y sus soldados. En recuerdo de este acontecimiento, la catedral de Reims mantuvo el privilegio de consagrar a los reyes de Francia.
El escudo de la trinidad
Mientras Santa Clotilde se entregaba a la oración en el bosque de Poissy, su consejero, un venerable ermitaño, llegó un día a su encuentro. Según una leyenda, le entregó un escudo de la Trinidad: tres lirios sobre campo azul, que debían ser grabados en las armas de Clodoveo.
En ese momento, el rey tenía la intención de vengar la afrenta a su suegro invadiendo Borgoña y expulsando a Gondebaldo, tío de Santa Clotilde. La reina, con su sabiduría, suplicó a Clodoveo que no llevara a cabo esa venganza, pero el rey no le hizo caso y adoptó una política más propia de un hombre bárbaro que de un cristiano. Sin embargo, una severa enfermedad golpeó al rey, dejándolo casi moribundo en pocos días.
En este momento crítico, el Señor permitió que Santa Clotilde ejerciera una influencia saludable en el alma del monarca. Convocó a San Severino, abad del monasterio de Agauno, y este santo monje, con solo tocar al rey con su manto, le devolvió la salud, brindándole tiempo para prepararse para la muerte. San Severino realizó numerosos milagros en París y falleció poco antes que Clodoveo, quien entregó su espíritu al Señor el 27 de noviembre de 511.
Pruebas y sinsabores de la santa
Santa Clotilde cedió el gobierno a sus hijos Clodomiro, Childeberto y Clotario, junto con su hermanastro Teodorio (Thierry), retirándose a la ciudad de Tours, cerca del sepulcro de San Martín, para vivir en soledad hasta su fallecimiento. Adoptó un estilo de vida más de reclusa que de reina, renunciando al lujo y las vanidades de la Corte. Vistió un tosco sayal y durmió en el duro suelo, permitiendo que todos los pobres se sentaran libremente a su mesa.
En un momento en que Francia necesitaba fervientes oraciones, los príncipes estaban inmersos en ambiciones y guerras fratricidas. Clodomiro fue el primero en perder la vida en Vezeronce en el año 524. Santa Clotilde asumió la responsabilidad de la educación de sus nietos, a quienes amaba profundamente, buscando que se convirtieran en dignos sucesores de su desafortunado hijo Clodomiro.
Sin embargo, un día, delegados de Childeberto y Clotario llegaron para informarle:
— Envíanos a nuestros sobrinos y los haremos reyes.
Santa Clotilde creyó sin más a los enviados, llamó a los huerfanitos y los vistió con ricas galas. Los abrazó con ternura maternal y los dejó ir, diciéndoles:
— Adiós, queridos: id en hora buena, que si os llego a ver en el trono, ya no echaré de menos ni lloraré a mi hijo Clodomiro.
Estaban a punto de partir, cuando llegó un senador del reino de parte de Childeberto y Clotario. Presentó a Santa Clotilde unas tijeras y una espada y le dijo: «Serenísima reina, mis soberanos te ruegan que decidas de la suerte de los hijos de Clodomiro. ¿Qué preferís, que les cortemos el pelo con estas tijeras, o que los degollemos con esta espada?
Santa Clotilde quedó unos instantes sobrecogida de espanto. Luego, consternada y como fuera de sí, sin caer en la cuenta de lo que decía exclamó:
«Si no han de reinar nunca, prefiero verlos muertos que rapados».
Santa Clotilde se opuso firmemente al plan de deshonrar públicamente a sus nietos, quienes fueron brutalmente asesinados, excepto uno que logró escapar y se convirtió en el santo San Clodoaldo. La aflicción de la santa se intensificó al recibir un pañuelo teñido en la sangre de su hija Clotilde, quien sufrió martirio por defender su fe.
Los dos hijos restantes de Santa Clotilde, Childeberto y Clotario, se enfrascaron en una cruel guerra. A pesar de los esfuerzos de la Santa por evitarlo con amonestaciones y consejos, la oración de Clotilde desató una violenta tormenta que detuvo la pelea, causando estragos solo en el ejército agresor.
A lo largo de los años, Santa Clotilde dedicó su vida a la oración y la fundación de monasterios e iglesias en varias ciudades. Realizó milagros, como hacer brotar una fuente milagrosa y renovar el milagro de las bodas de Caná para proveer vino a los albañiles. Después de treinta y cuatro años de viudez llena de prodigios, Santa Clotilde falleció el 3 de junio de 545. Su cuerpo fue trasladado a París y enterrado junto al de su esposo. Aunque la Revolución profanó su sepulcro, algunas reliquias de la santa reina aún se conservan en varios lugares.
Oración a Santa Clotilde
Oh Santa Clotilde, modelo de esposa fiel y madre cristiana, tú que iluminaste con tu fe el corazón del rey Clodoveo y sembraste la semilla del cristianismo en un reino pagano,
intercede por nuestras familias y nuestros gobernantes.
Alcánzanos la gracia de vivir nuestra fe con firmeza y dulzura, de ser instrumentos de paz y testigos del amor de Dios en medio de un mundo dividido.
Tú que conociste el dolor, la pérdida y el sacrificio, ayúdanos a sostenernos en la esperanza cuando la cruz nos pese, y a confiar, como tú, en los designios de la Providencia divina.
Ruega por nosotros, para que, siguiendo tu ejemplo, sepamos construir una sociedad donde Cristo reine en los corazones.
Santa Clotilde, ruega por nosotros. Amén.

Santa Clotilde | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.