Abdon senen

30 de Julio: Santos Abdón y Senén

Publicado el 30 de julio de 2020

Actualizado el 23 de abril de 2025

Archivado en: Santoral

9 Minutos de lectura

Los santos Abdon y Sennen, llamados de diversas maneras en los primeros calendarios y martirologios: Abdo, Abdus y Sennes, Sennis, Zennen, son reconocidos por la Iglesia Católica Romana como Mártires Cristianos, con un día festivo dedicado el 30 de julio. Históricamente no se sabe mucho sobre estos santos, excepto sus nombres, que fueron mártires y que fueron enterrados el 30 de julio de algún año en el Cementerio de Ponciano en la Via Portuensis.


Día celebración: 30 de Julio.
Lugar de origen: Persia. Actual Irán.
Fecha de nacimiento: Siglo II.
Fecha de su muerte: 250.
Patronzago: Patronos de los niños, toneleros y jardineros; protectores contra las enfermedades oculares. En Valencia y Aragón, invocados contra el granizo y el pedrisco: «els sants de la pedra».


Contenido

– Introducción
– Conducidos a Roma
– Ante el tribunal de Decio
– Martirio
– El cementerio de Ponciano
– Santa María de Arles en Rosellón
– Grandes Milagros
– Oración a los Santos Abdón y Senén


Introducción

Abdón y Senén, figuras de origen persa, son destacados por su linaje y fortuna. Dos visiones históricas divergen sobre su identidad: ¿príncipes o simples obreros? Sus tumbas cercanas a los obreros del Tíber respaldan la segunda postura. Sin embargo, la tradición y sus nombres confirman su origen oriental. Ambos sufrieron martirio por la fe cristiana durante la persecución de Decio en el año 250 o 251. Aunque las interpretaciones difieren, optamos por la que arraiga en el sentir popular sin afectar la esencia del suceso histórico.

Conducidos a Roma

Según el antiguo relato de su pasión, Abdón y Senén, capturados durante la sublevación del rey Sapor, vivieron con cierta libertad hasta que fueron denunciados por dar tierra a cristianos martirizados. Decio, informado de esto, los arrestó y los llevó ante su tribunal, expresando su indignación.

—Así que, ¿también vosotros sois del número de los insensatos? Vuestra misma impiedad ha hecho que los dioses os pusieran en mis manos como a cautivos de Roma.

—Mejor sería decir que hemos alcanzado victoria con el auxilio de Dios y de Nuestro Señor Jesucristo que reina eternamente —contestaron los caballeros cristianos.

—Yo creo —dijo el general— que no negaréis que vuestra existencia depende de mi arbitrio, y que sois mis esclavos.

—Has de saber, oh Decio, que sólo nos rendimos y prestamos vasallaje a Nuestro Señor Jesucristo, humillado por amor de los hombres hasta descender a la tierra.

Irritado por tan valientes respuestas, mandó el general que los dos confesores fuesen encerrados en estrecho y oscuro calabozo.

Pronto los sucesos obligaron a Decio a dejar aquel país y volver a Roma. Según costumbre llevóse consigo algunos prisioneros para que sirvieran de espectáculo al pueblo romano; entre ellos iban Abdón y Senén.

El viaje de cuatro meses, lleno de fatigas y trabajos para los prisioneros, se vio compensado por la esperanza del martirio. Sin embargo, al llegar a Roma, encontraron libertad en lugar de la muerte esperada, gracias al emperador Filipo el Árabe, quien sucedió a Gordiano III en 244 y mostró gran admiración por los cristianos.

Ante el tribunal de Decio

Decio, sucesor de Filipo en el Imperio, carecía de la benevolencia de su predecesor hacia los cristianos. Impulsado por antipatías personales y políticas, decidió perseguir a aquellos a quienes Filipo había protegido y honrado. Muchos cristianos, incluidos Abdón y Senén, fueron encarcelados. Decio, queriendo que el juicio de estos dos mártires fuese extraordinariamente solemne, convocó a los senadores al templo de la Tierra y anunció que presidiría personalmente el acto. Los mártires, al comparecer ante la asamblea, fueron recibidos con admiración por sus vestimentas y joyas. Decio instó a los seguidores de Cristo a renunciar a su fe.

—Ofreced sacrificios a los dioses —les dijo— y al instante obtendréis la gracia del Imperio, y seréis colmados de honores y riquezas.

—Aunque indignos y miserables pecadores, nos hemos ofrecido a Dios en holocausto sempiterno. Así que ya nada tenemos que ofrendar a vuestros dioses —contestaron los valientes confesores de la fe.

—Preparad para estos miserables los más acerbos suplicios y las torturas más horribles —rugió Decio, fuera de sí— ; disponed en seguida leones y osos hambrientos que acaben con tamaña insolencia.

—Haz lo que tengas por conveniente, —replicaron los Santos— por­que nuestra confianza la ciframos en Cristo Señor nuestro, que tiene poder para desbaratar todos tus planes y contra cuya providencia de nada ser­virán tus enojos y tiránicos caprichos.

El emperador sonrió ante la audacia de sus prisioneros, considerando excesiva su confianza y valentía frente a sus amenazas. Aunque creyó que la reflexión y el aislamiento los doblegarían, ordenó que fueran devueltos a los calabozos.

Martirio

Cuando al siguiente día bajaba el emperador del monte Palatino, camino ya del anfiteatro de Vespasiano, anunciáronle que los osos y leones destinados a los dos cristianos persas, habían sido hallados muertos en las jaulas. Encolerizóse Decio por este contratiempo, y desistió de presenciar los juegos. Al mismo tiempo, dio órdenes terminantes al prefecto de la ciudad, llamado Valeriano.

«Lleva a los presos ante el dios Sol —le dijo—, y si se obstinan en no adorarle, haz que sean arrojados a las fieras que haya disponibles».

Cumplió Valeriano la orden, y conminó a los confesores, diciéndoles:

—Considerad la nobleza de vuestro linaje tan reñida con las doctrinas usando Cristianas, y ofreced a los dioses el sacrificio que se les debe, de lo con­trario tened entendido que os arrojaré a las bestias feroces.

—Sólo a Cristo nuestro Dios adoramos, y por nada del mundo inclinaremos nuestras cabezas ante esos ídolos, fabricados por los hombres —respondieron los atletas de la fe.

No obstante la decisión y firmeza de estas palabras, los arrastraron los soldados hasta la estatua y quisieron forzarlos a sacrificar; mas ellos, llevados de santa indignación, escupieron al ídolo, y luego, encarándose con Valeriano le dijeron:

—Comprende, Valeriano, que tus vanos ídolos sólo pueden inspirarnos desprecio, así que, lo que has de hacer, hazlo pronto.

El prefecto, enfurecido, ordenó que azotaran a los mártires con brutalidad, ensangrentando sus ropas, pero ellos no emitieron ni una queja. En el circo, ante la multitud, los mártires se presentaron ante Valeriano, presidente del espectáculo, con calma y serenidad, desafiando el furor de los verdugos.

—Venimos —le dijeron— a recibir la corona que nos tiene reservada Nuestro Señor Jesucristo. Que Él te perdone el mal que piensas hacer y te conceda la gracia de conocerle un día. Y a ves con qué regocijo y serenidad acatamos tu sentencia. Gracias a ella se nos abrirán hoy las puertas del cielo, el mismo Señor por cuya fe hemos venido al suplicio, nos presta aliento y fuerza para el supremo combate. Aprende tú, ¡oh Valeriano! y aprended, romanos todos de esta lección que la omnipotencia de Jesucristo os da en sus dos humildes siervos.

Los mártires, en fervorosa oración, esperaron tranquilamente la muerte en el centro de la plaza. Cuando el prefecto ordenó liberar a las fieras, estas se detuvieron inexplicablemente frente a ellos, rodeándolos como bestias dóciles en lugar de atacar. La multitud, sorprendida por la transformación, reaccionó con confusión y maldiciones.

El cementerio de Ponciano

Cincuenta años después y bajo el reinado cristiano del emperador Constantino, los santos mártires Abdón y Senén se aparecieron para revelar la ubicación de su tumba en el cementerio de Ponciano. Sus reliquias fueron trasladadas con respeto al cementerio y mencionadas en un antiguo Martirologio del siglo IV. Desde entonces, el lugar se convirtió en un sitio de reunión para los cristianos en Roma. En el siglo VIII se construyó una basílica en el cementerio, pero debido a conflictos con los lombardos, el Papa Gregorio IV decidió trasladar los cuerpos a la iglesia de San Marcos en la ciudad en 826, donde permanecieron hasta el siglo X.

Santa María de Arles en Rosellón

El abad Amolfo del monasterio benedictino de Santa María, en la diócesis de Perpiñán, viajó a Roma en busca de reliquias para calmar la indignación divina que azotaba el valle de Arles de Tech con tormentas y depredación animal. El Papa, conmovido por su causa, le concedió las reliquias de los mártires Abdón y Senén. Para proteger el valioso tesoro en su viaje de regreso, el abad ideó un barril con compartimentos, colocando las reliquias en el centro y vino en los extremos.

Grandes Milagros

Pronto se demostró el poder de las reliquias al liberar a una mujer poseída por el demonio en el puerto de Génova. Luego, en medio de una tormenta en alta mar, los mártires fueron invocados y dos jóvenes aparecieron para reparar el barco y calmar el mar. A pesar de estos milagros, el abad mantuvo en secreto el tesoro. Al desembarcar en el cabo de Creus, dio de beber del vino milagroso a dos ciegos, quienes recuperaron la vista. Durante el viaje por tierra, ocurrió otro milagro cuando una mula cayó al río sin resultar herida. Al llegar al monasterio, las campanas repicaron solas para dar la bienvenida a los santos protectores. Estos milagros bendijeron el valle de Arles de Tech, liberándolo de calamidades.

 

Oración a los Santos Abdón y Senén

Pues por Dios sois tan amados
Y el que os sirve no medra (sic),
Guardad los campos de piedra
Abdón y Senén sagrados.
A las fieras y a los osos
Al fin de que os comieran
Os arrojan y os respetan
Halagüeños y amorosos.
Os respetan los Leones;
Los gentiles más infieles
Os descuartizan crueles
Hechos fieras y dragones.
De Persia el malvado Decio
Os trajo proceso a Roma
No hacéis al tirano aprecio
Escupiendo con desprecio.
Guardad los campos de piedra
Abdón y Senén benditos.

Cordero de Dios

Santos Abdón y Senén | Fuentes

El Santo de cada día por EDELVIVES.

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.