San Pablo de Tarso, un destacado apóstol del primer siglo, enseñó el evangelio de Cristo y es considerado una figura clave de la Era Apostólica. Aunque no fue uno de los Doce Apóstoles, desempeñó un papel fundamental desde mediados de los años 30 hasta mediados de los años 50 d. C., estableciendo comunidades cristianas en Asia Menor y Europa.
Según Los Hechos de los apóstoles del Nuevo Testamento, San Pablo inicialmente persiguió a los discípulos de Jesús en Jerusalén antes de su conversión. En su viaje de Jerusalén a Damasco con la intención de arrestar a los seguidores, experimentó una visión impactante de Jesús ascendido. Este encuentro dejó a San Pablo ciego, pero después de tres días, Ananías de Damasco restauró su visión. A partir de entonces, San Pablo dedicó su vida a predicar que Jesús de Nazaret es el Mesías y el Hijo de Dios.
Día celebración: 30 de Junio / 29 de Junio.
Lugar de origen: Tarso, Turquía.
Fecha de nacimiento: Año 5.
Fecha de su muerte: Año 64 ó 67.
Santo Patrono de: Roma, Grecia, Écija, prensa católica, misioneros y teólogos.
Contenido
– Introducción
– Nacimiento y educación
– Conversión
– Misiones de San Pablo
– Cuatro años de cautiverio
– Epístolas de San Pablo
– Martirio
– Oración a San Pablo
Introducción
San Pablo, dotado de un ingenio superior y un espíritu valeroso, tuvo un corazón ardiente y una determinación indomable en la propagación de sus ideas. Tras su conversión a Jesucristo, su ministerio fervoroso, correrías incansables y luchas contra adversidades en medio de la gentilidad, lo hicieron merecedor del título de «Apóstol de las gentes» y el de «Apóstol» por excelencia.
«Soy el mínimo de todos los Apóstoles e indigno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la Iglesia de Dios». Eso dice el mismo San Pablo, en la primera epístola que escribió a los Corintios (XV, 9). Pero con tener tan baja opinión de si, reconocía y publicaba a voz en grito cuanto en él había obrado la gracia: «Por la gracia de Dios —añade— soy lo que soy, y su gracia no ha sido estéril en mi; antes he trabajado más copiosamente que todos: pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo».
Nacimiento y educación
San Pablo, nacido en Tarso, Cilicia, proveniente de la tribu de Benjamín y con ciudadanía romana heredada, mantuvo las doctrinas farisaicas hasta su conversión. En su juventud, estudió en Jerusalén bajo la tutela de Gamaliel, siendo contemporáneo de Bernabé. Aunque su inteligencia destacó en la ley de Moisés, no descubrió el misterio del Hombre Dios debido a la mentalidad terrena de la época. Totalmente cautivado por la doctrina farisaica, se convirtió en un feroz defensor de la secta, incluso participando en la persecución de la incipiente Iglesia, como se evidencia en su papel durante el apedreamiento de San Esteban, protomártir.
Conversión
La conversión del furioso perseguidor, según él mismo relató en su apología ante el rey Agripa, ocurrió de manera extraordinariamente maravillosa.
«…Yo por mi estaba persuadido de que debía proceder hostilmente contra el nombre de Jesús Nazareno, como ya lo hice en Jerusalén, donde no sólo metí a muchos de los santos fieles en las cárceles, con poderes que para ello recibí de los príncipes de los sacerdotes, sino que siendo condenados a muerte, yo di también mi consentimiento. Y, andando con frecuencia por todas las sinagogas, los obligaba a fuerza de castigos a blasfemar del nombre de Jesús.
Enfurecido mis cada día contra ellos, los iba persiguiendo hasta en las ciudades extranjeras. En este estado, yendo un día a Damasco con poderes y comisión de los príncipes de los sacerdotes, siendo el mediodía, ¡oh rey!, en el camino una luz del cielo más resplandeciente que el sol, la cual con sus rayos me rodeó a mi y a cuantos iban conmigo. Habiendo todos nosotros caído en tierra, oí una voz que me decía en lengua hebrea:
Saulo, Saulo, ¿Por qué me persigues? Duro empeño es para ti el dar coces contra el aguijón. Yo entonces respondí: ¿Quién eres tu, Señor? Y el Señor me dijo: Yo soy Jesús, a quien tu persigues. Pero levántate y ponte de pie; porque te he aparecido para constituirte en ministro y testigo de las cosas que has visto y de otras que te mostraré apareciéndome a ti de nuevo.
– (Hechos, XXVI, 9-17).
Llevado a Damasco tras la revelación de Jesús, Saulo fue bautizado por Ananías después de tres días de ayuno, transformando radicalmente su vida. Con renovado celo, predicó el nombre de Jesús, contrastando con su anterior persecución. Las gracias sobrenaturales que recibió en su conversión perfeccionaron sus dones naturales. Tras tres años en los desiertos de Arabia, regresó a Damasco, donde su ferviente predicación provocó la ira de los judíos. Escapó milagrosamente de la ciudad y, al llegar a Jerusalén, fue inicialmente temido por los cristianos. Sin embargo, Bernabé lo respaldó, permitiendo que los fieles lo aceptaran. Perseguido por los fariseos, se refugió en Tarso. Más tarde, Bernabé lo llevó a Antioquía para colaborar en la recién fundada Iglesia.
Misiones de San Pablo
Los últimos capítulos de los Hechos de los Apóstoles (XIII-XXVII) detallan las correrías apostólicas de San Pablo de manera amena e interesante. Elegido por el Espíritu Santo como Apóstol de los gentiles, junto con Bernabé y Juan Marcos, viajaron a Chipre, convirtiendo al procónsul romano Sergio Paulo en Pafos. Saulo adoptó el nombre de Pablo en memoria de este convertido. Evangelizaron en Asia Menor, especialmente en Panfilia, Licaonia y Pisidia, destacando en ciudades como Perge, Antioquía de Pisidia, Iconio, Listra, Derbe y Atalia, realizando prodigios y logrando numerosas conversiones.
En Listra, después de que Pablo sanara a un hombre cojo, la gente, asombrada, intentó adorarlos como dioses, llamando a Bernabé Júpiter y a Pablo Mercurio, dios de la elocuencia, ofreciéndoles sacrificios y coronas como a deidades olímpicas. A duras penas pudieron impedirlo los dos apóstoles: «Hombres, ¿qué es lo que hacéis?-les decían—; nosotros también somos mortales como vosotros; venimos a predicaros que dejéis esas vanas deidades…» Con dificultad lograron triunfar del pueblo.
Tras una aclamación que se tornó en feroz odio impulsado por judíos de Antioquía e Iconio, apedrearon a Pablo y lo dejaron por muerto fuera de la ciudad. Recuperándose, partió al día siguiente hacia Derbe con Bernabé, visitando ciudades evangelizadas, ordenando sacerdotes y consagrando obispos. Se embarcaron en Atalia para regresar a Antioquía, completando la primera misión entre los años 46 y 49.
La segunda misión se llevó a cabo entre los años 51 y 54. Antes, en el año 51, realizaron otro viaje a Jerusalén para el primer Concilio debido a la discordia entre cristianos de Antioquía sobre la circuncisión y otras ceremonias de la ley de Moisés. Pedro presidió la asamblea, determinando que los gentiles debían abstenerse de ciertos alimentos y prácticas.
En el segundo viaje, Pablo propuso a Bernabé, pero surgió desacuerdo sobre la participación de Juan Marcos. Pablo, recordando la pasada pusilanimidad de Marcos, no estuvo de acuerdo en su inclusión, llevando a la separación de los dos apóstoles. Pablo, con Silas, fortaleció iglesias en Siria y Cilicia, llegando a Troas en la Tróade. De Listra llevó a Timoteo y de Troas a San Lucas, el evangelista.
De Troas, Pablo y sus compañeros viajaron a Macedonia, desembarcando en Neápolis (actual Cavalla). Llegaron a Filipos, donde enfrentaron conflictos y fueron azotados y encarcelados. A pesar de ello, fundaron una Iglesia en Filipos, que se convirtió en un constante consuelo para Pablo. Prosiguieron a Tesalónica, donde la persecución judía fue intensa. Luego, en Berea, fueron bien recibidos, convirtiendo a muchos, pero los judíos de Tesalónica provocaron disturbios. Pablo continuó solo a Atenas, predicando en el Areópago y convirtiendo a Dionisio el Areopagita. De Atenas, llegó a Corinto, donde permaneció año y medio, bautizando a numerosos gentiles. Finalmente, regresó a Antioquía a través de Efeso, Cesarea y Jerusalén, concluyendo su segundo viaje apostólico, el más fructífero y laborioso, según los Hechos de San Lucas (caps. XV-XVIII).
Pronto inició su tercera misión, recorriendo rutas similares al segundo viaje, abarcando Galacia y Frigia. En Efeso, permaneció dos años (55-57), cosechando abundantes frutos. Sin embargo, los plateros, molestos por la disminución en la venta de ídolos debido a las conversiones al cristianismo, provocaron alboroto contra Pablo y sus compañeros. Se dirigieron a Macedonia y luego a Grecia.
En Corinto, donde se detuvo tres meses, regresó a Jerusalén entregando limosnas recogidas en su viaje. En Troas, mientras predicaba en una alta sala, un joven que lo escuchaba en una ventana del tercer piso se durmió y cayó, muriendo. Pablo lo resucitó y continuó la prédica hasta el amanecer. Finalmente, pasó por Asén, Mitilene, Samos y Mileto, zarpando hacia Ptolemaida (San Juan de Acre) desde Mileto. Por Cesarea, llegó a Jerusalén.
Cuatro años de cautiverio
Al llegar a Jerusalén, los judíos prendieron de inmediato a San Pablo en el Templo y lo arrastraron fuera, gritando «¡Muera!». El tribuno romano intervino para evitar su muerte. Residiendo en la fortaleza Antonia, cerca del Templo, el tribuno llegó rápidamente con soldados y centuriones al lugar del tumulto. Después de aprehender a San Pablo con dificultad, ante la confusión, lo condujo a la fortaleza.
San Pablo solicitó permiso al tribuno para dirigirse a la enfurecida multitud. Tras obtenerlo, se puso de pie en las gradas y habló en hebreo. Aunque al principio lo escucharon en silencio, pronto estallaron en gritos pidiendo su muerte. El tribuno, sin entender el discurso de Pablo, pensó que los judíos tenían razón y ordenó azotar y atormentar al prisionero. Ya que le hubieron atado con las correas, dijo San Pablo al centurión: «¿Te es lícito azotar a un ciudadano romano, y sin formarle causa?». El centurión corrió a informar al tribuno, quien, asustado, pidió disculpas a San Pablo por el error involuntario.
El tribuno actuó así con el apóstol para evitar el grave peligro de flagelar a un ciudadano romano, ya que estaba penalizado con la muerte para el magistrado que diera esa orden. Al enterarse de que los judíos planeaban matar a San Pablo, el tribuno lo envió a Cesarea con una carta al gobernador Félix y escolta de soldados.
En Cesarea, se llevaron a cabo debates entre San Pablo y sus acusadores ante Félix, quien, esperando recibir dinero, demoró la resolución del caso. Sin éxito, después de dos años, Félix fue destituido y reemplazado por Porcio Festo, quien, para complacer a los judíos, quería enviar a San Pablo a Jerusalén. Ante esto, San Pablo apeló al César, ganando así el derecho de ser llevado a Roma.
Después de algunos días, fue enviado a Roma. Su cautiverio en Cesarea duró dos años. Durante el viaje, la nave naufragó cerca de la isla de Malta, pero los pasajeros y el equipaje llegaron a tierra a salvo. Finalmente, en la primavera del año 61, San Pablo llegó a Roma.
Después de los eventos narrados en los Hechos, se sabe que el cautiverio de San Pablo continuó por otros dos años, aunque de manera mitigada, permitiéndole estar en una casa con un soldado como guardián. A pesar de la cadena que llevaba atada al brazo derecho, le permitían alquilar una casa y continuar su ministerio apostólico con celo habitual. Durante este tiempo, escribió epístolas a los Filipenses, Efesios, Colosenses, Filemón y a los Hebreos.
Tras dos años, fue juzgado y absuelto por el tribunal de Nerón, obteniendo su libertad. Luego, se dirigió a España, según algunas fuentes históricas y tradiciones. Predicó en lugares como Écija, Tortosa y posiblemente Tarragona. No regresó a Roma hasta ser martirizado.
Epístolas de San Pablo
San Pablo escribió catorce notables epístolas, aparentemente dictadas por las circunstancias, abordando asuntos específicos, corrigiendo errores, resolviendo dificultades o fortaleciendo la fe de los fieles. Algunas son de naturaleza doctrinal, mientras que otras son morales. Entre estas últimas, las epístolas a Tito y las dos a Timoteo, llamadas pastorales, se centran en las obligaciones de los pastores de almas.
El estilo de San Pablo se caracteriza por su vigor, vivacidad y ardor, acompañados de una fuerza persuasiva, arrebatos sublimes, riqueza de ideas y variedad de sentimientos. No prestaba particular atención al estilo, a menudo dictando sus cartas, lo que resultaba en pensamientos que se adelantaban a la pluma del escribiente. San Jerónimo expresó: «Cuando leo los escritos del apóstol San Pablo, me parece que oigo truenos y no palabras».
Martirio
Tras su primer encarcelamiento, San Pablo cumplió su promesa enviando a Timoteo a los Filipenses y luego partió hacia Asia Menor, pasando por Creta. En su trayecto, deteniéndose en Colosas, Troas, y Mileto, pasó un invierno en Nicópolis. Desde allí se dirigió a Efeso, consagró a Timoteo como obispo y luego viajó a Macedonia.
Durante este período, escribió sus epístolas a Tito y la primera a Timoteo. En Corinto, se encontró con San Pedro, y juntos viajaron a Roma, según el testimonio del obispo San Dionisio de Corinto citado por Eusebio. Llegaron a Roma en medio de la persecución de Nerón contra los cristianos. Pocos días después, ambos fueron detenidos y encarcelados en la cárcel Mamertina. El 29 de junio del año 67, los sacaron de la cárcel. San Pedro fue crucificado en el monte Vaticano y, siendo ciudadano romano, a San Pablo lo degollaron en el valle de Las tres Fontanas.
La matrona Lucina enterró el cuerpo de San Pablo en su propiedad, y sobre su sepulcro, el emperador Constantino construyó la basílica de San Pablo extramuros, posteriormente ampliada y embellecida por los emperadores Valentiniano, Teodosio y Honorio. En su posible segundo cautiverio, San Pablo escribió la segunda epístola a Timoteo, prediciendo su muerte inminente y pidiéndole que lo acompañara. El Apóstol declaró: «Acércase ya el tiempo de mi muerte… he concluido la carrera; he guardado la fe.» Según San Juan Crisóstomo, la carrera de este ilustre Apóstol fue más gloriosa que la del sol, ya que su doctrina sigue iluminando el mundo.
Oración a San Pablo
San Pablo, apóstol de Cristo,
Tú que te has dejado acercar, transformar, convertir,
Tú que te has atrevido a anunciar el Evangelio,
Tú que has dado todo tu amor hasta el final por Cristo,
Ruega por nosotros.
Que nuestra fe sea profunda,
Que nuestra esperanza esté siempre presente,
Que nuestro amor por Cristo crezca,
Para que podamos decir como tú:
»No soy yo quien vive, sino Cristo vive en mi».
Ayúdanos
A ser apóstoles,
A ponernos al servicio de la Iglesia y nuestros hermanos,
A ser testigos de tu luz por todo el mundo.
Enséñanos a decir contigo:
»Gloria y alabanza a Dios Nuestro Padre
en la Iglesia y en Cristo
Por los siglos de los siglos».
Amén.

San Pablo | Fuentes
San Pablo: El Santo de cada día por EDELVIVES.
http://www.buzoncatolico.es/vidadefe/oraciones-del-pfelipe-santos/oracionasanpablo.html


