San Fernando III, también conocido como Fernando III de León y de Castilla, insigne de un defensor de la fe, apóstol de Cristo, rey de Castilla, gloria de España y honor de la Iglesia, expandió en gran medida los dominios de Castilla hacia el sur de España, anexando muchas de las grandes ciudades antiguas de al-Andalus, incluidas las antiguas capitales andaluzas de Córdoba y Sevilla, y estableciendo los límites del estado castellano para los próximo dos siglos, asegurando no solo la unión permanente de las coronas de Castilla y León, sino también, ideando la campaña más expansiva de Reconquista (de manos musulmanas) hasta la fecha.
Día celebración: 30 de mayo
Lugar de origen: Peleas de Arriba,Reino de León.
Fecha de nacimiento: 24 de junio de 1199.
Fecha de su muerte: 30 de mayo de 1252.
Santo Patrono de: de Aranjuez, Sevilla (en España) y San Fernando (en Venezuela), también del Cuerpo de Ingenieros Militares en España, protector de los pobres y los presos.
Contenido
– Introducción
– Familia de San Fernando III
– San Fernando III, rey de Castilla
– Rey Católico
– Caballero de la fe y de la patria
– Esforzado y piadoso guerrero
– Preciosa muerte de San Fernando III
– Oración a San Fernando III
Introducción
San Fernando III, rey de Castilla, apóstol de Cristo y gloria de España, es una figura ilustre de la historia patria. Su vida se caracteriza por su defensa de la fe, la conquista de reinos, la construcción de catedrales, la ilustración de pueblos y la lucha contra el mal. Su nombre, junto con otros ilustres como Leandro, Ildefonso e Isidoro, merece aplausos y admiración. San Fernando III encarna el cumplimiento de las palabras del Salmista: «Reina por medio de la verdad y de la justicia, y tu diestra te conducirá a obras maravillosas» (Salmo XLIV, 5).
San Fernando III gobernó con justicia, enalteció el trono con virtud y propagó la fe con la espada. Su participación en el campo de batalla tenía como objetivo expandir la religión de Cristo y combatir a los enemigos de su Dios. Considerándose un humilde vasallo y defensor de Dios, su santo celo transformó el oro de su corona en santidad brillante, que irradiaba sobre el suelo hispano y bajo el cielo de Castilla desde el trono.
Ni la adulación, ni la intriga, ni el engaño; ni el interés bastardo, ni el esplendor del solio, ni los placeres de la Corte, ni los triunfos de la guerra, impidieron el constante progreso moral y espiritual de este monarca. Su religiosidad queda reflejada en las suntuosas catedrales de Burgos y Toledo, que se alzan como expresión sublime de su corazón de rey cristiano y del pueblo creyente digno de este monarca ejemplar.
Familia de San Fernando III
San Fernando III destacó como una de las glorias del siglo XIII. En esos años, España enfrentaba la amenaza de una coalición musulmana de África y la Península, con la intención de restaurar el imperio de la Media Luna hasta los Pirineos. Sin embargo, gracias a la intervención activa del papa Inocencio III y del arzobispo de Toledo, don Rodrigo Jiménez de Rada, los reyes cristianos de Castilla, Navarra y Aragón se unieron para derrotar a los musulmanes en la batalla de las Navas de Tolosa el 16 de julio de 1212. Tras la victoria, don Diego López de Haro distribuyó el botín, asignando a los reyes de Navarra y Aragón las riquezas de los vencidos y al de Castilla le dijo: «En cuanto a vos, Señor, quedaos con la gloria y el honor del triunfo».
Alfonso VIII de Castilla dejó un legado de gloria, y dos de sus hijos, las princesas doña Berenguela y doña Blanca, fueron herederas de esa grandeza. Doña Berenguela se casó con el rey Alfonso IX de León, siendo madre de San Fernando III, mientras que doña Blanca contrajo matrimonio con Luis VIII, rey de Francia, siendo madre de San Luis IX. Alfonso VIII fue así abuelo de dos reyes santos que, aunque siguieron caminos diferentes hacia la gloria y santidad (San Luis a través de infelicidades humanas y San Fernando por dichas y triunfos), ambos fueron amados por sus vasallos.
Doña Berenguela, al igual que su hermana Blanca de Castilla, destacó por sus virtudes cristianas y fue una madre y maestra digna de un rey tan santo como San Fernando. Le inculcó el temor de Dios y las buenas costumbres hasta que tuvo que separarse de él por voluntad de Alfonso IX. Durante su estancia en Castilla, doña Berenguela vivió la muerte de su hermano, el joven príncipe Enrique I, después de dos años y nueve meses de reinado.
San Fernando III, rey de Castilla
Ante la muerte de Enrique, doña Berenguela envió rápidamente mensajeros a Alfonso IX solicitando la protección de su hijo, Fernando, de diecisiete años, frente a la tiranía de los condes de Lara. Fernando, noble y virtuoso, había sido educado en letras y artes por excelentes maestros. Desde niño mostraba amor por la cruz y una sensibilidad hacia la injusticia, llorando ante las blasfemias moras y mostrando generosidad hacia los pobres. Doña Berenguela, después de renunciar al trono de Castilla, proclamó a Fernando como rey en las Cortes de Valladolid de 1217, generando un gran júbilo.
Mientras tanto, una tormenta se avecinaba en el horizonte. Los señores de Lara no asistieron a la asamblea, y don Alvaro de Lara, resentido por no ser el tutor de don Fernando como lo fue de don Enrique, se rebeló contra el nuevo rey. Apoyó al rey de León, quien ya había invadido Castilla causando estragos. A pesar de la aflicción de don Fernando al enfrentarse a su propio padre, intentó negociar la paz enviándole obispos de Burgos y Ávila como embajadores.
«Señor y padre mío — le decía en una carta— : ¿Cómo es así que estáis tan enojado, que me hacéis guerra sin causa, a mí que soy vuestro hijo y por ningún motivo lo merezco? No parece sino que os da en rostro cuanto de bueno me sucede. Debierais alegraros de tener un hijo rey de Castilla, el cual honrará toda su vida vuestro linaje, porque no hay rey cristiano ni moro que por temor de mí se atreva a haceros guerra. ¿Por qué hostilizáis con tanto enojo este reino? No habéis de temer daños ni guerras de Castilla mientras yo viviere.»
Alfonso, sin embargo, persistió en sus hostilidades y avanzó hacia Burgos con la intención de apoderarse de la ciudad por la fuerza. Don López de Haro, partidario de Fernando, reunió rápidamente un ejército castellano y enfrentó al invasor, logrando su retirada.
Al mismo tiempo, Alvaro de Lara, el rebelde, fue derrotado y se postró ante Fernando, pidiendo clemencia. El rey santo le perdonó la vida y lo admitió en su gracia, otorgándole generosas mercedes. Sin embargo, Alvaro de Lara, avergonzado por la derrota, se rebeló nuevamente. Esta vez, Fernando actuó rápidamente, enfrentándose a él y expulsándolo de Castilla.
Alvaro de Lara murió en el Reino de León, y uno de sus hermanos huyó a tierras musulmanas. Fernando restableció el orden y la paz en sus tierras mediante su valentía y generosidad, reinando paternalmente sobre sus súbditos.
En 1219, siguiendo el consejo de su madre, Fernando solicitó la mano de doña Beatriz de Suabia, hija del emperador alemán Felipe. Las bodas fueron acordadas, y la infanta fue traída a Castilla, donde se casó con el rey en la iglesia del destacado monasterio de las Huelgas en Burgos, celebrando la unión con gran alegría y regocijo en toda Castilla.
Rey Católico
Mantuvo a lo largo de su vida un profundo respeto y veneración por su prudente y piadosa madre, al igual que su primo San Luis, rey de Francia. Buscaba consejo y ayuda de los obispos, siendo su primer consejero y ministro el arzobispo de Toledo, don Rodrigo Jiménez de Rada, una figura erudita y hábil en asuntos administrativos.
San Fernando III reconoció la importancia de la justicia como fundamento de la sociedad. Tras visitar todas las provincias de su reino y conocer las necesidades de sus súbditos, emprendió la tarea de modificar y perfeccionar las leyes del reino. Estableció un tribunal supremo, conocido más tarde como el Consejo Real de Castilla, compuesto por los jueces más competentes, actuando como un tribunal de casación al que se podía apelar desde otros tribunales.
El monarca reservaba horas específicas para audiencias, donde recibía a todos, incluso a los más pobres, con paciencia y amabilidad que ganaban los corazones de sus vasallos. San Fernando III se preocupaba especialmente por las viudas, huérfanos y desfavorecidos, asegurándose de que recibieran justicia, protección y misericordia.
A pesar de los grandes gastos ocasionados por las numerosas guerras contra los moros, San Fernando III se negó a imponer nuevos tributos a sus vasallos, demostrando su preocupación por el bienestar económico de su pueblo.
Solía decir a sus ministros, cuando le aconsejaban que impusiese nuevos tributos, con el buen pretexto de llevar la guerra a los moros: «Más temo las maldiciones de una viejecita pobre de mi reino, que a todos los moros de África».
San Fernando III, además de sus logros como monarca y líder militar, se destacó como protector de las Ciencias y las Artes. Fundó la Universidad de Salamanca, que se convirtió en una de las más famosas de Europa. Contribuyó al progreso religioso y social, estableciendo nuevos obispados, edificando iglesias y monasterios, y enriqueciendo otros con ornamentos y vasos sagrados. Durante su reinado se construyeron notables catedrales, entre ellas las de Osma, Orense, Valladolid, Túy, Zamora, las de Burgos, Sevilla y Toledo, así como muchos otros edificios que son monumentos representativos de ese gran siglo.
San Fernando III también tuvo un papel fundamental en la historia de la Iglesia al ser contemporáneo del ilustre Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores.
A pesar de sus responsabilidades como monarca y líder militar, San Fernando encontró momentos de tranquilidad y alegría en su hogar. Fue un hijo respetuoso de doña Berenguela, un esposo adorado de doña Beatriz y un padre querido de varios hijos e hijas. Tras la muerte de doña Beatriz, San Fernando se casó con doña Juana, una princesa francesa que reflejaba virtudes similares a las de su difunta esposa.
El año 1230, con la muerte de su padre don Alfonso IX, San Fernando III se convirtió en rey de León, consolidando aún más el poder de la España cristiana. Su legado perduró a través de sus descendientes, algunos de los cuales ocuparon importantes roles en la Iglesia.
Caballero de la fe y de la patria
San Femando III sólo quería ser rey para hacer reinar a Jesucristo, Rey de reyes, y hacer felices a sus vasallos. Era muy amigo de la paz; pero cuando se trataba de la gloria de Dios y del bien de la patria, no había ninguno más diestro que él en ordenar un ejército, ninguno más valiente en acometer, ni más constante en perseverar hasta conseguir la victoria. «Tú, Señor — decía— , sabes que no busco mi gloria sino la tuya, y que no deseo tanto el aumento de mis reinos, cuanto el aumento de la fe católica y la religión cristiana».
En el año 1224, San Fernando III ingresó en Andalucía, donde el rey musulmán de Baeza se sometió a él, ofreciéndole obediencia y dispuesto a entregarle la ciudad, así como a proporcionarle ayuda financiera y víveres contra quienes se le opusieran. En 1235, durante el asedio y captura de Úbeda, su hijo don Alfonso logró una victoria milagrosa en Jerez de la Frontera contra el formidable ejército de Aben-Hut, rey moro de Sevilla. Aproximadamente en esa época, el rey de Aragón también conquistó los reinos de Mallorca y Valencia.
En febrero de 1236, San Fernando III recibió noticias de que unos valientes caballeros cristianos habían tomado un arrabal de la ciudad de Córdoba. Abandonando un almuerzo en Benavente, cerca de León, se apresuró a socorrer a sus soldados intrépidos. Córdoba, antigua capital del imperio musulmán en España, se convirtió en objetivo de las campañas de San Fernando para expandir los territorios cristianos en la península.
Multitudes incontables de guerreros cristianos se unieron bajo el estandarte de la Santa Cruz y sitiaron la ciudad de Córdoba. A pesar de la resistencia heroica de los moros, finalmente se rindieron. El 29 de junio, día de los Santos Pedro y Pablo, el ejército cristiano entró victorioso en la antigua capital de los califas, marcando el fin de quinientos veinticinco años de dominio musulmán en la ciudad.
Siguiendo las órdenes del santo rey, el obispo de Osma purificó y consagró la mezquita mayor, dedicándola a María Santísima, y con el tiempo se convirtió en la catedral de Córdoba. San Fernando III también ordenó que las campanas de Santiago, que Almanzor había llevado a Córdoba dos siglos antes, fueran devueltas a la iglesia de Compostela a hombros de moros. Estos triunfos fueron aplaudidos por el Papa y toda la Europa cristiana.
Esforzado y piadoso guerrero
San Fernando III era un líder digno de tales victorias. Cuidaba con esmero de que en sus ejércitos prevaleciera la piedad y el espíritu cristiano, siendo él mismo un ejemplo de virtud y vida santa. En sus cortes y ejércitos, siempre llevaba consigo a doce sabios varones y a un obispo, generalmente el de Toledo, don Rodrigo Jiménez de Rada, quien presidía las ceremonias religiosas y velaba por el bien espiritual de los soldados.
Bajo su imponente armadura, San Fernando III llevaba una coraza de naturaleza completamente diferente: un cilicio incrustado con pequeñas puntas de acero. Se sometía a frecuentes ayunos y disciplinas penitenciales, e incluso, en vísperas de grandes batallas, pasaba toda la noche en oración. Atribuía las victorias tanto propias como de sus capitanes a la voluntad de Dios. En las batallas, portaba tres imágenes: Nuestra Señora de los Reyes, otra de plata y una tercera de marfil que llevaba en su caballo durante los enfrentamientos, la imagen de Nuestra Señora de las Victorias.
San Fernando III recibía con los brazos abiertos a los soldados valientes, independientemente de su categoría, agradeciéndoles personalmente y limpiándoles el sudor y la sangre con sus propias manos. Visitaba a los soldados en sus cuarteles como un compañero más que como un rey, y en los hospitales, mostraba amor paternal a los enfermos. Ante las sugerencias de algunos caballeros de que necesitaba más tiempo para descansar, respondió: «Sé que vosotros dormís más, pero si yo, siendo rey, no estoy despierto, ¿cómo podrán dormir seguros ustedes?«.
En 1241, su hijo, el príncipe don Alfonso, conquistó el reino de Murcia en su nombre. Cuando expiró el período de tregua acordado con los moros, San Fernando III continuó la reconquista de Andalucía y sometió el reino de Jaén en 1245. El rey moro de Granada, Ben-Alhamar, vencido en Arjona, se sometió al rey cristiano y recibió el gobierno de su región con la condición de ser aliado y vasallo de Castilla.
Quedaba una ciudad importante por conquistar: Sevilla, la joya de Andalucía. San Fernando III inició su asedio el 20 de agosto de 1247. Después de un año de esfuerzos y feroz lucha, la ciudad se rindió al santo rey, quien atribuyó la victoria a la Reina de los Ángeles, deseando que su triunfo también fuera el suyo.
Después de la conquista de Sevilla, se llevó a cabo una solemne procesión con la presencia de capitanes y destacamentos militares, seguidos por los líderes de las órdenes militares, nobles, clero y obispos. En el centro de la procesión estaba la venerada imagen de Nuestra Señora de los Reyes en un carro de plata. Acompañando la procesión estaban el santo rey San Fernando III con la espada desenvainada, el príncipe don Alfonso, los infantes y una multitud innumerable.
Los moros que lo deseaban tenían la libertad de partir llevándose sus riquezas. Aproximadamente trescientos mil moros se trasladaron al reino de Granada o al norte de África. Sin embargo, llegó a Sevilla una gran cantidad de personas de Vizcaya, Asturias, Castilla y León, compensando la partida de los moros. San Luis, rey de Francia, felicitó a su primo por la victoria y le envió un fragmento de la sagrada corona de espinas y otras reliquias preciosas, que San Fernando III colocó en la catedral de Sevilla.
Preciosa muerte de San Fernando III
El santo rey, habiendo expulsado a los moros de gran parte de España, anhelaba continuar sus conquistas en África para propagar la fe. Sin embargo, la hora de su eterno descanso había llegado. Sufrió una hidropesía devastadora y, antes de seguir las indicaciones de los médicos, hizo una confesión general para prepararse para la muerte y solicitó la Sagrada Eucaristía. Al entrar el Santísimo Sacramento en la sala, el santo rey se arrojó de la cama, se postró en el suelo, se ató una soga al cuello, pidió perdón por sus pecados y, después de hacer una protesta de fe católica, recibió el Viático con gran devoción.
Llamó a la reina doña Juana y a todos sus hijos, se despidió de ellos con sabios consejos y dirigió al sucesor Alfonso un discurso prudente, instándolo a respetar las franquicias y libertades de sus vasallos, ser un padre para sus hermanos y honrar a la reina doña Juana como a su madre. Cuando sintió que se acercaba su último momento, tomó en su mano un santo Cristo y le dirigió una oración.
«Señor, tanto padeciste por mí, y yo, ¿qué he hecho por ti? Me diste, Señor, el reino que no tenía, y más honra y poder que yo merecía; ofrezco ahora en tus manos mi alma y pido perdón de mis culpas a ti, Señor, y a todos los circunstantes».
Mandó luego a la clerecía que cantase el Te Deum laudamus, y al segundo verso inclinó la cabeza y dio su espíritu al Señor, un jueves, 30 de mayo de 1252. Su milagroso sepulcro es una de las glorias de la catedral de Sevilla que él hizo edificar. Este gloriosísimo y santísimo rey fue canonizado por el papa Clemente X el año de 1671.
Oración a San Fernando III
Oh Dios, que elegiste al rey san Fernando III como defensor de tu Iglesia en la tierra, escucha las súplicas de tu pueblo que te pide tenerlo como protector en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

San Fernando III | Fuentes
San Fernando III / El Santo de cada día por EDELVIVES.https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_1827


