San Jerónimo, también conocido como Jerónimo de Stridon, fue un sacerdote, confesor, teólogo e historiador latino; nacido en Stridon, un pueblo cerca de Emona en la frontera de Dalmacia y Panonia. Es mejor conocido por su traducción de la mayor parte de la Biblia al latín (la traducción que se conoció como la Vulgata) y sus comentarios sobre los Evangelios. Su lista de escritos es extensa.
Día celebración: 30 de Septiembre.
Lugar de origen: Stridon, Provincia romana de Dalmatia (Actual Bosnia).
Fecha de nacimiento: 342.
Fecha de su muerte: 30 de septiembre del año 420.
Santo Patrono de: Traductores, traducción, archivos, bibliotecas, arqueología.
Contenido
– Introducción
– En el desierto
– Se propuso aprender el hebreo
– Ordenación
– Estudio de las Sagradas Escrituras
– San Jerónimo abandona Roma
– Persecución de los Pelagianos
– Oraciones a San Jerónimo
Introducción
San Jerónimo, conocido como Eusebio Hieronymus Sophronius, fue el Padre de la Iglesia que más se dedicó al estudio de las Sagradas Escrituras. Nació alrededor del año 342 en Stridon, un pequeño lugar en los límites de la región dálmata de Panonia y el territorio italiano, cerca de la ciudad de Aquilea. Su padre se aseguró de que recibiera educación religiosa y conocimientos en literatura y ciencia, primero en casa y luego en escuelas en Roma.
En la gran ciudad de Roma, Jerónimo tuvo a Donato, un famoso gramático pagano, como su tutor. Rápidamente dominó el latín y el griego (su lengua natal era el ilirio) y estudió con gran dedicación a los mejores autores en ambos idiomas, destacando en la oratoria. Sin embargo, al quedar sin la guía paterna y bajo la influencia de un maestro pagano, olvidó algunas de las enseñanzas y devociones cristianas que le habían inculcado desde joven.
Aunque Jerónimo no adquirió los vicios comunes de la juventud romana durante sus años de estudio en Roma, lamentablemente se alejó del espíritu cristiano y se sumió en vanidades, lujos y otras debilidades, como confesó amargamente años después. Durante su tiempo en Roma, fue bautizado (no se había convertido hasta aproximadamente los dieciocho años) y solía visitar las tumbas de mártires y apóstoles los domingos, explorando las galerías subterráneas que albergaban reliquias de los fallecidos junto a sus amigos de la misma edad y gustos.
Después de tres años en Roma, sintió la necesidad de viajar para ampliar sus horizontes intelectuales y, junto a su amigo Bonoso, se dirigieron a Tréveris. Fue allí donde resurgió en él de manera abrumadora su espíritu religioso, que siempre había estado arraigado en su corazón. A partir de ese momento, entregó su corazón por completo a Dios.
En el año 370, Jerónimo se estableció temporalmente en Aquilea, donde el obispo San Valeriano había congregado a muchos clérigos destacados. Jerónimo hizo amistad con varios de estos clérigos, cuyos nombres aparecen en sus escritos. Entre ellos se encontraban San Cromado, el sucesor de Valeriano como obispo, sus hermanos los diáconos Joviniano y Eusebio, San Heliodoro y su sobrino Nepotiano. Además, estaba Rufino, quien inicialmente fue amigo cercano de Jerónimo pero luego se convirtió en su feroz oponente.
La relación con Rufino generó conflictos y discusiones acaloradas, lo que eventualmente llevó a la disolución del grupo de amigos. Jerónimo decidió retirarse a un lugar lejano, mientras que Bonoso, su compañero de estudios y viajes desde la infancia, se trasladó a una isla desierta en el Adriático.
En Aquilea, Jerónimo conoció a Evagrio, un respetado sacerdote de Antioquía conocido por su sabiduría y virtud, quien despertó el interés de Jerónimo por el Oriente. Jerónimo partió hacia el Oriente junto a sus amigos Inocencio, Heliodoro e Hylas, este último había sido esclavo de Santa Melania.
San Jerónimo llegó a Antioquía en 374 y permaneció allí por un tiempo. Inocencio e Hylas enfermaron gravemente y murieron, mientras que Jerónimo se recuperó de su enfermedad. Durante una de sus cartas a Santa Eustoquia, relató que durante un delirio por la fiebre, tuvo un sueño en el que se vio ante el trono de Jesucristo para ser juzgado. Cuando le preguntaron quién era, respondió que era un cristiano. Le dijeron: «¡Mientes! Tú eres un seguidor de Cicerón, porque donde está tu tesoro, allí está también tu corazón».
Esta experiencia tuvo un profundo impacto en su vida, y su encuentro con San Maleo, cuya extraña historia se relata en esta obra, en la fecha del 21 de octubre, profundizó aún más sus sentimientos religiosos.
En el desierto
Como consecuencia de aquellas emociones, Jerónimo se retiró a las salvajes soledades de Calquis, un yermo inhóspito al sureste de Antioquía, donde pasó cuatro años en diálogo con su alma. Ahí soportó grandes sufrimientos a causa de los quebrantos de su salud, pero sobre todo, por las terribles tentaciones carnales. Escribió años más tarde a Santa Eustoquia:
«En el rincón remoto de un árido y salvaje desierto», «quemado por el calor de un sol tan despiadado que asusta hasta a los monjes que allá viven, a mi me parecía encontrarme en medio de los deleites y las muchedumbres de Roma .. .
En aquel exilio y prisión a los que, por temor al infierno, yo me condené voluntariamente, sin más compañía que la de los escorpiones y las bestias salvajes, muchas veces me imaginé que contemplaba las danzas de las bailarinas romanas, como si hubiese estado frente a ellas. Tenía el rostro escuálido por el ayuno y, sin embargo, mi voluntad sentía los ataques del deseo; en mi cuerpo frío y en mi carne enjuta, que parecía muerta antes de morir, la pasión tenía aún vida.
A solas con aquel enemigo, me arroje en espíritu a los pies de Jesús, los bañé con mis lágrimas y, al fin, pude domar mi carne con los ayunos durante semanas enteras.
No me avergüenzo al revelar mis tentaciones, pero sí lamento que ya no sea yo ahora lo que entonces fui. Con mucha frecuencia velaba del ocaso al alba entre llantos y golpes en el pecho, hasta que volvía la calma».
De esta manera pone Dios a prueba a sus siervos, de vez en cuando; pero sin duda que la existencia diaria de San Jerónimo en el desierto, era regular, monótona y tranquila. Con el fin de contener y prevenir las rebeliones de la carne, agregó a sus mortificaciones corporales el trabajo del estudio constante y absorbente, con el que esperaba frenar su imaginación desatada.
Se propuso aprender el hebreo
Cuando mi mente estaba plagada de pensamientos oscuros, expresé en una carta fechada en el año 411 y dirigida al monje Rústico, «como último recurso, me convertí en discípulo de un monje que había sido judío para que me enseñara el alfabeto hebreo. Así, dejé atrás las sabias enseñanzas de Quintiliano, la elocuencia floridamente expresiva de Cicerón, el estilo serio de Fronto y la suave elegancia de Plinio para adentrarme en esta lengua con su tono sibilante y palabras entrecortadas.
Fue un esfuerzo arduo aprenderla, y tuve que superar muchas dificultades. En numerosas ocasiones, abandoné el estudio, desesperado, pero luego lo retomaba. Solo yo, que soporté esa carga, puedo dar fe de ello, junto con quienes vivieron a mi lado. Ahora, agradezco al Señor por permitirme cosechar los dulces frutos de la semilla que sembré en esos amargos momentos».
A pesar de su dedicación al aprendizaje del hebreo, de vez en cuando, encontraba tiempo para revisitar a los autores clásicos paganos. En ese período, la Iglesia de Antioquía estaba en medio de disturbios debido a disputas doctrinales y disciplinarias. Los monjes del desierto de Calquis también se involucraron en esos conflictos y presionaban a San Jerónimo para que tomara partido y se pronunciara sobre los temas en disputa.
Ordenación
El habría preferido mantenerse al margen de las disputas, pero de todas maneras, escribió dos cartas a San Dámaso, que ocupaba la sede pontificia desde el año 366, a fin de consultarle sobre el particular y preguntarle hacia cuáles tendencias se inclinaba. En la primera de sus cartas dice:
«Estoy unido en comunión con vuestra santidad, o sea con la silla de Pedro; yo sé que, sobre esa piedra, está construida la Iglesia y quien coma al Cordero fuera de esa santa casa, es un profano. El que no esté dentro del arca, perecerá en el diluvio. No conozco a Vitalis; ignoro a Melesio; Paulino es extraño para mí. Todo aquel que no recoge con vos, derrama, y el que no está con Cristo, pertenece al anticristo. . . Ordenadme, si tenéis a bien, lo que yo debo hacer».
Como Jerónimo no recibiese pronto una respuesta, envió una segunda carta sobre el mismo asunto. No conocemos la contestación de San Dámaso, pero es cosa cierta que el Papa y todo el occidente reconocieron a Paulino como obispo de Antioquía y que Jerónimo recibió la ordenación sacerdotal de manos del Pontífice, cuando al fin se decidió a abandonar el desierto de Calquis.
El no deseaba la ordenación (nunca celebró el santo sacrificio) y, si consintió en recibirla, fue bajo la condición de que no estaba obligado a servir a tal o cual iglesia con el ejercicio de su ministerio; sus inclinaciones le llamaban a la vida monástica de reclusión.
Estudio de las Sagradas Escrituras
Poco después de ser ordenado, se trasladó a Constantinopla para estudiar las Sagradas Escrituras bajo la dirección de San Gregorio Nazianceno. En muchos de sus escritos, Jerónimo habla con evidente satisfacción y gratitud acerca del tiempo en el que tuvo el honor de que tan distinguido maestro le explicara la palabra divina.
En el año 382, San Gregorio dejó Constantinopla, y Jerónimo regresó a Roma en compañía de Paulino de Antioquía y San Epifanio para participar en el concilio convocado por San Dámaso para tratar el cisma de Antioquía. Después de la asamblea, el Papa lo retuvo en Roma y lo designó como su secretario. A petición del Pontífice, y basándose en textos griegos, Jerónimo revisó la versión latina de los Evangelios, que «había sido alterada por transcripciones incorrectas, correcciones mal aplicadas y agregados descuidados».
Al mismo tiempo, llevó a cabo la primera revisión del salterio en latín. Mientras desempeñaba estas responsabilidades oficiales, también fomentaba y guiaba el crecimiento del ascetismo entre las mujeres nobles de Roma.
Entre estas mujeres se encuentran muchos nombres conocidos en la antigua cristiandad, como Santa Marcela, mencionada en esta obra el 31 de enero, junto con su hermana Santa Ásela y su madre Santa Albina; Santa Lea, Santa Melania la Mayor, la primera de estas mujeres en hacer una peregrinación a Tierra Santa; Santa Fabiola (27 de diciembre), Santa Paula (26 de enero) y sus hijas, Santa Blesila y Santa Eustaquio (28 de septiembre).
Sin embargo, tras la muerte de San Dámaso en 384, el secretario quedó desprotegido y se encontró en una situación complicada. Durante sus dos años de servicio público, había dejado una profunda impresión en Roma debido a su santidad personal, su erudición y su integridad. Sin embargo, también había generado antipatía entre los envidiosos, los paganos y las personas de mala reputación a quienes había condenado enérgicamente. Además, sus palabras directas y sus ingeniosos sarcasmos habían ofendido a algunas personas sencillas y bienintencionadas.
Cuando hizo un escrito en defensa de la decisión de Blesila, la viuda joven, rica y hermosa que súbitamente renunció al mundo para consagrarse al servicio de Dios, Jerónimo satirizó y criticó despiadadamente a la sociedad pagana y a la vida mundana y, en contraste con la modestia y recato de que Blesila hacía ostentación, atacó a aquellas damas que:
…se pintan las mejillas con púrpura y los párpados con antimonio; las que se echan tanta cantidad de polvos en la cara, que el rostro, demasiado blanco, deja de ser humano para convertirse en el de un ídolo y, si en un momento de descuido o de debilidad, derraman una lágrima, fabrican con ella y sus afeites, una piedrecilla que rueda sobre sus mejillas pintadas.
Son esas mujeres a las que el paso de los años no da la conveniente gravedad del porte, las que cargan en sus cabezas el pelo de otras gentes, las que esmaltan y barnizan su perdida juventud sobre las arrugas de la edad y fingen timideces de doncella en medio del tropel de sus nietos.
San Jerónimo abandona Roma
No se mostró menos áspero en sus críticas a la sociedad cristiana, como puede verse en la carta sobre la virginidad que escribió a Santa Eustaquia, donde ataca con particular fiereza a ciertos elementos del clero.
«Todas sus ansiedades se hallan concentradas en sus ropas . . .Se les tomaría por novios y no por clérigos; no piensan en otra cosa más que en los nombres de las damas ricas, en el lujo de sus casas y en lo que hacen dentro de ellas».
Después de semejante proemio, describe a cierto clérigo en particular, que detesta ayunar, gusta de oler los manjares que va a engullir y usa su lengua en forma bárbara y despiadada. Jerónimo escribió a Santa Marcela en relación con cierto caballero que se suponía, erróneamente, blanco de sus ataques.
«Yo me divierto en grande y me río de la fealdad de los gusanos, las lechuzas y los cocodrilos, pero él lo toma todo para sí mismo … Es necesario darle un consejo: si por lo menos procurase esconder su nariz y mantener quieta su lengua, podría pasar por un hombre bien parecido y sabio».
No debería sorprender a nadie que, incluso si sus críticas eran justificadas, causaran resentimientos debido a la forma en que las expresaba. Como resultado, su propia reputación sufrió ataques intensos, y aspectos de su modestia, sencillez, forma de caminar y sonrisa se convirtieron en blanco de críticas por parte de otros.
Ni siquiera la reconocida virtud de las nobles damas que seguían el camino de la rectitud bajo su guía, ni la forma absolutamente discreta de su comportamiento, pudieron protegerlo de los rumores difamatorios en toda Roma sobre su relación con Santa Paula.
La situación se volvió tan extrema que, lleno de indignación, San Jerónimo decidió abandonar Roma y buscar un retiro tranquilo en el oriente. Antes de partir, escribió una hermosa carta apologética dirigida a Santa Ásela. «Saluda a Paula y a Eustaquia, mis hermanas en Cristo, quieran o no los demás», concluyó esa carta. «Todos compareceremos ante el trono de Jesucristo para ser juzgados, y entonces se verá en qué espíritu vivió cada uno de nosotros».
En agosto del año 385, embarcó desde Porto y, nueve meses después, Paula, Eustoquia y otras damas romanas se reunieron con él en Antioquía, quienes habían decidido compartir su exilio voluntario y vivir como religiosas en Tierra Santa. Siguiendo las indicaciones de Jerónimo, se establecieron en Belén y Jerusalén. Sin embargo, antes de recluirse, viajaron por Egipto para buscar consejo de los monjes de Nitria y el famoso Dídimo, un maestro ciego de la escuela de Alejandría.
Gracias a la generosidad de Paula, se construyó un monasterio para hombres cerca de la basílica de la Natividad en Belén, así como otros edificios para tres comunidades de mujeres. Jerónimo vivía en una amplia cueva cercana al lugar de nacimiento de Jesús. En ese mismo lugar, estableció una escuela gratuita para niños y una posada, como dijo Santa Paula, «de modo que si José y María visitaran Belén de nuevo, tendrían dónde hospedarse». Al menos durante algunos años, disfrutaron de una paz completa en ese lugar.
«Aquí se congregan los ilustres galos y tan pronto como los británicos, tan alejados de nuestro mundo, hacen algunos progresos en la religión, dejan las tierras donde viven y acuden a éstas, a las que sólo conocen por relaciones y por la lectura de las Sagradas Escrituras. Lo mismo sucede con los armenios, los persas, los pueblos de la India y de Etiopía, de Egipto, del Ponto, Capadocia, Siria y Mesopotamia.
Llegan en tropel hasta aquí y nos ponen ejemplo en todas las virtudes. Las lenguas difieren, pero la religión es la misma. Hay tantos grupos corales para cantar los salmos como hay naciones . . . Aquí tenemos pan y las hortalizas que cultivamos con nuestras manos; tenemos leche y los animales nos dan alimento sencillo y saludable.
En el verano, los árboles proporcionan sombra y frescura. En el otoño, el viento frío que arrastra las hojas, nos da la sensación de quietud. En primavera, nuestras salmodias son más dulces, porque las acompañan los trinos de las aves. No nos falta leña cuando la nieve y el frío del invierno nos caen encima. Dejémosle a Roma sus multitudes; le dejaremos sus arenas ensangrentadas, sus circos enloquecidos, sus teatros empapados en sensualidad y, para no olvidar a nuestros amigos, le dejaremos también el cortejo de damas que reciben sus diarias visitas».
Pero Jerónimo no podía quedarse de brazos cruzados y en silencio cuando la verdad cristiana estaba siendo cuestionada, a pesar de disfrutar de esa paz. Durante su tiempo en Roma, escribió un libro contra Helvidio, quien negaba la perpetua virginidad de la Santísima Virgen María, argumentando que después del nacimiento de Cristo, María había tenido otros hijos con José. Estos errores y otros similares resurgieron debido a las doctrinas de un individuo llamado Joviniano.
San Pamaquio, yerno de Santa Paula, y otros hombres piadosos en Antioquía se preocuparon por estas ideas y enviaron los escritos de Joviniano a San Jerónimo. Como respuesta, Jerónimo escribió dos libros contra Joviniano en el año 393. En el primer libro, defendió las virtudes de la virginidad practicada por amor a la virtud, algo que Joviniano negaba. En el segundo libro, refutó otros errores de Joviniano.
Estos tratados fueron escritos en el estilo directo y enérgico característico de Jerónimo, y algunas de sus expresiones fueron consideradas demasiado duras y despectivas para la dignidad del matrimonio por algunas personas en Roma.
San Pamaquio y otros se sintieron ofendidos y se lo hicieron saber a Jerónimo. En respuesta, Jerónimo escribió la Apología a Pamaquio, también conocida como el tercer libro contra Joviniano, en un tono que seguramente no satisfizo a sus críticos.
Pocos años después, Jerónimo tuvo que ocuparse de Vigilando, a quien sarcasticamente llamó Dormancio. Este sacerdote galo-romano desaprobaba el celibato y condenaba la veneración de las reliquias, llegando incluso a llamar a quienes la practicaban «idólatras» y «adoradores de cenizas».
En su respuesta, Jerónimo le dijo:
«Nosotros no adoramos las reliquias de los mártires, pero sí honramos a aquellos que fueron mártires de Cristo para poder adorarlo a EL Honramos a los siervos para que el respeto que les tributamos se refleje en su Señor».
Protestó contra las acusaciones de que la adoración a los mártires era idolatría, al demostrar que los cristianos jamás adoraron a los mártires como a dioses y, a fin de probar que los santos interceden por nosotros, escribió:
«Si es cierto que cuando los apóstoles y los mártires vivían aún sobre la tierra, podían pedir por otros hombres, ¡con cuánta mayor eficacia podrán rogar por ellos después de sus victorias! ¿Tienen acaso menos poder ahora que están con Jesucristo?»
Defendió el estado monástico y dijo que, al huir de las ocasiones y los peligros, un monje busca su seguridad porque desconfía de su propia debilidad y porque sabe que un hombre no puede estar a salvo, si se acuesta junto a una serpiente.
Con frecuencia se refiere Jerónimo a los santos que interceden por nosotros en el cielo. A Heliodoro lo comprometió a rezar por él cuando estuviese en la gloria y a Santa Paula le dijo, en ocasión de la muerte de su hija Blesila: «Ahora eleva preces ante el Señor por ti y obtiene para mí el perdón de mis culpas».
Del año 395 al 400, San Jerónimo hizo la guerra a la doctrina de Orígenes y, desgraciadamente, en el curso de la lucha, se rompió su amistad de veinticinco años con Rufino. Tiempo atrás le había escrito a éste la declaración de que «una amistad que puede morir nunca ha sido verdadera», lo mismo que, mil doscientos años más tarde, diría Shakespeare de esta manera:
. . . Love is not love which alters when its alteration finds or bends with the remover to remove.
(No es amor el amor que se altera ante un tropiezo o se dobla ante el peligro)
Sin embargo, el afecto de Jerónimo por Rufino sucumbió ante el celo del santo por defender la verdad. Jerónimo, como escritor, recurría continuamente a Orígenes y era un gran admirador de su erudición y de su estilo, pero tan pronto como descubrió que en el oriente algunos se habían dejado seducir por el prestigio de su nombre y habían caído en gravísimos errores, se unió a San Epifanio para combatir con vehemencia el mal que amenazaba con extenderse.
Rufino, que vivía por entonces en un monasterio de Jerusalén, había traducido muchas de las obras de Orígenes al latín y era un entusiasta admirador suyo, aunque no por eso debe creerse que estuviese dispuesto a sostener las herejías que, por lo menos materialmente, se hallan en los escritos de Orígenes.
San Agustín fue uno de los hombres buenos que resultaron afectados por las querellas entre Orígenes y Jerónimo, a pesar de que nadie mejor que él estaba en posición de comprender la actitud de Jerónimo, puesto que mantuvo con éste una larga controversia en relación con la exégesis del capítulo segundo de la epístola de San Pablo a los gálatas.
No obstante que San Agustín empleó a fondo su tacto y sus buenas maneras, con sus primeras cartas hirió la susceptibilidad de Jerónimo, quien le escribió en el año 416 con estas palabras:
«Nunca he dejado de atacar a los herejes y he hecho todo lo posible por considerar siempre a los enemigos de la Iglesia como enemigos personales míos».
No obstante, en ocasiones, Jerónimo parecía considerar a todos aquellos con opiniones diferentes a las suyas como enemigos de la Iglesia. Cuando se trataba de defender el bien y combatir el mal, carecía de moderación. A veces, cedía ante la ira o la indignación, pero se arrepentía rápidamente de sus arrebatos.
Se cuenta una anécdota sobre el Papa Sixto V que contemplaba una pintura en la que Jerónimo se golpeaba el pecho con una piedra. «Haces bien en usar esa piedra», le dijo el Papa a la imagen, «porque sin ella, la Iglesia nunca te habría canonizado».
Sin embargo, sus denuncias, argumentos y controversias, por importantes y brillantes que fueran, no son la parte más significativa de sus actividades. Nada le otorgó tanta fama a San Jerónimo como sus obras críticas sobre las Sagradas Escrituras. La Iglesia lo reconoce como alguien especialmente elegido por Dios y lo considera el más grande de sus doctores en la exposición, explicación y comentario de la Palabra divina.
El Papa Clemente VIII afirmó sin reservas que Jerónimo contó con la asistencia divina en la traducción de la Biblia. Además, nadie estaba mejor preparado que él para esta tarea, ya que había vivido durante muchos años en el lugar mismo de los acontecimientos de las Sagradas Escrituras, donde los nombres de los lugares y las costumbres de la gente aún eran los mismos.
En muchas ocasiones, Jerónimo obtuvo una representación clara de diversos eventos registrados en las Escrituras durante su estancia en Tierra Santa. Además, dominaba el griego y el arameo, que eran lenguas vivas en esa época, y también conocía el hebreo, que aunque había dejado de ser un idioma de uso común desde el cautiverio de los judíos, todavía era utilizado por los doctores de la ley judía.
Jerónimo acudió a estos doctores para obtener una mejor comprensión de los libros sagrados e incluso tuvo a un erudito y famoso judío llamado Bar Ananías como maestro, quien lo instruía durante las noches con precaución para evitar la indignación de otros doctores de la ley. Sin embargo, está claro que Jerónimo también recibió la ayuda divina para adquirir el espíritu, el temperamento y la gracia necesarios para ser admitido en el santuario de la sabiduría divina y comprenderla.
Además, su pureza de corazón y toda una vida de penitencia y contemplación lo habían preparado para recibir esa gracia. Como mencionamos anteriormente, bajo el patrocinio del Papa San Dámaso, revisó la antigua versión latina de los Evangelios y los Salmos, así como el resto del Nuevo Testamento en Roma. La traducción de la mayoría de los libros del Antiguo Testamento escritos en hebreo fue realizada durante sus años de retiro en Belén, a petición de sus amigos y discípulos más fieles e ilustres, y por su propia voluntad, ya que deseaba traducir desde el original y no desde otra versión.
No comenzó a traducir los libros en un orden específico, sino que empezó con el Libro de los Reyes y luego continuó con los demás, sin seleccionarlos. Las únicas partes de la Biblia en latín conocida como la Vulgata que no fueron traducidas por San Jerónimo son los libros de la Sabiduría, el Eclesiástico, Baruch y los dos libros de los Macabeos. Hizo una segunda revisión de los Salmos con la ayuda del Hexapla de Orígenes y los textos hebreos, y esta segunda versión es la que se incluye en la Vulgata y se utiliza en los oficios divinos.
La primera versión, conocida como el Salterio Romano, todavía se usa en el salmo de invitación de los maitines y en todo el misal, así como en los oficios divinos en San Pedro de Roma, San Marcos de Venecia y los ritos milaneses. El Concilio de Trento designó la Vulgata de San Jerónimo como el texto bíblico latino auténtico o autorizado por la Iglesia católica, sin que esto implicara una preferencia por esta versión sobre el texto original o otras versiones en otros idiomas.
En 1907, el Papa Pío X confió a los monjes benedictinos la tarea de restaurar en la medida de lo posible los textos de San Jerónimo en la Vulgata, ya que, después de quince siglos de uso, habían sido considerablemente modificados y corregidos.
En el año 404, San Jerónimo tuvo la pena de ver morir a su querida amiga Santa Paula. Pocos años después, cuando Roma fue saqueada por las tropas de Alarico, muchos romanos huyeron y se refugiaron en el oriente. En esa ocasión, Jerónimo les escribió de la siguiente manera:
«¿Quién hubiese pensado que las hijas de esa poderosa ciudad tendrían que vagar un día, como siervas o como esclavas, por las costas de Egipto y del África? ¿Quién se imaginaba que Belén iba a recibir a diario a nobles romanas, damas distinguidas criadas en la abundancia y reducidas a la miseria?
No a todas puedo ayudarlas, pero con todas me lamento y lloro y, completamente entregado a los deberes que la caridad me impone para con ellas, he dejado a un lado mis comentarios sobre Ezequiel y casi todos mis estudios. Porque ahora es necesario traducir las palabras de la Escritura en hechos y, en vez de pronunciar frases santas, debemos actuarlas».
Persecución de los Pelagianos
Una vez más, cuando su vida estaba a punto de concluir, sus estudios se vieron interrumpidos, esta vez debido a una incursión de los bárbaros. Más tarde, enfrentó las violencias y persecuciones de los pelagianos, quienes enviaron a Belén a un grupo de maleantes para atacar a los monjes y monjas que vivían allí bajo la dirección y protección de San Jerónimo, quien había criticado a Pelagio en sus escritos.
Durante esta incursión, algunos religiosos y religiosas sufrieron maltratos, un diácono perdió la vida y casi todos los monasterios fueron incendiados. Al año siguiente, falleció Santa Eustoquio y, pocos días después, San Jerónimo la siguió a la tumba.
El 30 de septiembre del año 420, con su cuerpo exhausto por el trabajo y la penitencia, su vista y voz agotadas, pareciendo apenas una sombra, partió de este mundo. Fue enterrado en la iglesia de la Natividad, cerca de la tumba de Paula y Eustoquio. Sin embargo, mucho tiempo después, sus restos fueron trasladados al lugar donde descansan hasta hoy, en la basílica de Santa María la Mayor en Roma.
A menudo, los artistas representan a San Jerónimo con vestimenta cardenalicia debido a los servicios que prestó al Papa San Dámaso. A veces, también lo pintan junto a un león, ya que se dice que domesticó a uno de estos animales al sacarle una espina que tenía clavada en la pata. Aunque esta leyenda pertenece más a San Gerásimo, el león podría considerarse el emblema ideal de este valiente defensor de la fe, noble e indomable.
Oraciones a San Jerónimo
Oración de San Jerónimo
Dulce Padre nuestro Señor Jesucristo, te rogamos por tu infinita bondad que reformes al pueblo cristiano según aquel estado de santidad que tuvo en tiempo de tus apóstoles. Escúchanos, Señor, porque benigna es tu misericordia y en tu inmensa ternura vuélvete hacia nosotros.
Señor Jesucristo, Hijo del Dios vivo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesucristo, Hijo del Dios vivo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesucristo, Hijo del Dios vivo, ten piedad de nosotros.
Por el camino de la paz, de la caridad y de la prosperidad me guíe y me defienda el poder de Dios Padre, la sabiduría del Hijo y la fuerza del Espíritu Santo y la gloriosa Virgen María. El ángel Rafael, que estuvo siempre con Tobías, esté también conmigo en todo lugar y camino.
¡Oh buen Jesús, oh buen Jesús, oh buen Jesús, amor mío y Dios mío, en ti confío, no quede yo confundido!
Confiemos en nuestro Señor benignísimo y tengamos verdadera esperanza en El sólo, porque todos los que esperan en Él no serán confundidos para siempre y quedarán estables, fundados sobre la piedra firme y, para obtener esta gracia, acudamos a la Madre de las gracias, diciendo: Dios te salve María…
Además, agradezcamos a Dios nuestro Señor y Padre celestial todos los favores y gracias que nos ha concedido y que continuamente nos concede, rogándole que en el futuro se digne socorrernos en todas nuestras necesidades, tanto temporales como espirituales: Padre Nuestro…
Pidamos también a la Virgen que se digne interceder ante su querido Hijo por todos nosotros, para que nos conceda la gracia de ser humildes y mansos de corazón, de amar a su Divina Majestad sobre toda otra cosa y a nuestro prójimo como a nosotros mismos y para que estirpe nuestros vicios, nos aumente las virtudes y nos conceda su santa paz: Dios te salve María…
Y por todos aquellos que se encomiendan a nuestras oraciones, por los que rezan a Dios por nosotros y por aquellos por los que tenemos obligación de rezar, por nuestros amigos y enemigos y por todos los fieles difuntos: Dios te salve María…
Humillémonos todos en presencia de nuestro Padre celestial como hijos pródigos que hemos disipado todos nuestros bienes espirituales y temporales, viviendo disolutamente, y por ello pidámosle misericordia, diciendo:
Misericordia, concédenos tu misericordia, Hijo del Dios vivo.
Oración a San Jerónimo
Oh San Jerónimo, que en tu vida mortal acogiste la mirada misericordiosa del Señor, y con el apoyo maternal de María Santísima fuiste renovado en la vida de la gracia, danos tu protección y alcánzanos de Dios una sincera conversión al Evangelio de la Salvación. Gloria al Padre…
Oh San Jerónimo, tú que has sido para huérfanos y necesitados una verdadera llama del amor divino, aliviándolos en sus miserias y penalidades, haz que, por tu ejemplo, aprendamos a acoger también nosotros a nuestro prójimo con la misma caridad con la que Cristo non ha amado. Gloria al Padre…
Oh san Jerónimo, que a lo largo de tu vida has revelado a los hombres la misericordia y la ternura de Dios, acogiendo a niños y jóvenes y enseñándoles el camino del cielo, acoge y guía también a nuestra juventud y protégela de todo mal. Gloria al Padre…
Oh San Jerónimo, que en tu vida mortal, como buen Samaritano, has asistido con amor de padre a toda persona enferma de alma o cuerpo, socorre con tus oraciones y con tu paternal intercesión a todos nuestros hermanos enfermos, dándoles la fuerza y el valor necesario para aceptar y vivir en la fe este momento de dolor, y para que puedan verse pronto libres de la enfermedad; y, recuperada la paz y la salud, puedan alabarte en tu templo. Gloria al Padre…
Oración para obtener la salud de los enfermos sobre todo de los niños
¡Oh prodigiosísimo San Jerónimo!, que durante vuestra vida mortal y mucho más después de vuestra gloriosa muerte Os mostrasteis lleno de ternura para con los enfermos, especialmente con los niños, obrando en su alivio maravillosos milagros; Vos, que hicisteis brotar de seca peña el agua prodigiosa y saludable y abristeis para los que a Vos acuden un manantial inagotable de maravillas y gracias, Os ruego me alcancéis la salud de enfermo/a por quien Os ruego, para que experimente también él/ella los beneficios de vuestra intercesión, en la que pone todas sus esperanzas. Amén.
Oración a San Jerónimo por la educación de la juventud
Oh San Jerónimo, celantísimo del bien de todos los huérfanos, por ese amor que os unió a ellos en esta tierra y que por ellos os consumió, os suplicamos que continuéis guardándolos siempre con ternura desde el cielo.
Impetrad del Padre de las misericordias, para todos los educadores y padres, el mismo espíritu de prudencia, caridad y constancia que os concedió.
Haced que todos los jóvenes tengan un corazón afectuoso, dócil y obediente. Así serán fortalecidos en el santo temor de Dios, única fuente de felicidad eterna y temporal; descubrirán las insidias que les tienden, y vencerán los peligros que les amenazan; y después de haber edificado la patria terrenal con el ejemplo de sus costumbres, pasarán felizmente a gozar de la gloria celestial. Así sea.
Oración por los niños y los jóvenes
Te damos gracias Jesús: en tu nacimiento en Belén has revelado la dignidad de los niños y los has elegido como medida del reino de los cielos. Por la intercesión de S. Jerónimo, a quien nos has dado como signo de tu predilección hacia los pequeños y jóvenes, haz que tu Espíritu los ayude a crecer en sabiduría, edad y gracia, y que su vida sea siempre del agrado del Padre tuyo y nuestro que está en los cielos. Amén.

San Jerónimo | Fuentes
La vida de los Santos por Edelvives
Oraciones obtenidas de la web de la Parroquia de la Madre de Dios.