4 de Noviembre: San Carlos Borromeo, Cardenal y Arzobispo de Milán


San Carlos Borromeo

San Carlos Borromeo, junto con San Ignacio de Loyola y San Felipe Neri, fue una figura destacada del combate contra la Reforma protestante. Fue cardenal y arzobispo  de Milán entre 1564 y 1584. En ese cargo fue responsable de importantes reformas en la Iglesia Católica, incluida la fundación de seminarios para la educación de sacerdotes. Es honrado como santo por la Iglesia Católica, con una fiesta el 4 de noviembre.


Día celebración: 4 de Noviembre.
Lugar de origen: Arona, Ducado de Milán.
Fecha de nacimiento: 2 de Octubre de 1538.
Fecha de su muerte: 3 de Noviembre de 1584.
Santo Patrono de: Obispos; catequistas; catecúmenos; cólico; trastornos intestinales; Lombardía, Italia; Monterey California; cardenales; seminaristas; directores espirituales; líderes espirituales; fabricantes de almidón; enfermedades del estómago; Ciudad de São Carlos en Brasil.


Contenido

– Introducción
– Niñez | Llamamiento Divino
– Ascensiones de un alma
– En el Concilio de Trento
– Arzobispo de Milán
– La peste de Milán
– Muerte y canonización
– Oración a San Carlos Borromeo


Introducción

El nombre Borromeo se deriva de bon romeo, voces anticuadas del idioma italiano que originariamente significaban buen romero o peregrino de Roma, y más adelante, sencillamente, buen peregrino.

Con estas dos palabras Bon Romeo como apellido, solía San Carlos firmar las cartas en los años de su juventud. Eran los Borromeos una antigua familia milanesa, que logró conquistar eminente posición económica y social, merced a sus virtudes y a los servicios prestados a su país. Los reyes de España les encargaron la custodia del castillo de Arona, fortaleza principal del ducado de Milán, sita a orillas del lago Mayor, a la entrada de hermosos valles alpinos.

Hoy día puede verse en Arona una estatua colosal de nuestro Santo que domina el lago y el valle inferior del Tesino. Y , por cierto, no le va grande ese monumento al héroe famoso en el mundo entero, cuyo recuerdo planea todavía misteriosamente sobre la inmensa llanura lombarda. En Arona daremos con los recuerdos de su niñez, más que en las famosas islas Borromeas con sus jardines y palacios, de cuyos esplendores no tuvo él noticia. Fué su padre el conde Gilberto Borromeo, varón cristianísimo y muy dado a la devoción.

Aunque rodeado de honores, llevaba vida más propia de fraile. Cada día rezaba el breviario y dedicaba largas horas a la meditación; a menudo solía vestir hábito de penitente y se entregaba a ejercicios muy austeros. Pasó el año de 1528 con doña Margarita de Médicis, noble doncella descendiente de una familia lombarda y hermana del papa Pío IV; con los Médicis de Florencia sólo tenía de común el nombre. La piedad de Margarita corría parejas con la de su esposo; y procuró comunicarla a sus hijos con todo empeño.

 

Niñez | Llamamiento Divino

Nació Carlos en el castillo de Arona, a 2 de octubre de 1538. Antes que él habían nacido sus hermanos Federico e Isabel. Las actas del proceso de canonización traen el relato de una tradición ocal, según la cual, la noche de su nacimiento iluminó los alrededores del castillo de Arona un lucidísimo resplandor de admirable claridad, semejante ti arco iris. Por cierto que a aquella misma hora aparecía en el firmamento de la Iglesia un astro de primera magnitud cuyas luces no tardarían en irradiar al mundo.

Se pasó la niñez en Arona al lado de sus virtuosos padres. Los  biógrafos nos lo representan como niño tranquilo y formal. Su más agradable pasatiempo era jugar a construir capillitas. Siendo de más edad —dice un antiguo biógrafo— huía de los juegos y entretenimientos pueriles; sólo tenía puesto el gusto en hacer altares y adornarlos, cantar alabanzas a Dios y cosas semejantes, que eran manifiesto indicio de su singular vocación.

Desde su temprana edad empezó el niño a dar muestras de vocación eclesiástica, con grande contento y agrado de sus virtuosos padres. Siguiendo la costumbre de aquel tiempo, pasaba a ser heredero de los bienes y dignidades del conde Gilberto su primogénito Federico. Cirios tenía que establecerse en el siglo o consagrarse a Dios en el estado eclesiástico, y optó por este último
partido siendo aún muy joven.

Sólo tenía ocho años, cuando a 13 de octubre de 1545 recibió la tonsura en Milán en la iglesia de San Juan. Con esta ceremonia era ya clérigo y tenía derecho a percibir las rentas de los beneficios eclesiásticos que podían conferírsele. Sin embargo, no quiso nada hasta pasados cinco años. Su tío paterno Julio César Borromeo cedióle la abadía de los Santos Gratiniano y Felino, situada en la villa de Arona.

Llegó día en que la Iglesia prohibió la colación de beneficios eclesiásticos u los niños; pero Carlos no abusó de aquellas rentas; antes, reconociendo la grave responsabilidad que sobre él pesaba, mandó repartirlas a los pobres, sin tolerar nunca que se empleasen los bienes eclesiásticos en otros menesteres. «Es el patrimonio de Cristo —decía— y por consiguiente de sus pobres.»

Tampoco echó nunca mano de aquellas rentas para sus necesidades personales. Enviáronle a Milán, a fin de que estudiara humanidades, en especial la lengua latina. Poco inclinado estaba a los estudios literarios, por no ser de ingenio vivo y flexible, sino lento y positivo. Pero, merced a su esfuerzo constante venció todas las dificultades, de tal manera que, siendo de sólo catorce años, pudo cursar derecho en la Universidad de Pavía, donde a la sazón enseñaba el famoso Francisco Alciato.

Tenía apenas veintiún años (1559) cuando le proclamaron doctor in utroque jure, en ambos derechos. Con esta ocasión, su maestro Francisco Alciato pronunció un férvido elogio del nuevo doctor, cuyos talentos y virtud conocía bien.

— Carlos emprenderá grandes obras — dijo— y brillará como una estrella en la Iglesia.

No llegaron los padres del Santo a poder alegrarse de sus triunfos. Hacía ya diez años que había muerto su madre, doña Margarita (1548), y unos meses que había perdido a su padre, el conde Gilberto. Aunque era el más joven de sus hermanos, fué Carlos su ayo y preceptor. Ordenó con notable talento la sucesión de sus deudos, y logró que su hermano Federico conservase el gobierno de la ciudad de Arona.

Entretanto, aunque el Santo se olvidaba de sí mismo, el Señor le tenía muy presente, y misteriosamente le iba preparando el camino de su santo servicio. A poco aconteció un suceso providencial que iba a dar a la vida de Carlos dirección definitiva. A 26 de diciembre de 1559, fué elegido papa su tío materno, Juan Angelo de Médicis, consagrado con el nombre de Pío IV, el 6 de enero de 1560. Hubo en Roma general contento con esta elección, pues se esperaba que el nuevo Papa acabaría con las intrigas que habían afligido a la Iglesia los postreros años de su predecesor Paulo IV.

Conocía Pío IV las grandes prendas de su sobrino Carlos, por lo que determinó tomarlo a su servicio y cargar sobre él la mayor parte del gobierno de la Iglesia. Muy pronto hubo de alegrarse de haber realizado tal elección.

 

Ascensiones de un alma

Llegó San Carlos a Roma el mes de enero de 1560 y fue nombrado protonotario apostólico y refrendario de la firma pontificia, cargos honrosísimos para un joven de veintidós años. Además, y movido por divina inspiración, admitió Pío IV a su sobrino en el Sacro Colegio a 31 de enero, y le confirió título cardenalicio de la diaconía de los Santos Vito y Modesto. Pocos días después, el 8 de febrero, nombróle administrador de la Iglesia, de Milán. Y muy luego, recibió las legaciones de Bolonia, Romania y las Marcas y de varias abadías.

Andando el tiempo, Pío IV confirióle los cargos de arcipreste de Santa María la Mayor, penitenciario mayor y protector de varias naciones y Órdenes religiosas. Entrañamos hoy día ver con tantos cargos y dignidades a un joven clérigo, pero ello no admiraba a los contemporáneos del Santo; era la costumbre de aquel tiempo. Preciso es reconocer que, por lo que se refiere a Carlos Borromeo, el nepotismo de Pío IV fué provechosísimo a la Iglesia.

No se hallaba todavía el Santo tan desasido de los honores y de sus deudos que no le interesase el buen nombre y la riqueza de su familia, por lo que trabajó con todo empeño para colocar y casar honrosamente a sus hermanos mayores. Aun no llevaba un año en Roma, cuando casó a su hermano Federico con Virginia de la Rovere, hija del duque de Urbino.

Todas las esperanzas de la familia Borromeo estaban puestas en Federico. Aquel afortunado matrimonio y el cargo de general de la Santa Iglesia que para él logró su hermano Carlos, parecían señalar los principios de una carrera brillantísima. Inesperada muerte tronchó en flor tan halagadoras esperanzas.

El joven cardenal quedó profundamente afligido; pero aquel dolor fué la luz de la gracia que alumbró su alma.

—-Este suceso más que otro cualquiera — dice el Santo— , me mostró al vivo nuestra miseria y la verdadera dicha de la eterna bienaventuranza.

Desde entonces empezó a deshacerse valerosamente de cuanto entendió ser mundano en su vida, y comenzó por escoger para maestro y guía de la vida espiritual al padre Juan Bautista de Ribera, de la Compañía de Jesús, el cual le adelantó mucho y puso en gran perfección. Acabado el estudio de la Teología, preparóse a la ordenación sacerdotal, la cual recibió en la iglesia de los Santos Apóstoles a principios de agosto de 1563.

 

En el Concilio de Trento

Viviendo su tío el papa Pío IV, tuvo el joven cardenal Borromeo mucha parte en multitud de negocios religiosos y políticos. No cabe mencionarlos aquí todos. Preciso es, no obstante, señalar siquiera que asistió al Concilio de Trento (1545-1563), cuyas Actas y Catecismo mandó redactar. También trabajó en la reforma del Breviario.

El Santo dio ejemplo de obediencia a los decretos del Concilio. Redujo a mucho rigor su propia vida y la servidumbre de su casa, y se dió con denuedo a desterrar abusos de la misma ciudad de Roma. El Señor le otorgó, en la persona de San Felipe Neri, eficacísima ayuda para la reforma del clero romano. Ambos Santos rivalizaron de celo para arrebatar almas al demonio. Eso precisamente quería expresar San Felipe cuando le gritaba a Carlos: ¡Ladrón, ladrón!

La reforma de la música religiosa decretada por el Concilio, dio ocasión a un interesante episodio digno de anotar aquí. Había por entonces en Roma un músico genial, Juan Pierluigi de Palestrina, maestro de capilla de Santa María la Mayor desde el año 1561. De haber seguido al pie de la letra los decretos del Concilio, hubiérase excluido la polifonía de la música sacra.

Como Pío IV, que era músico, no se hallaba dispuesto a supresión tan radical, buscóse una solución. Palestrina la dió magníficamente. Compuso tres misas que se cantaron ante una Comisión cardenalicia y despertaron vivísimo interés; la tercera, llamada Misa del papa Marcelo, pareció obra magistral. Sus armonías sencillas y profundamente religiosas aun conmueven a los fieles de hoy día, como conmovieron a Pío IV y a los cardenales romanos de 1564.

Aquel mismo año emprendió Carlos la reforma de la diócesis de Milán.No pudiendo ir todavía él mismo, envió como precursor a un vicario general piadoso y sapientísimo, llamado Nicolás Ormanetto. Llamóle a Roma para darle algunas órdenes, y el mes de junio envióle con plena jurisdicción. Hasta el verano del año siguiente, no le dió licencia el Pontífice para trasladarse a Milán, con el fin de que tomase posesión de la sede arzobispal, y celebrase el Concilio provincial prescrito por los decretos del Concilio de Trento.

Deseando Pío IV que Carlos notase los progresos de la reforma católica en las regiones por donde iba a pasar, otorgóle jurisdicción de legado a látere en toda Italia.

Lo primero que hizo en Milán fué reunir un Concilio provincial. A él acudieron once obispos. No se contentó el cardenal con promulgar los decretos del Concilio de Trento, sino que proporcionó a los obispos algunos medios excelentes para facilitar su cumplimiento. AI morir Pío IV en 1565, volvió Carlos a Roma, y asistió al Conclave que dió a la Iglesia un Papa insigne en la persona del ilustre San Pío V.

Arzobispo de Milán

El nuevo Pontífice dejó a Carlos en libertad para salir de Roma. El Santo aprovechó para tomar con la mayor brevedad posible a su Iglesia, y llegó a Milán a 5 de abril de 1566. Desembarazado ya de los cuidados a que tuviera que entregarse mientras participó en el gobierno de toda la Iglesia, consagróse en adelante únicamente a las obligaciones del ministerio pastoral. Sin embargo, aun siguió irradiando su influencia por los ámbi­tos de Italia; así tuvo que encargarse de varias embajadas cerca de los principales señores de la península.

En uno de estos viajes conoció a San Luis Gónzaga y le dio la primera Comunión. Estas múltiples ocupaciones y trabajos, a los que su alma fervorosa abarcaba sin aparente fatiga, no le impedían dedicar especial atención a las necesidades de la propia diócesis, necesidades a cuya solución acudía siempre con celo paternal. La Iglesia de Milán necesitaba importantísimas reformas.

Habíase introducido el desorden entre los eclesiásticos, y los seglares no respetaban la clausura y entraban impunemente en los conventos, de suerte que las vírgenes del Señor no se hallaban ya a cubierto de las seducciones del siglo. Tamañas irregularidades reclamaban prontas y enérgicas medidas para bien de los mismos escandalosos y ejcmplaridad de todo el pueblo.

El santo arzobispo quiso predicar primero con el ejemplo y sacrificarse por su rebaño. En su palacio episcopal llevaba vida de anacoreta; en sus últimos años llegó a sustentarse con sólo pan y agua, y aun tomaba tan frugal sustento una sola vez cada día; vida tan austera quebrantó su salud, por lo que el papa Pío V le mandó que atemperase algún tanto aquellas penitencias. Vendió los muebles lujosos, desembarazóse de sus ricos vestidos y renunció a todos los beneficios que heredara de su tío y de su hermano, y empleó lo restante de sus bienes para sostén de los Seminarios, hospitales, escuelas y alivio de los pobres vergonzantes y de los mendigos.

Parecía haberse olvidado de sí mismo a fin de no pensar sino en las necesidades de los demás. Cuanto pudiese significar un alivio a sus hijos espirituales, volaba en seguida de sus manos. Con este celo del santo arzobispo encendióse más y más la saña del enemigo común, y una tarde, mientras estaba en su oratorio haciendo oración con algunos familiares, entró un asesino secretamente y disparó el arcabuz sobre el prelado. La bala pasó las ropas y llegó hasta la carne; pero detenida como por mano invisible, cayó a los pies del Santo sin herirle. Los presentes se levantaron para seguir y prender al malhechor; pero el santo cardenal los contuvo con un ademán y todos prosiguieron la oración como si nada hubiese sucedido: a tanto llegaba su caridad.

A pesar de las súplicas del arzobispo, la justicia no perdonó al criminal, el cual padeció en compañía de sus cómplices el castigo de los parricidas. Entendió Carlos que sus trabajos serían estériles si no daba a su Iglesia sacerdotes dignos y capacitados para cooperar a las empresas reformadoras, y fundó tres seminarios y algunas escuelas apostólicas.

El celoso arzobispo echó mano de los religiosos para que le ayudasen a evangelizar la diócesis. Llevó a Milán a los padres de la Compañía de Jesús, y les encargó la custodia de la iglesia parroquial de San Fidel. Tuvo asi­ mismo grande cuenta con la educación cristiana de la juventud, fundó colegios en Lucerna y Friburgo, y también llamó para dirigirlos a los padres jesuítas, cuyo mérito había ya apreciado en Milán.

Llevó asimismo algunos padres Teatinos, a quienes dio en custodia la abadía de San Antonio y , finalmente, llamó a los Capuchinos y dióles misión de evangelizar la comarca montañesa de Suiza.

No bastaba todo esto al celo del Santo; para poner dique a las audacias del libertinaje y de la herejía, juntó seis Concilios provinciales y once sínodos diocesanos. Merced a las providencias tan oportunamente dictadas por estas asambleas, la disciplina eclesiástica revivió pujante y ejemplarizadora, y poco a poco desaparecieron de la diócesis antiguos y muy arraigados abusos.

La peste de Milán

A pesar de sus esfuerzos, no logró Carlos triunfar de todas las resistencias y hubo de anunciar los castigos divinos. Celebrábanse en la ciudad licenciosos festejos contra los cuales protestó en balde el virtuoso prelado, pero aun no estaban acabados cuando se declaró la peste en dos barrios de la ciudad. Con las primeras nuevas del contagio huyeron precipitadamente el príncipe, el gobernador y los magistrados municipales; el santo prelado quedó solo con el clero en la ciudad abandonada por las autoridades civiles.

En vano le instaban algunos a que dejase a Milán, so pretexto de cuidar de los demás fieles de la diócesis; no era por cierto el Santo un «pastor mercenario» y quiso participar de la aflicción de sus ovejas. Por espacio de seis meses fué la providencia de los pobres, de los moribundos y de los hambrientos. Vendió sus alhajas, vajilla y demás enseres de plata para aliviar las necesidades de los desgraciados, cuyo número aumentaba día tras día, y, como eso no bastase, dio a los apestados todos los muebles de su palacio, sus propios vestidos y hasta su cama.

A menudo se le veía andar entre montones de cadáveres para llevar a los moribundos los últimos sacramentos. Visitó en persona todas las casas y hospitales de la ciudad, sin que hubiese necesidad que no socorriese. Calcúlanse en setenta mil las personas que libró de la muerte con sus limosnas.

Al mismo tiempo acudió a la oración pública, mandando que se hiciesen procesiones en la ciudad, a fin de conjurar aquel azote. Él mismo asistía a las ceremonias expiatorias, caminando descalzo con una gruesa soga al cuello y llevando en las manos un Crucifijo de gran peso. Con esto se ofrecía a Dios en sacrificio, y no cesaba de clamar por calles y plazas: «¡Misericordia, Señor, misericordia!» Por fin oyó el cielo las súplicas de Carlos, y cesó la peste a un mismo tiempo en toda la diócesis.

Muerte y canonización

Cada año hacía el santo prelado un retiro espiritual seguido de confesión general. Por el otoño de 1584 fue a cumplir los ejercicios al Sacro Monte de Varalo, donde había un santuario edificado en honra de Jesús paciente, y salió de ellos extraordinariamente enfervorizado, absorto en Dios y en las cosas eternas, y con el presentimiento de su próxima muerte.

A fines de octubre tuvo unas calenturas que le forzaron a volverse a Milán. Antes quiso llevar a efecto una fundación que le interesaba muchísimo, y pasó dentro de una barca, acostado en un colchón, a la villa de Ascona, próxima a Locam o, donde presidió la inauguración de un Seminario que mandara edificar para los clérigos de aquella región.

Fué su postrera empresa. Como el mal siguiera aumentando, mandó le llevasen a Milán, donde esperaba celebrar su última misa de pontifical el día de Todos los Santos. Pero tuvo que detenerse en el camino, y no llegó a Milán hasta el 3 de noviembre, a las dos de la madrugada. Hizo poner un altar en su aposento y un cuadro de la agonía del Señor en el Huerto sobre su cama.

El día 4 recibió el Viático y la Extremaunción y mandó luego que le cubriesen de cilicio y ceniza, para con esas armas dar el último combate al enemigo común. Conocido su estado por los fieles, llenaron éstos las iglesias para implorar la curación del amado Pastor, y acudieron luego a las puertas del palacio episcopal. A las tres de la tarde, anunciaban las campanas su muerte.
Fué beatificado veinte años más tarde y canonizado por Paulo V el día de Todos los Santos del año 1610. Guárdanse y se veneran las sagradas reliquias en la catedral de Milán.

Oración a San Carlos Borromeo

¡Oh! insigne padre de los pobres San Carlos Borromeo,
ángel de la caridad para enfermos y necesitados,
y para todos modelo de fe, de humildad,
de pureza, de virtudes,
y de constancia en el sufrimiento.

Empleaste todos tus dones
para la mayor gloria de Dios,
y para la salvación de los hombres,
siempre con un sacrificio total,
hasta el punto de ser víctima
de tu bondadosa entrega.

Concede a nosotros, tus devotos,
firmeza en nuestros propósitos,
fuerte espíritu de sacrificio
y tenacidad y constancia,
para el bien de nuestras vidas, almas y mente.

Amén.

San Carlos Borromeo | Fuentes
El Santo de Cada Día por Edelvives