4 de Noviembre: San Carlos Borromeo, Cardenal y Arzobispo de Milán

4 de Noviembre: San Carlos Borromeo, Cardenal y Arzobispo de Milán

Publicado el 4 de noviembre de 2020

Actualizado el 18 de abril de 2025

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San Carlos Borromeo, junto con San Ignacio de Loyola y San Felipe Neri, fue una figura destacada del combate contra la Reforma protestante. Fue cardenal y arzobispo  de Milán entre 1564 y 1584. En ese cargo fue responsable de importantes reformas en la Iglesia Católica, incluida la fundación de seminarios para la educación de sacerdotes. Es honrado como santo por la Iglesia Católica, con una fiesta el 4 de noviembre.


Día celebración: 4 de Noviembre.
Lugar de origen: Arona, Ducado de Milán.
Fecha de nacimiento: 2 de Octubre de 1538.
Fecha de su muerte: 3 de Noviembre de 1584.
Santo Patrono de: Obispos; catequistas; catecúmenos; cólico; trastornos intestinales; Lombardía, Italia; Monterey California; cardenales; seminaristas; directores espirituales; líderes espirituales; fabricantes de almidón; enfermedades del estómago; Ciudad de São Carlos en Brasil.


Contenido

– Introducción
– Niñez | Llamamiento Divino
– Ascensiones de un alma
– En el Concilio de Trento
– Arzobispo de Milán
– La peste de Milán
– Muerte y canonización
– Oración a San Carlos Borromeo


Introducción

El apellido Borromeo se origina de las antiguas palabras italianas «bon romeo,» que originalmente significaban «buen romero» o «peregrino de Roma.» Más tarde, se simplificó simplemente a «buen peregrino.»

En su juventud, San Carlos solía firmar sus cartas con estas dos palabras como su apellido. Los Borromeos eran una familia antigua de Milán que alcanzó una destacada posición económica y social gracias a sus virtudes y los servicios que brindaron a su país. Los reyes de España les confiaron la custodia del castillo de Arona, la principal fortaleza del ducado de Milán, ubicada a orillas del lago Mayor y en la entrada de hermosos valles alpinos.

Hoy en día, en Arona, se puede ver una estatua colosal de nuestro Santo que domina el lago y el valle inferior del Tesino. Y, sin duda, ese monumento es adecuado para honrar al héroe famoso en todo el mundo, cuyo recuerdo sigue flotando misteriosamente sobre la inmensa llanura lombarda. En Arona, encontraremos más recuerdos de su infancia que en las famosas islas Borromeas con sus jardines y palacios, de los cuales él no tenía conocimiento. Su padre, el conde Gilberto Borromeo, era un hombre profundamente religioso y muy devoto, a pesar de los honores que recibía. Llevaba una vida que se asemejaba a la de un fraile, rezando el breviario todos los días y dedicando largas horas a la meditación. A menudo vestía el hábito de un penitente y se entregaba a prácticas muy austeras.

En 1528, pasó un año con doña Margarita de Médicis, una noble doncella descendiente de una familia lombarda y hermana del papa Pío IV. Aunque compartían el nombre con los Médicis de Florencia, la piedad de Margarita era igual a la de su esposo, y se esforzó por inculcarla en sus hijos con gran dedicación.

 

Niñez | Llamamiento Divino

Carlos nació el 2 de octubre de 1538 en el castillo de Arona. Antes que él, nacieron sus hermanos Federico e Isabel. Los registros del proceso de canonización incluyen la historia de una tradición local que cuenta que, en el momento de su nacimiento, una luz deslumbrante y sorprendentemente clara, similar a un arco iris, iluminó los alrededores del castillo de Arona. En ese mismo momento, en el firmamento de la Iglesia, apareció una estrella de gran magnitud cuya luz pronto se extendería por todo el mundo.

Carlos pasó su infancia en Arona junto a sus virtuosos padres. Los biógrafos lo describen como un niño tranquilo y formal. Su actividad favorita era construir pequeñas capillas. Cuando era mayor, según un antiguo biógrafo, evitaba los juegos y entretenimientos infantiles y se dedicaba a construir altares, a adornarlos y a cantar alabanzas a Dios, señales claras de su singular vocación.

Desde una edad temprana, el niño mostró una clara vocación eclesiástica, lo que llenó de alegría a sus padres virtuosos. Siguiendo la costumbre de la época, su hermano mayor, Federico, heredaría los bienes y las dignidades del conde Gilberto. Carlos tenía que optar por una carrera en el mundo secular o consagrarse a Dios en la Iglesia, y eligió la segunda opción a una edad temprana.

A los ocho años, el 13 de octubre de 1545, recibió la tonsura en la Iglesia de San Juan en Milán, convirtiéndose en clérigo y ganando el derecho a recibir ingresos de beneficios eclesiásticos que se le pudieran otorgar. Sin embargo, decidió no aceptar ningún beneficio durante cinco años. Su tío paterno, Julio César Borromeo, le cedió la abadía de los Santos Gratiniano y Felino en Arona.

Llegó un momento en que la Iglesia prohibió otorgar beneficios eclesiásticos a los niños, pero Carlos no abusó de sus rentas. Reconociendo la grave responsabilidad que recaía sobre él, decidió distribuir sus ingresos a los pobres, nunca permitiendo que se utilizaran para otros fines. Decía que eran el patrimonio de Cristo y, por lo tanto, de los pobres.

Nunca utilizó sus ingresos para satisfacer sus necesidades personales. Fue enviado a Milán para estudiar humanidades, especialmente la lengua latina. A pesar de que no era especialmente inclinado hacia los estudios literarios debido a su naturaleza lenta y metódica, superó todas las dificultades gracias a su constancia. A los catorce años, comenzó a estudiar derecho en la Universidad de Pavía, donde el famoso Francisco Alciato enseñaba en ese momento.

A la temprana edad de veintiún años, en 1559, se convirtió en doctor en ambos derechos. En esta ocasión, su maestro Francisco Alciato elogió al nuevo doctor, reconociendo sus talentos y virtudes.

Los padres de Carlos no llegaron a vivir lo suficiente para ver sus éxitos. Su madre, doña Margarita, había fallecido diez años antes en 1548, y unos meses antes, su padre, el conde Gilberto. A pesar de ser el más joven de sus hermanos, Carlos actuó como su tutor y logró que su hermano Federico conservara el gobierno de la ciudad de Arona.

Mientras tanto, aunque Carlos se olvidaba de sí mismo, el Señor lo tenía en cuenta y estaba preparando misteriosamente su camino hacia el servicio santo. Poco después, ocurrió un evento providencial que cambió el rumbo de la vida de Carlos. El 26 de diciembre de 1559, su tío materno, Juan Angelo de Médicis, fue elegido Papa bajo el nombre de Pío IV, siendo consagrado el 6 de enero de 1560. La elección de Pío IV fue recibida con alegría en Roma, ya que se esperaba que el nuevo Papa pusiera fin a las intrigas que habían afectado a la Iglesia durante los últimos años de su predecesor, Paulo IV.

Pío IV conocía las cualidades excepcionales de su sobrino Carlos y decidió reclutarlo para su servicio, otorgándole una gran responsabilidad en el gobierno de la Iglesia. Pronto, se daría cuenta de que había tomado una sabia decisión.

Ascensiones de un alma

San Carlos llegó a Roma en enero de 1560 y fue designado protonotario apostólico y refrendario de la firma pontificia, cargos de gran prestigio para un joven de veintidós años. Además, bajo la influencia de una inspiración divina, Pío IV admitió a su sobrino en el Sacro Colegio el 31 de enero, otorgándole el título cardenalicio de la diaconía de los Santos Vito y Modesto. Solo unos días después, el 8 de febrero, lo nombró administrador de la Iglesia de Milán. Pronto, Carlos recibió también las legaciones de Bolonia, Romania y las Marcas, así como el control de diversas abadías.

Con el tiempo, Pío IV confirió a Carlos los cargos de arcipreste de Santa María la Mayor, penitenciario mayor y protector de varias naciones y órdenes religiosas. Actualmente, es inusual ver a un joven clérigo acumular tantos cargos y dignidades, pero en la época de San Carlos, esta era una práctica común. Es importante destacar que, en el caso de Carlos Borromeo, el favoritismo de Pío IV resultó en beneficios sustanciales para la Iglesia.

A pesar de sus altos cargos, Carlos no estaba tan desapegado de los honores y los intereses de su familia como para no preocuparse por la reputación y la fortuna de sus hermanos mayores. En menos de un año en Roma, organizó el matrimonio de su hermano Federico con Virginia de la Rovere, hija del duque de Urbino.

Toda la esperanza de la familia Borromeo estaba puesta en Federico. Su exitoso matrimonio y el cargo de general de la Santa Iglesia que Carlos obtuvo para él parecían augurar un futuro brillante. Sin embargo, la prematura muerte de Federico truncó estas prometedoras expectativas.

Este trágico evento sumió al joven cardenal en una profunda tristeza, pero también fue una experiencia que lo llevó hacia la gracia divina.

—Este suceso, más que ningún otro —dice el Santo—, me hizo ver claramente la fragilidad de nuestra existencia y la auténtica felicidad de la eternidad.

A partir de entonces, Carlos se despojó valientemente de todo lo que consideró mundano en su vida. Comenzó su camino espiritual eligiendo al padre Juan Bautista de Ribera, de la Compañía de Jesús, como su maestro y guía. Este sabio maestro lo ayudó significativamente y lo condujo hacia la gran perfección. Tras completar sus estudios de Teología, Carlos se preparó para la ordenación sacerdotal, que recibió a principios de agosto de 1563 en la iglesia de los Santos Apóstoles.

En el Concilio de Trento

Viviendo su tío el papa Pío IV, tuvo el joven cardenal Borromeo mucha parte en multitud de negocios religiosos y políticos. No cabe mencionarlos aquí todos. Preciso es, no obstante, señalar siquiera que asistió al Concilio de Trento (1545-1563), cuyas Actas y Catecismo mandó redactar. También trabajó en la reforma del Breviario.

El Santo dio ejemplo de obediencia a los decretos del Concilio. Redujo a mucho rigor su propia vida y la servidumbre de su casa, y se dió con denuedo a desterrar abusos de la misma ciudad de Roma. El Señor le otorgó, en la persona de San Felipe Neri, eficacísima ayuda para la reforma del clero romano. Ambos Santos rivalizaron de celo para arrebatar almas al demonio. Eso precisamente quería expresar San Felipe cuando le gritaba a Carlos: ¡Ladrón, ladrón!

La reforma de la música religiosa decretada por el Concilio, dio ocasión a un interesante episodio digno de anotar aquí. Había por entonces en Roma un músico genial, Juan Pierluigi de Palestrina, maestro de capilla de Santa María la Mayor desde el año 1561. De haber seguido al pie de la letra los decretos del Concilio, hubiérase excluido la polifonía de la música sacra.

Como Pío IV, que era músico, no se hallaba dispuesto a supresión tan radical, buscóse una solución. Palestrina la dió magníficamente. Compuso tres misas que se cantaron ante una Comisión cardenalicia y despertaron vivísimo interés; la tercera, llamada Misa del papa Marcelo, pareció obra magistral. Sus armonías sencillas y profundamente religiosas aun conmueven a los fieles de hoy día, como conmovieron a Pío IV y a los cardenales romanos de 1564.

Aquel mismo año emprendió Carlos la reforma de la diócesis de Milán.No pudiendo ir todavía él mismo, envió como precursor a un vicario general piadoso y sapientísimo, llamado Nicolás Ormanetto. Llamóle a Roma para darle algunas órdenes, y el mes de junio envióle con plena jurisdicción. Hasta el verano del año siguiente, no le dió licencia el Pontífice para trasladarse a Milán, con el fin de que tomase posesión de la sede arzobispal, y celebrase el Concilio provincial prescrito por los decretos del Concilio de Trento.

Deseando Pío IV que Carlos notase los progresos de la reforma católica en las regiones por donde iba a pasar, otorgóle jurisdicción de legado a látere en toda Italia.

Lo primero que hizo en Milán fué reunir un Concilio provincial. A él acudieron once obispos. No se contentó el cardenal con promulgar los decretos del Concilio de Trento, sino que proporcionó a los obispos algunos medios excelentes para facilitar su cumplimiento. AI morir Pío IV en 1565, volvió Carlos a Roma, y asistió al Conclave que dió a la Iglesia un Papa insigne en la persona del ilustre San Pío V.

Arzobispo de Milán

El nuevo Papa permitió que Carlos dejara Roma. Rápidamente se dirigió a Milán y llegó el 5 de abril de 1566. Ahora, liberado de las responsabilidades que había asumido mientras participaba en la administración de la Iglesia en su conjunto, Carlos se dedicó exclusivamente a sus deberes pastorales. Sin embargo, su influencia continuó extendiéndose por toda Italia, ya que se encargó de varias misiones diplomáticas con los principales señores de la península.

En uno de estos viajes, conoció a San Luis Gonzaga y le administró la primera Comunión. A pesar de sus numerosas ocupaciones y trabajos, que abordaba con celo inquebrantable, Carlos no descuidó las necesidades de su propia diócesis. La Iglesia de Milán necesitaba reformas significativas.

Había surgido el desorden entre el clero, y los laicos no respetaban la clausura de los conventos, lo que ponía en riesgo la vida monástica. Estas irregularidades requerían medidas rápidas y enérgicas para corregir las conductas escandalosas y restaurar la moral en toda la comunidad.

Carlos decidió predicar con el ejemplo y se sacrificó por su rebaño. En su palacio episcopal, llevaba una vida de austeridad extrema. En sus últimos años, sobrevivía solo con pan y agua, comiendo una vez al día. Esta vida tan rigurosa afectó su salud, y el Papa Pío V le recomendó que moderara sus penitencias. Vendió sus muebles lujosos, renunció a sus prendas costosas y renunció a los beneficios heredados de su tío y su hermano, utilizando el dinero restante para apoyar seminarios, hospitales, escuelas y brindar ayuda a los pobres y necesitados.

Carlos parecía haber olvidado sus propias necesidades para enfocarse completamente en las de los demás. Cualquier cosa que pudiera aliviar la carga de sus fieles, la proporcionaba de inmediato. Su celo por su rebaño avivó la ira de un enemigo común. En una ocasión, mientras oraba en su oratorio con algunos familiares, un asesino ingresó en secreto y disparó un arcabuz contra el prelado. La bala atravesó sus ropas y llegó a su piel, pero, de manera inexplicable, se detuvo y cayó a sus pies sin herirlo. Los presentes se levantaron para perseguir y arrestar al atacante, pero el cardenal los detuvo con un gesto y todos continuaron su oración como si nada hubiera sucedido, tal era su caridad.

A pesar de las súplicas del arzobispo, la justicia no perdonó al criminal, quien fue castigado junto con sus cómplices por su intento de asesinato. Carlos entendió que sus esfuerzos serían en vano si no proporcionaba a su Iglesia sacerdotes dignos y competentes para ayudar en las reformas. Fundó tres seminarios y varias escuelas apostólicas.

El arzobispo comprometido recurrió a los religiosos para ayudar en la evangelización de la diócesis. Llevó a los padres de la Compañía de Jesús a Milán y les encomendó la iglesia parroquial de San Fidel. También se preocupó por la educación cristiana de la juventud, estableciendo colegios en Lucerna y Friburgo y confiando su dirección a los padres jesuitas, cuyo mérito ya había reconocido en Milán.

Además, invitó a los padres Teatinos y les encomendó la abadía de San Antonio. Finalmente, llamó a los Capuchinos y les encomendó la tarea de evangelizar la región montañosa de Suiza.

Sin embargo, el celo de Carlos no se detuvo allí. Para poner freno a la inmoralidad y la herejía, convocó seis concilios provinciales y once sínodos diocesanos. Gracias a las medidas oportunas tomadas por estas asambleas, la disciplina eclesiástica fue revitalizada y ejemplar, y poco a poco, los antiguos y profundamente arraigados abusos en la diócesis desaparecieron.

La peste de Milán

A pesar de sus esfuerzos, no logró Carlos triunfar de todas las resistencias y hubo de anunciar los castigos divinos. Celebrábanse en la ciudad licenciosos festejos contra los cuales protestó en balde el virtuoso prelado, pero aun no estaban acabados cuando se declaró la peste en dos barrios de la ciudad. Con las primeras nuevas del contagio huyeron precipitadamente el príncipe, el gobernador y los magistrados municipales; el santo prelado quedó solo con el clero en la ciudad abandonada por las autoridades civiles.

En vano le instaban algunos a que dejase a Milán, so pretexto de cuidar de los demás fieles de la diócesis; no era por cierto el Santo un «pastor mercenario» y quiso participar de la aflicción de sus ovejas. Por espacio de seis meses fué la providencia de los pobres, de los moribundos y de los hambrientos. Vendió sus alhajas, vajilla y demás enseres de plata para aliviar las necesidades de los desgraciados, cuyo número aumentaba día tras día, y, como eso no bastase, dio a los apestados todos los muebles de su palacio, sus propios vestidos y hasta su cama.

A menudo se le veía andar entre montones de cadáveres para llevar a los moribundos los últimos sacramentos. Visitó en persona todas las casas y hospitales de la ciudad, sin que hubiese necesidad que no socorriese. Calcúlanse en setenta mil las personas que libró de la muerte con sus limosnas.

Al mismo tiempo acudió a la oración pública, mandando que se hiciesen procesiones en la ciudad, a fin de conjurar aquel azote. Él mismo asistía a las ceremonias expiatorias, caminando descalzo con una gruesa soga al cuello y llevando en las manos un Crucifijo de gran peso. Con esto se ofrecía a Dios en sacrificio, y no cesaba de clamar por calles y plazas: «¡Misericordia, Señor, misericordia!» Por fin oyó el cielo las súplicas de Carlos, y cesó la peste a un mismo tiempo en toda la diócesis.

Muerte y canonización

Cada año, el venerable prelado realizaba un retiro espiritual seguido de una confesión general. En el otoño de 1584, se dirigió al Sacro Monte de Varallo para cumplir con estos ejercicios espirituales. En este lugar, se encontraba un santuario en honor a Jesús paciente. Carlos salió de esta experiencia con una profunda fervor religiosa, completamente absorto en Dios y las cosas eternas, y con un presentimiento de su inminente muerte.

A finales de octubre, sufrió de fiebres que lo obligaron a regresar a Milán. Antes de partir, deseaba realizar una fundación que le apasionaba. Viajó en una barca, recostado en un colchón, hasta la villa de Ascona, cerca de Locarno, donde presidió la inauguración de un Seminario que había ordenado construir para los clérigos de esa región.

Este sería su último proyecto. A medida que su enfermedad empeoraba, decidió regresar a Milán con la esperanza de celebrar su última misa pontifical el Día de Todos los Santos. Sin embargo, tuvo que detenerse en el camino y finalmente llegó a Milán a las dos de la madrugada del 3 de noviembre. Instaló un altar en su habitación y un cuadro que representaba la agonía de Jesús en el Huerto sobre su cama.

El 4 de noviembre, recibió la Comunión y la Unción de los Enfermos, y luego ordenó que lo vistieran con cilicio y ceniza para enfrentar su último combate contra el enemigo común. Cuando se supo la gravedad de su estado, los fieles llenaron las iglesias para orar por la recuperación de su amado obispo y luego se congregaron frente al palacio episcopal. A las tres de la tarde, las campanas anunciaron su fallecimiento.

Veinte años después, fue beatificado, y en el Día de Todos los Santos de 1610, Paulo V lo canonizó. Sus sagradas reliquias se conservan y veneran en la catedral de Milán.

Oración a San Carlos Borromeo

¡Oh! insigne padre de los pobres San Carlos Borromeo,
ángel de la caridad para enfermos y necesitados,
y para todos modelo de fe, de humildad,
de pureza, de virtudes,
y de constancia en el sufrimiento.

Empleaste todos tus dones
para la mayor gloria de Dios,
y para la salvación de los hombres,
siempre con un sacrificio total,
hasta el punto de ser víctima
de tu bondadosa entrega.

Concede a nosotros, tus devotos,
firmeza en nuestros propósitos,
fuerte espíritu de sacrificio
y tenacidad y constancia,
para el bien de nuestras vidas, almas y mente.

Amén.4 de Noviembre: San Carlos Borromeo, Cardenal y Arzobispo de Milán

San Carlos Borromeo | Fuentes

El Santo de Cada Día por Edelvives

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.
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