5 de Diciembre: San Sabas, abad.


San Sabas

San Sabas, también conocido como San Sabas «el Santificado». fue un monje, sacerdote y santo Capadocio-Sirio, que vivía principalmente en Palaestina. Fue fundador de varios conventos, entre los que destaca el conocido como Mar Saba. El nombre del santo se deriva del arameo: סַבָּא Sabbāʾ «anciano».

Descripción breve


Día celebración: 5 de Diciembre.
Lugar de origen: Kayseri (Imperio bizantino).
Fecha de nacimiento: 439.
Fecha de su muerte:  532.


Contenido

– Vida temprana
– Aprendiz de religioso
– Fundación de la Laura de San Sabas
– Ejemplos edificantes de su vida
– Destierro y repatriación
– Plácida muerte
– Oración a San Sabas


Vida temprana

Vio San Sabas la luz primera en Kayseri, población cercana a Cesarea de Capadocia, el año 439. Obligada su familia a mudar de residencia por exigirlo así el empleo del padre que era oficial del ejército, quedó el niño bajo la tutela de un tío suyo, tutela que fue para él una verdadera tiranía, hasta tal punto que, al cabo de algunos meses de malos tratos, vióse obligado a huir de la casa de su tutor, yéndose a cobijar al amparo de otro de sus tíos; no se necesitaba más para enconar los ánimos entre ambos deudos.

La envidia brotó rápida en sus corazones alimentada por la codicia de las cuantiosas riquezas del pupilo. Disgustó sobremanera al joven tan egoísta proceder de sus familiares a quienes veía arrastrados por desenfrenada codicia en pos de los efímeros bienes terrenos. Y así, para poner rápido y eficaz remedio, resolvió renunciar a todas sus riquezas y buscar la paz de su alma en el silencio de apacible soledad.

Marchóse, pues, en secreto, y fué a llamar a la puerta de un monasterio cercano, donde se le recibió al instante con las más vivas muestras de júbilo, debido a la gran santidad de que daba pruebas. Pronto verían los monjes cuán acertada fuera su admisión.

Aprendiz de religioso

Tan grande fue el ardor de Sabas, durante su noviciado, para adquirir las virtudes religiosas y perfeccionarse en ellas, que al cabo de muy poco tiempo igualó su humildad, obediencia, paciencia y sobre todo su mortificación a la de los religiosos más veteranos. No desperdiciaba ocasión alguna de amortiguar en si todo resabio de su vida pasada.

Cierto día mientras trabajaba en la huerta alzó los ojos y vio un manzano que parecía brindarle sus hermosos y sazonados frutos. Espontáneamente levantó el brazo y llevó a la boca una fresquísima manzana; mas presentósele al instante la triste escena del Paraíso terrenal, que tantos males había acarreado al humano linaje, reprimió su gula, arrepentido de aquella acción, y arrojó inmediatamente la manzana sin saborearla.

Después de haber pasado diez años ejercitándose en todas las virtudes, obtuvo de los superiores permiso para visitar los santuarios de Palestina y establecer allí su residencia.

Empezó por abrazarse con la asperísima regla de San Pasarión en un convento de Jerasalén; mas, al poco tiempo, molestado por las incesantes luchas doctrinales que había entre católicos y monofisitas, retiróse al desierto de Judá para vivir en compañía de San Eutimio, paladín de la ortodoxia; éste, empero, no le juzgó capaz de sobrellevar el rigor de las penitencias en la nueva vida, por razón de su corta edad, pues no contaba más que veinte años; por lo cual el mismo San Eutimio le encaminó a otra casa de su religión dependiente de él, pero de regla un tanto más suave.

Firme Sabas en su constante anhelo de escalar las cumbres de la perfección, pronto se convirtió en modelo acabado de todos sus cohermanos, de tal modo que el superior del nuevo cenobio, llamado Teoctisto o Teotista, puso en él toda su confianza. Aconteció que uno de sus religiosos tuvo que trasladarse a Alejandría llamado por urgentes y graves intereses y Teoctisto eligió a Sabas para que acompañase a dicho religioso por entre los peligros del mundo, donde también a él le esperaba una dura prueba.

Recorriendo, cierto día, las calles de una gran urbe, hallóse frente a frente con sus padres, los cuales, a pesar de los cambios que en su hijo habían operado veinte años de vida monástica, al instante le reconocieron. Su padre, sobre todo, comandante a la sazón de la cohorte isáurica, se sirvió de todo para obligar a Sabas a renunciar a la vida que llevaba y hacerle volver a casa, en donde le esperaba el más brillante porvenir.

Mas nada consiguieron las súplicas, las lágrimas ni las amenazas. Estaba decidido a hollar todas las riquezas, honores y placeres por seguir su vocación. Finalmente, no pudiendo aguantar más la triste escena que presenciaba, dijo con resolución a sus padres:

«¡Queréis que abandone el servicio de Dios! Si los príncipes de la tierra castigan con tanta severidad a los desertores, ¿cuál no será el castigo a que yo me haga acreedor desertando de las filas del Rey de los cielos?»

Quedó el oficial desconcertado ante esta réplica de su hijo, cuya virtud y constancia admiró, y permitióle seguir el llamamiento divino después de haberse encomendado de todo corazón a sus oraciones.

Permaneció Sabas bajo la dirección de San Teoctisto hasta los treinta años. Después, atorm entado de continuo por la idea de aspirar a vida más perfecta, suplicó a San Eutimio que le permitiese retirarse a un desierto próximo para pasar allí la vida sin más compañía que Dios y las fieras del monte.

En aquel escabroso lugar, considerando como perdido todo el tiempo pasado, principió la más austera penitencia, de cuyos rigores no eran siquiera leve sombra los precedentes. Sepultado en una reducida gruta pasaba cinco días de la semana en oración y trabajos manuales continuos. Cada día confeccionaba diez canastillas y el sábado llevaba las cincuenta al monasterio, donde pasaba el resto del día y todo el domingo en compañía de sus Hermanos.

Por la tarde tomaba los ramos de palmera necesarios para la tarea de la semana, y se volvía a su gruta a continuar con más extraordinario fervor su tan monótona como austera y santa vida.
Desde entonces empezó San Eutimio a llamar a Sabas «el joven anciano», y a tomarle por testigo y compañero de sus austeridades y penitencias.

Fundación de la Laura de San Sabas

Después de la muerte de Eutimio, volvióse Sabas al desierto, y eligió por residencia una colina coronada por una fortaleza ya demuda. En este tiempo tuvo que resistir las más encarnizadas acometidas del enemigo infernal. Divisó desde allí el torrente Cedrón que se desliza rápido hacia el mar Muerto, formando su lecho una muy pintoresca garganta en aquellos parajes. Allá se encaminó sin tardanza e instalóse en una cueva, verdadero mirador, que domina la orilla izquierda del torrente.

Iba por sus provisiones de boca a dos leguas de distancia; y para subir hasta la caverna había atado una cuerda con nudos a una de las piedras de la misma. En esta espantosa soledad fué descubierto y pronto acudió a ella la muchedumbre, ávida de gozar del sublime espectáculo de tanta santidad.

No podía él, por otra parte, negar a aquellas almas generosas los tesoros de sabiduría recibidos del cielo; así que, no obstante sus grandísimos deseos de completa soledad, recibiólos en su compañía.

Tan rápidamente crecía el número de sus discípulos que al cabo de cinco años tuvieron que trasladarse a la orilla derecha del Cedrón y diseminarse por las numerosas grutas que bordean al torrente. Transformó en iglesia una vasta caverna cuya distribución interna semejaba una cruz. Un pasadizo secreto ponía en comunicación la capilla con la torre, construida encima para servir de defensa a la entrada. Venía a celebrar los sagrados misterios un sacerdote de las cercanías, pues era tan alto el concepto que Sabas tenía del sacerdocio que se juzgaba indigno de recibirlo.

Iba en aumento de día en día el número de anacoretas que vivían bajo su dirección, en tal forma, que ya contaban con ciento cincuenta celdas o covachuelas abiertas a entrambas orillas del torrente. Y ¡ojalá hubieran sido tan santos como numerosos! Pero algunos de ellos no llegaban por desgracia al fervor. Quién encontraba demasiado exagerada su rigurosa austeridad; y quién tildaba de sobrada simplicidad y hasta de ignorancia la profunda humildad que había impedido al Santo recibir los sagrados órdenes.

Quejáronse, pues, al Patriarca de Jerusalén, y suplicáronle que les diese otro superior menos severo y más experto. El patriarca Salustio, que no desconocía los méritos y la santidad de Sabas, simuló acceder a sus reclamaciones y ordenó al Santo que se trasladase a Jerusalén con sus religiosos para tener con él una entrevista. Ignorante de lo sucedido, el siervo de Dios encaminóse a la Ciudad Santa al frente de su comunidad. En extremo satisfechos iban los descontentos por el camino, pues no había quien no diese por segura la deposición de Sabas.

Pero no salieron de su asombro al ver que el Patriarca le confería, en presencia de todos, los órdenes menores; y más aún cuando vieron que acto seguido le ordenaba de sacerdote. Terminada la ceremonia, habló a la comunidad y dijo:

«Aquí tenéis a vuestro padre y superior, elegido no por voluntad de los hombres, sino del mismo Dios; al conferirle este sagrado ministerio no hemos hecho más que secundar las inspiraciones del Espíritu Santo».

Concluida la ceremonia, acompañóles personalmente Salustio a su monasterio y consagró con toda solemnidad la iglesia que el fundador había construido.

Ejemplos edificantes de su vida

EL propio tiempo que el patriarca Salustio confiaba a su amigo San Teodosio el cuidado de cuantos religiosos vivían en comunidad, nom­braba a San Sabas Superior General de todos los anacoretas y solitarios de su diócesis. Sirvióse Dios a menudo de la estrecha amistad y concordia de estos dos santos para templar y moderar el excesivo personalismo que pudiera infiltrarse en su dirección.

Sucedía alguna vez que un cenobita culpable era despachado o severamente reprendido por San Teodosio; entonces acudía a Sabas, el cual, después de afearle sus culpas e imponerle la penitencia que juzgaba conveniente, se lo remitía ya del todo enmendado. Lo mismo hacía San Teodosio con los anacoretas, y así, ambos trabajaban de común acuerdo en la santificación de las almas.

No debe de ningún modo imaginarse a los santos y a los padres del yermo, como seres huraños y con ese cierto aire jansenista que con tanta frecuencia se les atribuye. Algún caso pudo darse de ello; pero, por regla generalísima, mostráronse hum anos y comprensivos como m anda la verdadera virtud.

Hallándose un día Sabas dando cuenta de una importante misión a eminentes personalidades eclesiásticas, invitóle a comer el Patriarca de Jerusalén. Asistía también San Teodosio. Narraba el padre de los anacoretas su viaje, sentado entre el patriarca y otro obispo, e iba comiendo de cuanto sus simpáticos y próximos comensales le servían. Al fin del banquete díjole San Teodosio en tono de broma:

«Parece, padre Sabas, que hay apetito, pues necesitáis dos sirvientes».

Por toda respuesta, el Santo se echó a reír tan espontánea como inocentemente. Cierto día divisó, al caer la tarde, al hermano cocinero del monasterio en el preciso momento en que éste arrojaba al cauce del torrente Cedrón una olla llena de habas.

Había puesto por descuido aquel día doble ración y tiraba las sobrantes para no tener que servirlas de nuevo. E l Santo no se dió por enterado, pero se levantó por la noche y las recogió todas, pues el torrente estaba seco. Al día siguiente se puso él mismo a preparar el desayuno, y después de haberlas limpiado bien volvió a calentarlas y sazonarlas. Estando a la mesa preguntó al hermano cocinero:

—¿Qué tal le parece el plato por mí preparado?
—Jamás lo he comido tan exquisito —respondió.
—Sin embargo —agregó con dulzura— , es el que usted arrojó ayer tarde al torrente; procure en adelante observar bien la pobreza.

En cierta ocasión llegó el monasterio a carecer de pan hasta para celebrar el santo sacrificio. Es de advertir que en el rito griego se usa pan ázimo en la misa. Dirige el Santo a Dios una fervorosa plegaria, y, acto seguido, envía a Jerusalén todas sus caballerías, las cuales al poco rato vuelven cargadas de víveres que almas buenas regalaban para los monjes.

 

Destierro y repatriación

El creciente número de almas fervorosas que se iban reuniendo en torno suyo, obligó a Sabas a levantar nuevos monasterios, llegando a fundar así, en cierto modo, una numerosa Congregación. Fué, como otros muchos superiores de Órdenes religiosas, un gran constructor de edificios, quizá el mayor que se haya conocido en Palestina. Fue también muy afortunado en sus empresas, no sólo por sus excelentes dotes personales, sino por las cuantiosas limosnas que para ello recibía. Cerca de mil religiosos estaban bajo su dependencia inmediata, o de los superiores por él nombrados.

Esto nos dice cómo serian sus dotes administrativas y de gobierno. Pero un exiguo grupo de religiosos de ideas un tanto avanzadas, quiso sacudir la autoridad de Sabas, que desde algún tiempo soportaban con disgusto, y se mancomunaron para restarle autoridad y ver si, de este modo, conseguían que otros anacoretas abandonasen al Santo. Tan decididos estaban a salir con su intento, que ya ni les hacía mella el temor de ser despedidos de la religión, a cuyo fundador tan descaradamente denigraban.

Enterado Sabas de sus solapadas estratagemas, alejóse del lugar espontáneamente exclamando:

«Hay que combatir contra los demonios y no pelear con los hombres».

Con tan noble solución dábales un nuevo ejemplo de humildad, pero no supieron o no quisieron aprovecharlo los culpables. Retiróse, pues, a la región de Transjordania, a un lugar cercano al río Gadara y fijó allí su morada en una cueva, donde quedó sumido en profundo sueño, rendido por el extremado cansancio. Era aquella cueva guarida de un león que no tardó mucho en regresar.

Al ver dormido al inesperado huésped, tiróle blandam ente del ribete de su túnica, como rogándole que le hiciera sitio, o que saliese de su madriguera. Despertóse el Santo tranquilamente sin el menor sobresalto a la vista de la fiera; y empezó a entonar himnos en alabanza del Criador. Respetando el león la oración del religioso, salió en silencio de la cueva y esperó a la puerta a que el Santo terminase; pero como la oración se prolongara demasiado, volvió a entrar la fiera de nuevo, y a dar las mismas señales tirándole mansam ente de la túnica. Volvióse hacia el león Sabas y le dijo con dulzura:

«En la gruta hay cabida para ambos, y juntos podemos vivir aquí; pero si te molesta mi compañía búscate otra, pues yo he sido creado a imagen y semejanza de Dios, y por tanto a ti te corresponde cederme el sitio».

Pareció entender la fiera la observación de Sabas; salió de la guarida, alejóse del lugar y, como si le hubiera cedido la plaza, no volvió por aquel sitio. A la vuelta de varios años, determinó Sabas volver a Jerusalén para asistir a las fiestas de la dedicación del Santo Sepulcro. Como los revoltosos hubieran divulgado el rumor de que el Santo había sido devorado por las fieras, los monjes todos habían suplicado encarecidamente al patriarca les nombrase otro en su lugar. El prelado contestó tranquilizándolos, y ordenándoles al mismo tiempo que abandonasen la laura los que estaban decididos a mantener la rebeldía contra su fundador.

Así fué, porque al dar el mismo Sabas pública lectura de la carta patriarcal, se retiraron, negándole obediencia, unos sesenta monjes. Andando el tiempo, y conmovidos por los paternales consejos de su superior, entraron de nuevo por el camino del deber, arrepentidos y determinados a enmendarse.

Plácida muerte

Ya durante su estancia en Constantinopla, veía Sabas acercarse el fin de su peregrinación en este mundo, así es que, tan pronto como hubo despachado los asuntos que a la capital le llevaran, apresuró la vuelta. Dió cuenta de sus gestiones al patriarca de Jerusalén, y volvióse a su laura.

A los pocos días de su llegada cayó enfermo de gravedad. El patriarca fué a visitarle y, al ver su extremada pobreza y la carencia absoluta de comodidades y medicamentos, hízolo llevar a su propio palacio. Sufriólo el Santo por obediencia; pero a los pocos días, viendo inminente su muerte, suplicó, con los ojos arrasados en lágrimas, que le trasladasen a su querida laura donde ansiaba morir.

En efecto, allí descansó, rodeado de todos sus hijos, el 5 de diciembre de 532, a los noventa y cuatro años de edad. Honró el Señor su sepulcro con muchísimos milagros, y su memoria fué muy venerada en el Oriente largo tiempo después de su tránsito. Sus reliquias, llevadas más tarde a Venecia, son objeto de fervoroso culto.

Oración a San Sabas

Señor, te suplicamos que la intercesión del santo abad Sabas nos haga agradables ante tu Majestad, y que obtengamos por sus ruegos lo que no podemos esperar de nuestros méritos. Por Jesucristo, tu hijo. Amén.

| Fuentes
La vida de los Santos por Butler.