Llevó San Miguel de los Santos, una vida entregada a la oración y mortificación. Era especialmente devoto de la Sagrada Eucaristía, y así, experimentó éxtasis varias veces durante la Consagración. Fue beatificado por el Papa Pío VI el 24 de mayo de 1779 y luego canonizado por el Papa Pío IX el 8 de junio de 1862. Su fiesta se celebra tradicionalmente el 5 de julio y el 10 de abril en el calendario conciliar. Es representado generalmente de rodillas ante un altar donde se expone el Santísimo Sacramento.
Día celebración: 5 de julio.
Lugar de origen: Vich Corona de Aragón, España.
Fecha de nacimiento: 29 de septiembre de 1591.
Fecha de su muerte: 10 de abril de 1625.
Santo Patrono de: Pacientes de cáncer, Vich, juventud trinitaria.
Contenido
– Introducción
– En el convento de los trinitarios
– Tareas apostólicas
– Cambio de corazón
– Humildad del santo
– Superior de Valladolid
– Enfermedad y muerte
– Oración a San Miguel de los Santos
Introducción
San Miguel de los Santos, originalmente llamado Miguel Jerónimo José, nació el 29 de septiembre de 1591 en Vich. Sus padres, Enrique Argemir y Margarita Monserrada, una familia ilustre y virtuosa, vivían en la villa de Centellas. San Miguel era uno de los cinco hijos que sobrevivieron y recibió una educación cuidadosa, rezando diariamente el Santo Rosario y el Santo Oficio Parvo de la Santísima Virgen junto con su familia.
A los cuatro años, perdió a su madre y comenzó a asistir con su padre y hermanos a las Completas que se cantaban en honor a Nuestra Señora en la iglesia de la Rotonda. Desde joven, San Miguel experimentó gracias extraordinarias atribuidas a su devoción a la Virgen María. A los cinco años, al escuchar los relatos de los sufrimientos del Salvador, sintió una profunda aversión por el pecado y se entregó a una rigurosa penitencia.
Inspirado por la vida penitente de muchos santos en el desierto, decidió emprender una vida similar con dos amigos de su edad. Juntos, partieron hacia el Montseny, una montaña cercana a Vich. A pesar de que uno de sus amigos regresó por temor a sus padres, San Miguel y su compañero continuaron hasta encontrar una cueva que pronto abandonaron por la presencia de insectos. Luego encontraron dos refugios adecuados donde se instalaron. Sin embargo, el niño que se había vuelto atrás contó la historia en el pueblo, y los padres de ambos niños salieron en su búsqueda.
Don Enrique, el padre de Miguel, lo encontró arrodillado y llorando amargamente dentro de la cueva, demostrando así su profunda devoción y penitencia.
— ¿Por qué lloras, hijo mío? — le preguntó.
— Lloro —respondió Miguel— por lo mucho que los hombres han hecho padecer a Nuestro Señor Jesucristo.
No esperaba el padre tal respuesta y se quedó suspenso unos instantes.
— Pero, dime, ¿cómo piensas que vas a poder vivir en un lugar tan abandonado y peligroso en el que no encontrarás ni qué comer?
— Mire, padre — repuso ingenuamente Miguel— ; Dios que se cuidó tan bien de los demás santos, ya se cuidará de mí.
Los padres de San Miguel quedaron edificados por la piedad y determinación de sus hijos, pero decidieron llevarlos de regreso a casa desde el Montseny. A partir de entonces, Miguel mantuvo una gran modestia y recato, ganándose el apodo de «flor de los Santos». Conservó su espíritu de piedad y penitencia, evitando el trato inútil con otros niños y retirándose a llorar la Pasión del Salvador en rincones de su casa.
Su piadoso padre, que le pedía recrearse con sus hermanos, lo envió un día a una viña cercana. En el camino, al ver un matorral de abrojos y espinas, Miguel se desnudó y se revolcó en él para imitar al Patriarca de Asís, evitando así que las espinas dañaran su inocente cuerpo.
Desde los siete años, ayunaba toda la Cuaresma y tres veces por semana durante el resto del año. Siguiendo el ejemplo de San Luis Gonzaga, se disciplinaba con frecuencia y llevaba una cruz en la espalda con puntitas aceradas, realizando otras penitencias por su amor a Jesús Crucificado. Visitaba asiduamente las iglesias, pasando largas horas en oración, y en su casa levantó un pequeño altar donde se reunía con amigos para rezar.
Cuando tenía doce años, su padre falleció y, lleno de alegría, compartió con su hermana que su padre se había salvado y gozaba en el purgatorio de los sufragios celebrados por la Iglesia el día de los difuntos.
Al llegar a la edad de elegir carrera, Miguel expresó su deseo de ser religioso, pero no fue aceptado en ningún convento debido a su juventud. Su tutor lo empleó en una tienda y luego como dependiente en una casa de vinos, con la esperanza de disipar sus deseos de vida religiosa, los cuales él no aprobaba.
En el convento de los trinitarios
Después de intentar ser admitido en varios conventos de Vich sin éxito, Miguel decidió presentarse en un monasterio de Barcelona. Partió clandestinamente, llegando rendido de cansancio a Barcelona. La Divina Providencia lo llevó a la casa de una mujer compasiva, quien lo trató con cariño y lo acogió con bondad. Al día siguiente, Miguel buscó una iglesia para oír misa y terminó en la iglesia de los padres Trinitarios.
En este convento, Miguel encontró un lugar donde cumplir sus anhelos de vida religiosa. Oyó todas las misas que se celebraron en la iglesia y se ofreció para ayudar en algunas. Los religiosos quedaron asombrados por la piedad, recato y modestia del joven, y cuando él pidió ser admitido como novicio, lo recibieron con gusto. En agosto de 1603, a la edad de trece años, Miguel vistió el hábito de la Orden de los Trinitarios, fundada en el siglo XIII en honor a la Virgen María por San Juan de Mata y San Félix de Valois.
En el noviciado, Miguel fue un modelo perfecto para sus hermanos, destacándose por su escrupulosa obediencia y su devoción a Jesús Sacramentado y la Virgen María. Aunque sentía repugnancia por los trabajos manuales, cumplía con cuidado todas sus tareas. Su amor al Santísimo Sacramento era tan profundo que pasaba sus ratos libres ante el altar, expresando su corazón al divino Prisionero del Tabernáculo como si lo viera cara a cara.
Logró que sus superiores lo destinaran al servicio de la sacristía y a ayudar en la misa, roles que desempeñaba con devoción y edificaba a los fieles con su compostura y modestia. Cuando el padre Jerónimo Dezza lo llevó al convento de Zaragoza para estudiar filosofía, Miguel impresionó con su talento y virtud.
Sin embargo, al escuchar sobre la Reforma llevada a cabo por el Beato Juan Bautista de la Concepción en la Orden de los Trinitarios Descalzos, Miguel pidió y obtuvo permiso para unirse a esa rama de la Orden. Pasó al convento de Descalzos de Pamplona, donde recibió el hábito a principios de 1608. Cambió su apellido de San José a «de los Santos.» Desde Pamplona, fue al noviciado de Madrid, profesó en Alcalá y continuó sus estudios en Baeza y Salamanca. Tras ordenarse sacerdote, regresó a Baeza en 1616 como conventual.
Tareas apostólicas
Durante seis años, Fray Miguel desempeñó varios roles en Baeza, comenzando como Vicario y luego asumiendo responsabilidades como confesor y predicador. Su vida de oración y penitencia atrajo abundantes bendiciones del Cielo sobre sus tareas. La afluencia de fieles a sus sermones fue tan grande que los Padres del convento no podían satisfacer la demanda de confesiones. Fray Miguel expresaba que los trabajos y padecimientos no disminuían en nada el inmenso placer que sentía al ver la conversión de almas a Dios.
Sus sermones, aunque simples y apostólicos, careciendo de adornos literarios, estaban impregnados de celo y piedad, provocando lágrimas en la audiencia. La gente elogiaba los sermones de Fray Miguel de los Santos y afirmaba que tenía el verdadero espíritu de Dios. Dondequiera que predicara, se congregaba una multitud innumerable, y sus éxtasis al final de los sermones contribuían a esta asistencia masiva. Ya desde sus años de estudiante, había experimentado éxtasis extraordinarios, como el que tuvo al escuchar una pregunta sobre las delicias del paraíso, quedando instantáneamente arrobado.
En Salamanca, siendo estudiante de Teología, durante una explicación sobre la Encarnación, Fray Miguel dio tres saltos impetuosos y quedó en éxtasis durante un cuarto de hora, sorprendiendo a sus compañeros. Ya como sacerdote y predicador, los éxtasis se volvieron diarios, durando entre quince minutos y media hora. Experimentó numerosos éxtasis mientras celebraba misa o estaba ante el Santísimo expuesto. En Baeza, creció la opinión de su santidad, y la gente lo llamaba «el Santo». Durante una procesión en la Catedral, la multitud le aclamaba como «el Santo», a lo que él respondió riendo que todos estaban equivocados y que él era un miserable pecador.
Cambio de corazón
La convicción de la propia flaqueza por parte del Santo nacía de una humildad profunda, no eran meras palabras. Siempre buscaba levantarse a una mayor perfección espiritual y no se daba por satisfecho en sus conquistas. Su aspiración más alta era en el terreno de la caridad, sintiendo que no amaba lo suficiente al Señor. En una noche de oración, pidió fervientemente a Jesús que cambiara su corazón por otro más inflamado de amor puro. En respuesta, el Divino Salvador se le apareció, tomó su corazón y le dio el suyo propio en un intercambio místico, dejando el corazón del Santo tan perfectamente modelado en el de Jesús que parecía el Corazón mismo del Redentor.
Humildad del santo
A pesar de recibir numerosos favores divinos, experimentar éxtasis maravillosos y cosechar abundantes frutos de sus predicaciones, así como tener fama de santo, Miguel siempre conservaba la modestia y humildad propias de los santos. Incluso cuando un poseso, al verlo, exclamó sobre su gran humildad, Miguel pensaba que era más abominable que los mismos demonios. Cuando alguien lo elogiaba por las gracias especiales que recibía del Señor, él respondía humildemente que su alma estaba más negra que el carbón y merecía desprecios.
En una ocasión, fue calumniado ante el padre Provincial por dos compañeros de convento que lo acusaron de criticar el gobierno de los Superiores. A pesar de ser encerrado durante un mes como resultado de estas acusaciones falsas, Miguel aceptó la situación con alegría, agradecido por poder padecer algo por Dios. Cuando se reveló la verdad, mostró gratitud hacia sus calumniadores y los trató con mansedumbre, logrando incluso cambiar sus corazones.
Superior de Valladolid
En 1622, Miguel fue designado Ministro del convento de Valladolid, pero al enterarse de esto, renunció inmediatamente por considerarse indigno del cargo. A pesar de su renuncia, fue enviado al nuevo destino, causando aflicción y descontento en Baeza. Sin embargo, Miguel aceptó la decisión con obediencia, convencido de su incapacidad para liderar el convento.
Miguel se preocupaba profundamente por la obediencia y, aunque se consideraba indigno, pedía al Señor sabiduría para desempeñar el cargo de Ministro. Gobernó el convento con delicadeza y humildad, pareciendo más el último de los frailes que el superior. A pesar de su aparente rigidez al corregir faltas, siempre amonestaba con dulzura, logrando la enmienda de los culpables.
Recomendaba a sus hermanos el desapego de las cosas terrenales y el amor a la santa pobreza, dando ejemplos notables al escoger la celda más estrecha y oscura para sí mismo. Además, carecía de interés por el dinero, a veces entregándolo todo al hospedero en los mesones. Como premio a sus virtudes, se le concedió el don de penetrar los corazones, como cuando advirtió a dos religiosos en Sevilla sobre sus pensamientos.
En otra ocasión en Baeza, se encontró con Cristóbal Pérez y le increpó preguntándole si era su ángel malo, llevándolo a confesarse. Después de la confesión, Miguel lo elogió, indicando que ahora era un ángel bueno y recordándole que la verdadera dignidad del hombre solo se encuentra en Dios.
Enfermedad y muerte
De tiempo atrás había predicado el Santo que moriría a los treinta y tres años. El primero de abril de 1625 le sobrevino una inflamación que a los pocos días degeneró en tabardillo. Los médicos no lo juzgaron mortal por el momento, pero sabedor nuestro Santo de la proximidad de su muerte, rogó se le administraran los últimos Sacramentos. Antes de recibir el Viático, de rodillas, pidió perdón a sus hermanos de cuantos malos ejemplos les había dado y de las molestias que les ocasionara.
A unos caballeros que vinieron a visitarle, les dijo «Considerad, hermanos, cuán poco es la vida humana. Pronto, como yo, llegaréis vosotros al último trance. Todos los placeres y bienes terrenales son pura vanidad y un poco de barro. Pensad que de esta vida sólo habrán de servirnos las buenas obras». Con igual celo y caridad aprovechó aquella ocasión para dictar sus últimas enseñanzas a cuantos acudieron a interesarse por su salud.
A la una de la madrugada del día 10 de abril hizo su última profesión de fe «Creo en ti. Dios mío — exclamó— , en ti espero y te amo de todo corazón. Señor, me pesa en el alma de haberte ofendido». Y dichas estas palabras, expiró plácidamente teniendo los ojos puestos en el cielo. Hiciéronsele solemnísimos funerales a los que asistieron la nobleza y el pueblo de Valladolid unidos en el común dolor y en el cariño.
Los muchos y portentosos milagros que obró el Señor por mediación de su fiel siervo, movieron al papa Benedicto XIV a declararlo Beato el 10 de abril de 1742. Pío IX lo canonizó solemnemente el 8 de junio de 1862.
Oración a San Miguel de los Santos
San Miguel de los Santos, por tu aprecio a la Eucaristía,
por lo mucho que te entregabas a los fieles,
por la comprensión y dedicación que siempre tuviste,
aleja de nosotros las preocupaciones y dificultades
que tanto nos agobian e intranquilizan ahora.
San Miguel de los Santos,
enséñanos a tener el alma llena de amor a Dios,
haz que no desfallezcamos en la fe, esperanza y caridad,
y pide al Padre bueno y misericordioso
que finalmente nos acoja, junto a ti y demás Santos
en la bienaventurada eternidad.
Así sea.

San Miguel de los Santos | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.


