5 de Octubre: San Plácido, Mártir


San Plácido

Dada la gran fama de santidad que alcanzó San Benito en la época en que vivió en Subiaco, muchas nobles familias romanas solían confiarle a sus hijos para que los educasen en el monasterio. Equicio le confió a su hijo Mauro y el patricio Tértulo a su hijo Plácido, quien era aún muy niño.

San Gregorio cuenta en sus «Diálogos» que, en cierta ocasión, Plácido se cayó en el río cuando trataba de llenar un cántaro. San Benito, que se hallaba en el monasterio, llamó inmediatamente a Mauro y le dijo:

«Corre y vuela, hermano mío, porque el niño acaba de caerse en el río.»

Mauro echó a correr y anduvo sobre las aguas la distancia de un tiro de flecha, hasta el sitio en que se hallaba Plácido; entonces le tomó por los cabellos y le arrastró hasta la orilla, caminando sobre las aguas. Al pisar tierra, Mauro volvió los ojos hacia el río y sólo entonces cayó en la cuenta del milagro. San Benito lo atribuyó a la obediencia de su discípulo, pero éste pensó que se debía a la santidad y virtud de San Benito.

Plácido confirmó los pensamientos de Mauro, diciendo:

«Cuando me sacaste del agua, vi el manto de nuestro padre sobre mi cabeza y pensé que era él quien tiraba de mí».

La salvación milagrosa de Plácido es como un símbolo de la preservación de su alma de toda mancha de pecado. Crecía constantemente en virtud y sabiduría, y su vida era una réplica fiel de se su maestro y director, San Benito. Este observaba los progresos de la gracia en el corazón de su discípulo, le amaba con particular predilección y, probablemente, le llevó consigo a Monte Cassino. Según se dice, el padre de Plácido fue quien regaló a San Benito dicha posesión. A esto se reduce todo lo que sabernos acerca de Plácido, a quien solía venerarse como confesor llanta el siglo XII.

Pero San Plácido cuya fiesta celebra hoy la Iglesia de occidente era un monje y discípulo del bienaventurado abad Benito, junto con sus hermanos, Eutiquio y Victorino, con su hermana Flavia y con los monjes Donato, Firmato el diácono, Fausto y otros treinta, fue martirizado por los piratas en Messina.

Ciertos martirologios antiguos mencionan en el día de hoy el martirio de los santos Plácido, Eutiquio y sus compañeros, en Sicilia. La confusión que reina actualmente en los libros litúrgicos entre el benedictino Plácido y cierto número de mártires que murieron antes y después que él, tiene por origen la falsificación de un documento en el siglo XII. En efecto, por entonces Pedro el Diácono, monje y archivista de Monte Cassino, publicó un relato de la vida y martirio de San Plácido.

Nadie había oído hasta entonces hablar de aquel mártir. Pedro el Diácono afirmaba que se había basado en los datos que le comunicó un monje de Constantinopla llamado Simeón, quien a su vez había heredado un documento que databa de la época del martirio de San Plácido, escrito por un compañero del mártir, llamado Gordiano.

Gordiano había conseguido huir de Sicilia a Constantinopla, donde regaló a los antecesores de Simeón el relato que había escrito sobre el martirio. Esta fábula, como tantas otras, se impuso poco a poco, y los benedictinos y todo el occidente acabaron por admitirla. Según la leyenda, San Plácido había ido a Sicilia a fundar en Messina el monasterio de San Juan Bautista. Algunos años más tarde, unos piratas sarracenos que venían de España, desembarcaron en la isla. Como Plácido, sus hermanos, su hermana y sus monjes se negasen a adorar a los dioses del rey Abdula, fueron decapitados.

Inútil decir que en el siglo VI no había moros en España y que los sarracenos de Siria y África no hicieron incursiones en Sicilia antes de mediar el siglo VII.

La leyenda se enriqueció poco a poco con nuevas pruebas, entre las que se contaba nada menos que un acta de la donación que Tértulo había hecho a San Benito de ciertas tierras en Italia y Sicilia. Sin embargo, la devoción a San Plácido no se popularizó verdaderamente sino hasta 1588. En ese año, se reconstruyó la iglesia de San Juan, en Messina y durante el curso de los trabajos se descubrieron varios esqueletos. Naturalmente, el pueblo los tomó por las reliquias de San Plácido y sus compañeros, y Sixto V aprobó el culto de los mártires, con fiesta de rito doble.

Los nombres de San Plácido y sus compañeros quedaron desde entonces incluidos en el Martirologio Romano. Los bolandistas se preguntan con razón si Sixto V obró con la debida prudencia. Los benedictinos celebran la fiesta de San Plácido y sus compañeros, con rito doble de segunda clase.

En 1915, cuando se llevó a cabo la revisión del martirologio benedictino, los editores propusieron que se suprimiese la fiesta de San Plácido; pero la Sagrada Congregación de Ritos determinó que no se hiciese innovación alguna en ese punto hasta que el Breviario Romano, cuya tercera lección resume la leyenda de Pedro el Diácono, se pusiese al día en materia históricolitúrgica. Así pues, los benedictinos conservaron el nombre del santo y el rito de su fiesta, pero reemplazaron el oficio propio por el común de varios mártires, y la colecta no menciona a San Plácido ni a sus compañeros.

 

San Plácido | Fuentes
La vida de los Santos por Butler