Placido

5 de Octubre: San Plácido, Mártir

Publicado el 5 de octubre de 2020

Actualizado el 23 de abril de 2025

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Dado el gran renombre de santidad que San Benito adquirió durante su estancia en Subiaco, muchas familias nobles de Roma solían encomendarle la educación de sus hijos en el monasterio. Entre ellos, Equicio confió a su hijo Mauro, mientras que el patricio Tértulo entregó a su hijo Plácido, quien aún era un niño muy pequeño.

San Gregorio cuenta en sus «Diálogos» que, en cierta ocasión, Plácido se cayó en el río cuando trataba de llenar un cántaro. San Benito, que se hallaba en el monasterio, llamó inmediatamente a Mauro y le dijo:

«Corre y vuela, hermano mío, porque el niño acaba de caerse en el río.»

Mauro echó a correr y anduvo sobre las aguas la distancia de un tiro de flecha, hasta el sitio en que se hallaba Plácido; entonces le tomó por los cabellos y le arrastró hasta la orilla, caminando sobre las aguas. Al pisar tierra, Mauro volvió los ojos hacia el río y sólo entonces cayó en la cuenta del milagro. San Benito lo atribuyó a la obediencia de su discípulo, pero éste pensó que se debía a la santidad y virtud de San Benito.

Plácido confirmó los pensamientos de Mauro, diciendo:

«Cuando me sacaste del agua, vi el manto de nuestro padre sobre mi cabeza y pensé que era él quien tiraba de mí».

La milagrosa salvación de Plácido es un símbolo de la pureza de su alma, libre de pecado. Creció constantemente en virtud y sabiduría, y su vida reflejaba fielmente la de su maestro y guía, San Benito. San Benito observaba cómo la gracia progresaba en el corazón de su discípulo, lo amaba de manera especial y, probablemente, lo llevó consigo a Monte Cassino. Se dice que el padre de Plácido regaló a San Benito esta propiedad. Esto es todo lo que sabemos sobre Plácido, a quien se veneraba como confesor hasta el siglo XII.

Sin embargo, San Plácido, cuya festividad celebra hoy la Iglesia occidental, fue un monje y discípulo del bienaventurado abad Benito, junto con sus hermanos Eutiquio y Victorino, su hermana Flavia y los monjes Donato, Firmato el diácono, Fausto y otros treinta, todos los cuales fueron martirizados por piratas en Messina.

Algunos antiguos martirologios mencionan el martirio de los santos Plácido, Eutiquio y sus compañeros en Sicilia en este día. La confusión entre el benedictino Plácido y un grupo de mártires que murieron antes y después de él se originó en una falsificación de un documento en el siglo XII. Pedro el Diácono, monje y archivista de Monte Cassino, publicó un relato de la vida y martirio de San Plácido.

Nadie había oído hablar de este mártir hasta entonces. Pedro el Diácono afirmaba que se basó en información proporcionada por un monje de Constantinopla llamado Simeón, quien a su vez había recibido un documento escrito por un compañero del mártir llamado Gordiano, que data de la época del martirio de San Plácido.

Gordiano había logrado huir de Sicilia a Constantinopla, donde entregó a los antepasados de Simeón el relato que había escrito sobre el martirio. Esta historia, como muchas otras, gradualmente se extendió, y los benedictinos y toda la Iglesia occidental finalmente la aceptaron. Según la leyenda, San Plácido había viajado a Sicilia para fundar el monasterio de San Juan Bautista en Messina. Algunos años después, unos piratas sarracenos que venían de España desembarcaron en la isla. Plácido, sus hermanos, su hermana y sus monjes se negaron a adorar a los dioses del rey Abdula y fueron decapitados.

Es importante señalar que en el siglo VI no había presencia mora en España, y los sarracenos de Siria y África no invadieron Sicilia hasta el siglo VII.

La leyenda se enriqueció con el tiempo, incluyendo una supuesta donación de tierras en Italia y Sicilia por parte de Tértulo a San Benito. Sin embargo, la devoción a San Plácido no se popularizó verdaderamente hasta 1588. En ese año, durante la reconstrucción de la iglesia de San Juan en Messina, se descubrieron varios esqueletos. Naturalmente, la gente los consideró reliquias de San Plácido y sus compañeros, y el Papa Sixto V aprobó el culto de los mártires, con una fiesta litúrgica de doble rito.

Desde entonces, los nombres de San Plácido y sus compañeros han estado incluidos en el Martirologio Romano. Los benedictinos han mantenido la festividad de San Plácido y sus compañeros, aunque han reemplazado el oficio propio por el común de varios mártires, y la colecta ya no menciona a San Plácido ni a sus compañeros.

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.
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